| PRODIGIOS DEL CIELO EN EL MUNDO ANTIGUO
Por Víctor Manuel Jara
En el mundo moderno, el cielo suelo poblarse con extrañas luces y
formas vinculadas con
lo que conocemos como OVNIS (objetos voladores no identificados). Jung,
en su obra Sobre cosas que se ven en el cielo, intentó una
exploración psicológica de estos fenómenos. Pero los prodigios
celestes no pertenecen sólo a la historia contemporánea. También
fulguraron en el cielo del mundo antiguo. No es posible discernir con
claridad si aquellos prodigios tuvieron realidad física o si
únicamente pertenecen al territorio de la leyenda. Pero lo cierto es que
numerosos autores clásicos dan testimonio de la irrupción en la
cúpula celeste de enigmáticas apariciones. Que, de una u otra manera,
se entroncan con lo maravilloso, con lo sagrado. Ahora, en Temakel,
le presentamos un sorprendente y muy documentado recorrido a través de
aquellos prodigios en el cielo de la antigua Roma. El autor, Víctor
Manuel
Jara, es investigador argentino de aquellos sucesos misteriosos que a
veces se manifiestan en las alturas.
No es nada asombroso
que, según las antiguas crónicas, haya aparecido en el cielo todo género de
señales y portentos, o que desde siempre el hombre espere del cielo una maravillosa
intervención que acuda a auxiliarlo en su incapacidad. Nuestras observaciones de platillos volantes se hallan
ya, mutatis mutandis, en numerosos relatos que se remontan a algunos siglos atrás, si bien no parece que hayan sido tan frecuentes como hoy.
Carl G. Jung
Efectivamente, según hace notar Jung, existe una serie de documentos indiscutibles que refieren la observación de ciertos
¨portentos¨ o ¨prodigios¨ ocurridos en la antigüedad. Primero fue el mito, la leyenda; luego, las manifestaciones cada vez más frecuentes de dichos
fenómenos celestes, y la curiosidad y/o temor supersticioso que éstos provocaban en la gente, llevó a los eruditos de las distintas épocas a intentar explicarlos por causas
naturales, con argumentos más o menos tan ingenuos como los de nuestros días.
Discrepamos con Jung en el sentido de que dichos fenómenos no eran tan frecuentes como hoy; por el
contrario, casi podríamos afirmar que si alguien se tomara la molestia de registrar viejos archivos y documentos, y de leer con ojos siglo XX ciertas obras clásicas, se
encontraría con la sorpresa de hallar no sólo abundante material, sino que gran parte de dichos prodigios de los antiguos son iguales a los de nuestra época. De estos
testimonios hemos escogido para su análisis algunos que, de no ser por el respeto que gozan sus respectivos autores,
provocarían no poca desconfianza: nos referimos concretamente a las obras que nos legaran los historiadores y analistas de la Roma antigua, y que abarcan un amplio
período, desde su fundación casi hasta sus últimos días. Decíamos que al principio fue la leyenda, pero
recordemos que todas ellas tienen su origen en hechos realmente sucedidos. Una de éstas, que citaremos aquí por cuanto estimamos que se relaciona con los
¨prodigios celestiales¨ del pasado y que nosotros llamamos hoy 0VNIS
(Objetos voladores no identificados), está referida a uno de los míticos fundadores de la ciudad de Roma, Rómulo, y nos ha
sido transmitida por Julio Obsequens, un oscuro cronista del siglo IV de nuestra Era
-a quien tendremos ocasión de referirnos más adelante- en su obra ¨Prodigiorum
libellus¨ (¨El libro de los prodigios¨): ¨Un día que Rómulo, padre y fundador de Roma,
arengaba a sus tropas en los alrededores del pantano de Caprea, estalló de pronto una ruidosa tempestad, durante la cual se encontró rodeado de una nube tan espesa, que todos los que estaban presentes lo perdieron de vista, y desde ese momento nadie volvió a verlo sobre la tierra. Rómulo fue entonces promovido al rango de los dioses con el
nombre de
Quirinos¨.
