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DANZA CON LOBOS Y LA MUTACIÓN DEL YO

Por María Laura Izzo


                                  


   El cruce de las fronteras depara inciertas consecuencias. Se puede trasponer, salir, de la propia cultura y perder las raíces, el pasado y la sustancia del yo personal. O, quizás, el abandonar el propio universo cultural es escena de un renacimiento, de una mutación del yo, y, por tanto, el advenimiento de una nueva identidad. Este último proceso transformador es el que acaso evidencia la historia de John Dunbar, en Danza con Lobos. Al ser absorbido por la otredad indígena, el hombre blanco no se desvanece sino que descubre su nombre auténtico. Posibilidad del que el salto hacia la diferencia cultural sea un juego alquímico de realización del ser. Esta es una de las palpitaciones centrales de indagación de sentidos de Danza con Lobos que ensaya María Laura Izzo, alumna de la carrera de Ciencias de la Comunicación de la Universidad de Buenos Aires en este momento de Cine en Temakel.

E.I

 

DANZA CON LOBOS Y LA MUTACIÓN DEL YO

Por María Laura Izzo

 

    En medio de la cruenta Guerra Civil estadounidense, entre un Sur rural donde la oligarquía era propietaria de esclavos, y no quería dejar de serlo, y un Norte urbanizado y más democrático que, aparentemente, intentaba abolir las antiguas barreras entre clases y/o razas, el Teniente John Dunbar se siente defraudado en sus esperanzas, burlado en sus derechos y rendido ante el dolor físico. Inmerso en el total descreimiento de valores absolutos; encomienda la caducidad de su pena a su propia muerte. Un intento de fuga a la utopía, a lo inconsciente, a lo lúgubre, lo secreto. Un anhelo de irresponsabilidad, un intento desesperado de huida de su nihilismo.
"Al buscar mi propia muerte me hicieron un héroe en vida" son las palabras del protagonista. Exponiendo su cuerpo al enemigo buscaba salir de esa realidad y, de forma sorpresiva, el misterioso destino lo condujo hacia otra salida inimaginada en su mente en el momento en que montó su caballo y se entregó, casi, a las tropas del Sur.
   Premiado por su heroísmo en la Guerra de secesión, John Dunbar acepta un puesto y decide ir a la frontera antes de que ésta desaparezca. Desea conocer algo más allá del mundo de la racionalidad que devenía en caos ó, al menos, si no había nada por conocer, alejarse de este, hacer una pausa flujo incesante de información que lo agobia. Su superior no logra comprenderlo dado que es la frontera un territorio "salvaje y hostil" ya que los vecinos más cercanos son los indios Sioux.

LA LLEGADA
   Dunbar parte con expectativas más que entusiasmo hacia un lugar desconocido. Es asignado al fuerte Sedgewick, un par de chozas abandonadas y en mal estado. No era lo que esperaba. Sin embargo, permaneció allí, en medio de la nada; en un principio por un impulso de respetar el puesto que se le había asignado, por el cumplimiento del deber; pero ya en el momento de la decisión de ir rumbo a lo nuevo, lo inexplorado, donde la razón no había impuesto su dominio; deja al descubierto Dunbar, un espíritu de búsqueda y no de mero sometimiento a las reglas de la realidad superficial. Aunque tal vez en este primer momento (el de la llegada al fuerte) lo inconsciente no devenía en conciencia. Esa conciencia de que el desencantamiento lo alcanzaba, de que una innovadora, misteriosa y fantástica experiencia se abría camino lentamente entre lo efímero, no se hacía presente aún.
    Contempla la naturaleza y la describe en su diario. Con palabras y dibujos trata de volcar sus sentimientos, de recrear la maravillosidad, de guardar las imágenes para luego recordarlas en  su mente tal cual eran en ese momento, único e irrepetible, y como nunca volverán a serlo.

    Su única compañía es el extenso territorio descampado, su caballo y, a veces, un lobo al que llamará luego "Dos Botines". En el primer encuentro que tiene con este último decide no matarlo; no está explícito qué pero algo percibió en aquel animal, algo invisible en lo cotidiano que hizo que sus escasas provisiones no fueran motivo suficiente para dispararle. Dicen culturas antiguas que el lobo es una parte de nosotros mismo que es socialmente temida y de la que huimos. Puede ser amoroso y feroz, conoce su camino dentro del vacío total, vive en la lejana soledad de los lugares inhóspitos. El lobo es la naturaleza salvaje misma, es las fuerzas oscuras del instinto en nuestro interior, pero también encarna a la nobleza y a lo sagrado en la naturaleza y puede venir como maestro y sanador del hambre y soledad interior.
    Aunque busca algo más que cubrir su puesto, carga con la herencia de la civilización; la del hombre blanco que asocia al indio con salvajismo en el sentido de ignorancia y violencia. Un hombre blanco que parece no reflexionar siquiera, que no hace una analepsis hacia los tiempos de fines de siglo XV, aquel tiempo en que el hombre europeo llegó a evangelizar a los ateos, a alfabetizar a los analfabetos, a producir el mayor genocidio de la historia.

