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EDGAR ALLAN POE Y LA FURIA DEL MAR

Poe:
escritor de profundidades. Siempre sumergido en ríos de imaginación. Su obra es
incursión por las penumbras del terror, las
anticipaciones de la ciencia ficción, y la creación del género policial. Y el asombro
ante las potencias del mar. En Arthur Gordon Pyme, su novela corta, Poe
narra la fusión entre el marino y los amplias manos líquidas del océano.
Ahora compartiremos con ustedes, visitantes de Temakel, el
modo cómo Poe recrea la furia del
mar. Presentaremos los principales pasajes de su cuento Un
descenso al Maelstrom, en traducción al español de Julio Cortázar.
Formulamos a un mismo tiempo la invitación a la
gozosa lectura de toda la obra de Poe y al recorrido de la totalidad del cuento antes aludido.
Junto al relato del gran escritor norteamericano, presentamos también
otro encuentro con la ira oceánica: Regata
Buenos Aires-Río de Janeiro.
Un encuentro con la furia del mar
En
el inicio de un Un descenso al Maelstrom, un anciano mariano
guía a un visitante hasta el pie de un áspero acantilado en las costas
de Noruega. Desde allí, pueden contemplar las aguas del Atlántico
Norte. Y entonces el vetusto marino comienza a recordar un lejano día
en que se lanzó a navegar junto con su hermano en una embarcación de
medianas proporciones. Nada hacia presumir una inminente cólera de las
olas. Pero, en el fluir del tiempo, los aguardaba la sorpresa de un
abismo y un remolino en el corazón furioso del mar...
...Partimos con una buena brisa de estribor
y al principio navegamos velozmente y sin pensar en el peligro pues no
teníamos el menor motivo para sospechar que existiera. Pero, de pronto, sentimos que se
nos oponía un viento procedente de Helseggen. Esto era muy insólito; jamás nos había ocurrido antes, y yo empecé a
sentirme intranquilo, sin saber exactamente por qué. Enfilamos la barca contra el viento, pero los remansos no nos
dejaban avanzar, e iba a proponer que volviéramos al punto donde habíamos estado anclados cuando, al mirar hacia popa vimos que todo el horizonte estaba cubierto por una extraña nube del color del cobre que se levantaba
con la más asombrosa rapidez.
Entretanto, la brisa que nos había impulsado acababa de amainar por completo y estábamos en una calma total, derivando hacia todos los rumbos. Pero esto no duró
bastante como para darnos tiempo a reflexionar. En menos de un minuto nos cayó encima la tormenta, y en
menos de dos el cielo quedó cubierto por completo; con esto, y con la espuma de las olas que nos envolvía, todo se
puso tan oscuro que no podíamos vernos unos a otros en la cubierta.
Sería una locura tratar de describir el huracán que siguió. Los más viejos marinos de Noruega jamás conocieron nada parecido. Habíamos soltado todo el trapo
antes de que el viento nos alcanzara; pero, a su primer embate, los dos mástiles volaron por la borda como si los
hubiesen aserrado..., y uno de los palos se llevó consigo a mi hermano mayor, que se había atado para mayor
seguridad.
Nuestra embarcación se convirtió en la más liviana pluma que jamás flotó en el
agua. El queche tenía un puente totalmente cerrado, con sólo una pequeña escotilla cerca de proa, que acostumbrábamos cerrar y asegurar cuando íbamos a cruzar el
Strom, por precaución contra el mar picado. De no haber sido por esta circunstancia, hubiéramos zozobrado
instantáneamente, pues durante un momento quedamos sumergidos por completo. Cómo escapó a la muerte mi hermano mayor no puedo decirlo, pues jamás se me presentó la oportunidad de averiguarlo. Por mi parte, tan pronto hube soltado el trinquete, me tiré boca abajo en el puente, con los pies contra la estrecha borda de proa y las manos
aferrando una armella próxima al pie del palo mayor. El instinto me indujo a obrar así, y fue, indudablemente, lo mejor que podía haber hecho; la verdad es que
estaba demasiado aturdido para pensar.