El griego Plutarco también menciona estos acontecimientos en sus famosas
¨Vidas paralelas¨, dando particular importancia a la tempestad: ¨Imprevistamente se verificaron en el cielo
perturbaciones extrañas, indescriptibles, y alteraciones difíciles de
creer; el Sol perdió su esplendor, y cayó sobre la Tierra una noche surcada por truenos espantosos y ráfagas de vientos cargadas de tempestad, provenientes de todas direcciones¨ (Plutarco,
¨Vida de Rómulo¨). Resulta particularmente curioso descubrir en esta
¨leyenda¨ no solamente varios puntos en común con las manifestaciones contemporáneas de OVNIS, sino que la misma se asemeja notablemente a las revelaciones de la Divinidad (el ruido de
¨trueno¨ y la ¨nube¨) en diferentes pasajes de la Biblia, particularmente del Exodo y del
Libro de Ezequiel. Al lector familiarizado con este tipo de referencias le será fácil identificar otras semejanzas a
medida que avancemos en nuestro estudio. Digamos igualmente que el hecho en sí, o sea el rapto
de Rómulo, tiene su doble exacto en Elías, relatado con lujo de detalles en la Biblia, en el segundo libro de los Reyes. Pero...
¨Las versiones oficiales de este acontecimiento -comenta Patrice Gaston en su obra
¨Desapariciones misteriosas¨, respecto al secuestro de Rómulo- olvidaron el prodigio y asimilaron la desaparición a una leyenda cuyos defensores no podían ser tomados en
serio¨.
He aquí otro curioso
¨mito¨ para nuestro archivo. Dícese que, durante el reinado de Numa Pompilio, segundo rey de Roma que
gobernó entre los años 715 y 671 a. de C.. cayó del cielo un extraño escudo de bronce, que los romanos tomaron por un regalo de los dioses. El obsequio cósmico interesó a tal punto al rey que, por
¨inspiración de las Musas¨, y seguramente también por temor a que alguien quisiera
apoderarse de eso, ordenó forjar once copias del escudo, llamado ¨ancila¨, y además instituyó un Colegio de 12
sacerdotes, los Salios, para custodiarlos. Declaró sagrado el sitio donde había caído el objeto, y para conmemorar la fecha, los Salios recorrían todos los años las calles de Roma llevando en
procesión los sagrados escudos y cantando himnos alusivos- los
¨Carrnina Saliaria¨- y bailando. ¨Estos escudos son llamados 'ancila' por su forma
-nos explica una vez más Plutarco en ¨Vidas paralelas¨-, que no es redonda
ni tampoco exactamente ovalada, como en los escudos corrientes; presenta en cambio un corte de forma sinuosa, cuyos
lados se pliegan hacia atrás y después de un amplio giro se reúnen en las extremidades, formando la
figura curva que llaman 'anculos' (Plutarco; Vida de Numa).
¡Todo un aparato religioso montado alrededor de un ¨simple escudo¨! Dice Plutarco que, cuando Numa llevó a los herreros el
misterioso escudo para que hicieran las copias, todos se negaron, excepto uno, un tal Veturio
Mamurio. ¨Este auténtico maestro de su arte -escribe Plutarco- obtuvo tal precisión y los construyó todos tan iguales, que ni
siquiera Numa podía distinguir el original¨.
Estas excentricidades del rey romano podrían ser tomadas exclusivamente como tales, si no fuera porque él mismo constituye un enigma histórico. No se conoce exactamente su origen, aunque se lo supone de estirpe sabina. Era poseedor de un conocimiento
científico extraordinario para su época: casi podríamos compararlo con el sabio rey Salomón. Se dice que disponía de armas y dispositivos sumamente extraños y se le atribuyen
¨poderes sobrenaturales¨. Fue un reformador político y religioso. Restauró el culto al misterioso dios
Jano, edificando un templo en su honor, y modificó el calendario. Su reinado fue uno de los más pacíficos de la historia de
Roma, paz que los romanos nunca más habrían de tener a partir de su nefasto sucesor. Tulio
Hostllio.
