REGATA BUENOS AIRES - RÍO DE JANEIRO   1999

       UN ENCUENTRO CON LA FURIA DEL MAR

Por Andrés Manrique

EL BAUTISMO DE FUEGO

Las horas pasaron a toda velocidad, tal como el "Chaval" surcaba las aguas. La navegación se mantuvo tranquila y nuestros estómagos vacíos comenzaron a rugir.

Después del almuerzo tardío el letargo general se depositó sobre la tripulación. Así, unos fumando, otros admirándolo todo, pasaron las horas. La tarde estaba preciosa, los últimos rayos de sol templados y rebosantes de color se filtraban a través de las nubes. La luz que el rey derramaba parecía servirse de la paleta más completa, cuya diversa vivacidad podía ser conformada sólo por la naturaleza. El azul preponderaba por el oeste junto a una extensa gama de violáceos que pincelaba desordenadamente los estratos errantes. Encima nuestro la condensación era diferente: el cielo estaba cubierto por unos cirros translúcidos que componían una mezcla de tonos del oscuro al celeste y daban la nota más alta en algunas manchas perdidas de impoluta blancura. Las nubes, inagotables creadoras, modelaban sus formas y nos deleitaban con los colores que el rey pintaba sobre ellas: desde el amarillo chillón hasta el más sangrante de los bermellones.

EL SOMBRÍO PAMPERO

Cuando los claros comenzaron a perderse y la belleza trocó en oscuridad, un frente de tormenta renegrido fue acercándose a todo galope. Para el horizonte el gris plomizo era insoportable, y lo empujaba hacia nosotros, desechando el oscuro peso.

Al principio, se hicieron leves comentarios sobre la tormenta. Luego, la intensidad de ella asomó en el discurso y lo copó. Guido, el tripulante despabilado, sugirió arriar el spinacker[1], la vela "globo" más grande de los veleros. El capitán hizo oídos sordos y, en seguida, Guido insistió, a lo que el capitán respondió: -Todavía nos quedan diez minutos.

¡Otra que diez minutos! En instantes, el viento levantó unas olas imponentes que desbarataron al "Chaval" con sus habitantes.

La violencia de la naturaleza nos tomó de improviso, el agua nos llegaba de todas partes, no sólo desde arriba, sino que saltaba desde la alterada superficie del río. Las olas daban contra cubierta, como inmensas frazadas marrones de lana apelmazada que azotaban la blancura del casco. Mi hermano y dos tripulantes, a las corridas y tropezones, llegaron a proa y comenzaron a luchar contra el spinacker que se negaba a ser arriado. En el momento en que yo iba a salir, el capitán me pidió que me quedara. Mi hermano estaba aferrado a la enorme tela que lo revolvía por la proa junto con los otros dos. Yo era testigo de la lucha que tres cuerpitos dirimían contra la bestia inflada. Pasaron unos segundos, suficientes para darme cuenta de que la tracción humana era inútil frente al poder del viento. Ellos, allá desgarrándose. Yo, expectante. No cabía duda de que necesitaban algún tipo de ayuda y lo único que podía ofrecer era mi fuerza bruta. Salí disparado, un poco por impulso y otro por la necesidad, ya implacable, de vivir en carne propia esa experiencia y de canalizar la enorme tensión que había acumulado. Sin saber cómo, ya que el barco estaba casi perpendicular al agua, con la escora máxima antes de dar vuelta de campana, llegué al lado de mi hermano y comencé a tironear. Por falta de experiencia, pero no de voluntad, lancé furiosos gritos para darme y dar ánimos a los que estábamos en el baile. Arrodillados, casi apoyando nuestra espalda sobre el casco, comenzamos a arriar la vela. Cuando creí que la teníamos, cargó una racha y vi que Guido flotaba en el aire, a unos cuarenta centímetros del casco, cuando gritó: -"¡Nos lleva, suelten, la voy a soltar!.” Sus rodillas dieron secamente contra el casco y la racha que no cesaba me arrancó de un saque la vela de las manos. El cabo[2], al tensarse por la fuerza del incordial, me pasó por las manos todavía prensadas, pelándome una hasta el hueso. En aquel momento y obnubilado por la acción y fuerza de lo que hasta entonces había sido fuente de frescura, otro grito llegó: -"¡Lo corto, lo corto!" Recién cuando me hice firme en los obenques[3], miré para el cockpit y un rayo iluminó al brazo del capitán que terminaba en un cuchillo. No hicieron falta más gestos para darme cuenta de lo que estaba por hacer. Mi pensamiento voló, cubriéndolo todo de negro e imaginé que el chicotazo del cabo tensado con esa fuerza podría decapitar a alguno. Di dos pasos para evitar el desastre cuando vi que apoyaba el cuchillo sobre el cabo que desaparecía luego de un siseo, seguido por los gualdrapazos del spinacker. -¿Están todos bien?- grité. -Sí -recibí como respuesta unánime. Bajé a los camarotes con la mano en llamas para ver cómo la podía curar y qué tan seria era la herida, mientras el resto del spinacker seguía ensordeciendo a gualdrapazo limpio.

