En un libro reciente (1), W. F.
Jackson Knight expone interesantes investigaciones que tienen por
punto de partida el pasaje del libro VI de la Eneida donde se
describen las puertas del antro de la Sibila de Cumas: ¿por qué el
laberinto de Creta y su historia están figurados en esas puertas? El
autor se niega con razón a ver en ello, como lo han hecho algunos
que no van más allá de las concepciones “literarias” modernas, una
simple digresión más o menos inútil; estima, al contrario, que ese
pasaje debe tener un valor simbólico real, fundándose en una
estrecha relación entre el laberinto y la caverna, vinculados ambos
con la misma idea de un viaje subterráneo. Esta idea, según la
interpretación que el autor da de hechos concordantes pertenecientes
a épocas y regiones muy diversas, habría estado originariamente en
relación con los ritos funerarios y luego, en virtud de cierta
analogía, habría sido transportada a los ritos iniciáticos;
volveremos más en particular sobre este punto en lo que sigue, pero
debemos antes formular algunas reservas sobre el modo en que el
autor concibe la iniciación. Parece, en efecto, encararla únicamente
como un producto del "pensamiento humano”, dotado por otra parte de
una vitalidad que le asegura una especie de permanencia a través de
las edades, aun si a veces no subsiste, por así decirlo, sino en
estado latente; no tenemos necesidad alguna, después de todo cuanto
hemos ya expuesto acerca de este asunto, de mostrar una vez más la
insuficiencia de ese punto de vista, ya por el solo hecho de que no
tiene en cuenta los elementos “sobrehumanos”, que en realidad
constituyen precisamente lo esencial. Insistirernos solo en esto: la
idea de una subsistencia en estado latente trae aparejada la
hipótesis de una conservación en un “subconsciente colectivo”,
tomada de ciertas teorías psicológicas recientes; como quiera que se
opine acerca de éstas, hay en todo caso, en la aplicación así
efectuada, un completo desconocimiento de la necesidad de la
“cadena” iniciática, es decir, de una transmisión efectiva e
ininterrumpida. Cierto es que hay otra cuestión que es preciso
guardarse de confundir con aquélla: ha podido ocurrir a veces que
cosas de orden propiamente iniciático llegaran a expresarse a través
de individualidades que no eran conscientes en modo alguno de su
verdadera significación, y nos hemos explicado anteriormente sobre
ello con motivo de la leyenda del Graal (2); pero, por una parte,
eso nada tiene que ver con lo que es la realidad de la iniciación
misma, y, por otra, no podría entenderse así el caso de Virgilio, en
quien hay, como en Dante, indicaciones demasiado precisas y
demasiado manifiestamente conscientes para que sea posible admitir
que haya sido extraño a toda vinculación iniciática efectiva.
Aquello de que aquí se trata nada tiene que ver con la "inspiración
poética” tal como se la entiende en la actualidad, y a este respecto
Jackson Knight está por cierto demasiadamente dispuesto a compartir
los puntos de vista “literarios” a los cuales, sin embargo, su tesis
se opone en lo demás; pero no por eso hemos de desconocer todo el
mérito que corresponde a un autor universitario por tener el valor
de abordar ese tema, e incluso, simplemente, de hablar de
iniciación.
Dicho
esto, volvamos a la cuestión de las relaciones entre la caverna
funeraria y la caverna iniciática: aunque esas relaciones sean
ciertamente reales, la identificación de ambas, en cuanto a su
simbolismo, no representa sino, cuando mucho, una media verdad.
Observemos, por lo demás, que, inclusive desde el mero punto de
vista funerario, la idea de hacer derivar el simbolismo del ritual
en lugar de ver, al contrario, en el ritual mismo el simbolismo en
acción, como en realidad es, pone ya al autor en grandes
dificultades cuando comprueba que el viaje subterráneo va seguido
casi siempre de un viaje al aire libre, representado por muchas
tradiciones como una navegación; esto sería inconcebible, en efecto,
si no se tratara sino de la descripción por imágenes de un rito
sepulcral, pero, en cambio, se explica perfectamente cuando se sabe
que se trata en realidad de las fases diversas atravesadas por el
ser en el curso de una migración que es real y verdaderamente “de
ultratumba”, y que no concierne en nada al cuerpo que ese ser ha
dejado tras de sí al abandonar la vida terrestre. Por otra parte, en
razón de la analogía existente entre la muerte entendida en el
sentido ordinario y la muerte iniciática, de que hemos hablado en
otra oportunidad, una misma descripción simbólica puede aplicarse
por igual a lo que ocurre al ser en uno y otro caso; tal es, en
cuanto a la caverna y al viaje subterráneo, la razón de la
asimilación antes establecida, en la medida en que está justificada;
pero, en el punto en que ella debe legítimamente detenerse, nos
hallamos todavía en los preliminares de la iniciación y no en la
iniciación misma.
