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MITOLOGIAS DE RIN
Por X. B. Saintine
Esta carta forma parte del libro Mitologías del Rin publicado originalmente en el siglo pasado
por el mitólogo X.B.
Saintine y reeditado en lengua castellana por
Edicomunicación con ilustraciones de Gustave Doré. En
1860, a orillas del río Rin, Saintine
escribe una carta al Sr. Minorel, científico
de la época, donde se lamenta de la disipación de las tinturas
sagradas y poéticas con las que el antiguo mundo del mito
coloreaba la naturaleza y la existencia. Antes, la
aureola boreal surgía por los
destellos que manaban las espadas de héroes y dioses que se batían en
los cielos. Pero, en la modernidad, todo debe obedecer a causas
naturales y objetivas. La naturaleza ya no puede ser creación divina
tal como acontecía en el mito
escandinavo de la creación. Mediante este texto poco
conocido de Saintine, ahora en Temakel
podremos evocar el arcaico esplendor mítico del mundo.
CARTA
AL SR. ANTOINE MINOREL, químico, matemático y filósofo errático
Siempre hubo cierto antagonismo entre nosotros y los sabios o
filósofos.
Estos han acabado por probar que los gigantes eran mucho más raros de
lo que se suele pensar y que el roble sagrado era un roble como otro
cualquiera: y el fresno Igdrasil, un fresno inverosímil; que el ruido
del viento y de la tempestad no se debe únicamente a los graznidos de
los pigargos y a los ladridos de las jaurías del cazador salvaje.
Filósofos y sabios, gracias a vosotros, nuestros padres, se han dejado
persuadir de que las erupciones de los volcanes tienen otras causas
determinantes que las luchas encarnizadas de las brujas y de los
demonios que se disputan el imperio de los infiernos, que el arco iris
no tiene la solidez que convendría para hacer un puente; así como
otras demostraciones análogas.
Hasta aquí no hay mucho más que decir.
Lo cierto es que, poco a poco, de todos sus dominios celestes, la
mitología del Norte sólo pudo conservar el de la aurora
boreal.
El emblema poético y sorprendente de la aureola boreal era un reflejo
del Valhalla, la sombra resplandeciente de todas aquellas radiantes
fuentes divinas, el espléndido resultado de las luces, de las chispas,
de los relámpagos que surgen de las espadas en las continuas contiendas
entre héroes y dioses.
A esta explicación clara y posible, la ciencia no encontró una sola
respuesta: de la aurora boreal. no se sabía nada, ¡absolutamente nada!
La aurora boreal quedaba entonces como el último refugio, la fortaleza
inexpugnable de nuestra mitología.
De repente, precedido por un rumor extraño, un hombre siniestro baja de
los Alpes. Este hombre siniestro, de mirada sombría y barba descuidada
y partida en dos puntas, eras tú, Antoine. De acuerdo con ese rumor
extraño, la aurora boreal tenía que ser considerada de ahora en
adelante como un conjunto de partículas de hielo que flota en las
regiones superiores de la atmósfera. Esta doctrina subversiva de todo
principio mitológico, la habías cogido de un físico de Ginebra.
llamado Laville, creo. La propagas, la exaltas, hablas de calor, de
electricidad, de magnetismo terrestre: los mirones de la ciencia te
escuchan boquiabiertos, aplauden al descubrimiento del ginebrino, que se
ha convertido en el tuyo, y gracias a ti se derrumba la última muralla
de la mitología nórdica. ¡He aquí vuestras proezas!
Desposeídos de esta manera, ¿dónde se va a refugiar la mitología?
¿Dónde? ¡Pues en la memoria y en la conciencia de los pueblos!
Te encoges de hombros, Antoine; tomas aires superiores de filósofo
escéptico y burlón, mientras lias tu eterno cigarrillo; según tú,
todas las mitologías del mundo no han sido más que novelas rosas del
pasado, asuntos de los narradores y de los poetas para divertir a los
ociosos y servir de pretexto a las fiestas populares. Nadie, incluso
entre la plebe de las ciudades y los campos, las ha tomado jamás en
serio, y nosotros, los mitólogos, no somos más que coleccionistas de
viejos sueños desvanecidos, de nieves derretidas, de nieblas disipadas
y bengalas apagadas.
