Vida de
un pintor alemán
Caspar
David Friedrich nació el 5 de septiembre de 1774, en Greifswald, (Pomerania),
una ciudad prusiana que había quedado bajo el dominio de Suecia
tras el fin de la Guerra de los Treinta Años, en 1648. Era por ese
entonces un enclave estratégico en el Sur del Mar Báltico, pero
hacia el siglo XVIII su importancia decreció. Lejos quedaron sus
días de intensa actividad portuaria y universitaria. Adolph
Gottlieb Friedrich, el padre del artista, se instaló en esta
localidad en 1763. Era un luterano convencido, un estricto
moralista, que le inculcó a Caspar David y a sus nueve hermanos los
rígidos principios del protestantismo alemán que tanta influencia
ejercerían en su arte. Acaso en la infancia y la adolescencia de
Friedrich haya que buscar muchas de las claves de sus simbólicas
pinturas. En 1781, cuando sólo contaba con siete años de edad,
murió su madre. Seis años después presenció la muerte de su
hermano Johann Christopher, quien se ahogó luego de salvarle la
vida. Caspar David había caído en un lago cubierto de hielo desde
el borde de una embarcación y su hermano lo rescató, aunque no
pudo sobrevivir a las aguas congeladas. También murieron tres de
sus hermanas antes de llegar a la pubertad. Estas tempranas y sin
dudas perturbadoras experiencias pondrían al futuro artista frente
a algunos de los temas que lo obsesionarían : la fragilidad de la
existencia, la certidumbre del fin de la vida, la amenaza
persistente de la Muerte.
Desde
muy joven se inclinó por las artes visuales y en 1790 comenzó a
tomar clases con Johann Gottfried Quistorp, arquitecto y profesor de
dibujo de la Universidad de Greifswald. No sólo lo inició en los
primeros secretos de su arte sino que lo interesó por la Naturaleza
y el paisaje como fuente de motivos para sus obras. Aunque rara vez
dio a sus alumnos la posibilidad de dibujar ante el paisaje natural,
poseía una gran colección de libros de arte y grabados en cobre
que utilizaba como modelo. Friedrich comenzó a dibujar copias de
estas obras y así conoció el legado artístico de los maestros
paisajistas holandeses y franceses del siglo XVII y XVIII.
Por esos
años Friedrich tuvo otros maestros que ejercieron una influencia
perdurable en sus ideas religiosas y filosóficas, que con el tiempo
se tornarían en parte indisoluble de su concepción del Arte. Un
amigo de Quistorp era Gotthard Ludwig Kosegarten, poeta y teólogo
imbuido de ideas panteístas, afines a las del naciente Romanticismo
Alemán. Como pastor protestante, solía dar sus sermones a orillas
del mar. Creía que la Naturaleza era una revelación divina y que
la belleza original estaba en ella y también en la obra de arte,
por lo que la contemplación de ésta se tornaba también en una
experiencia religiosa y establecía un vínculo con Dios. Las ideas
de Kosegarten también influyeron en Philip Otto Runge, un joven
artista que mantendría afinidades con Friedrich en conceptos
religiosos y artísticos. Runge es un referente ineludible de la
pintura romántica alemana. No sólo por su obra pictórica sino
también por sus aportes teóricos en lo concerniente a la idea de
Gesamtkunstwerk u Obra de Arte Total, cuyos ecos se extenderían
hasta Richard Wagner y acaso también estén presentes en la
creación del arte cinematográfico.
Del
sueco Thomas Thorild, un profesor y bibliotecario de la Universidad
de Greifswald, Friedrich adoptó el concepto de ojo carnal o
exterior y ojo espiritual o interior. Comprendió que debía
percibir el mundo a través de su espíritu, de una visión
interior. Lo divino está presente en cada individuo. sostenía este
maestro que, como Kosegarten, era un ferviente panteísta. Muchos
años después, en 1830 y en consonancia con el pensamiento de
Thorild, el pintor aconsejaba a un artista : "cierra tu ojo
corporal, para veas primero tu pintura con el ojo del espíritu.
Entonces deja salir a la luz lo que viste en la oscuridad, para que
pueda ejercer efecto sobre los otros, del exterior al
interior" (1).