En efecto, nada más que una preparación para
ella puede verse, en estricto rigor, en la muerte al mundo profano
seguida del “descenso a los Infiernos”, el cual, claro está, es la
misma cosa que el viaje al mundo subterráneo al cual da acceso la
caverna; y, en lo que hace a la iniciación misma, lejos de ser
considerada como una muerte, lo es al contrario como un “segundo
nacimiento”, y como un paso de las tinieblas a la luz. Pero el lugar
de este nacimiento es también la caverna, por lo menos en los casos
en que la iniciación se efectúa en ella, real o simbólicamente, pues
va de suyo que no hay que generalizar demasiado, y que, como en el
caso del laberinto, al cual nos referiremos en seguida, no se trata
de algo necesariamente común a todas las formas iniciáticas sin
excepción. Lo mismo aparece; por lo demás, incluso exotéricamente,
en el simbolismo cristiano de la Natividad, con igual nitidez que en
otras tradiciones; y es evidente que la caverna como lugar de
nacimiento no puede tener precisamente la misma significación que la
caverna como lugar de muerte o sepultura. Se podría hacer notar, sin
embargo, por lo menos para vincular entre sí esos aspectos
diferentes y hasta en apariencia opuestos, que muerte y nacimiento
no son, en suma, sino las dos faces de un mismo cambio de estado, y
que el paso de un estado a otro se considera siempre como que debe
efectuarse en la oscuridad (3); en este sentido, la caverna seria
más exactamente, pues, el lugar mismo de ese tránsito: pero esto,
aun siendo estrictamente verdadero, no se refiere aún sino a uno de
los aspectos de su complejo simbolismo.
Si el autor no ha logrado ver el otro
aspecto de este simbolismo, ello se debe muy probablemente al
influjo ejercido sobre él por las teorías de ciertos “historiadores
de las religiones”: siguiendo a éstos admite, en efecto, que la
caverna deba vincularse siempre a los cultos “ctonios”, sin duda por
la razón, algo demasiado “simplista”, de que esta situada en el
interior de la tierra; pero esto está muy lejos de la verdad (4).
Con todo, nuestro autor no puede menos de advertir que la caverna
iniciática se da ante todo como una imagen del mundo (5), pero su
hipótesis le impide sacar la consecuencia que sin embargo se impone,
a saber: siendo las cosas así, la caverna debe formar un todo
completo y contener en sí misma la representación del cielo tanto
como de la tierra; si ocurre que el cielo se mencione expresamente
en algún texto o figure en algún monumento como correspondiente a la
bóveda de la caverna, las explicaciones propuestas a este respecto
se tornan a tal punto confusas y poco satisfactorias que ya no es
posible seguirlas. La verdad es que, muy lejos de constituir un
lugar tenebroso, la caverna iniciática está iluminada interiormente,
de modo que, al contrario, la oscuridad reina fuera de ella, pues el
mundo profano se asimila naturalmente a las "tinieblas exteriores” y
el “segundo nacimiento” es a la vez una “iluminación”(6). Ahora, si
se pregunta por qué la caverna es considerada así desde el punto de
vista iniciático, responderemos que la solución se encuentra, por
una parte, en el hecho de que el símbolo de la caverna es
complementario con respecto al de la montaña, y, por otra, en la
relación que une estrechamente el simbolismo de la caverna con el
del corazón; nos proponemos tratar por separado estos dos puntos
esenciales, pero no es difícil comprender, después de cuanto hemos
tenido ya ocasión de decir en otros lugares, que todo eso está en
relación directa con la figuración misma de los centros
espirituales.
El
laberinto
Pasaremos por alto otras cuestiones que, por
importantes que sean en sí mismas, no intervienen aquí sino
accesoriamente, como por ejemplo la de la significación de la “rama
de oro”; es muy discutible que pueda identificársela, salvo en un
aspecto muy secundario, con el bastón o la varita que en formas
diversas se encuentra muy generalmente en el simbolismo tradicional
(7). Sin insistir más en ello, examinaremos ahora lo que
concierne al laberinto, cuyo sentido puede parecer aún más
enigmático, o al menos más disimulado, que el de la caverna, y las
relaciones existentes entre ésta y
aquél.