...Alemania ha guardado un buen recuerdo de Tor y de su martillo, ya lo he
apuntado antes en esta obra, más seria de lo que parece, y que para tu
instrucción te aconsejo leer, y releer. Fiel a su memoria, a1 final del
siglo XVI, y aunque adoptase el calendario gregoriano y todas las
reclamaciones del clero católico, exigió que uno de los días de la
semana se consagrase al hijo mayor de Odín y de Frigg, y es así como
el jueves se sigue llamando Thorsdag. Inglaterra ha seguido su ejemplo.
Thursday significa también día de Tor.
En algunos países nórdicos, el día de Odín (Odinstag) figura
también en los almanaques.
Esto te sorprende y te imaginas quizá que la vieja Germania se resume
con mucha pertinencia a su testarudez mitológica. ¡Como el astrónomo
de la fábula, como todos los sabios, absorbido en sus ecuaciones y
cálculos has perdido el conocimiento de lo que ocurra cerca de tí, a
tu alrededor.! ¿Acaso en nuestro país, en Francia, como en el de
nuestros vecinos del sur, la denominación de los meses, la de los días
de la semana, no son en la actualidad, y seguramente por mucho tiempo,
tomadas, sino de la mitoteogonía escandinava, al menos de la de los
griegos y de los romanos, desde Marte a Venus y Mercurio? Del mismo modo
que Alemania se ha quedado india y druídica, nosotros hemos conservado
la marca romana, dejada con tanto vigor por César en Galia.
Aún ayer, nuestras costumbres, nuestras artes, literatura, las
expresiones de nuestro lenguaje, ¿no eran acaso tres cuartas partes
paganas? Fuera del calendario, ¿estamos completamente Cristianizados
hoy en día?
El paganismo
romano ha persistido entre los pueblos de raza latina tanto como el otro
entre las naciones de origen germánico o escandinavo. Para probarlo, me
bastará evocar aquí un mito, uno solo, para circunscribir la
disertación dentro de unos límites estrechos dejándole, sin embargo,
seguir, su marcha regular y cronológica.
Ahora, Antoine ¡escoge tú mismo el tema!... Veamos... ¿Te conviene la
barca de Carón?, .. ¿Sí?... ¡Pues adelante con la Barca de Carón!
Actúo de esta forma. un poco como los echadores de cartas que siempre
se las arreglan para que se escoja la carta que les conviene, aunque
todo el mundo piensa que se cogió al azar. ¡No importa! La Barca de
Carón es justamente la carta que me hacía falta; y entro en materia.
En los primeros tiempos del cristianismo, según el estudio del
historiador Prócope, la herencia del viejo Carón, o sea el empleo de
barquero de almas se había repartido entre varios marineros de cabotaje
de nuestras provincias picardas de los márgenes del Océano.
Al filo de la medianoche, el patrón, a quien le tocaba el servicio
durante esa noche, oía tres golpes en la puerta. Abría y no veía a
nadie, pero podía oír una voz débil apenas articulada, la voz del
aire que le preguntaba si estaba lista su barca.
La barca vacía flotaba, amarrada a la ribera.
Entonces la voz misteriosa llamaba a unos seres invisibles, las almas de
los difuntos, sin duda, que respondían ocupando el esquife que seguía
vacío en apariencia. A medida que afluían estos extraños pasajeros,
el barco se iba hundiendo poco a poco bajo su peso. Cuando la barca
estaba suficientemente lastrada, el patrón subía a bordo, izaba la
vela, cogía el timón y hacía rumbo hacia una de las islas de la Gran
Bretaña.
Cuando la nave llegaba a su destino, la misma voz llamaba de nuevo: se
oía un ligero roce sobre uno de los bordes de la embarcación, que iba
elevándose cada vez más sobre las olas, a medida que sus invisibles
pasajeros, pero no imponderables, tomaban posesión de la ribera.
El país hacia donde se dirigía cada día esta carga de almas era
Irlanda; luego cogían el camino de aquella célebre cueva llamada más
tarde el Purgatorio de San Patricio, que se consideraba entonces como la
puerta principal del Infierno.
Así, la Barca de Carón estaba aún en servicio cuando él, ante los
primeros fervores de la nueva religión, había juzgado prudente
borrarse y hacerse el muerto ¡Paciencia! ¡Puede aparecer de nuevo!
¿Dónde? En todas partes. Sin querer seguirle en todas sus apariciones,
podemos afirmar que al final del siglo XIII, un gran poeta cristiano,
Dante, con toda su autoridad, había restablecido al viejo Carón en su
puesto de barquero del Infierno. Tras él, en esta misma Italia, más
aún, en la ciudad católica por excelencia, y trabajando bajo los ojos
del papa, Miguel Angel, un sabio, un artista sublime lo representaba en
un cuadro del Juicio Final al mismo tiempo que Dios, Cristo, la Virgen
María y los Santos. ¡Sin Carón no hay infierno posible! Tal era
todavía la opinión de todos en la Roma cristiana del siglo XV.