En 1794,
aconsejado por Quistorp, se inscribió en la Academia de Bellas
Artes de Conpenhague, institución por la que pasaron otros artistas
de la región como Asmus Jacob Carstens, Runge y Johan Christian
Clausen Dahl. Entre los profesores que Friedrich tuvo en la capital
danesa estuvieron Nicolai Abraham Abildgaard y Jens Juel, quienes lo
familiarizaron con los pintores del Renacimiento Nórdico. El
primero representaba el espíritu de la Academia, donde preferían
la pintura de temas históricos o míticos por sobre los retratos y
los paisajes, considerados más fáciles de realizar y de menor
valor artístico. Al igual que el místico Kosegarten, Abildgaard
estaba fascinado con los mitos ossiánicos, unas falsas leyendas
nórdicas que en realidad fueron escritas en el siglo XVIII.
Friedrich debió sentirse muy impresionado por la enseñanzas de
este maestro porque por esos años se inclinó por los temas
históricos aunque la vigencia de Abilgaard se haría más notoria
en lo referido a las antiguas creencias de los pueblos germánicos y
a sus vestigios, las ruinas y los monumentos funerarios de la
región que, en forma paulatina, el pintor incorporaría en su obra.
Juel, en cambio, era un paisajista, especializado en el estilo de
los pintores holandeses del siglo XVII. Le enseñó los efectos de
luz y la riqueza visual de motivos sencillos como granjas y
pequeñas aldeas. Sin embargo, Friedrich creyó que sus años de
Copenhague habían aletargado su evolución artística al punto de
considerar, hacia el final de su vida, que "el exceso de
enseñanza y lecciones mata muy fácilmente, como se ha dicho, lo
espiritual en el hombre y resalta acaso, la mezquindad de lo
mediocre" (2) . Pese a este severo juicio, una observación
detenida de su obra permite apreciar cuánto le debe el estilo del
artista a su paso por la Academia danesa.
En 1798,
Friedrich se instaló en Dresde, considerada la "Florencia
alemana"(3), donde vivió hasta su muerte, en 1840. Acaso el
entusiasmo con que sus maestros le inculcaron la tradición, el
imaginario y la belleza natural del norte alemán haya hecho que el
pintor de Greifswald circunscribiera su vida a un reducido espacio
geográfico, que no iba más allá de las regiones septentrionales y
orientales de Alemania. Sus viajes fuera de estos territorios sólo
fueron hechos con la imaginación como cuando pintó El Watzmann (1824/25),
inspirado en una acuarela de su discípulo August Heinrich o El
templo de Juno en Agrigento (1828-30) basado en una aguada de F.
Hegi. Tuvo oportunidades de viajar a Suiza, Islandia e Italia, pero
se negó a abandonar el paisaje de "su Naturaleza". Es
probable que el pintor temiera quedar subyugado por el "sol
mediterráneo" y que el viaje a Italia modificara su arte de
manera definitiva, como había ocurrido con otros pintores. Gustaba,
en cambio, recorrer los alrededores de Dresde, Neubrandenburg
(ciudad de procedencia de sus padres), la isla de Rügen y
Greifswald. Cerca de su ciudad natal encontró las ruinas de Eldena,
de las que tomó apuntes y bocetos, que luego serían incorporados a
varias de sus obras. Estas ruinas así como el Dolmen (4) de Gützow
debieron recordarle aquellas heroicas historias que le transmitieran
Kosegarten y Abildgaard. Y así como redujo su vida a un determinado
lugar, limitó también los motivos de su obra -extraídos de estos
paisajes- para desarrollar su pintura.
En los
primeros años en Dresde, entre el fin de un siglo y el comienzo de
otro, Friedrich forjó su estilo. En los comienzos, a través de
dibujos a lápiz o carboncillo o pinturas en sepia (5). Sólo concretó
una primera y aislada experiencia en la pintura al óleo con
Naufragio en el Océano Glacial (1798), que puede considerarse
un antecedente bastante lejano, en tiempo, técnica y estilo, de El
Océano Glacial de 1823/24. En sus numerosos paseos toma apuntes
del natural de árboles, rocas, caminos, arboladuras de navíos. Son
bocetos donde el único tema es el objeto representado. A lo largo
de los años los usará en sus obras. Cada imagen se constituye en
un símbolo, en un jeroglífico que adquiere su significado en
conjunción con otros (6). Luego combinará estas representaciones en
sus cuadros de maneras diversas para expresar diferentes ideas, en
general relacionadas con la presencia de lo divino en la Naturaleza
y su vínculo con el hombre, aunque, como se verá, en algunos casos
las pinturas no estaban exentas de mensajes políticos. De ahí la
variedad de interpretaciones que suele tener la obra de Friedrich. A
decir de Jens Christian Jensen en su libro sobre el artista alemán
"la dificultad de una interpretación cabal estriba en que el
pintor no ha desarrollado sistemáticamente su lenguaje simbólico,
empleándolo con lógica, sino subjetivamente y con intensidad y
sentidos variados" (7). Fueron éstos los años en los que logró
aunar los conceptos religiosos y filosóficos que había adoptado de
sus maestros con el aprendizaje artístico. En este descubrimiento
fue trascendental su encuentro con Philip Otto Runge. En 1801 se
cruzaron en Greifswald y luego Runge se instaló en Dresde. Aunque
en los tres años que vivieron en la misma ciudad la amistad no fue
muy estrecha, compartieron hallazgos artísticos e intelectuales y
leyeron las obras de figuras del Romanticismo Alemán como Novalis,
Schelling y los hermanos Schlegel además de conocer al poeta Ludwig
Tieck, con quien Runge intercambió correspondencia (8). Definieron su
lenguaje pictórico. Runge se volcó a los arabescos y a las
figuras. Friedrich decidió entonces dedicarse a la pintura de
paisaje –como vimos, un género despreciado en las academias-
porque sentía que podía dotarlo de una fuerte carga simbólica.
