Quizá la historia universal es la historia de unas
cuantas metáforas. Bosquejar un capítulo de esa historia es el fin
de esta nota.
Seis siglos antes de la era cristiana,
el rapsoda Jenófanes de Colofón, harto de los versos homéricos que
recitaba de ciudad en ciudad, fustigó a los poetas que atribuyeron
rasgos antropomórficos a los dioses y propuso a los griegos un solo
Dios, que era una esfera eterna. En el Timeo, de Platón, se
lee que la esfera es la figura más perfecta y más uniforme, porque
todos los puntos de la superficie equidistan del centro; Olof Gigon
(Ursprung der griechischen Philosophie, 183) entiende que
Jenófanes habló analógicamente; el Dios era esferoide, porque esa
forma es la mejor, o la menos mala, para representar la divinidad.
Parménides, cuarenta años después, repitió la imagen ("el Ser es
semejante a la masa de una esfera bien redondeada, cuya fuerza es
constante desde el centro en cualquier dirección"); Calogero y
Mondolfo razonan que intuyó una esfera infinita, o infinitamente
creciente, y que las palabras que acabo de transcribir tienen un
sentido dinámico (Albertelli: Gli Eleati, 148). Parménides
enseñó en Italia; a pocos años de su muerte, el siciliano Empédocles
de Agrigento urdió una laboriosa cosmogonía; hay una etapa en que
las partículas de tierra, de agua, de aire y de fuego, integran una
esfera sin fin, "el Sphairos redondo, que exulta en su
soledad circular".
La historia universal continuó su curso,
los dioses demasiado humanos que Jenófanes atacó fueron rebajados a
ficciones poéticas o a demonios, pero se dijo que uno, Hermes
Trismegisto, había dictado un número variable de libros (42, según
Clemente de Alejandría; 20.000, según Jámblico; 36.525, según los
sacerdotes de Thoth, que también es Hermes), en cuyas páginas
estaban escritas todas las cosas. Fragmentos de esa biblioteca
ilusoria, compilados o fraguados desde el siglo lll, forman lo que
se llama el Corpus Hermeticum; en alguno de ellos, o en el
Asclepio, que también se atribuyó a Trismegisto, el teólogo
francés Alain de Lille -Alanus de Insulis- descubrió a fines del
siglo Xll esta fórmula, que las edades venideras no olvidarían:
"Dios es una esfera inteligible, cuyo centro está en todas partes y
su circunferencia en ninguna". Los presocráticos hablaron de una
esfera sin fin; Albertelli (como antes, Aristóteles) piensa que
hablar así es cometer una contradictio in adjecto,
porque sujeto y predicado se anulan; ello bien puede ser verdad,
pero la fórmula de los libros herméticos nos deja, casi, intuir esa
esfera. En el siglo Xlll, la imagen reapareció en el simbólico
Roman de la Rose, que la da como de Platón, y en la
enciclopedia Speculum Triplex; en el XVl, el último capítulo
del último libro de Pantagruel se refirió a "esa esfera
intelectual, cuyo centro está en todas partes y la circunferencia en
ninguna, que llamamos Dios". Para la mente medieval, el sentido era
claro: Dios está en cada una de sus criaturas, pero ninguna Lo
limita. "El cielo, el cielo de los cielos, no te contiene", dijo
Salomón (1 Reyes, 8, 27); la metáfora geométrica de la esfera
hubo de parecer una glosa de esas palabras.
El poema de Dante ha preservado la
astronomía ptolemaica, que durante mil cuatrocientos años rigió la
imaginación de los hombres. La tierra ocupa el centro del universo.
Es una esfera inmóvil; en torno giran nueve esferas concéntricas.