Durante algunos momentos, como he dicho, quedamos completamente inundados,
mientras yo contenía la respiración y me aferraba a la armella. Cuando no pude
resistir más, me enderecé sobre las rodillas, sosteniéndome siempre
con las manos, y pude así asomar la cabeza. Pronto nuestra pequeña embarcación dio una sacudida, como hace
un perro al salir del agua, y con eso se libró en cierta medida de las olas que la tapaban. Por entonces estaba tratando yo de sobreponerme al
aturdimiento que me dominaba, recobrar los sentidos para decidir lo que
tenía que hacer, cuando sentí que alguien me aferraba del brazo. Era mi hermano mayor, y mi
corazón saltó de júbilo, pues estaba seguro de que el mar lo había
arrebatado. Mas esa alegría no tardó en transformarse en horror, pues
mi hermano acercó la boca a mi oreja, mientras gritaba: ¡Moskoe-strom!
Nadie puede imaginar mis sentimientos en aquel instante. Me estremecí de la cabeza a los pies, como si sufriera un violento ataque de calentura.
Demasiado bien sabía lo que mi hermano me estaba diciendo con esa simple palabra y lo que quería darme a entender:
Con el viento que nos arrastraba, nuestra proa apuntaba hacia el remolino
del Strom... ¡y nada podía salvarnos!
Se imaginará usted que, a cruzar el canal del
Strom, lo hacíamos siempre mucho más arriba del remolino, incluso con tiempo bonancible, y debíamos esperar y observar
cuidadosamente el momento de calma. Pero ahora estábamos navegando
directamente hacia el vórtice envueltos en el más terrible huracán.
‘Probablemente-pensé- llegaremos allí en un momento de la calma... y eso nos da una esperanza.’ Pero, un segundo después, me maldije por ser tan loco como para pensar en
esperanza alguna. Sabía muy bien que estábamos condenados y que lo estaríamos igual aunque nos halláramos en un
navío cien veces más grande.
A esta altura la primera furia de la tempestad se había agotado, o
quizá no la sentíamos tanto por estar corriendo delante de ella. Pero el mar, que el viento
había mantenido aplacado y espumoso al comienzo, se
alzaba ahora en gigantescas montañas. Un extraño cambio se había
producido en el cielo. Alrededor de nosotros, y en
todas direcciones, seguía tan negro como la pez, pero en lo alto, casi encima de donde estábamos, se abrió repentinamente un círculo de cielo despejado
-tan despejado como jamás he vuelto a ver-, brillantemente azul, y a través del cual resplandecía la luna llena con un brillo que no le había conocido antes. Iluminaba con sus rayos todo lo que nos rodeaba, con la más grande claridad; pero... ¡Dios
mío, qué escena nos mostraba!
Hice una o dos tentativas para hacerme oír de mi hermano, pero, por razones que no pude comprender, el estruendo había aumentado de manera tal que no alcancé a hacerle entender una sola palabra, pese a que gritaba con todas mis fuerzas en su oreja. Pronto sacudió la cabeza, mortalmente pálido, y levantó un dedo como para decirme: ‘¡Escucha!
Al principio no me di cuenta de lo que quería significar, pero un horrible pensamiento cruzó por mi mente.
Extraje mi reloj de la faltriquera. Estaba detenido. Contemplé el cuadrante a la luz de la luna y me eché a llorar, mientras lanzaba el reloj al océano. ¡Se había detenido a las
siete! ¡Ya había pasado el momento de calma y el remolino del Strom estaba en plena
furia!
Cuando un barco es de buena construcción, está bien equipado y no lleva mucha
carga, al correr con el viento durante una borrasca las olas dan la impresión de resbalar por debajo del casco, lo cual siempre resulta extraño
para un hombre de tierra firme; a eso se le llama cabalgar en lenguaje
marino.