En una
época donde la mayor parte de la producción artística se hacía
por encargo de gente pudiente, el pintor vuelca sus ideas,
sentimientos y creencias en su arte, al que le dedica su vida. Su
existencia es en extremo sencilla. Vive en una casa con un estudio
muy despojado, donde apenas pueden verse –como lo reflejan las
ilustraciones de la época- el caballete, un banco, una escuadra y
un regla, estos últimos exponentes manifiestos de su obsesión
geométrica en la composición (9). Es un asceta que se entrega en
plenitud a una consustanciación de Arte, Religión y Vida.
Participó
de las muestras de arte que se hacían en Dresde y en 1805 envió
las pinturas en sepia Peregrinación a la salida del sol y Pescador
junto al mar a un concurso organizado por Goethe. Ganó el
premio ex aequo y se granjeó la amistad del poeta alemán, que
durante varios años admiró su obra.
En 1807,
comenzó a pintar al óleo. Fue la culminación de una búsqueda
personal. Su formación en esta técnica fue autodidacta. Su manera
de pintar consistía en trazar primero, a lápiz y carboncillo, un
esquema de la obra, a la que luego le sumaba los detalles. Luego
procedía con la pintura en sepia, con lo que toda la tela se
teñía de un tono ocre. Sobre estos trazos volcaba los colores al
óleo, en capas finas, a la manera de un barniz. Una de sus primeras
obras al óleo fue Verano, que al año siguiente tendría su
contrapartida con Invierno. Estos paisajes se corresponden
con el marcado simbolismo romántico referido a la estaciones del
año o a las horas del día, temas en los cuales incursionarían
tanto Friedrich como Runge. También en estas pinturas iniciales el
artista retomó motivos de sus paseos, como Monumento megalítico
en la nieve (1807), inspirado en el Dolmen de Gützkow.
Con Cruz
en la montaña o el Altar de Tetschen, Friedrich despertó las
primeras polémicas acerca de su forma de entender el Arte. El
cuadro representa una cruz en medio de las montañas (tema
recurrente en el pintor), rodeada por abetos e iluminada por
notorios rayos de luz provenientes del sol, que permanece oculto.
Comenzado en 1807 para homenajear al rey sueco Gustav Adolf IV, que
había instaurado un régimen liberal en Pomerania –patria chica
del artista-, los cambios políticos provocados por las guerras
napoleónicas hicieron que en 1808, Friedrich lo transformara en una
alegoría religiosa, interpretación que confirmó al agregarle un
marco realizado por el escultor Gottlieb Christian Kühn. Y como tal
fue adquirida por los señores del palacio de Tetschen, en Bohemia.
La consideración religiosa de un paisaje no coincidía con el gusto
de la época. La pintura religiosa se correspondía con una
iconografía determinada y poco menos que inmutable. El secretario
de Hacienda de Dresde, Friedrich Wilhelm Basilius von Ramdohr
consideró, en una severa crítica publicada en una revista, que
mediante esta obra "la pintura paisajista quería introducirse
furtivamente en las iglesias y alzarse sobre los altares".
Los
cuestionamientos a Friedrich continuaron, aunque en 1810 el artista
vivió momentos de gloria en Berlín. Presentó en la Exposición de
Arte de esta ciudad los cuadros Monje junto al mar (1808-1810)
y Abadía en el robledal (1809-1810) y ambas obras fueron
compradas por el príncipe Federico Guillermo IV de Prusia. Una
ajustada votación le permitió ingresar al pintor en la Academia de
Berlín. Goethe y varios de los más entusiastas poetas románticos
recibieron alborozados las nuevas pinturas. "Es como si nos
hubiesen quitado los párpados" afirmó el literato Heinrich
von Kleist, subyugado por la abrumadora inmensidad que circunda a la
solitaria figura de Monje junto al mar, una de las grandes
obras maestras de Friedrich. Con este cuadro parece responder a
Wilhelm Schlegel cuando éste hablaba de "la dificultad de
representar lo propio del poema" y ponía reparos en la
capacidad de la pintura para expresar poesía.