Acotemos, por otra parte, que los antiguos romanos estaban convencidos de que entre ellos se encontraban unos extraños hombres, más altos de lo normal y de
apariencia soberbia, que serían emisarios de los dioses. Tito Livio, en su
Historia de Roma, menciona esta extraña aparición: Año 325 a. de C.-:
¨En la tranquilidad de la noche, ambos Cónsules dijeron haber sido visitados por la misma aparición; un hombre de estatura muy
superior a la normal y mucho más majestuosa, el cual declaró que el comandante por una parte y el ejército por otra debían ser sacrificados a los Manes y a la Madre
Tierra¨ (Livio; Historia de Roma, libro VIII, cap. XI). También Flavio Josefo, un historiador judeo-romano del siglo 1 de nuestra era, nos proporciona un informe
similar en su obra La guerra hebrea: ¨El 21 de Mayo, un fantasma
demoníaco de increíble magnitud... Antes del crepúsculo aparecieron en el aire de todo el país
carruajes y hombres armados que se desplazaron entre las nubes y circundaron la ciudad¨
(Josefo: La guerra hebrea; libro CXI).
Si tomamos en conjunto todos estos ¨mitos¨ y los consideramos como hechos auténticos
-y todo nos hace suponer que así es-, aunque sea sólo por un instante,
surgen una serie de interrogantes difíciles de responder: ¿qué era en realidad el
¨escudo¨ llegado del cielo? ¿Por qué el rey romano lo protegía con tanto celo?
¿Sería una
¨máquina¨ de alguna clase? ¿Puede acaso tener relación con las actividades de Numa y su sapiencia? ¿Por qué los herreros se negaron a hacer las copias, salvo uno?...
Evidentemente no se trata de una leyenda, puesto que su nombre llegó hasta nosotros gracias a Plutarco.
Marco Tulio Cicerón (106 a. de C. - 43 a. de C.), fundamental escritor y pensador de la antigüedad, nos
sorprende con el relato de 9 casos misteriosos, asociados con
inexplicables prodigios del cielo, en dos obras poco conocidas por el público:
De la adivinación y De la naturaleza de los dioses. Estas consideraciones de
Cicerón, relativas a los extraños fenómenos que se observaban en el cielo y a los que habrían de referirse con
posterioridad otros cronistas latinos, son por demás concluyentes: ¨Muchas son las veces que nuestro senado pidió a los Decemviros consultar a los Oráculos.., cuando se vieron dos soles, o cuando aparecieron tres lunas y unas llamas de fuego fueron observadas en el cielo; o en
aquella otra ocasión, cuando el sol salió de noche, al tiempo que se oyeron ruidos en el cielo, cuando la nube misma pareció estallar y se observaron extraños globos en el
cielo¨ (Cicerón; De la adivinación, libro 1, cap. XLIII).
Tito Livio (59 a. de C. - 17 a. de
e.), en su famosa
Historia de Roma menciona una serie de acontecimientos que tuvieron lugar en Italia alrededor del año 200 a. de C. Juzgado por algunos estudiosos de cultura latina
como ¨poco veraz¨. Se lo critica sobre todo por haberse valido con poco criterio de los trabajos de analistas
precedentes refiriendo a veces datos inexactos que incluso caerían, según estos jueces, en la superstición. Sin
embargo, Livio fue un hombre que amó a la Verdad por sobre todo y que además, demuestra a lo largo de su obra
-al menos en lo que queda de ella- sus dotes de narrador escrupuloso, que en poco lo diferencian de los
investigadores o periodistas especializados de hoy en día. Livio
detalla en su Historia nada menos que 30 fenómenos insólitos, cuya naturaleza fue y es desconocida. A título de muestra, transcribimos aquí algunos de
ellos:
Año 218 a. de e. - ¨En la provincia de Amiterna, se vieron en numerosos lugares unos seres parecidos a hombres vestidos de blanco, de muy lejana procedencia.
- La esfera del Sol se hizo más pequeña. En Preneste, centelleaban luces en el cielo.
- EnArpia, se vio un escudo en el cielo. Naves fantasmales aparecieron en el
cielo.
214 a. de e. - ¨En Hadria, fue visto un altar en el cielo, y cerca de él la figura de un hombre vestido de
blanco¨ (Livio; Historia de Roma, libros XXI - XXII).