Hasta ese momento habíamos cabalgado sin dificultad sobre las olas; pero de pronto una gigantesca masa de
agua nos alcanzó por la bovedilla y nos alzó con ella... arriba...más
arriba... como si ascendiéramos al cielo. Jamás hubiera creído que una ola podía
alcanzar semejante altura. Y entonces empezamos a caer, con una carrera, un deslizamiento y una zambullida que me
produjeron náuseas y mareo, como si estuviera desplomándome en sueños
desde lo alto de una montaña. Pero en el momento en que alcanzamos la cresta, pude lanzar una ojeada alrededor... y lo que vi fue más que suficiente. En un
instante comprobé nuestra exacta posición. El vértice de Moskoe-strom se hallaba a un cuarto de
milla adelante; pero ese vórtice se parecía tanto al de todos los días
como el que está viendo usted a un remolino en una charca. Si no hubiera sabido dónde estábamos y lo que teníamos que esperar, no hubiese reconocido en absoluto aquel sitio. Tal corno lo vi, me obligó a cerrar involuntariamente los ojos de espanto. Mis párpados se apretaron
como en un espasmo.
Apenas habrían pasado otros dos minutos, cuando sentimos que las olas decrecían y nos vimos envueltos por la espuma. La embarcación dio una brusca media
a babor y se precipitó en su nueva dirección como una centella. Al mismo
tiempo, el rugido del agua quedó completamente apagado por algo así como un estridente alarido... un sonido que podría usted imaginar formado por miles de barcos de vapor que dejaran escapar al mismo tiempo la presión de sus calderas. Nos hallábamos ahora en el cinturón de la resaca que rodea siempre
el remolino, y pensé que un segundo más tarde nos precipitaríamos al abismo, cuyo interior veíamos borrosamente a
causa de la asombrosa velocidad con la cual nos movíamos. El queche no daba la impresión de flotar en el agua,
sino de flotar como una burbuja sobre la superficie la resaca. Su banda de estribor daba al remolino, y por babor surgía la inmensidad oceánica de la que acabábamos
de salir, y que se alzaba como una enorme pared oscilando entre nosotros y el horizonte.
Puede parecer extraño pero ahora, cuando estábamos
sumidos en las fauces del abismo, me sentí más tranquilo
que cuando veníamos acercándonos a él. Decidido a no abrigar ya ninguna esperanza, me libré de una buena
parte
del terror que al principio me había privado de mis
fuerzas. Creo que fue la desesperación lo que templó mis nervios.
Tal vez piense usted que me jacto, pero lo que le digo
es la verdad: Empecé a reflexionar sobre lo magnífico
era morir de esa manera y lo insensato de preocuparme por algo tan insignificante como mi propia vida
frente a una manifestación tan maravillosa del poder de Dios. Creo que enrojecí de verguenza cuando la idea
cruzó
por mi mente. Y al cabo de un momento se apoderó de mí la más viva curiosidad acerca del remolino. Sentí
el deseo de explorar sus profundidades, aun al precio del sacrificio que iba a costarme,
y la pena más grande que sentí fue que nunca podría contar a mis viejos camaradas de la costa todos los misterios que
vería. No hay duda que eran éstas extrañas fantasías en un
hombre colocado en semejante situación, y con frecuencia he pensado que la rotación del barco alrededor del vértice pudo trastornarme un tanto la
cabeza.
Otra circunstancia contribuyó a devolverme la calma, y fue la cesación del viento, que ya no podía llegar hasta nosotros en el lugar donde estábamos, puesto que, como usted mismo ha visto, el cinturón de resaca está
sensiblemente más bajo que el nivel general del océano, al que veíamos descollar sobre nosotros como un alto borde montañoso y negro. Si nunca le ha tocado pasar una borrasca en plena mar, no puede hacerse
una idea de la confusión mental que produce la combinación del viento y
la espuma de las olas. Ambos ciegan, ensordecen y ahogan, suprimiendo toda
posibilidad de acción o de reflexión. Pero ahora nos veíamos en gran medida libres de
aquellas molestias.., así como los criminales condenados a muerte se ven favorecidos con ciertas
liberalidades que se les negaban antes de que se pronunciara la
sentencia.