Mientras observaba las canaletas de mi mano, pensaba Bue... al menos todos van a tener un recuerdo de la vela colgado en alguna de las paredes de su casa. El barco había vuelto a su pronunciada, pero normal escora. Yo me quedé abajo, en la cocina, viendo cómo curarme o proteger las quemaduras. Arriba sólo incomodaría y mi mano izquierda estaba absolutamente inutilizada. No podía cerrarla, sentía que el fuego la abrazaba y que el ardor se expandía hasta el codo. Pero había algo que me inquietaba más que la herida, y era que mi hermano se había quedado en cubierta. Yo, desde abajo, estaba ciego y me enteraba de a pedazos lo que ocurría por los aullidos frenéticos que llegaban desde afuera.

Afortunadamente, la maniobra concluyó sin más agitaciones mientras el pampero nos seguía batiendo. Mi hermano tuvo la prudencia de bajar. Una vez a mi lado, el temblequeo de nuestros cuerpos por el esfuerzo comenzó a amainar y, más tranquilos, le buscamos solución a la mano masacrada.

31/1 LAS INFINITAS CARAS DEL AGUA

Por la mañana, mis ojos se abrieron más por la ansiedad que por el descanso. Tenía necesidad de salir a la luz, de sentir el aire del nuevo día. Con los ojos todavía hinchados, subí los escalones que me llevaban a cubierta y me senté en el cockpit. La superficie sobre la que navegábamos seguía manifestando su estado vital a través de unas afiladitas y pequeñas elevaciones de agua que nos mantenían saltando desde hacía rato. A medida que el techo de nubes se iba afinando, la gente amanecía. Los primeros rayos de sol rozaron el río alrededor de las once de la mañana. Mi mano estaba en horribles condiciones, pero el día y la energía a bordo hacían insensible toda molestia corporal.

Desayunamos unos ricos budines y remoloneamos entre las nubes y los pedazos de luz. Otra vez, la belleza de los rayos coloreando el río; brindaban tonalidades que jamás pensé podrían encontrarse sobre el marrón del Plata y contrastaban fuertemente con las oscuras sombras provocadas por las escasas nubes que interrumpían, en algunas zonas, el refulgente brillo del sol matinal.

Así, en dirección al este, las formas sombreadas que nos precedían, se mostraban como islotes inquietos y vivos a los que queríamos arribar. Su ubicuidad transformaba a la usual superficie del río en un espectáculo cuyos actores eran las oscuras salpicaduras danzantes sobre el escenario acuático. Con el correr de las horas, las nubes comenzaron a esfumarse y la luminosidad a ganar terreno. Cerca del mediodía, la luz era total y el agua ya no ostentaba el cotidiano marrón, poco a poco iba aclarándose y empezaba a reflejar frescura.

Inmersos en un mundo que se manifestaba con todas sus capacidades, gozamos de una navegación tranquila y descansada y cerca de las tres de la tarde, el capitán nos deleitó con un suculento almuerzo. El barco avanzaba por la tarde con una velocidad promedio de 9 nudos, y nosotros nos íbamos conociendo.