Plinio el Viejo (23 d. de C. -79 d. de C.) fue tal vez uno de los más grandes científicos de la antigüedad. Escribió numerosas obras, de las cuales solamente llegó hasta
nosotros la Historia natural, en 37 libros; una verdadera enciclopedia
científíca para cuya redacción consultó centenares de escritos griegos y latinos. Dicha
Historia natural trata temas tan dispares como zoología, botánica, medicina,
astronomía, etc., si bien, lamentablemente, cae en el error de acoger también noticias demasiado
fantásticas, que nada tienen que ver con la ciencia. A pesar de ello, nadie podrá decir en este caso que Plinio se
limitó a escribir sin realizar estudios personalmente, puesto que justamente murió durante la trágica erupción del
Vesubio en el año 79 de nuestra era, cuando intentaba estudiar el fenómeno de cerca. Un poco más moderado que Livio, se contenta con referir sólo 26 casos de fenómenos desconocidos. Tengamos en cuenta, antes de remitimos a ellos, que aunque la mayor parte de los mismos puedan ser explicados por causas naturales, permanece un
porcentaje para la especulación que, por pequeño que sea, merece ser
investigado:
Año 222 a. de C. - ¨Tres lunas aparecieron también al mismo tiempo, por ejemplo, bajo el consulado de
Gneo Domitio y Gayo Fauno¨
(Plinio; Historia..., libro II, cap. XXXII).
85 a. de C. - ¨Bajo el consulado de Lucio Valerio y cayo Mario, un escudo en llamas rodeado de chispas
atravesó el cielo¨ (Idem, libro II, cap. XXXIV).
66 a. de e. -Bajo el consulado de Octavio y Cayo Suetonio, fue vista una chispa que
caía de una
estrella y se agrandaba a medida que se acercaba a tierra. Después de volverse grande como la luna, difundió una
especie de luz neblinosa; luego regresó hacia las estrellas bajo forma de antorcha. Es el único relato que se tiene de un suceso semejante. El procónsul Sileno y su séquito estaban entre quienes lo
vieron¨ (Idem, libro III, cap.mv)
Por motivos que no es difícil descubrir, sobre todo
después de leer este último caso, la Historia natural de
Plinio es una obra prácticamente imposible de obtener, y casi podría incluirse en la lista de libros y documentos
¨condenados¨ citados por Jacques Bergier. Plinio menciona también ciertos fenómenos que hoy llamaríamos
¨forteanos¨, como por ejemplo una ¨lluvia de carne¨ durante el consulado de P. Volumno, o una
¨lluvia de lana¨ en Conza, muy similar a los famosos ¨hilos de la Virgen¨,
tan característicos de las observaciones de OVNIS en Italia... en 1954!
El testimonio de Plinio llega al máximo ¨refinamiento¨ científico al clasificar los
diferentes tipos de objetos según su forma o características, exactamente lo mismo que hicimos nosotros 1800 años
después:
¨Dolium¨, palabra latina que designa un recipiente de arcilla de gran tamaño, con un reborde circular en la
base, en el que se dejaba fermentar el mosto antes de trasladarlo a las ánforas. Plinio utiliza esta palabra para
describir ciertos objetos ígneos por cuya parte inferior despedían una luz humosa. Dicha descripción evoca en nuestra memoria los famosos
¨foo-fighters¨, observados durante la década del ‘40 en diferentes lugares.
¨Clipeus¨: escudo redondo, metálico, de los soldados romanos. Plinio agrega a esta denominación el adjetivo
¨ardentes¨ -ardientes- para indicar que se trata de ¨escudos de fuego¨ o
¨escudos en llamas¨, como ya hemos visto. La mayor parte de las observaciones corresponde a esta clase de objetos y en varias ocasiones aparecían en grupos de tres o cuatro.
¨Chasma¨ es ¨apertura de la tierra¨, pero también puede aplicarse a cierto tipo de fenómeno
celeste o meteoro, que asemeja una abertura en las nubes o en el cielo.
¨Trabs¨: literalmente, en latín, ¨viga¨, pero también ¨árbol sumamente alto¨ y finalmente
¨fenómeno celeste¨, según el Diccionario Latín-Italiano de Calonghi (Milán, Italia). Plinio define con esta palabra ciertos objetos
particularmente grandes, alargados y sumamente luminosos, en los que se reconocen inmediatamente las
gigantescas ¨ naves-madre¨o ¨porta-ovrnis¨ modernos.
¨Todo este Universo visible no es el único en la naturaleza -escribía el poeta
Lucrecio en el siglo 1. a. de C.-, y debemos creer que hay otras regiones del espacio, otras tierras, otros seres y otros hombres¨.
