CRISTO,
EL ARBOL Y LA CRUZ
Por
Esteban Ierardo
El
cristianismo pretende ser fenómeno religioso originario,
ruptura y superación del paganismo. Sin embargo, en el Cristo
que muere y resucita en la cruz, quizá subsistan los colores
y resonancias de símbolos ancestrales. Tal es la lectura
que aquí les propongo explorar desde este momento de Temakel.
También abajo se sugieren algunas lecturas para ampliar
el acceso a la temática.
CRISTO,
EL ARBOL Y LA CRUZ
Por
Esteban Ierardo
En
el cielo corren nubes rojas. El viento parece tocar tambores
que producen una música triste. Y dentro de una iglesia
solitaria, en el altar, El espera que te acerques a observarlo.
El, el Cristo sufriente empotrado en la cruz mediante clavos
de sangre. En su rostro mueren las aves y los mares se secan.
En su cuerpo dolorido se desploman árboles, languidecen
girasoles. ¿Sólo este Cristo del dolor puede existir en
la madera? ¿Sólo hay en él lugar para el pesar y el gesto
torturado? Otro Salvador podemos imaginar; o recuperar,
quizá, mediante la historia de los símbolos.
Para
esto, adentrémonos en las
raíces de la cruz, en los dos sólidos maderos que sostienen la anatomía
lacerada del Cristo tradicional. Entendamos la cruz como símbolo. La
cruz se enlaza con el árbol. En la Edad Media suele representársela como árbol con nudos y ramas. Esa cruz-árbol se ubica simbólicamente
en un centro místico del mundo. Desde allí la cruz puede actuar como
puente o escalera que une cielo y tierra. El
madero vertical de la cruz es el que permite ascender. El eje vertical es la línea que
trepa hacia el
cielo. La madera transversal, en cambio, simboliza la tierra y sus
avatares, sus quemantes hogueras de dolor y conflicto. De ahí que la línea
ascendente, vertical, y la madera horizontal de la cruz, sumadas,
representen una unión de opuestos: el esplendor gozoso del cielo por un
lado, y las turbulencias del sufrimiento terrenal, por el otro.
Pero
en el cristianismo el simbolismo de la cruz se inclina hacia el dolor más
que hacia una futura y placentera elevación. Antecedente de este
proceso es la cruz de fuego, las llamaradas como expresión del sufrir,
del temblar en el dolor. Quizá esto proceda de una reminiscencia del
arcaico frotar de dos leños para generar las chispas. Un hacer sufrir
la madera para urdir el fuego. Antes de la fogosa luminosidad, es
inevitable el sufrimiento. Un sufrimiento que, como el cristianismo, a
veces puede ser defendido como algo más esencial que la luz que
precede.
Pero
nuestra indagación nos llevará hacia la cruz de la plenitud y no la del calvario. Una antigua manifestación de este tipo de
cruz es la cruz egipcia o ansada. En el idioma sagrado de los jeroglíficos
la cruz del Antiguo Egipto expresa
la vida y el vivir. Su brazo superior traza una curva cerrada, casi
circular. La presencia del círculo. El círculo: símbolo de totalidad,
de energía vital inacabable, creadora. Un círculo de lo divino
celestial que desciende sobre la línea horizontal de la cruz egipcia
para animar la existencia terrenal, para conceder movimiento a los
seres. Así, la cruz ansada
también simboliza la unión de cielo y tierra.
Pero en la cruz latina el extremo del eje
vertical no se abre en un círculo, sino que se extiende,
imaginariamente, hacia una altura infinita. A través de esta línea
vertical el alma, luego de la muerte, puede abandonar la estrechez de
la tierra y luego renacer en una
vida celestial. Cristo muere a esta vida terrestre y asciende después
para resurgir, resucitar. Este es el momento en que el sentido de la
cruz puede ser mejor comprendido a través de su relación, ya antes
adelantada, con el árbol.
Primero
atendamos a la
cruz como árbol de redención. A esto se alude en la misa de la consagración
del Viernes santo cuando se asegura: “Fiel cruz, árbol sobre todos
noble: ningún bosque ofrece algo similar en hojas, flores, o semillas.