El
laberinto, como bien lo ha visto Jacksor Knight, tiene una doble
razón de ser, en cuanto permite o veda, según los casos, el acceso a
determinado lugar donde no todos pueden penetrar indistintamente;
solo los que están "cualificados” podrán recorrerlo hasta el fin,
mientras que los otros se verán impedidos de penetrar o extraviarán
el camino. Se ve inmediatamente que hay aquí la idea de una
“selección”, en relación evidente con la admisión a la iniciación
misma: el recorrido del laberinto no es propiamente, pues, a este
respecto, sino una representación de las pruebas iniciáticas; y es
fácil comprender que, cuando servía efectivamente como medio de
acceso a ciertos santuarios, podía ser dispuesto de tal manera que
los ritos correspondientes se cumplieran en ese trayecto mismo. Por
otra parte, se encuentra también la idea de “viaje”, en el aspecto
en que esa idea se asimila a las pruebas mismas, como puede
verificárselo aún hoy en ciertas formas iniciáticas, la masonería
por ejemplo, donde cada una de las pruebas simbólicas se designa,
precisamente, como un “viaje”. Otro simbolismo equivalente es el de
la “peregrinación”; y recordaremos a este respecto los laberintos
que se trazaban otrora en las lajas del piso de ciertas iglesias,
cuyo recorrido se consideraba como un "sustituto" del peregrinaje a
Tierra Santa; por lo demás, si el punto en el que termina ese
recorrido representa un lugar reservado a los "elegidos”, ese lugar
es real y verdaderamente una “Tierra Santa” en el sentido iniciático
de la expresión: en otros términos, ese punto no es sino la imagen
de un centro espiritual, como todo lugar de iniciación lo es
igualmente (8).
Va de suyo, por otra parte, que el empleo del
laberinto como medio de protección o defensa admite aplicaciones
diversas, fuera del dominio iniciático; así, el autor señala
particularmente su empleo "táctico” a la entrada de ciertas ciudades
antiguas y otros lugares fortificados. Solo que es un error creer
que en este caso se trate de un uso puramente profano, el cual
incluso hubiera sido cronológicamente el primero, para sugerir luego
la idea de una utilización ritual; hay en esta idea, propiamente,
una inversión de las relaciones normales, conforme, por otra parte,
a las concepciones modernas pero solo a ellas, y que por lo tanto es
enteramente ilegítimo atribuir a las civilizaciones antiguas. De
hecho, en toda civilización de carácter estrictamente tradicional,
todas las cosas comienzan necesariamente por el principio o por lo
que es más próximo a él, para descender luego a aplicaciones cada
vez más contingentes; y, además, inclusive estas últimas no se
encaran jamás desde un punto de vista profano, que no es, según lo
hemos explicado a menudo, sino el resultado de una degradación por
la cual se ha perdido la conciencia de la vinculación de esas
aplicaciones con el principio. En el caso de que se trata, podría
fácilmente percibirse que hay algo distinto de lo que verían los
“tácticos” modernos, por la simple observación de que ese modo de
defensa, “laberíntico”, no se empleaba solamente contra los enemigos
humanos sino también contra los influjos psíquicos hostiles, lo que
indica a las claras que debía tener por sí mismo un valor ritual
(9). Pero hay más todavía: la fundación de las ciudades, la elección
de su sitio y el plan según el cual se las construía se hallaban
sometidos a reglas pertenecientes esencialmente a la “ciencia
sagrada” y, por consiguiente, estaban lejos de responder solo a
fines “utilitarios", por lo menos en el sentido exclusivamente
material que se da actualmente a esa palabra; por completamente
extrañas que sean estas cosas a la mentalidad de nuestros
contemporáneos, es preciso sin embargo tomarlas en cuenta, sin lo
cual quienes estudian los vestigios de las civilizaciones antiguas
jamás podrán comprender el verdadero sentido y la razón de ser de lo
que observan, aun en lo que corresponde simplemente a lo que se ha
convenido en llamar hoy el dominio de la "vida cotidiana”, pero que
entonces tenía también, era realidad, un carácter propiamente ritual
y tradicional.