Entre los siglos ll y lll de nuestra era vivió en Roma un extraño cronista, de origen griego, del que muy poco
sabemos, con excepción de su nombre y el titulo de su obra. Nos referimos a
Dión Cassio (155-235 d. de e.) -no confundir con el erudito Cassio
Longinus, del siglo II d. de O.)-, autor de una Historia Romana, en 80 libros,
donde se detallan 14 casos de probables prodigios celestes.
Veamos, pues, algunos de los alucinantes fenómenos relatados por Cassio:
Año 223 a. de O. -¨En Ariminium, una luz brillante como el día iluminó la noche; en numerosas regiones de
Italia, tres lunas aparecieron en el transcurso de la noche¨. (Cassio, Historia romana, libro
1).
48 d. de C. - ¨Saetas cayeron sobre el campo de Pompeyo. Una bola de fuego había aparecido en el cielo, por encima del campamento de César, y fue a caer sobre el campamento de Pompeyo. En Siria
dos jóvenes anunciaron el éxito de la batalla (en Tesalia) y
desaparecieron¨ (Cassio, Idem, libro IV).
193 d. de O. -¨Tres estrellas (imprevistamente) fueron vistas circundar el Sol, en el mismo momento que, en nuestra presencia, se estaba ofreciendo el sacrificio
para la entrada en guerra del Senado. Estas tres estrellas eran tan distintas que los soldados no pudieron evitar mirarlas y mostrarlas a los demás¨
(Cassio; Idem, libroLXXIV).
Otro cronista que merece nuestro mayor interés es
Julio Obsequente, que habría vivido en el siglo IV de nuestra era, antes del reinado del emperador Honorio. Su obra
El libro de los prodigios se nos antoja una predecesora del Libro de los condenados
de Charles H. Fort, puesto que en la misma recoge 63 prodigios celeste. Al igual que nos sucediera con Cassio, tampoco en esta ocasión nos fue posible hallar mayores referencias sobre la vida de este
misterioso
analista. En verdad, no es extraño que se pretenda borrar de la historia las crónicas escritas por este hombre, sobre todo después de echar un vistazo a algunas de
ellas:
Año 163 d. de.C. - ¨Bajo el consulado de Tiberio Graco y de Mario Juventus, en Cápua fue visto el Sol en
plena noche. En Formia, de día, fueron vistos dos soles. El cielo estaba en llamas. En Cefalú, un sonido de tromba vino del cielo. Hubo una lluvia de tierra. Una tempestad abatió las casas y destruyó los sembrados. De noche, un sol brilló sobre Pisa¨
(Obsequente, Prodigiorum libellus, cap. LXVI).
122 a. de C. - ¨En Galia, aparecieron tres soles y tres lunas¨ (Obsequente,
Idem, cap. XIV).
91 a. de C. - ¨Cerca de Espoletto, una esfera de
fuego de color de oro rodó hasta el suelo, aumentó de tamaño, pareció desplazarse sobre el suelo hacia el este, y
alcanzó tal grosor como para ocultar el sol¨ (Obsequente, Idem, cap.
CXIV).
42 a. de C. - ¨En Roma, se produjo a la caída de la noche una luz tan brillante, que las gentes se levantaron
para trabajar a pesar de que el día había terminado. En Murtino, se vieron tres soles hacia la hora tercia del día, que se unieron en un solo globo¨
(Obsequente; Idem, cap.CXXX).
Los hechos son éstos, vivos, actuales: tan actuales
como sucedidos ayer. Sin embargo, ocurrieron hace cientos de años, pero al igual que hoy, quedaron estos
testimonios, para demostrar a los incrédulos hombres del siglo XX la realidad de
extrañas apariciones en el cielo a través de los siglos.
ILUSTRACIONES
(de arriba hacia abajo): 1: Foto
del autor del artículo; 2: Clipeus
o escudo ardiente empleado por las legiones romanas que, según
Plutarco, Plinio el Viejo y otros autores latinos, a veces surcaban los
cielos del mundo antiguo; 3: Portada
de la edición italiana de El libro de los prodigios de Julio
Obsequente; 4: Objeto
volador no identificado entre las nubes.
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