Dulce es la madera, dulce los clavos. Dulce el peso que soporta”. Esta
dulce madera de la cruz entendida como árbol es la que promete, en el
decir de San Pablo, en Corintos 15: 22
que “del mismo modo que en Adán mueren todos, así también
todos revivirán en Cristo”. En el paraíso, Adán convierte al árbol
del bien y el mal en árbol de la perdición. En cambio, el árbol-cruz
de la pasión es su opuesto, es árbol de la salvación, de la
resurrección. Medicina del mundo. En
las Revelaciones del Apocalipsis el árbol de la vida
se alzará en el centro de la ciudad celestial, Jerusalem. Allí, un río puro
brotará del trono de Dios y del Cordero
(del Cristo crucificado). Y del árbol cuyas raíces se nutren con aquellas
aguas surgirán hojas que sirvirán para la curación de las naciones.
La
cruz
enlazada con el árbol de la salvación y la vida regenerada. Pero los
maderos transversales también pueden asociarse con el árbol como irradiación primordial de
una vitalidad renovadora y creadora. La relación aludida conduce a la
sacralidad de lo arbóreo. Sólo recuperemos algunos antecedentes no
cristianos: en
un relieve de alabastro del Nimrud, siglo lX a.c., el rey persa Asurnasipal ll
se muestra junto a un dios alado adorando un árbol sagrado. En la
India, según una pintura del Jodhpur, del siglo XlX, el dios hindú Krisna se ubica
debajo del árbol Kadamba. Arbol que surge de un trono de loto. Desde
allí, el dios toca la flauta para atraer a los seres hacia un centro
sagrado donde florece el árbol. Entre
los tibetanos existe el famoso Arbol de las Asamblea de los Dioses
(Ts'ogs-shing). En su centro permanece Tsongkapa, un bodhisatva (iluminado).
En su pecho exhibe la efigie de Buda. En el tronco y las ramas del místico árbol se distribuyen asambleas de
maestros y budas, y los dioses de los cuatro puntos cardinales. En una pintura de Miraj-Nameh, Turqia,
s. XV, Mahoma es imaginado como árbol de rubíes, zafiros y esmeraldas. Acaso el
árbol Tuba que brota del centro del paraíso musulmán.
En
todos estos casos, y en tantos otros ejemplos que podrían ser
contemplados, el árbol se yergue en un centro de vitalidad creadora, de una fuerza
originaria. La cruz asimilada a esa centralidad generadora podrá
convertirse en lugar de renovación. En poder superador de la
muerte.
Respecto a esta dimensión de la cruz y el árbol como potencias que
trascienden lo muerto, podemos recordar el grabado de madera de Rennes,
Francia, en 1830, de un artista anónimo.
En aquella obra, a los pies del Cristo sufriente se ubica una
calavera rodeada por una serpiente. En lo alto, a la izquierda, el sol
y, a la derecha, la luna.
Cristo primero muere, su viejo cuerpo regresa a la dureza sin vida de
los huesos y, luego, resurge como lo hacen el disco solar y la plateada
señora de la noche. Tras el crepúsculo el sol atraviesa un
infierno subterráneo. Momento simbólico de la muerte. Al que le sucede
después un renacer al amanecer. La luna
desaparece tres noches. Muere. Para luego resurgir, brillante, jubilosa.
Pero la resurrección del Cristo clavado a
la cruz se asocia con el árbol más que con el sol y la luna. Y
por lo tanto con el tiempo de las estaciones y el renacer de la vegetación.
Los cálidos vientos de la
primavera llegan y fomentan la exuberancia, la expansión del verde
licor de la vida en ramas y plantas. Es el momento del
nacimiento. Luego, arriba el adusto y frío señor invierno. Trae su
guadaña para cortar la frondosa cabellera de la naturaleza. Los frutos
entonces desaparecen. Es el instante de la muerte. Pero los ríos del
tiempo nunca interrumpen su movimiento. Por eso el encanto primaveral
retorna. Y
sobre las cosas otra vez se vierte una lluvia de plenitud. La vida
renace. Resucita. Este ritmo del nacer, el morir y resurgir, se reitera
en Cristo, el ser clavado a la madera, al árbol, que a su vez es cruz. El hijo de Dios
perece en un sombrío invierno. Pero la muerte, la oscuridad
invernal, se agota. Y dentro del endulzado aire de la primavera que
vuelve, el que antes murió, asciende a través de las ramas del árbol
de la vida hacia la eternidad del cielo.