En cuanto al origen del nombre del “laberinto”,
es bastante oscuro y ha dado lugar a muchas discusiones; parece que,
al contrario de lo que algunos han creído, no se relaciona
directamente con el nombre de la lábrys o doble hacha
cretense, sino que ambas derivan igualmente de una misma palabra muy
antigua que designaba la piedra (raíz la-, de donde
lâos en griego, lapis en latín), de suerte que,
etimológicamente, el laberinto podría no ser en suma otra cosa que
una construcción de piedra, perteneciente al género de las
construcciones llamadas “ciclópeas”. Empero, no es ésa sino la
significación más exterior de la palabra, que, en sentido más
profundo, se vincula al conjunto del simbolismo de la piedra, al
cual hubimos de referirnos en diversas oportunidades, sea con motivo
de los “betilos”, sea con motivo de las “piedras del rayo”
(identificadas, precisamente, con el hacha de piedra o
Lábrys), y que presenta aún muchos otros aspectos. Jackson
Knight lo ha entrevisto por lo menos, pues alude a los hombres
“nacidos de la piedra” (lo que, señalémoslo de paso, da la
explicación de la palabra griega laós ('pueblo, gente'), de
lo cual la leyenda de Decaulión ofrece el ejemplo más conocido: esto
se refiere a cierto período un estudio más preciso del cual, si
fuera posible, permitiría seguramente dar a la llamada “edad de
piedra” un sentido muy otro del que le atribuyen los
prehistoriadores. Por otra parte, esto nos reconduce al tema de la
caverna, la cual, en cuanto excavada en la roca, natural o
artificialmente, está también muy próxima a ese simbolismo (10);
pero debemos agregar que ésta no es razón para suponer que el mismo
laberinto haya debido también forzosamente ser excavado en la roca:
aunque haya podido serlo en ciertos casos, ello no es sino un
elemento accidental, podría decirse, y no entra en su definición,
pues, cualesquiera sean las relaciones entre el laberinto y la
caverna, importa no confundirlos, sobre todo cuando se trata de la
caverna iniciática, que aquí consideramos más en
particular.
Laberinto y caverna iniciática
En efecto, es muy evidente que, si
la caverna es el lugar en que se cumple la iniciación misma, el
laberinto, lugar de las pruebas previas, no puede ser sino el camino
que conduce a ella, a la vez que el obstáculo que veda el
acercamiento a los profanos "no cualificados”. Recordaremos, por
otra parte, que en Cumas el laberinto estaba representado en las
puertas, como si, de alguna manera, esa figuración sustituyera al
propio laberinto (11); y podría decirse que Eneas, mientras se
detiene a la entrada para contemplarla, recorre en efecto el
laberinto, mental ya que no corporalmente. Por otra parte, no parece
que ese modo de acceso haya sido siempre exclusivamente reservado
para santuarios establecidos en cavernas o asimilados simbólicamente
a ellas, pues, como lo hemos explicado ya, no se trata de un rasgo
común a todas las formas tradicionales; y la razón de ser del
laberinto, tal como la hemos definido antes, puede convenir
igualmente a los aledaños de todo lugar de iniciación, de todo
santuario destinado a los “misterios” y no a los ritos públicos.
Formulada esta reserva, hay sin embargo una razón para suponer que,
en el origen por lo menos, el empleo del laberinto -haya de haber
estado más particularmente vinculado con la caverna iniciática: pues
uno y otra parecen haber pertenecido al comienzo a las mismas formas
tradicionales, las de esa época de los “hombres de piedra” a que
aludíamos poco ha; habrían comenzado, pues, por estar estrechamente
unidos, aunque no lo hayan quedado invariablemente en todas las
formas ulteriores.
Si consideramos el caso en que el laberinto
está en conexión con la caverna, ésta, a la cual rodea con sus
repliegues y en la cual finalmente desemboca, ocupa entonces, en el
conjunto así constituido, el punto más interno y central, lo que
corresponde perfectamente a la idea de un centro espiritual, y
concuerda además con el equivalente simbolismo del corazón, sobre el
cual nos proponemos volver. Ha de hacerse notar aún que, cuando la
misma caverna es a la vez el lugar de la muerte iniciática y el del
“segundo nacimiento”, debe entonces ser considerada como acceso no
solo a los dominios subterráneos o “infernales", sino también a los
dominios supraterrestres; esto también responde a la noción del
punto central, que es, era el orden “macrocósmico", al igual que en
el “microcósmico”, aquel donde se efectúa la comunicación con todos
los estados superiores e inferiores; y solamente así la caverna
puede ser, según lo hemos dicho, la imagen completa del mundo, en
cuanto todos esos estados deben reflejarse igualmente en ella; de no
ser así, la asimilación de su bóveda al cielo sería absolutamente
incomprensible. Pero, por otra parte, si el “descenso a los
Infiernos” se cumple en la caverna misma, entre la muerte iniciática
y el “segundo nacimiento”, se ve que no puede considerarse a ese
descenso como representado por el recorrido del laberinto, y
entonces cabe aún preguntarse a qué corresponde en realidad este
último: son las “tinieblas exteriores”, a las cuales hemos aludido
ya, y a las que se aplica perfectamente el estado de “errancia”, si
es lícito usar este término, del cual tal recorrido es la exacta
expresión. Este asunto de las “tinieblas exteriores” podría dar
lugar a otras precisiones, pero nos harían traspasar los límites del
presente estudio; creemos, por lo demás, haber dicho bastante para
mostrar, por una parte, el interés que presentan investigaciones
como las expuestas en el libro de Jackson Knight, pero también, por
otra, la necesidad, para dar precisión a los resultados y captar su
verdadero alcance, de un conocimiento propiamente “técnico” de
aquello de que se trata, conocimiento sin el cual no se llegará
nunca sino a reconstrucciones hipotéticas e incompletas, que, aun en
la medida en que no estén falseadas por alguna idea preconcebida,
permanecerán tan “muertas” como los vestigios mismos que hayan sido
su punto de partida. (*)
(*) Fuente: Cap. XXIX de Símbolos
fundamentales de la ciencia sagrada, Eudeba-Colihue, Buenos
Aires, 1988 (primera edición 1937).