La
vinculación de Friedrich con algunos exponentes del Romanticismo
Alemán no fue sólo artística, estética y filosófica. Compartía
con éstos el compromiso político, en el turbulento acontecer
europeo de principios de siglo. En 1806 Napoleón había disuelto el
Sacro Imperio Romano Germánico y puso a los estados alemanes bajo
su órbita de influencia. Los patriotas germanos iniciaron una
guerra de liberación contra los franceses, en la que también
veían la posibilidad de implantar regímenes liberales y dejar
atrás las monarquías absolutistas. Friedrich, entusiasmado por el
sistema liberal que los suecos implantaron en Pomerania, creyó que
con la Guerra de la Independencia también podría lograrse un
cambio de sistema político. Aunque no participó en el plano
militar, colaboró con su arte y con sus exiguos ingresos a la
causa. Tras la derrota napoleónica en Rusia, en 1812, la lucha
entró en una etapa decisiva. Los anhelos políticos de una
generación parecían concretarse. El artista de Greifswald trabajó
con un esperanzado entusiasmo. Hizo pinturas alusivas a los héroes
y a los sucesos de la guerra en las que mantiene, de todas maneras,
la preeminencia del paisaje. Hasta llegó a diseñar un monumento en
recuerdo a los caídos en la contienda. Este homenaje nunca se
concretó. Tras la caída definitiva de Napoleón, en 1815, el
Congreso de Viena restauró las monarquías despóticas.
"Cuando el pueblo no tiene voz no se le permite tampoco
sentirse como tal y honrarse", escribió Friedrich a un colega
de lucha. En 1816 fue incorporado a la Academia de Dresde, pero
debería esperara ocho años para llegar a un cargo de profesor. La
casa real de Prusia no compró nunca más una obra suya. Muchos de
sus amigos fueron despedidos de cargos públicos. El poder político
buscaba desalentar –a través de una persecución sistemática-
cualquier aspiración republicana.
Friedrich
comenzó de esta forma un período de profunda introspección, donde
se alejó de la escena política aunque sin renunciar a sus ideales,
que perdurarían en sus pinturas. El patriota y poeta Ernst Moritz
había descrito un traje alemán, una determinada manera de vestir
que identificaba a aquellos que luchaban por la libertad y
pretendían reformas democráticas. Friedrich pintó a sus figuras
con estas vestimentas en numerosas ocasiones, como en Dos hombres
contemplando la luna (1819-20) incluso después que la
restauración absolutista despreciara estos trajes o directamente
los prohibiera. Era para el pintor una reivindicación de la
vigencia de sus ideas.
Fueron
éstos también los años de su distanciamiento de Goethe. El autor
de Fausto le encargó, en 1816, unos estudios de nubes para
completar un trabajo acerca de los fenómenos meteorológicos.
Friedrich se negó. "El cuadro no debe pretender la
representación de la Naturaleza, sino sólo recordarla",
decía. Temía que la percepción científica de la Naturaleza
corrompiera su visión poética y trascendente del paisaje.
En 1818,
el asceta y solitario artista sorprendió a amigos y conocidos al
casarse con Caroline Bommer, una joven vecina diecinueve años
menor. Fue un nuevo impulso para el pintor en medio de años
aciagos. Tras el viaje de bodas, donde los flamantes esposos
recorrieron Pomerania, Friedrich pintó Rocas cretáceas en
Rügen, un bello cuadro donde pueden apreciarse los efectos del
matrimonio en el artista. Allí aparece una mujer –seguramente
Caroline-, recostada en un árbol que al cruzarse con otro remeda la
figura de un corazón. También se ven dos figuras masculinas, que
podrían ser representaciones del propio Friedrich a edades
diferentes. Lejos, en el mar, navegan unos veleros, motivos que ,
como los puertos y las costas, fueron más frecuentes en sus
pinturas a partir de mediados de esta década.
Friedrich
se tornó más sociable. Tuvo más alumnos que de costumbre.
Conoció por esos tiempos a sus discípulos Carl Gustav Carus y
Johann Christian Clausen Dahl. Su familia se amplió con el
nacimiento de sus tres hijos, entre 1819 y 1824.