En la madera y su reverdecer primaveral, la humanidad arcaica halló una
metáfora válida para una comprensión global de la existencia. Vastas son
las propagaciones de esta intuición primordial en el mundo antiguo. Una de
sus expresiones más diáfanas es el mito de Adonis y Afrodita. Bajo
engaño, la
princesa Mirra copula con su padre. Cuando éste advierte
el desatino, persigue a su hija con el propósito de someterla a un castigo ejemplar.
Mientras escapa, Zeus se compadece de la mujer acosada. Y la convierte en
árbol, en mirra. Y al cabo de los nueve meses del seno de la madera
emerge Adonis niño. Es vida nueva, henchida de belleza y fascinación. Que seduce a Afrodita, diosa del amor. La diosa entrega el
niño a Artemis para que ésta oficie de nodriza y luego le restituya el
refulgente fruto de la madera. Pero Artemis también es hechizada por la
hermosura de Adonis. No acepta devolvérselo a la divinidad del erotismo
y el placer. Estalla entonces el
conflicto entre las diosas. Interviene luego Zeus con una negociación
salvadora. Durante el invierno, Adonis permanecerá con Artemis;
en la primavera, regresará con Afrodita. Junto con la última diosa,
gozará del
frescor del renacido esplendor primaveral. El lapso que Adonis transcurre
con Artemis, en cambio, se asocia simbólicamente
con el invierno. La vida,
Adonis, que brota de la madera retiene en sí la
circularidad tripartita de lo viviente: el nacer, el desaparecer, morir
(en invierno) y el rebrotar, renacer (en primavera-verano). Algo
semejante puede ser entrevisto en los mitos de Démeter; Isis y Osiris, e
incluso en el de Quetzacoatl.
Otro momento del
resurgir vegetal de Cristo en la cruz-árbol es el
sacrificio.
Sacrificio
en la perspectiva arcaica es redención o liberación de la forma finita.
Los seres suelen vivir
dentro del límite de sus cuerpos. El sacrificio es supresión de la
corporalidad, de lo corpóreo limitado, para que la energía viviente y el
espíritu dentro de la forma se derramen. Y propaguen.
Tal es la sospecha esencial tras el sacrificio azteca:
la muerte ritual de un individuo suprime su finitud y permite que su
chispa vital pueda proyectarse al comos y alimentar al sol.
El
cristo que padece martirio en la cruz no contradice esencialmente este
proceso. Dentro de la anatomía crística bulle la energía divina. Pero
aún retenida, no liberada, no manifestada. Su sacrificio y tortura
corporal es liberación de su poder espiritual. Que así se vierte en todo
hombre y mujer. Cristo sacrificado deviene fuerza espiritual derramada en lo universal. El sacrificio
que acontece en el árbol-cruz es pasaje de una espiritualidad primero
encerrada en el cuerpo del Mesías que, luego, se expande hacia la totalidad de la humanidad. Es así que,
desde el centro de la cruz, surge la rosa de una vida antes cerrada y
ahora expandida hacia cada palpitar humano.
El
sacrificio como liberación de una energía orginal antes contenida convierte al
Cristo empotrado en el árbol-cruz en forma de expansión y difusión de una
vida nueva, intensa
y esencial. En
este acto de donación de la nueva vida el Cristo que se da, que se
entrega luego del sacrificio, se asemeja a las antiguas diosas. El
vientre de la diosa aún sin fruto es simbólicamente un vacío inicial,
una vacuidad sin la particularidad de ningún nuevo ser. Pero luego la
diosa da luz, genera. En ese generar sacrifica el vacío de su vientre y
con dolor y alegría da. Entrega nueva vida. El dar de la diosa
(del que el dar redentor de Cristo acaso sea continuación) podemos
hallarlo en un mural de la tumba de Panesi, en Tebas, el Antiguo Egipto, en
el s. XVl a.c.. Allí se yergue un sicomoro. De entre sus ramas
aparece la diosa del árbol, manifestación de la Gran Madre Tierra. Ella
sostiene un cántaro con el que vierte sobre los seres el aguas de las
profundidades. Alimento y purificación sagradas. En otro mural de Tebas, de
también el s. XVl a.c, Isis con
forma de sicomoro amamanta a Horus, le ofrenda nueva vida mediante su seno que brota de las ramas. La diosa entrega
también la vida
que cimienta la esperanza de un conocimiento
purificador. Es el caso de la diosa hindú Maya que posa una de sus manos
en un árbol y de uno de sus costados pare al niño Buda, el que luego
difundirá una verdad que purifica.