NOTAS:
(1) W. F. Jackson Knight, Cumaean
Gates, a reference of the Sixth "Aeneid" to lnitiation Pattern,
Basil Blackwell, Oxford.
2) (Ver caps. III y IV.)
(3) Podría recordarse también, a este
respecto, el simbolismo del grano de trigo en los misterios de
Eleusis.
(4) Esta
interpretacion unilateral lleva al autor a una singular confusión:
cita, entre otros ejemplos, el mito shintoísta de la danza ejecutada
ante la entrada de una caverna para hacer salir de ella a la "diosa
ancestral” allí escondida; desgraciadamente para su tesis, no se
trata de la “tierra madre", romo lo cree y lo dice expresamente,
sino de la diosa solar, lo cual es enteramente
distinto.
(5) En la masonería
ocurre lo mismo con la logia, cuyo nombre algunos han relacionado
incluso con la palabra sánscrita loka [‘mundo'], lo que en
efecto es exacto simbólicamente, si etimológicamente no; pero ha de
agregarse que la logia no se asimila a ]a caverna, y que el
equivalente de ésta se encuentra solo, en ese caso, al comienzo
mismo de las pruebas iniciáticas, de modo que no se le da otro
sentido que el de lugar subterráneo en relación directa con las
ideas de muerte y de "descenso”.
(6) En el simbolismo masónico igualmente, y por
las mismas razones, las “luces” se encuentran obligatoriamente en el
interior de la logia; y la palabra loka, recién mencionada, se
relaciona también directamente con una raíz cuyo sentido primero
designa la luz.
(7) Sería
ciertamente mucho más exacto asimilar esta “rama de oro” al muérdago
druídico y a la acacia masónica, para no mencionar los “ramos” de la
fiesta cristiana que lleva precisamente este nombre, en cuanto
símbolo y prenda de resurrección e inmortalidad.
(8) Jackson Knigh menciona estos
laberintos, pero no les atribuye sino una significación simplemente
religiosa; parece ignorar que su trazado no pertenecía en modo
alguno a la doctrina exotérica, sino exclusivamente al simbolismo de
las organizaciones iniciáticas de constructores.
(9) No insistiremos, para no apartarnos
demasiado de nuestro asunto, sobre la marcha "laberíntica” de
ciertas procesiones y “danzas rituales", que, presentando ante todo
el carácter de ritos de protección, o “apotropaicos", como dice el
autor, se vinculan directamente y por eso al mismo orden de
consideraciones: se trata esencialmente de detener y desviar los
influjos maléficos, por una “técnica” basada en el conocimiento de
ciertas leyes según las cuales aquéllos ejercen su
acción.
(10) ” Las cavernas
prehistóricas fueron, verosímilmente, no habitaciones, como de
ordinario se cree, sino los santuarios de los "hombres de la
piedra", entendidos en el sentido que acabamos de indicar; así,
pues, la caverna habría recibido en las formas tradicionales del
período de que se trata, y en relación con cierta “ocultación” del
conocimiento, el carácter de símbolo de los centros espirituales, y
consiguientemente de lugar de iniciación.
(11) Un caso similar, a este respecto, es el de
las figuras “laberínticas" trazadas en paredes, en Grecia antigua,
para vedar el acceso de los influjos maléficos a las
casas.