Imposible es decir cuántas veces dimos la vuelta al circuito. Corrimos y corrimos, una hora
quizá, volando más que flotando, y entrando cada vez más hacia el centro de la resaca, lo
que nos acercaba progresivamente a su horrible borde interior. Durante todo este
tiempo no había soltado la armella que me sostenía. Mi hermano estaba en la popa, sujetándose a un pequeño barril vacío, sólidamente atado bajo el
compartimiento de la bovedilla, y que era la única cosa a bordo que la borrasca no bahía precipitado al
mar. Cuando ya nos acercábamos al borde del pozo, soltó su asidero y se precipitó hacia la armella de la cual, en la agonía de su terror, trató de desprender mis manos, ya que
no era bastante grande para proporcionar a ambos un sostén seguro. Jamás he sentido pena más
grande que cuando lo vi hacer eso, aunque comprendí que su proceder era el de un insano, a quien el terror ha vuelto loco furioso. De todos modos, no hice ningún esfuerzo para oponerme. Sabía que ya no
importaba quién
de los dos se aferrara de la armella, de modo que se la cedí y pasé a popa, donde estaba el barril. No me costó mucho hacerlo, porque el queche corría en círculo con bastante estabilidad, sólo balanceándose
bajo las inmensas oscilaciones y conmociones del remolino. Apenas me
había afirmado en mi nueva posición, cuando dimos un brusco bandazo a estribor y nos
precipitamos de proa en el abismo. Murmuré presurosamente una plegaria a
Dios y pensé que todo había terminado.
Mientras sentía la náusea del vertiginoso descenso, instintivamente me aferré
con más fuerza al barril y cerré los ojos. Durante algunos segundos no me atreví a abrirlos, esperando mi aniquilación inmediata y me
maravillé de no estar sufriendo ya las agonías de la lucha final con el agua. Pero el tiempo seguía pasando. Y yo estaba vivo. La sensación de caída había cesado y el movimiento de la embarcación se parecía al de antes, cuando estábamos
en el cinturón de espuma, salvo que ahora se hallaba más inclinada.
Junté coraje y otra vez miré lo que me rodeaba.
Nunca
olvidaré la sensación de pavor, espanto y admiración que sentí al
contemplar aquella escena. El queche parecía estar colgando, como por arte de magia, a mitad de
camino en el interior de un embudo de vasta circunferencia y prodigiosa profundidad, cuyas paredes, perfectamente
lisas, hubieran podido creerse de ébano, a no ser por la asombrosa velocidad con que giraban, y el lívido
resplandor que despedían bajo los rayos de la luna, que, en el centro de aquella abertura circular entre las
nubes a que he aludido antes, se derramaban en un diluvio gloriosamente áureo a lo largo de las negras
paredes y se perdían en las remotas profundidades del abismo.
Al principio me sentí demasiado confundido para poder observar nada con precisión. Todo lo
que alcanzaba con ese estallido general de espantosa grandeza. Pero, al
recobrarme un tanto, mis ojos miraron instintivamente hacia abajo. Tenía
una vista completa en esa dirección, dada la forma en que el queche colgaba de la superficie inclinada del
vórtice. Su quilla estaba perfectamente nivelada, vale decir que el puente se hallaba en un plano paralelo al del
agua, pero esta última se tendía formando un ángulo de más de cuarenta y cinco grados, de modo que
parecía como si estuviésemos ladeados. No pude dejar de observar, sin embargo, que, a pesar de esta situación, no me
era mucho más difícil mantenerme aferrado a mi puesto que si el barco hubiese estado a nivel; presumo que se
debía a la velocidad con que girábamos.
Los rayos de la luna parecían querer alcanzar el fondo mismo del profundo abismo, pero aún así no
pude ver nada con suficiente claridad a causa de la espesa niebla que lo envolvía todo y sobre la cual se cernía un magnífico arco
iris semejante al angosto y bamboleante puente que, según los musulmanes, es
solo paso entre el Tiempo y la Eternidad. Aquella niebla, o rocío, se producía sin
duda por el choque de las enormes paredes del embudo cuando se encontraba en el fondo; pero no trataré de
describir el aullido que brotaba del abismo para subir hasta el cielo.
Nuestro primer deslizamiento en el pozo, a partir del cinturón de espumas de la parte superior, nos había hecho descender a gran distancia por la
pendiente; sin embargo, la continuación del descenso no guardaba relación con el anterior. Una y otra vez dimos la vuelta, no con un movimiento uniforme sino entre
vertiginosos balanceos y sacudidas, que nos lanzaban a veces a unos cuantos centenares de yardas, mientras otras nos hacían completar casi el circuito del remolino. A cada vuelta, y aunque lento, nuestro descenso resultaba perceptible.