Al atardecer, una masa grisácea cubrió el cielo y aunque al principio no pareció amenazante, en seguida demostró lo contrario. Para entonces, el río denotaba entradas de un imponente azul que estriaban el marrón. Estábamos frente a Punta del Este y el río parecía haber quedado atrás. Afortunadamente, el pampero que había inaugurado nuestra navegación nos había enseñado bastante, por lo que cuando se desató la tormenta, estábamos preparados con nuestros trajes de agua y guantes. La primera guardia nos tocaba a nosotros: Guido, el guía; Ezequiel, el tripulante despierto; Christian, el gordito simpático; y yo, el neófito. Eran guardias de cuatro horas y la nuestra iba de 22:00 a 2:00 de la mañana. La lluvia y los sacudones nos acompañaron durante toda la jornada. Cambiamos la Genoa[4] grande por una más chica y tomamos una mano de rizo[5]. Bastante cansados y a los sacudones nos fuimos a dormir. La verdad es que de comodidad no se puede hablar cuando el barco se sacude, pero con el magnífico invento del violín -suerte de tela ubicada en el lateral de la cucheta que sostiene a quien descansa para que no termine en el piso-, se puede dormir.

1/2 LOS CAMBIOS INESPERADOS

Cerca de las once de la mañana,  luego de haber dormitado las últimas horas sobre un río planchado, decidí salir al cockpit. Era una mañana soleada pero lo que más me llamó la atención no fue eso, sino el color con que el agua me recibió. Ayer me había despedido con uno más azul que aleonado y hoy reaparecía su rotundo marrón. La tormenta había mezclado el agua, pero con el paso del día fue retornando al azul, hasta convertir el barro rioso en cielo marítimo. La variación del color parecía cambiarle la tersura: del aceitoso río ahora pasaba a una oceanidad áspera, llena de aristas. El olor era otro y de aquel dulzón había tornado a uno sazonado.

La navegación era cómoda. Ya todos nos habíamos aclimatado a la constante escora, excepto el capitán a la hora de cocinar. El horizonte límpido nos rodeaba.

Recién en ese momento, cuando la tierra más cercana se encontraba a unas 40 millas de distancia, la inmensidad del océano se hizo evidente. Yo, que jamás había estado rodeado por una y solo una cosa, ahora me hallaba ahí, absorbiendo lo que mis sentidos y percepción pudieran. La respiración parecía regulada por el flujo y reflujo de las aguas que mantenían mi pensamiento inmóvil, preso de su magnificencia.

La tarde pasó y recién en el crepúsculo vimos que un frente de tormenta se aproximaba cubriendo el semicírculo del sol postrero. Las nubes le dieron a la luz la posibilidad de descomponerse en una miríada de rayos y tonos que decoraron exquisitamente el lugar de encuentro del mar y lo desconocido. Afortunadamente, nos pasó cerca pero no descompuso el tiempo que tan amablemente nos trataba.

La noche fue movida, el mar golpeó al barquichuelo y nuestro esqueleto, sometido a repetidas contusiones, no se amoldaba. Parecíamos esas fichas de plástico cuadradas que el bebé en sus primeros juegos intenta pasar a través del círculo y, en su afán, la golpea y masacra contra los bordes que obstruyen su entrada.

2/2 UNA CÁLIDA VISITA

La noche pasó saltimbanqueada y lenta, pero cuando el día nos bañó con su luz, el viento comenzó a amainar y las aguas, a tranquilizarse.

El día nos trató bien, tal vez demasiado, pues la calma chicha se prolongó más de la cuenta. Pero el mar entró en acción, el viento comenzó a soplar y el spinacker que llevábamos enroscado, vago y laxo hasta entonces, se infló y comenzó a trabajar como debía. Su anaranjado contrastaba con el negro que lo cruzaba, pero más aún con el techo de nubes grises que se cernían sobre nosotros.