Incluso
su situación económica mejoró. La corte rusa comenzó a comprar
sus obras, a instancias del poeta Shukowski. Fue un período de
prosperidad. De esta época datan sus cuadros como Viajero junto
al mar de niebla (1818), Mujer en la ventana (1822) y El
Océano Glacial (1823/24). Pintó además una serie sobre las
horas del día, con lo que retomó la idea –ya vista en las obras
sobre las estaciones- de ilustrar con paisajes los períodos de la
vida : albor, esplendor, ocaso, muerte. Años después realizó
otras pinturas sobre las estaciones. La cuestión del ciclo vital es
esencial en Friedrich. Las edades de la vida (1835), uno de
los últimos óleos, es quizás un magistral resumen de este
concepto.
En 1824
murió Johann Christian Klengel, titular de la cátedra de
paisajismo de la Academia de Dresde. Las autoridades de la
institución prefirieron dejar el puesto vacante y darle a Friedrich
un cargo docente menor. La decisión revelaba que los resentimientos
políticos seguían vigentes y que el arte del pintor pomerano
había perdido interés para muchos intelectuales. Tan sólo un año
después, Peter Cornelius, el líder de los Nazarenos, fue nombrado
Director de la Academia de Munich y como tal juzgó que "una
cátedra de pintura de género y paisaje se considera
innecesaria".
Fue el
final de su último período de gran reconocimiento. En ese mismo
1824, Friedrich sufrió un ataque que lo dejó maltrecho por dos
años, alejado de su arte. Tras su lenta recuperación, se volvió
más huraño. Incluso desarrolló celos infundados por su esposa.
Este comportamiento comenzó a plasmarse en sus pinturas. La
melancolía que aflora en muchos de sus cuadros cedió su lugar a
visiones más amargas y oscuras, con preeminencia casi obsesiva de
la muerte. El ataque de apoplejía que padeció en junio de 1835 no
le permitió volver a la pintura al óleo y sólo realizó dibujos
en sepia. En este período final, el motivo del sepulcro está
omnipresente. Los relatos de sus visitantes de entonces lo describen
en un estado de desmejora constante. En 1840, Shukowski describió
al pintor como "una triste ruina". Friedrich murió en
Dresde el 7 de mayo de ese año.
Como en
el caso de muchos artistas, murió olvidado en una época en que el
"gusto artístico" no comprendía o no valoraba su obra.
"Muy pocos lo entendieron correctamente, y la mayoría lo
entendió mal", llegó a decir su alumno Johann Dahl. Puede
notarse una continuación formal en la obra del propio Dahl y de su
otro gran discípulo, Carl Gustav Carus. Pero durante décadas
quedó en el olvido el concepto profundo y críptico de su arte, el
"jeroglífico" que habían denotado algunos de sus
contemporáneos, donde cada componente del cuadro es un símbolo de
significado variable. Estas ideas recién serán retomadas, de
alguna manera, a partir de los movimientos simbolistas de fines del
siglo XIX. Y aunque como dice Norbert Wolf en su biografía
"aún está por escribir la historia de lo que el arte de
Friedrich proporcionó al arte de los siglos XIX y XX, más allá de
superficiales romanticismos"(10), bien pueden insinuarse algunas
huellas de su legado. Los "jeroglíficos" del pintor
alemán, rayanos con la abstracción en su significado y, a veces,
arbitrarios en su ubicación en el cuadro (11), pueden considerarse como
precursores tanto de las obras abstractas como de las surrealistas.
El cine, que tanto le debe al Romanticismo, recuperó las imágenes
de Friedrich en diferentes momentos, como en las desoladas playas
del Nosferatu, de Werner Herzog, los paisajes helados de Frankenstein
perdido en el tiempo, de Roger Corman o en algunos de los
cuidados encuadres de Madre e hijo, de Aleksandr Sokurov (12)
. Así el concepto del arte de Friedrich se ha manifestado de
manera disímil, variada, acaso para refrendar al propio artista
cuando escribió "el arte es infinito, finito es todo artista,
toda destreza, todo saber".

El
Océano Glacial (1823-24)
Óleo
sobre tela.
Medidas
: 96,7 X 126,9 cm.
Conservado
en Hamburger Kunsthalle, de Hamburgo (Alemania).
"La
Naturaleza no dio todo a cada uno, sino algo a cada uno. En cada
tema particular subyace, sin embargo, la infinitud del concepto y la
versatilidad universal de la representación" (13)
Caspar
David Friedrich
Caspar
David Friedrich pintó El Océano Glacial entre 1823 y 1824.