Mirando en torno la inmensa extensión de ébano líquido sobre la cual éramos así llevados,
advertí que nuestra embarcación no era el único objeto comprendido en el abrazo del remolino. Tanto por encima
como por debajo de nosotros se veían fragmentos de embarcaciones, grandes pedazos de maderamen de construcción y troncos de árboles, así como otras cosas más pequeñas, tales como muebles, cajones rotos, barriles y
duelas.
...a cada revolución de nuestra barca sobrepasábamos algún objeto,
como ser un barril, una verga o un mástil. Ahora bien, muchos de aquellos restos, que al abrir yo por primera vez los ojos para contemplar la maravilla del remolino,
se encontraban a nuestro nivel, estaban ahora mucho más arriba y daban la impresión de haberse movido muy poco de
su posición inicial.
No vacilé entonces en lo que debía hacer: resolví asegurarme fuertemente al barril del cual me tenía, soltarlo de la bovedilla y precipitarme con él al
agua. Llamé la atención de mi hermano mediante signos, mostrándole los barriles flotantes que pasaban cerca de nosotros, e hice todo lo que estaba en mi poder para
que comprendiera lo que me disponía a hacer. Me parecía que al fin entendía mis intenciones, pero fuera así o no, sacudió la cabeza con desesperación, negándose a
abandonar su asidero en la armella. Me era imposible llegar hasta él y la situación no admitía pérdida de tiempo. Así fue como, lleno de amargura, lo abandoné a su destino, me até al barril mediante las cuerdas que lo habían
sujetado a la bovedilla y me lancé con él al mar sin un segundo de
vacilación.
El resultado fue exactamente el que esperaba. Puesto que yo mismo le estoy haciendo este relato,
por lo cual ya sabe usted que escapé sano y salvo, y además está enterado de cómo me las arreglé para escapar,
abreviaré el fin de la historia. Habría transcurrido una hora o cosa así desde que hiciera abandono del queche, cuando lo
vi, a gran profundidad, girar terriblemente tres o cuatro veces en rápida sucesión y precipitarse en línea recta en el caos de espuma del abismo, llevándose consigo a mi querido hermano. El barril al cual me había
atado descendió apenas algo más de la mitad de la distancia entre el fondo del remolino y el lugar desde donde me había tirado al
agua, y entonces empezó a producirse un gran cambio en el aspecto del vórtice. La pendiente de los lados del enorme embudo se fue haciendo menos y menos escarpada. Las revoluciones del vórtice disminuyeron gradualmente su violencia. Poco a poco fue desapareciendo la espuma y el arco iris, y pareció como si el fondo del abismo empezara a levantarse suavemente. El cielo estaba despejado, no había viento y la luna llena resplandecía en el oeste, cuando me encontré en la superficie del océano, a plena vista de las costas de Lofoden y en el lugar donde
había estado el remolino de Moskoe-strom Era la hora de la calma, pero el mar se encrespaba todavía en gigantescas olas por efectos del huracán. Fui impulsado violentamente al canal del Strom, y pocos minutos más tarde llegaba a la costa, en la zona de los pescadores. Un bote me recogió, exhausto de fatiga, y, ahora que el peligro había pasado, incapaz de hablar a causa del recuerdo de aquellos horrores. Quienes me subieron a bordo eran mis viejos camaradas y compañeros cotidianos, pero no me reconocieron, como si yo fuese un viajero que retornaba del mundo de los espíritus. Mi cabello, negro como ala de cuervo la víspera, estaba tan blanco como lo ve usted ahora. También se dice que la expresión de mi rostro ha cambiado. Les conté mi
historia... y no me creyeron. Se la cuento ahora a usted, sin mayor esperanza de que le dé más crédito del que le concedieron los alegres pescadores de Lofoden.
(*)
(*) Fuente.
Edgar Allan Poe, "Un descenso al Maelstrom", en Cuentos
completos, Vl, Traducción de Julio Cortázar, Buenos Aires, ed.
Alianza.
* Barco
atrapado arriba por la tormenta es pintura de Willem Van de Velde.
Regata
Buenos Aires-Río de Janeiro.
Un encuentro con la furia del mar
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