LA GRAN TORMENTA

La tormenta era inminente y el recuerdo de la paz que envolvía al simpático lobito marino quedaba atrás a medida que el cielo se cubría más y más y más. Eran las siete de la tarde, pero el sol se había ocultado hacía tres horas, con sus últimas fulguraciones. A esta altura, la idea de un temporal era ineludible y tronaba dentro de cada uno. Pasaron unos minutos y el vigor del viento que soplaba cada vez más fuerte era acompañado por el descenso continuo del barómetro. Ni atisbos de que fuera a calmar, así que nos preparamos. Aunque lo cierto es que cuando estalló la tormenta (porque con ese verbo entró a escena), estábamos totalmente desacondicionados. Sus zarpas nos agarraron desprevenidos y fue mucho más fuerte de lo que mi mente había imaginado. A las 8 de la noche comenzamos a lidiar con el famoso anticiclón cercano a la isla de Santa Catarina, el que había sido tan nombrado cuando a principios de siglo hundió, en uno de sus arrebatos, al "Principesa Mafalda", bañando la fama de ese barco italiano con muerte y desgracia.

El capitán, con estoica resistencia, se mantuvo en el timón buena parte de la insólita aventura. Durante las primeras dos horas, como producto del desorden de las guardias, mi hermano y yo estábamos recostados en popa tratando de conciliar el sueño. Resultó imposible. El ruido y los crujidos producidos por la resistencia de la fibra de vidrio a los múltiples y violentos impactos del agua, se mezclaban con el intenso sacudimiento proferido por un mar que ahora, lejos de ser aquel que hamaca y adormece, multiplicaba la tensión de quien quisiera habitarlo.

De esa manera, ninguna en especial por ser imposible mantener una, saltaba en una de las cuchetas de popa. Desde ahí, podía ver sólo una de las manifestaciones del viento: una banderita del barco que flameaba frenética. Las ondulaciones eran imperceptibles, parecía estar conectada a una fuente eléctrica que la asemejaba a una cuchilla y daba la impresión de que su virulenta actividad podía rebanar al más duro de los materiales.

La inquietud de mi hermano podía palparse, aunque él con su mutismo la quisiera aplacar. En ese momento, a pesar de mi inconciencia en situaciones adversas, pude darme cuenta de que lo que vivíamos superaba todas sus vivencias experimentadas en sus cruces por el Atlántico.

Después de un rato ahí debajo, ensordecido por ruidos de toda calaña y provenientes de todas partes, no aguanté más. Llegado el momento, cuando mi hermano se levantó y logró sentarse en la mesa de navegación para mirar el barómetro y sacar un rumbo, aproveché para decirle que estaba muy incómodo. Necesitaba aire. O tal vez, observar lo que pasaba, porque ahí sólo podía vivir la tempestad a través de lo que la fragilidad material me transmitía. El palo rugía furiosamente como si en su interior tuviera sierras contrapuestas y en fricción; el viento que arañaba al casco aullaba satánicamente; los herrajes chillaban en busca de auxilio o descanso sobre la estructura entera que gemía con desesperación y parecía que se esforzaba para pasar bajo el viento. El barquichuelo, sumido en ese torbellino, me llevó a la imagen del gato que no desea ser acariciado y que uno, por el placer que implica la suavidad de su piel, insiste y lo obliga a estirar su cuello y encorvar toda su columna para pasar bajo la caricia aplastante. Así se sentía al barco, no parecía tener una medida exacta, sino que aparentaba estirarse y contraerse sucesivamente por el poder que lo presionaba y flanqueaba.

Obligado por el estruendo y los golpes, salí.

Guido me dijo que lo esperara, que él sólo se quedaría tranquilo si estábamos juntos. Se puso el traje de agua y empezó a transpirar, su color bronceado comenzó a tornar al claro y, en un tris, su cara se cubrió de un blanco fantasmal. Corrió al baño y vomitó todo lo que tenía. Esperé, parado y en silencio. No quería incomodar y él se veía muy molesto. Estaba a los pies de la escalera que llevaba a cubierta: a mi derecha la pileta de la cocina y una cajonera con todos los utensilios, a mi izquierda la mesa de navegación y otros cajones con diferentes repuestos y herramientas. Los sacudones eran salvajes y las cosas se estrellaban contra las paredes de los cubículos. La soga que evitaba la eyección de los cajones iba cediendo paulatinamente y pensé que se soltarían y me romperían los huesos. Resistí unos momentos, haciendo firme las cosas sueltas y ordenando lo que podía, hasta que Guido no me dejó dudas de que se quedaría recostado.