 
ACERCAMIENTO
   En su primer encuentro con los indios, Dunbar reacciona en un reflejo a este preconcepto, aunque no se mostró violento, pensó que querían robarle o, al menos, que no tenían intenciones amigables. Por su parte los indios analizan ese primer contacto. Aparece la opinión del impulsivo, dado su juventud "Cabellos al Viento"; afirma que hay que deshacerse pronto del hombre blanco que interrumpiría la paz reinante. Pero los más grandes y sabios, concuerdan en actuar con cautela y se permiten pensar en que puede hallarse algo de positivo en iniciar un acercamiento pacífico.
   Decidido a establecer algún tipo de relación, Dunbar va al encuentro de los indios. Antes de llegar a destino, encuentra en el regazo de la inexplorada pradera a una mujer herida, de raza blanca pero con vestimentas que la vinculan a los únicos vecinos del Teniente. Ella misma le teme a los hombres blancos debido a la amenaza permanente que éstos significan. Cabe aquí hacer un paréntesis y preguntarse a cerca de cómo es posible que los mismos hombres que no muy lejos estaban luchando por la abolición de la esclavitud, se alzaran de tal forma ante los grupos aborígenes. La respuesta es tal vez, la codicia del mundo de la supuesta razón,  que pretendía aquellos territorios como suyos por el sólo hecho de enriquecer su imperialismo. Codicia que el indio no conocía, dado que sus guerras se llevaban a cabo para desarrollar la cualidad de hombría y su motivo era caballeroso o patriótico, pero nunca por deseo de engrandecimiento territorial o el derrocamiento de una nación hermana. Las crueldades injustificables y las costumbres más bárbaras de guerra se intensificaron con la llegada del hombre blanco, quien trajo con él licor y nuevas armas, encendiendo las peores pasiones del indio. Retomando el momento del hallazgo de la mujer; él la lleva hasta la aldea y, si bien no es recibido de la mejor forma, se deja ver claramente que algunos de los indios notan que hay algo distinto en él a todos los hombres urbanos que habían conocido.
    Cuando los indios lo visitan en el fuerte, ambas partes hacen todo lo posible para lograr la comunicación. Comienza el intercambio de costumbres, observan las características de sus personalidades en silencio. La mera observación, mientras se proponen investigar afanosamente los elementos de sus respectivas culturas que se obsequian y en medio de los miedos mutuos, les permite, tanto a los miembros sioux como a John, ir conjeturando a partir de leves indicios sobre las almas desconocidas que se encontraban allí reunidas con deseos de descubrimiento.

  
COMUNIÓN 
   La visita lo dejó pletórico, más que cualquier contacto con el hombre que él conocía hasta el momento. "Todo lo que había oído de los indios era falso. No son limosneros ni ladrones. No son el hombre malo." A pesar de las barreras de la lengua, la naturaleza misma de sus almas trascendió los límites impuestos por ésta que pasó rápidamente a segundo plano ya que el lenguaje pasó a ser otro, pasó a ser el leguaje de la percepción.
   El momento en que Dunbar y Ave Pateando coinciden en referirse a "Tatanka", es de gran carga simbólica en lo que se refiere a la comunión. Si bien supone un conocimiento previo de parte del Teniente en cuanto a lo sagrado de la caza de búfalos; muestra mentes concentradas y al mismo tiempo abiertas a un objetivo concreto, el cual requiere de un esfuerzo grande y a la vez simple y otorga una total complacencia de haberlo alcanzado. A esta escena la sigue otra llena de trascendencia: John Dunbar le ofrece por enésima vez comida al lobo y finalmente se tocan el uno al otro. Análogo al momento en que el niño tiene el primer contacto con su madre y experimenta placer al satisfacer su necesidad, al sentirse contenido y cuidado. Este placer que queda grabado en el aparato psíquico, se transforma en un plus cuando lo necesita nuevamente y que deviene en la constante búsqueda de reiterarlo.