Podríamos
recorrer, paso a paso, toda la Edad Media, y siempre en todas las
épocas bajo todos los regímenes, volveríamos a encontrar al viejo
barquero, su barca y su óbolo. ¿Es que todo ésto no se ha convertido
acaso en algo proverbial para nosotros? ¿La barca de Carón no
constituía ayer todavía el estribillo final y obligatorio de todas
nuestras canciones de taberna? En cuanto a su óbolo ya nos ocuparemos
de ello.
En su Historia de las Sepulturas nacionales, Legrand d’Assy relata que
el clero francés, al no poder abolir entre la gente del campo el uso de
Naulus, es decir del óbolo destinado a pagar al barquero de almas,
había ordenado que, en lugar de poner una moneda en la boca del muerto,
se pondría una hostia consagrada.
Sauval, en sus Antiguedades de París en 1630, nos cuenta que, buscando
en viejos cementerios, encontró en la finca las Carmelitas y en Notre
Dame des Champs muchos difuntos que llevaban aún el óbolo entre los
dientes.
¿No te bastan estas autoridades tan serias? Pues entonces, especie de
escéptico, has de saber que en mi famoso viaje a Chalons sur Saone
estuve en una aldea de Borgoña donde vi con mis propios ojos como se
pagaba la contribución del Naulus.
...No te acuerdas que un día, en la iglesia de una capital de provincia
cerca de Paris, ambos asistimos a un funeral y vimos, no sin sorpresa,
que el oficiante recibía de la mano del pertiguero un pan y una botella
de vino para el muerto. En aquel entonces yo no era mitólogo, y dejé
pasar el asunto sin más; esta vez no se trataba directamente de Carón,
pero nadábamos en aguas análogas; evidentemente era un eco de la
antigua Roma e incluso de la vieja Céltica que llegaba hasta nosotros.
¿Puedes creer ahora que hemos acabado con todas las nieves derretidas y
las nieblas disipadas? Antoine, en nuestro hermoso país, país de luces
y de progreso, donde son necesarias las novedades, cuesten lo que
cuesten, donde se piensa seriamente en librarse de los errores de la era
moderna, ya lo ves, aún estamos lejos de estar completamente librados
de la era antigua.
¿Cuántos siglos, cuántas generaciones de filósofos, de sabios
magistrados, de obstinados confesores hacen falta para que desaparezcan
en un pueblo sus antiguas costumbres religiosas aun cuando lo que queda
es sólo mitología?
En la actualidad, en los bordes del Rin, si el pueblo aun recuerda sus
elfos, sus enanitos, sus kobolds, nuestros campesinos, si bien es cierto
que se han vuelto reacios a los curas y dejan que sólo sus mujeres
frecuenten las iglesias, no por eso creen menos en las brujas y en las
echadoras de cartas.
La necesidad de creer es más fuerte que la mala voluntad de los
hombres. Sólo se es en parte incrédulo.
Amigo mío, esta gran verdad no se aplica únicamente a aquellos pobres
ignorantes útiles y laboriosos que constituyen el pueblo. Entre las
clases más altas, instruidas, favorecidas por la riqueza, por el ocio,
la incredulidad, pretendida filosófica, han venido a establecerse, uno
tras otro: Gessner, Cagliostro, Mesmer, los taumaturgos, los
magnetizadores, las mesas giratorias, los espíritus fluídicos, los
espíritus llamadores, que han llegado justo en el momento en que
vosotros, los espíritus fuertes pensabais que habíais hecho tabla rasa
con todas las supersticiones.
...Muy insensato sería el primero que declaró que el hombre era un animal
razonable; un animal susceptible de razonamiento, ¡si! ¡enhorabuena!
¡Justo lo que había que decir! El hombre razona, razona, razona, a
veces con justeza, pero a condición de que haya aprendido a razonar,
sometiendo su espíritu y sus pasiones a una sabia disciplina; que haya
impuesto el silencio a sus fantasías de su imaginación; que haya
buscado a Dios en la naturaleza, en la verdad, en su conciencia, y no en
los poetas ni en los mitólogos.
Esta es, amigo mío, la moraleja, que quisiera que se
descubra en la Mitología del Rin. (*)
(*)
Fuente: X.B. Saintine, Mitologías
del Rin, Edicomunicación, 2000.
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