Sólo dos palabras salieron de mi boca: -“Guido, subo”. Su respuesta fue el silencio.

No sin dificultades, subí los cinco peldaños que me separaban de cubierta. Entonces, pude apreciar el espectáculo que la naturaleza desplegaba. La fuerza era tanta y tan inmensa que podía sentirla en cada uno de los poros presionados por el ambiente que  tironeaban de la piel. Quedábamos expuestos a la furiosa violencia. ¿Cómo describir esa poliactividad cuando siento que la palabra más grande y el adjetivo más impactante sería quitarle grandeza a esa omnipotencia? Busco, cavilo, intento recrear su danzar macabro y sólo doy con frases, oraciones, construcciones gramaticales que quedan muy a la zaga de lo que en verdad fue.

En el cockpit sólo estaban el capitán, fiel al timón, y uno de los tripulantes, el "siempre dispuesto". Al principio, estábamos sentados en cubierta asegurados por la línea de vida con las piernas tensas, casi parados en la otra banda para no caernos al agua, pero después se nos ocurrió que lo mejor sería meternos dentro de la bañadera del cockpit, ya que temíamos ser barridos por alguna de las olas que nos desparramaban.

Quedé paralizado. No de miedo, no podía sentirlo cuando todo lo que me rodeaba era de tal magnitud. Cuando navegábamos por la cresta de las montañas de agua, la vista recorría las innumerables fulguraciones que iluminaban ahí nomás y allá en el océano, ahora gigante neurótico. Los estertores eléctricos parecían inmensas jeringas que eyaculaban sobredosis de brillo. La masa de líquido atraía sus incisivas descargas y parecía alimentarse de ellas con placer. En otros momentos, las cumbres acuáticas formaban un valle por el que navegábamos sin tener la menor noción de lo que ocurría sobre el nivel del mar. Las imágenes de absoluta apertura y distancia se entremezclaban con las de encierro y oscura profundidad. En rigor, no estábamos por debajo del nivel del mar, pero la sensación era esa. "El Chaval" era barco y submarino alternadamente. Pasamos dos horas a través de ese continuo azote y embelesamiento. El mar manifestaba a través de las olas, sus variadas caras. No se podía creer que ese ser fuera el mismo que el observado desde la costa. Gigantes médanos líquidos, cerros poliformes e incluso montañas en activo cambio se erguían alrededor, provocando en nuestra conciencia una disminución continua del tamaño del barco. Pensé en la trillada metáfora de la cáscara de nuez, pero sus cuatro centímetros me parecían colosales ante la impresión que ahora me daban los 14 metros de eslora[6]. El agua había dejado de ser ese líquido benévolo y pacífico y en mi imaginación se mostraba como una bestia metamórfica de crudos poderes.

Otra de las dificultades para describir tamaña vivencia, es que mi ser, lejos de permanecer inmóvil, vagaba por mundos ajenos. En varias oportunidades, sentía que el yo se desvanecía y el pensamiento se apagaba, arrastrando al razonamiento hacia tierras vírgenes, desconocidas e inabordables para el intelecto. La conciencia, con tremendo esfuerzo, encontraba cada tanto a mi yo flotando en ensoñaciones herméticas al control. Cuando daba con mi ser, el yo soberbio lo traía de las orejas, imponiendo su supremacía, pero la conciencia potente sólo para imponer su voluntad en esta realidad, lo coartaba: "...no fuera a ser que me perdiera en ese lugar tan inasible como inabordado y que, peor aún, aquel sopor fuera más interesante que esta vida...".

De ese modo, entre idas y venidas había dejado de ser uno solo y me convertía en varias partes en pugna, como un terreno en el que varios bandos confluyen y pelean por dominar a sus contrincantes, detentando unos y otros un poder similar que impide el triunfo neto de alguno.