 
CONCIENCIA DEL DESENCANTAMIENTO

  Dunbar se da cuenta a partir de este momento, de que la espera de su relevo había terminado, que era vana porque era parte de un objetivo falso, equívoco. Lo latente durante tal vez demasiado tiempo se hizo un lugar en la conciencia. Comienza una nueva espera y un nuevo camino.
La presencia del mundo natural, la escucha del silencio, ayudan a vaciar la mente, lo que permite el ingreso de nuevas perspectivas y apreciaciones. La paz que brinda la relación con la naturaleza aumenta la predisposición a abrirse a nuevos mundos. El manifiesto corazón de este hombre venido desde la urbe, y su capacidad de no limitar su pensamiento a una esfera cerrada que se considera autosuficiente y en la que no hay conexión con otra realidad que no sea la inmediatamente racional, le permitió pasar de impartir temor a imponer respeto y simpatía entre los miembros de la tribu.
Después de largo tiempo de verse rodeado de paisajes naturales, se topa con uno artificial y desolador, construido por el hombre: cuerpos de búfalos sacrificados violentamente recortaban la extensión de la pradera. La duda y un total desconcierto se apoderaron de su ser. Analiza las opuestas concepciones: por una parte la morbosa materialidad a la que se entrega el hombre del reino ilustrado, la caza indiscriminada con el único objetivo de convertir las pieles en oro en una muestra de lo que es realmente el salvajismo y, por el otro, la actitud del Cazador Rojo que acepta humildemente el sacrificio de los cuerpos de los animales, a cuyas almas luego rinde homenaje, para preservar el propio. Cazador a quien le encanta experimentar una comunión espiritual con sus hermanos del reino animal y que cree en que el espíritu divino penetra en toda la creación y que cada criatura posee un alma en algún grado, aunque no necesariamente un alma consciente de sí misma. El árbol, la cascada, el oso, cada uno es una fuerza personificada y, como tal, objeto de reverencia. Frente a esto, Dunbar se plantea conscientemente qué es lo que quiere, se pregunta de qué mundo forma parte. Sabe que no es miembro de la tribu pero también que, definitivamente, no es ni quiere ser de aquellos que no comprenden el valor de la vida, que no tienen capacidad de apreciar lo místico que les está dado en sus narices; aquellos a los que gobierna la presencia indisoluble de un convencimiento que tiene poder sobre todo.
   Aparece cierta nostalgia desencadenada por un extraño sentimiento doloroso de una especie de carencia de patria. 