Wolf sostiene que este cuadro debe "considerarse como una
especie de obra programática y resumen de los objetivos e ideas de
Friedrich"(14). Se trata de una pintura compleja, tanto en su
composición como en sus variadas interpretaciones. Es la
concreción y maduración de varias ideas que rondaron al artista
durante años.
En 1798
dedicó su primer óleo a un Naufragio en el Océano Glacial.
La experiencia no debió conformarlo, ya que no retomaría esta
técnica hasta 1807. Mucho tiempo después, en 1820, los príncipes
herederos del trono ruso, el Gran Duque Nicolás y la futura Zarina
Alexandra Feodorova le encargaron al pintor un cuadro que reflejara
la inquietante belleza del Norte. Friedrich tomó bocetos al óleo
–práctica infrecuente en él- de los bloques de hielo que se
formaron en el río Elba, cerca de Dresde, durante el invierno de
1821. Luego, en la búsqueda de un tema, se hizo eco de las
repercusiones que en la opinión pública y en la producción
artística tenían las expediciones al Polo Norte (15). Entre 1819 y 1820
el explorador Sir William Edward Parry recorrió las regiones
árticas en la búsqueda del Paso del Noroeste. Poco tiempo después
publicó el relato de la expedición y en 1822 el libro se editó en
Alemania. Friedrich encontró así una temática en boga que le
serviría como excusa para plasmar algunas de sus más recurrentes
ideas. Realizó un cuadro acerca del hundimiento de un navío entre
los hielos polares al que llamó El Naufragio del Esperanza,
en referencia al nombre –habitual para muchas embarcaciones- del
barco zozobrado. Esta obra, que tuvo una muy buena recepción
crítica, se perdió en 1869. Con frecuencia se la suele confundir
con El Océano Glacial al punto que muchos autores consideran
El Naufragio del Esperanza como un subtítulo de la otra
obra, sobre la que el pintor recién empezó a trabajar un año
después.
Friedrich
presentó El Océano Glacial en la Academia de Praga, en
1824, bajo el nombre Escena imaginada en el Mar Ártico : Barco
naufragado entre masas de hielo a la deriva. Dos años después
lo exhibió en Berlín. El cuadro fue rechazado por los críticos al
punto que uno de ellos llegó a desear que se fundiera de "una
vez la pintura de hielo del Polo Norte". El pintor no pudo
vender la obra en vida. Recién fue adquirida por su discípulo
Johan Christian Clausen Dahl tres años después de su muerte, en
1843. Permaneció en el patrimonio de la familia de Dahl hasta que a
vendieron a la Hamburger Kunsthalle en 1905.
El
Océano Glacial demuestra una cuidada y
meditada composición, ajena a cualquier pretensión realista tan
alentada por la crítica contemporánea. Es quizás uno de los
motivos del rechazo. La estructura del cuadro anula cualquier
distanciamiento entre la pintura y el espectador. Los bloques de
hielo del primer plano están dispuestos como una escalera o un
proscenio que nos introduce de manera directa en el drama (16). En el
centro del cuadro, unas enormes masas heladas sepultan los restos de
un navío. Pedazos de la arboladura se extienden desde la izquierda
de la composición hasta el otro extremo, donde encontramos el casco
semihundido del barco. Es un ámbito desolado que, a diferencia del
inaugural Naufragio en el Océano Glacial, carece de figuras
humanas.
La masa
central de hielos se yergue en forma de montaña inclinada, oblicua,
que transmite una marcada sensación de inestabilidad (17), reforzada por
la luz, casi fantasmal, que ilumina la escena. El drama no ha
terminado. Esta gélida elevación tiene un eco espectral en un
monte helado, muy parecido, que se alza en un segundo plano, hacia
la izquierda. Esta figura fue retomada por Friedrich en Arrecife
en la playa, realizada también en 1824. Allí ocupa,
amenazador, el centro de la composición.
A lo
largo de su obra, Friedrich pareció obsesionado con la simetría y
lo que podríamos denominar una "geometrización" de las
formas. Colocaba en sus cuadros figuras con una destacada forma
geométrica que se repetía dentro de la composición. Otra variante
del concepto del jeroglífico en Friedrich. En Granja con
cigoñal (1806), por ejemplo, el triángulo compuesto por la
soga y la pértiga del cigoñal remeda la silueta de la casa ubicada
en el otro extremo del cuadro. El artista alemán volvió sobre esta
idea en otras obras, como en el caso mencionado de El Océano
Glacial. Es en este punto donde pueden encontrarse similitudes
con otra pintura trágica de la época. La balsa de la Medusa
(18) (1819),
de Thèodore Géricault, repite esta composición con preeminencia
de estructuras triangulares similares en el grupo de náufragos que
pide auxilio a la derecha y la conjunción de sobrevivientes y el
velamen de la balsa a la izquierda. Es indudable que se trata de una
búsqueda consciente. En los bocetos de La balsa de la Medusa
estas formas triangulares no eran tan notorias. Las pinturas de
Friedrich y Géricault tienen también otros puntos en común. En
ninguna hay héroes, ni dignitas, ni autoritas. En la del pintor
pomerano, como dijimos, ni siquiera hay personas pero es indudable
que en El Océano Glacial supo hallar "la tragedia del
paisaje", como lo definió David d´Angers.