En esta superposición de sensaciones gocé de la maravilla que me era ofrecida. Sé que no la pude vivir con todos sus matices, como podría haberla vivido cualquiera, y esto se debió a que mi asombro fue sobrecogido.

Pasada la medianoche, entre uno y otro sopapo de las olas, sentimos un algo esperanzador. Empezaba a llover y la dulzura del agua contrastaba con la salinidad que desde hacía rato nos bañaba.

¡Qué placer! Los torrentes de agua pluvial apaciguaron al mar. La altura de las olas, que debía oscilar entre los cinco y los seis metros, quedó reducida a nada. Repentinamente, volvíamos a navegar sobre un mar calmo, aunque con fuertes rachas de viento.

El capitán nos mandó a subir la mayor y lo hicimos sin titubeos. Cuando estábamos llegando al cockpit, luego de la maniobra, el óvalo de oscuridad que se cernía sobre nosotros, comenzó a cerrarse.

Minutos después pude sentir las condiciones climáticas más violentas que jamás haya vivido.

En el momento en que la lluvia cesó, océano descargó su furia. Parecía que se había tomado esos cinco minutos de descanso para renacer con más potencia. Mi asombro estaba rebasado y las imágenes se superponían con el movimiento inagotable de las olas.

La realidad volvió a ser convocada por el grito del capitán para que arriáramos, de nuevo, la mayor. Tambaleante, llegué al mástil y me aferré a la vela imprimiéndole toda mi fuerza, totalmente vana. No sabía qué hacer, cómo actuar, cómo responder frente a eso que me superaba por tanto. Afortunadamente, mi compañero intrépido (para mí heroico) saltó sobre la botavara y con su peso, abrazado a ella y dando pequeños saltos empezó a bajar la vela. Mi ayuda se vio limitada a achicar vela desde el molinete y con la vela asegurada volvimos a acurrucarnos en la bañadera del cockpit.

El capitán estaba molido, nosotros también. Alrededor de las dos de la mañana, Guido salió de las mazmorras recuperado y suplantó al timonel. La guardia que pensaba hacer era de cuatro horas, ¡cuatro horas! y el frío que sentía se había mezclado con un hambre voraz. Desde abajo nos subieron unos bombones que engullimos sin saborear y eso calmó por un rato ambos malestares.

La tormenta no amainaba y mi cuerpo acostumbrado al golpe continuo de las olas, comenzaba a debilitarse. Sueño y hambre y frío no tardaron en volver. La pesadez y el cansancio y la humedad confluían. Sólo quería arrojarme a los brazos de Morfeo, pero no podía ni quería dejar a mi hermano. Ya había agotado todas las posibilidades para mantenerme despierto, las canciones que sabía cantar se habían consumido y debía conservar la escasa energía que me quedaba.

Decir que el tiempo transcurrió sería una mentira, porque esas cuatro horas no pasaban más y reptaron por una superficie repleta de escollos que impedían su avance. Por otro lado, Guido se sentía mal. No quería conversar y estaba muy intranquilo. Después me enteré de que estaba así porque uno de los tripulantes, el único Patrón a bordo, había entrado en pánico, desplegando un velo atemorizador sobre todos los que lo rodeaban.

Ya era suficiente y, por suerte, empezaba a clarear. El cansancio era tal que nada me atraía. El sueño me había capturado, ya no podía escaparle. Por momentos, ahí a la intemperie, dormité e incluso soñé cosas maravillosas hasta que Guido me dijo, repitió e insistió que su turno había terminado.

Por fin, cuando bajé me saqué el traje de agua pasado por agua. Estaba muerto de frío y encontré una caja de bombones abierta que no tardé en devorar. De ese modo y con pedazos de chocolate en la boca me fui a dormir.

Mi descanso era cortado por los bandazos y por la intranquilidad que me daba saber que Guido aún no bajaba. Lo último que recuerdo del día fueron las palabras de mi hermano que decían: -¡Cómo cambia el humor la luz del día!

3/2 Día de descanso entre delfines.