NUEVA IDENTIDAD
   La relación con sus vecinos iba en ascenso. Participa de la caza de búfalos, experiencia en la cual se ve superado por la emoción, tanto por la excitantes cabalgatas, como por la sensación de aceptación que pudo percibir que emergía de los indios y de su propio interior. Tras la agotadora cacería, celebran en la aldea con alimentos, danzas y actos religiosos a fin de rendir un respetuoso tributo a la parte inmortal del animal.
   El trueque es símbolo de confianza y aprecio. El indio joven que le era hostil en un principio, lo miraba ahora con cariño y admiración. Cabellos al Viento se prueba la chaqueta de John Dunbar y le obsequia una prenda suya. Dar públicamente es parte de toda ceremonia importante y se observa siempre que se desea rendir un honor especial a alguna persona o suceso. El indio, en su sencillez, regala a sus familiares, a los invitados de otras tribus, de quienes no espera nada a cambio. El regalo u ofrenda religiosa podría ser de poco valor en sí misma, va más allá de la materialidad, pero en la propia mente del dador debe llevar el significado y la retribución del verdadero sacrificio.
   Luego de varios días de bellos y sublimes descubrimientos, regresa al fuerte. Y aunque se siente solo, dedica el tiempo al pensamiento y la meditación. "Nunca había visto gente con tantas ganas de reír, tan dedicada a la familia y al prójimo. La única palabra que se me ocurre es armonía". Afirma también que cada día allí "termina como un milagro" y le da gracias a Dios, sea éste lo que fuera por esos sentimientos que logra encontrar explorando dentro de sí mismo y en la silenciosa y densa experiencia de la contemplación de lo sobrenatural en la naturaleza; una naturaleza que se mostraba digna de respeto como imagen analógica de la divinidad.
   El uso de la capacidad de ver más allá de lo visible en primera instancia permitió, tanto a Dunbar como a los indios, descubrir no sólo cualidades inesperadas en el otro sino también cualidades propias de las que nunca habían tenido conciencia hasta el momento en que interactuaron.
La escena en la que, solo en su campamento, John danza y canta a la manera india alrededor de la fogata, refleja que su alma trascendió completamente la tendencia a la separación entre el pensamiento y la vida como goce y alegre expansión. Danzar, cantar y jugar son la curación última. Vienen de las raíces en la niñez y actúan como restitución de la totalidad perdida. Abren el corazón del hombre y eliminan sus condicionamientos culturales y sociales; suceden en un plano especial de la conciencia donde no hay tiempo y donde hay contacto con sus orígenes, recalcando la primacía de la inocencia y la afirmación de la vida sin determinismos.
   Otro importantísimo momento de esta historia, es cuando John corre y juega con "Dos Botines" en la gran extensión de pradera virgen. Los astros y divinidades decidieron que fuera ese un momento sublime, un momento que marcaría fuertemente su destino. Los indios los estaban observando desde una elevación lejana y le dieron el nombre de "Danza con Lobos". Aquel lobo difícil de convencer en los comienzos, animal en cuyos instintos Dunbar depositaba su fe, y que quedaría inmortalizado en el nombre de aquel hombre blanco que era capaz de ir más allá de las barreras del sentido común para honrarlo desde la composición de su propia esencia. Los nombres indios son apodos característicos otorgados en relación con alguna actitud o acción determinada del sujeto, nombres de hazañas, nombres de nacimiento, o bien tenían un significado religioso o simbólico. Se ha dicho que cuando nace un niño, algún accidente o aspecto inusual determina su nombre, pero no es regla incondicional. Un hombre de carácter vigoroso, con buenos antecedentes de guerra, por lo general lleva el nombre del búfalo, del oso o de alguna fuerza natural temida como el relámpago, el fuego, el viento, el agua y la helada. Otro de naturaleza más pacífica podría llamarse Ave Veloz o Cielo Azul. Los nombres de cualquier dignidad o importancia deben ser conferidos por los ancianos. Ya no era entonces sólo una amistad la que los unía, poco a poco John Dunbar se transformaba en parte de la aldea.
   La primera vez que él quiso participar en una batalla contra los Paunies, una tribu enemiga de los Sioux, no se lo permitieron pero le encomendaron que cuidara a las mujeres y niños durante la ausencia de los hombres, concediéndole de esta manera un gran honor ya que no cualquier hombre era elegido para este difícil servicio.
Su alma estaba ingresando a otro nivel; el pueblo indígena movilizó su interior y liberó a sus sentimientos de limitaciones lo cual no significa, en refutación a la teoría iluminista, que la coherencia hubiera quedado a un lado. La completa y recíproca unión con la naturaleza, el lobo y los indios condujo a John al reencuentro del mito, de la imaginación y a la reconciliación con la búsqueda de los sueños. Está convencido de que es entre el pueblo sioux su lugar en el mundo; se esfuerza por aprender el idioma, observa minuciosamente las costumbres para comprenderlas y llevarlas a cabo, todo lo hace con el propósito de seguir alimentando su nueva vida. El enamorarse de Parada con un Puño, aquella a quien había encontrado herida bajo un árbol, lo une definitiva e inseparablemente, en un vínculo casi sanguíneo, a la tribu.
   Frente a una nueva amenaza de las tribus enemigas, Dunbar participa esta vez de la batalla. Aprovechan los rifles que poseían en el fuerte; los avances del mundo civilizado fueron utilizados al fin, en una lucha no por oscuros objetivos políticos, ni por tierras o riquezas, sino para preservar las reservas de comida y la vida de las mujeres y niños. La muerte no guarda terror el indio; la encara con calma, buscando un fin honorable como su último regalo para su familia. Por ende, corteja la muerte en la batalla. "Mi punto de vista cambió. Sentí un orgullo que nunca antes había sentido. Antes no sabía quien era John Dunbar, quizá el nombre no significaba nada, pero al oír que me decían mi nombre sioux, por primera vez supe quien era yo en realidad."