El
Océano Glacial es una celebración del
eterno poderío de la Naturaleza que se impone a la fragilidad y
finitud de toda obra humana (19). Es un "símbolo de la inaccesible
majestad de Dios" enfrentada a "la impotencia del hombre y
su existencia mortal" (20) representada por la nave destrozada. Los
tonos blancos y amarillentos de los bloques de hielos de los
primeros planos de la composición parecen avalar esta
interpretación. En el siglo XIX, el blanco comenzó a adquirir un
carácter ominoso (21). Según Cirlot, el blanco como "amarillo
purificado es el color...del más allá". Es probable que tras
la muerte de su hermano entre las aguas heladas, los hielos tuvieran
para Friedrich una significación muy negativa.
Aunque
el mensaje parece ser concluyente, como en otras pinturas del
artista, cabe una esperanza para la redención. En contraposición
al mortal paisaje que podemos observar en un primer plano, las
figuras del fondo de la composición adquieren una apariencia muy
distinta. El tono de esta parte del cuadro es azulado. La montaña
de hielo que se eleva a la izquierda -y que como dijimos es
"reflejo" de la que aparece en el centro del cuadro- no
tiene un aspecto destructivo. Más atrás, se vislumbra un horizonte
infinito. En el fondo de El Océano Glacial parece subsistir
la promesa de una existencia ultraterrena e inmortal.
El
cuadro también puede tener una interpretación política. El hielo
devastador puede simbolizar la restauración monárquica absolutista
en tanto que el barco naufragado sería la manifestación de los
destrozados sueños de un régimen liberal para Alemania.
El
Océano Glacial se exhibió por primera
vez cuando ninguna de estos análisis interesaban a sus
contemporáneos, partidarios del realismo hasta el exceso y la
obsesión. Sólo uno de ellos llegó a decir que el cuadro era
"bello en su rígida e inhóspita grandeza".(*)
(*)
Fuente: Adrián Muoyo, "Caspar David Friedrich y el océano
glacial: el jeroglífico infinito", enviado por su autor para su
edición aquí.
Citas:
(1)
Anotación de su diario personal del 30 de enero de 1825, citado en
Helmut Börsch-Supan (ver Bibliografía)
2)
Ver
Jensen, pág. 60.
3)
Dresde
tenía una variada colección de obras de arte y albergaba una de
las Academias de Arte más importantes de Alemania.
4) Monumento
funerario de los antiguos habitantes de Alemania.
5)
La
pintura en sepia trabajaba con los tintes extraídos del calamar.
Era un único color que daba a la obra una coloración ocre. Las
variaciones entre luz y sombra se daban por las diferencias de
intensidad en la aplicación de la pintura. Estuvo muy de moda a
fines del siglo XVIII, porque en plena época neoclásica se
consideraba que remedaba a la antigua pintura griega, a la que se
creía que no tenía variedad de colores.
6)
El
concepto de jeroglífico refiere a un saber secreto, del que sólo
participa, en este caso, el propio autor. En Friedrich, la
combinación de los símbolos y la variación de su significado
remite también a la noción de ideograma. Claro que con la salvedad
de que es poco probable (por no decir imposible) que el pintor
estuviera familiarizado con la escritura china.
7)
Ver
Jensen, pág. 158.
8)
Incluso
compartieron un proyecto –no concretado- de hacer pinturas para la
capilla que Kosegarten haría a orillas del mar, en Rügen.
9)
"Los
cuadros de Friedrich están siempre sometidos a una estructura
rígida, a simetrías exactas, construcciones geométricas y al
contraste entre las líneas verticales y horizantales..."
afirma Wolf en su obra (pág. 9).
10)
Ver
Wolf, pág. 93.
11)
Por
ejemplo, cabría preguntarse dónde está ubicado el sol en El
Altar de Tetschen.
12)
Incluso
Friedrich participó en lo que podría ser un experiencia pre-cinematográfica.