Las siete primeras son los cielos planetarios (cielos de la Luna, de
Mercurio, de Venus, del Sol, de Marte, de Júpiter, de Saturno); la
octava, el cielo de las estrellas fijas; la novena, el cielo
cristalino llamado también Primer Móvil. A éste lo rodea el Empíreo,
que está hecho de luz. .Todo este laborioso aparato de esferas
huecas, trasparentes y giratorias (algún sistema requería cincuenta
y cinco), había llegado a ser una necesidad mental; De
hipothesibus motuum coelestium commentariolus es el tímido
título que Copérnico, negador de Aristóteles, puso al manuscrito que
trasformó nuestra visión del cosmos. Para un hombre, para Giordano
Bruno, la rotura de las bóvedas estelares fue una liberación.
Proclamó, en la Cena de las cenizas, que el mundo es efecto
infinito de una causa infinita y que la divinidad está cerca, "pues
está dentro de nosotros más aun de lo que nosotros mismos estamos
dentro de nosotros". Buscó palabras para declarar a los hombres el
espacio copernicano y en una página famosa estampó: "Podemos afirmar
con certidumbre que el universo es todo centro, o que el centro del
universo está en todas partes y la circunferencia" (De la causa,
principio de uno, V).
Esto se escribió con exultación, en 1584,
todavía en la luz del Renacimiento; setenta años después, no quedaba
un reflejo de ese fervor y los hombres se sintieron perdidos en el
tiempo y en el espacio. En el tiempo, porque si el futuro y el
pasado son infinitos, no habrá realmente un cuándo; en el espacio,
porque si todo ser equidista de lo infinito y de lo infinitesimal,
tampoco habrá un dónde. Nadie está en algún día, en algún lugar;
nadie sabe el tamaño de su cara. En el Renacimiento, la humanidad
creyó haber alcanzado la edad viril, y así lo declaró por boca
de Bruno, de Campanella y de Bacon. En el siglo XVII la acobardó una
sensación de vejez; para justificarse, exhumó la creencia de una
lenta y fatal degeneración de todas las criaturas, por obra del
pecado de Adán. (En el quinto capítulo del Génesis consta que "todos
los días de Matusalén fueron novecientos setenta y nueve años"; en
el sexto, que "había gigantes en la tierra en aquellos días".) El
primer aniversario de la elegía Anatomy of the World, de John
Donne, lamentó la vida brevísima y la estatura mínima de los hombres
contemporáneos, que son como las hadas y los pigmeos; Milton, según
la biografía de Johnson, temió que ya fuera imposible en la tierra
el género épico; Glanvill juzgó que Adán, "medalla de Dios", gozó de
una visión telescópica y microscópica; Robert South famosamente
escribió:
"Un Aristóteles no fue sino los escombros de Adán, y
Atenas, los rudimentos del Paraíso". En aquel siglo desanimado, el
espacio absoluto que inspiró los hexámetros de Lucrecio, el espacio
absoluto que había sido una liberación para Bruno, fue un laberinto
y un abismo para Pascal. Éste aborrecía el universo y hubiera
querido adorar a Dios, pero Dios, para él, era menos real que el
aborrecido universo. Deploró que no hablara el firmamento, comparó
nuestra vida con la de náufragos en una isla desierta. Sintió el
peso incesante del mundo físico, sintió vértigo, miedo y soledad, y
los puso en otras palabras: "La naturaleza es una esfera infinita,
cuyo centro está en todas partes y la circunferencia en ninguna."
Así publica Brunschvicg el texto, pero la edición crítica de
Tourneur (París, 1941), que reproduce las tachaduras y vacilaciones
del manuscrito, revela que Pascal empezó a escribir
effroyable: "Una esfera espantosa, cuyo centre está en
todas partes y la circunferencia en ninguna."
Quizá
la historia universal es la historia de la diversa entonación de
algunas metáforas. (*)
Buenos Aires, 1951.
(*) Fuente: Jorge Luis Borges, Otras
inquisiones, en Obras completas, VII, Buenos Aires,
Ed. Emecé, pp. 14-16.