Sé que en esas horas de descanso la tormenta cedió. Porque los períodos de tiempo en que podía dormir se fueron alargando con el correr de las horas. Nos levantamos al mediodía. Un buen techo de nubes nos acompañaba pero la azulada superficie estaba calma. En los rostros que cruzaba podía adivinarse una suerte de deseo por no volver a vivir lo pasado y una especie de añoranza por llegar a tierra firme, ya no a la que queda atravesando la bahía de Guanabara, sino a cualquier tierra.

Los cuerpos comenzaron a aparecer a medida que las nubes hacían lo contrario. Recuerdo que desayunamos unos suculentos platos de cereales templados por un sol tímido. Alrededor de las tres de la tarde, fuimos íntegramente bañados por un sol de exquisita temperatura. ¡Cuánto deseábamos algo así! Las charlas recobraron vigor y las anécdotas fueron sucediéndose entre risas y carcajadas. Almorzamos unos sandwiches y gozamos de una buena tarde.

Súbitamente, avistamos algo que se movía a unos cien o doscientos metros del barco. ¿Qué era, un tiburón? Sí, una aleta que resbalaba entre las aguas, pero: ¿De qué animal?. Al acercarse, pudimos ver de quién se trataba; nos deleitamos con su figura estilizada, de piel brillante y azul grisácea, terminada en una hermosa trompa hidrodinámica. -¡Un delfín!, gritamos a coro. En instantes, nuestra atención se diversificó cuando se mostró toda la manada. Por un lado, los ocho tripulantes nos preparamos para contemplar la función, por otro, los delfines preparaban su espectáculo y entraban en calor: saltaban consecutivamente uno detrás del otro, demostraban su velocidad subacuática, se formaban en parejas y nadaban pegaditos a la proa; pasaban de un lado al otro, formaban tríos, cuartetos, quintetos... Pero lo más sorprendente era la alegría que esas criaturas transmitían a empellones. Los músculos de mi cara, tensos por la sonrisa, se empezaron a contracturar, tironeando de los cachetes y haciéndome doler las sienes. Su modo de nadar y moverse era cautivante, no sólo por su perfección evidente, sino por la gracilidad con que los desarrollaban. No se observaba ningún tipo de esfuerzo y la suma de sus acciones, sin duda, respondía a algo muy sobre nosotros.

Sus redondos ojos, de color profundo y cristalino, parecían pantallas deseosas por comunicar. Recuerdo que al mirarlos, un sentimiento de profunda paz se alojó en mí, pero mi anhelo por tocarlos se activó. Como estábamos en medio de una calma, le pregunté al capitán si podía zambullirme e intentar establecer contacto con alguno de estos nuevos amigos. Me tiré al mar, me tomé del salvavidas y permanecí inmóvil un rato. Deseaba que se me acercaran, pero no bien me tiré se alejaron, manteniéndose a veinte metros. Cuando me di cuenta de que no se acercarían si permanecía en su medio, subí a bordo. En seguida, los tuvimos nuevamente bajo el casco, a babor, a estribor, cerca de proa, por la popa; se desparramaban por todos lados y cada tanto, uno u otro, esquivaba una medusa que nadaba oronda por sus pagos y que le daba su colorida fosforescencia al ambiente azul y verdoso.