La vida donada, difundida, por el Cristo luego de su morir sacrificial
también contiene antiguas resonancias del sacrificio de los reyes
antiguos. En el preámbulo del pródigo caliz de la primavera, el rey
era sacrificado en un escenario ritual con el propósito de liberar su
íntima vitalidad y verterla sobre la naturaleza para contribuir a la
fertilidad de la diosa de la vegetación.
Cristo y la cruz y su
fusión con el árbol y su cíclico renacer. Cristo y la cruz y su
relación con el centro que irradia energía sagrada, primordial.
Aquella fuerza originaria que crea, salva y regenera, se libera tras el
martirio, el padecer y el sacrificio. Cristo que desde la cruz y el
árbol finalmente da la fuerza que purifica y redime. Una vida nueva
como la que dimana del acto de donación de las antiguas diosas. O como
aquella potencia vital liberada de los antiguos reyes sacrificados cque
estimulaban la fertilidad cnatural. Una
creencia religiosa, la de el Salvador cristiano, que no es
luminiscencia autogenerada sino ágata cuya diversidad de colores y
reflejos son quizá herencia transformada de un pasado ancestral. De un
océano anterior de símbolos.
Una manera heterodoxa de acercarse al ser que agoniza en la madera, el árbol, la
cruz. Quizá mediante este otro modo de percibir al crucificado, ahora
podemos regresar a la iglesia solitaria...aquel templo abandonado... ¿recuerdas?
Otra vez puedes atravesar el umbral. A través de los vitrales,
en los muros laterales del templo, fluye la efervescente luz matinal.
En el altar se talla la cruz. Cruz ahora pletórica de hojas y de ramas que brotan de la madera. Y en el centro de
la cruz, que es en realidad el árbol, un ser divino extiende sus brazos.
Mana sangre de sus heridas. Pero sonríe. Sonríe mientras
espera ser lluvia de vino y selva cuando la primavera venga. Para arder
en nosotros.

ILUSTRACIONES
(de arriba hacia abajo): 1: Miniatura medieval realizada por
Berthold Furtmeyer, del misal del arzobispo de Salzburgo, 1481. En la
imagen, Cristo y la cruz penden de la copa del árbol que es árbol de
la perdición y de la salvación a un mismo tiempo;
2: La cruz de Letrán, en Roma. Mosaico del cristianismo
primitivo, realizado por Juan de Letrán, en el que aparece la cruz en
el centro del mundo; 3: Grabado de madera
en Rennes, Francia, 1830. Representa el simbolismo de la cruz en tanto
que árbol de la vida, con la figura del Dios padre y la paloma del
Espíritu santo en el extremo superior. A la izquierda, el sol y la luna
y, abajo, la calavera del Gólgota rodeada por la serpiente; 4:
Nacimiento del dios griego de la vegetación, Adonis, de un árbol de la
mirra que estalló luego de nueve meses de gestación. Pintura de
Urbino, siglo XVl; 5: Cristo en el
Arbol de la Vida, obra de Pacino da Bonaguido, Italia, principios
siglo XlV. En la pintura, Cristo y su cruz aparecen como un árbol
en cuya doce ramas se representan el origen, la pasión y la
glorificación de Cristo.
LECTURAS
SUGERIDAS:
Mircea
Eliade, Tratado de historia de las religiones, México,
Biblioteca Era. (Ver
en especial el capítulo dedicado al simbolismo de los árboles).
Alan
Watts, Mito y ritual en el cristianismo, Barcelona, Editorial
Kairós. (Muy buen acercamiento
a los orígenes paganos de los principales mitos y símbolos del
cristianismo).
Roger
Cook, El árbol de la vida, Madrid, Ed. Debate. (Recomendable
exposición sobre el simbolismo del árbol en numerosas culturas con
muchas oportunas ilustraciones).
Alfred
Loisy, Los misterios paganos y el misterio cristiano, Buenos Aires,
Editorial Paidós. (Se puede
consultar aquí el capítulo de Isis y Osiris y los últimos capítulos
sobre el origen de los símbolos y ritos cristianos).
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