En 1835, a pedido de la corona rusa, realizó cuatro obras en papel
transparente que, al ser iluminadas en forma especial y acompañadas
por música, producirían un espectáculo audiovisual.
13)
Citado
en Arnaldo, pág. 90.
14)
Ver
Wolf, pág. 73.
15)
En
1818, la joven Mary Wollstonecraft, mujer del poeta Percy Shelley,
publicó una novela que empezaba y terminaba en medio del paisaje
ártico : Frankenstein o el Moderno
Prometeo.
16)
"La
accesibilidad que favorecen los escalones insinuados al pie del
cuadro se opone a la separación física del ámbito del espectador
respecto a la unidad de lugar, tiempo y espacio de la esfera
artística, pero, en la misma medida, nos induce frontalmente a la
vivencia y permite que se invada el espacio de la existencia con una
realidad única". Este comentario de Javier Arnaldo, aplicable
a El Océano Glacial, está referido al Altar de Tetschen,
lo que demuestra la continuidad de ciertas ideas compositivas en la
obra de Friedrich. Ver pág. 113 de la obra citada.
17)
Adrian
Frutiger, en su libro Signos, símbolos, marcas, señales,
afirma que "frente a la línea oblicua el hombre experimenta
cierta sospechosa resonancia de inseguridad". Luego agrega que
"nuestra costumbre de leer de izquierda a derecha influye
asimismo en el juicio que merece una línea inclinada. La oblicua
que discurre de arriba izquierda a derecha abajo nos causa la
impresión de descenso. Si se acerca a la vertical aumenta la
sensación de caída".
18)
Obra
maestra del pintor francés. Es un óleo sobre lienzo que tiene 4,9
mts por 7,16 mts. Se conserva en el Louvre. Está inspirada en el
naufragio del barco Medusa, cuyos sobrevivientes debieron navegar
durante días en una balsa improvisada, donde en medio de una
desesperada lucha por la supervivencia, ocurrieron algunos episodios
de antropofagia.
19)
Para
Rafael Argullol, en su estudio sobre el paisaje romántico, la obra
de Friedrich expresa "la fascinación del romántico" por
"la promesa de destrucción que la Naturaleza lleva
consigo" a la que debe sumarse "la promesa de totalidad
que cree ver en su seno". Ver Argullol, pág. 91.
20)
Ver
Börsch-Supan, pág. 140.
21)
Ver
este concepto en Brusatin. Esta idea fue reforzada por Edgar Allan
Poe en Las aventuras de Arthur Gordon Pym y por Herman
Melville en Moby Dick.
BIBLIOGRAFIA
CONSULTADA
Argullol,
Rafael. La atracción del abismo : Un itinerario por el paisaje
romántico. Plaza & Janés. 1983.
Arnaldo,
Javier. Estilo y naturaleza. La obra de arte en el romanticismo
alemán. Visor. Mardrid. 1990.
Béguin,
Albert. El alma romántica y el sueño. Ensayo sobre el
romanticismo alemán y la poesía francesa. Fondo de Cultura
Económica. 1978.
Börsch-Supan,
Helmut. Caspar David Friedrich. Thames and Hudson. Londres.
1974.
Brusatin,
Manlio. Historia de los colores. Paidós. Barcelona.
Cirlot,
Juan Eduardo. Diccionario de símbolos tradicionales. Barcelona.
Luis Miracle. 1958.
Eco,
Umberto, comp. Historia de la Belleza. Lumen. Barcelona. 2004
Frutiger,
Adrian. Signos, símbolos, marcas, señales. Gustavo Gili.
Barcelona. 1981.
Goethe,
Johann Wofgang. Teoría de los colores. Poseidón. Buenos
Aires. 1945.
Jensen,
Jens Christian, Caspar David Friedrich : Vida y obra. Editorial
Blume. Barcelona. 1980.
Salvat. Historia
del Arte : Volumen 22. Arte Neoclásico y Romántico. Salvat.
Barcelona. 2000.
SARPE
(Sociedad Anónima de Revistas, Periódicos y Ediciones). Historia
Universal del Arte. Volumen 7 : El siglo XIX. SARPE. Madrid.
1982.
Wolf,
Norbert. Caspar David Friedrich 1774-1840 : El pintor de la
calma. Taschen. Colonia. 2003.
Poesía,
paisaje y lejanía : La pintura de Caspar David Friedrich. En
www.temakel.com
MATERIAL AUDIOVISUAL
Capítulo de la serie documental Masterworks
acerca The Sea of Ice.
Dirección: Reiner E. Moritz.
Guión: Elizabeth Clegg.
Narrador: James Greene
Producción : RM Arts Productions
Año de Producción: 1987.