Una vez que los tripulantes se acostumbraron a esta compañía y parecían menos interesados, yo, que no podía dejar de mirarlos, me acomodé en el púlpito -especie de banquito que se halla en la proa del barco- y los observé. Aunque no sé si fue al revés, ya que su curiosidad parecía mayor que la mía. Saltaban casi hasta mi altura y yo podía -o creía- ver que allí, suspendidos del aire, nos echaban un vistazo y reflexionaban sobre nuestra condición. Pasé un rato inolvidable y como estaban cada vez más cerca, soñé con zambullirme nuevamente. Mi ingenua imaginación (tal vez cinematográfica) me llevó a pensar que tal vez uno de ellos se dejaría tocar e incluso me llevaría a la rastra. Cuando estaba por saltar, otro de los muchachos que se había quedado mirándolos, me ganó de mano. Saltó desde cubierta justo en el momento en que uno de los delfines pasaba por debajo y el delfín se sumergió de inmediato a una profundidad a la que nuestra vista no llegó. La manada se dispersó. Me tiré al agua y me alejé unos metros del barco para ver si se acercaban. Nada, y para peor desde el agua casi ni los veía. Aunque el contacto no se dio, gocé del baño: nadando en aguas templadas, a mar abierto, sobre una profundidad de 300 metros en medio de ese verde cristalino. Cuando abría los ojos debajo, podía ver cómo el sol de la temprana tarde se fraccionaba en cientos de rayos que penetraban la superficie, enfatizando su color y transparencia. ¡Qué gozo! Intenté liberar mis sentidos de toda predeterminación, dejar un poco de lado la parte consciente y dejarme llevar por los sucesivos procesos en los que me envuelve el placer. De esta forma, comencé a dar brazadas largas y acompasadas. Sentía que el agua se transformaba en aceite al tocarme y resbalaba, arrastrando parte de mi escoria constitutiva. Luego del re-nacimiento, subí a bordo renovado.

Cuando el crepúsculo cobró vida, los delfines se perdieron en la inmensidad y nosotros nos tiramos a remolonear. El viento llegó con la noche luego de un fantástico atardecer. Volvimos a la navegación de regata. Las guardias se sucedieron en orden y la oscuridad trajo aparejada corrientes de viento cruzado que sacudieron sin cesar al pobre "Chaval". Cenamos bien y a las dos de la mañana, cuando despedía la jornada, mi cansancio me arrastró a una de las cuchetas. Los sacudones eran fuertes pero más aún el sueño.

4/2 EL ACCIDENTE TERMINAL

Cerca de las seis de la mañana sentí mucho movimiento, pero mis miembros se veían entorpecidos por un terrible sopor. Alrededor de las siete sentí algunas voces que no podía identificar. Cuando miré hacia el cockpit vi que había personas extrañas conversando con el capitán. Al subir di con un gordo de enormes proporciones que se hacía llamar por sus segundos, "Almirante". Al levantar la cabeza pude ver que la corbeta "Granville" de la gendarmería estaba a escasos metros. Habíamos entrado en otra calma chicha y la cercanía del enorme barco, no representaba peligro. Me enteré de que el timón se había roto y con el accidente, nuestra participación en la regata finalizaba.

Alrededor de las cuatro de la tarde, en medio de un clima ideal, hablamos con la corbeta para que nos remolcara hasta el puerto más cercano ubicado en la isla de Santa Catarina. En ese momento, una importante depresión se apoderó de mí. No por el fracaso, sino más bien por el abandono; ya que la competencia no me importaba. Perder, ser derrotado... pila de veces, pero abandonar, ¡jamás! Nunca lo había hecho y ahora nos veíamos obligados por circunstancias que nos excedían.

5/2 Arribando a las tierras mais granyi du mundo

Después de un suave remolque nocturno, y de haber descansado sin golpes ni despertares violentos, desayunamos mientras nos remolcaban a tierra, con uno de los cañones antiaéreos que apuntaba en nuestra dirección. Pasadas las tres de la tarde divisamos tierra brasileña, hicimos la maniobra para quedar liberados y el almirante de la corbeta nos despidió cortésmente.

Allá, en tierra, nos esperaban unas anchas playas que se extendían a lo largo de toda la costa; de arena blanca, realzada por el contraste del azul marítimo y la verdura selvática que las contorneaba detrás. Alguna que otra construcción quedaba, apenas, a la vista, y algunas casitas se desparramaban a lo largo de sus costas.

Dentro, en el continente, todo era verde.

                                                                                    Andrés Manrique



[1] La vela de mayor envergadura con forma de globo.

[2] Son cabos o cables, o una combinación de ambos, que sirve para izar y arriar las velas.

[3] Son cables en general de acero que sostienen al palo lateralmente

[4] Una de las velas de proa.

[5] La mano de rizo se emplea cuando se quiere disminuir la superficie vélica de la mayor sin arriarla toda.

[6] Es la longitud del barco de popa a proa, el largo que tiene.

 

 

 

  cUENTO

 

 

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