FRENTE AL PASADO
   En medio de la mudanza al campamento de invierno, John se da cuenta de que había olvidado su diario en el fuerte. Era para él muy importante. Los momentos más substanciales de su vida intentaban eternizarse allí, por eso es que decide ir a buscarlo. Cuando llega a Sedgewick, se encuentra con los hombres del ejército, que habían desvalijado el que había sido su hogar por un tiempo y lo atacan al divisar su vestimenta y ver que había adquirido costumbres indias. Lo consideran un traidor, lo presionan para que colabore a cumplir la misión que tenían encomendada de tomar las tierras de los "hostiles" pero él confiesa orgullosamente que pertenece ahora a una comunidad indígena. Los soldados matan a su caballo y al lobo. En ese momento John cierra el proceso de desencantamiento del mundo al que había pertenecido alguna vez y al que había dedicado tantos años de su vida; la desazón lo envuelve y no logra vislumbrar esperanzas con respecto a la civilización. No fue enteramente por ignorancia que el indio no haya logrado establecer poblados permanentes y desarrollar una civilización material. Sostenían que la concentración de población era la madre de todos los males, tanto morales como físicos. Y que la pérdida del poder espiritual era inseparable del contacto demasiado estrecho con el prójimo. Al aire libre hay una fuerza magnética que se acumula en la soledad y se disipa en la vida en multitud.
   Algunos hombres de la tribu llegan a rescatarlo. Él había seguido hasta ese entonces el camino que sentía correcto sin necesidad de enfrentarse ni imponerle condiciones a nadie. Buscaba una verdad y la encontró para él mismo, era la verdad de su vida y no pretendía extenderla por la fuerza a todos los hombres, sólo vivirla plenamente como belleza. La valentía no consiste para él, que adopta la misma tesitura que los Sioux, en fuerza agresiva sino en autocontrol absoluto. El hombre verdaderamente valiente no se rinde ante el miedo, el enojo o el deseo: él es amo de sí mismo en todo momento. Pero ahora, el individuo era incitado a la sublevación contra aquella sociedad que trataba de imponerle totalitariamente el rumbo que debía llevar y la verdad en la que debía encontrar sus fundamentos.
El conocimiento del destino que le espera a la tribu lo atormenta y lo enfrenta a una decisión crucial. Es consciente de que ahora los hombres del ejército lo buscarán y que, si bien el hombre blanco siempre fue, es y será una amenaza para los grupos aborígenes, considera que apartarse de la tribu es lo más indicado a pesar de que en la conversación que mantiene con Diez Osos éste le recalca que "El hombre que aquellos buscan ya no existe. Ahora existe un Sioux llamado Danza con Lobos." Estas palabras denotan que fue capaz de trascender su propia identidad, su propia historia. Y otra vez la sorpresa y admiración rodean a John; el sabio Diez Osos después de pronunciar esta frase, continuó hablando de los placeres de la vida y luego, se quedaron en silencio. El indio cree profundamente en el silencio, es señal de un equilibrio perfecto, es el balance absoluto de cuerpo, mente y alma.
   John hace caso omiso de las insistentes afirmaciones de sus amigos de que su presencia no representa un mayor peligro para la aldea, pero él sabe que en la civilización no se permiten gozar de distintas percepciones y que mucho menos aceptan, y si es posible castigan, a quien sí es capaz de hacerlo. Así es que, junto a su mujer, deciden partir de aquellos bosques.

TRASCENDENCIA
  La imagen última del lobo aullando, remite a ese espíritu que había abierto sus sentidos a nuevas experiencias y que así fue tocado por una suerte de magia que le permitió divisar el aura del mundo. Mundo que empezó a conocer en aquellos paisajes majestuosos, en los que su alma perduraría más allá del universo de la tangibilidad.
   "Trece años más tarde, sus hogares desbastados, sus búfalos aniquilados, el último grupo de Sioux libres se entregó a los blancos en el Fuerte Robinson, en Nebraska. La gran cultura del caballo de las llanuras había desaparecido…"
CONCLUSIÓN
   Muchas veces, creemos estar seguros en el camino rumbo a un objetivo, pero en mitad de ese viaje, nos damos cuenta de que no es el destino correcto o el que queremos verdaderamente. Tal vez equivocarse en la meta no sea tan terrible. La lucha para abrirse una senda hacia la finalidad es un gran esfuerzo pero también es encontrar; no se aprende sólo una vez que se posa uno en la aspiración final, sino en el recorrido hacia él. Probablemente, como en Danza con Lobos, el camino equivocado desemboque en el descubrimiento de algún definitivo objeto, o quizá hasta sea el reconocimiento de nueva verdadera y secreta identidad. (*)

 

(*) Fuente: María Laura Izzo, "Danza con Lobos y la mutación del yo", texto realizado en el contexto de la materia Principales Corrientes del Pensamiento Contemporáneo de la Carrera de Ciencias de la Comunicación de la Universidad de Buenos Aires en el año 2002.

 

 

                                             

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