DANZA CON LOBOS Y LA MUTACIÓN DEL
YO
Por María Laura Izzo
En medio de la cruenta Guerra Civil
estadounidense, entre un Sur rural donde la oligarquía era
propietaria de esclavos, y no quería dejar de serlo, y un
Norte urbanizado y más democrático que, aparentemente,
intentaba abolir las antiguas barreras entre clases y/o razas,
el Teniente John Dunbar se siente defraudado en sus
esperanzas, burlado en sus derechos y rendido ante el dolor
físico. Inmerso en el total descreimiento de valores
absolutos; encomienda la caducidad de su pena a su propia
muerte. Un intento de fuga a la utopía, a lo inconsciente, a
lo lúgubre, lo secreto. Un anhelo de irresponsabilidad, un
intento desesperado de huida de su nihilismo.
"Al buscar mi
propia muerte me hicieron un héroe en vida" son las palabras
del protagonista. Exponiendo su cuerpo al enemigo buscaba
salir de esa realidad y, de forma sorpresiva, el misterioso
destino lo condujo hacia otra salida inimaginada en su mente
en el momento en que montó su caballo y se entregó, casi, a
las tropas del Sur.
Premiado por su heroísmo
en la Guerra de secesión, John Dunbar acepta un puesto y
decide ir a la frontera antes de que ésta desaparezca. Desea
conocer algo más allá del mundo de la racionalidad que devenía
en caos ó, al menos, si no había nada por conocer, alejarse de
este, hacer una pausa flujo incesante de información que lo
agobia. Su superior no logra comprenderlo dado que es la
frontera un territorio "salvaje y hostil" ya que los vecinos
más cercanos son los indios Sioux.
LA LLEGADA
Dunbar parte con expectativas más que
entusiasmo hacia un lugar desconocido. Es asignado al fuerte
Sedgewick, un par de chozas abandonadas y en mal estado. No
era lo que esperaba. Sin embargo, permaneció allí, en medio de
la nada; en un principio por un impulso de respetar el puesto
que se le había asignado, por el cumplimiento del deber; pero
ya en el momento de la decisión de ir rumbo a lo nuevo, lo
inexplorado, donde la razón no había impuesto su dominio; deja
al descubierto Dunbar, un espíritu de búsqueda y no de mero
sometimiento a las reglas de la realidad superficial. Aunque
tal vez en este primer momento (el de la llegada al fuerte) lo
inconsciente no devenía en conciencia. Esa conciencia de que
el desencantamiento lo alcanzaba, de que una innovadora,
misteriosa y fantástica experiencia se abría camino lentamente
entre lo efímero, no se hacía presente
aún.
Contempla la naturaleza y la
describe en su diario. Con palabras y dibujos trata de volcar
sus sentimientos, de recrear la maravillosidad, de guardar las
imágenes para luego recordarlas en su mente tal cual
eran en ese momento, único e irrepetible, y como nunca
volverán a serlo.
Su única compañía es el extenso territorio
descampado, su caballo y, a veces, un lobo al que llamará
luego "Dos Botines". En el primer encuentro que tiene con este
último decide no matarlo; no está explícito qué pero algo
percibió en aquel animal, algo invisible en lo
cotidiano que hizo que sus escasas provisiones no fueran
motivo suficiente para dispararle. Dicen culturas antiguas que
el lobo es una parte de nosotros mismo que es socialmente
temida y de la que huimos. Puede ser amoroso y feroz, conoce
su camino dentro del vacío total, vive en la lejana soledad de
los lugares inhóspitos. El lobo es la naturaleza salvaje
misma, es las fuerzas oscuras del instinto en nuestro
interior, pero también encarna a la nobleza y a lo sagrado en
la naturaleza y puede venir como maestro y sanador del hambre
y soledad interior.
Aunque busca algo
más que cubrir su puesto, carga con la herencia de la
civilización; la del hombre blanco que asocia al indio con
salvajismo en el sentido de ignorancia y violencia. Un hombre
blanco que parece no reflexionar siquiera, que no hace una
analepsis hacia los tiempos de fines de siglo XV, aquel tiempo
en que el hombre europeo llegó a evangelizar a los ateos, a
alfabetizar a los analfabetos, a producir el mayor genocidio
de la historia.
ACERCAMIENTO
En
su primer encuentro con los indios, Dunbar reacciona en un
reflejo a este preconcepto, aunque no se mostró violento,
pensó que querían robarle o, al menos, que no tenían
intenciones amigables. Por su parte los indios analizan ese
primer contacto. Aparece la opinión del impulsivo, dado su
juventud "Cabellos al Viento"; afirma que hay que deshacerse
pronto del hombre blanco que interrumpiría la paz reinante.
Pero los más grandes y sabios, concuerdan en actuar con
cautela y se permiten pensar en que puede hallarse algo de
positivo en iniciar un acercamiento pacífico.
Decidido a establecer algún tipo de relación, Dunbar va al
encuentro de los indios. Antes de llegar a destino, encuentra
en el regazo de la inexplorada pradera a una mujer herida, de
raza blanca pero con vestimentas que la vinculan a los únicos
vecinos del Teniente. Ella misma le teme a los hombres blancos
debido a la amenaza permanente que éstos significan. Cabe aquí
hacer un paréntesis y preguntarse a cerca de cómo es posible
que los mismos hombres que no muy lejos estaban luchando por
la abolición de la esclavitud, se alzaran de tal forma ante
los grupos aborígenes. La respuesta es tal vez, la codicia del
mundo de la supuesta razón, que pretendía aquellos
territorios como suyos por el sólo hecho de enriquecer su
imperialismo. Codicia que el indio no conocía, dado que sus
guerras se llevaban a cabo para desarrollar la cualidad de
hombría y su motivo era caballeroso o patriótico, pero nunca
por deseo de engrandecimiento territorial o el derrocamiento
de una nación hermana. Las crueldades injustificables y las
costumbres más bárbaras de guerra se intensificaron con la
llegada del hombre blanco, quien trajo con él licor y nuevas
armas, encendiendo las peores pasiones del indio. Retomando el
momento del hallazgo de la mujer; él la lleva hasta la aldea
y, si bien no es recibido de la mejor forma, se deja ver
claramente que algunos de los indios notan que hay algo
distinto en él a todos los hombres urbanos que habían
conocido.
Cuando los indios lo visitan
en el fuerte, ambas partes hacen todo lo posible para lograr
la comunicación. Comienza el intercambio de costumbres,
observan las características de sus personalidades en
silencio. La mera observación, mientras se proponen investigar
afanosamente los elementos de sus respectivas culturas que se
obsequian y en medio de los miedos mutuos, les permite, tanto
a los miembros sioux como a John, ir conjeturando a partir de
leves indicios sobre las almas desconocidas que se encontraban
allí reunidas con deseos de
descubrimiento.
COMUNIÓN
La visita lo dejó pletórico, más que
cualquier contacto con el hombre que él conocía hasta el
momento. "Todo lo que había oído de los indios era
falso. No son limosneros ni ladrones. No son el
hombre malo." A pesar de las barreras de la lengua, la
naturaleza misma de sus almas trascendió los límites impuestos
por ésta que pasó rápidamente a segundo plano ya que el
lenguaje pasó a ser otro, pasó a ser el leguaje de la
percepción.
El momento en que Dunbar y Ave
Pateando coinciden en referirse a "Tatanka", es de gran carga
simbólica en lo que se refiere a la comunión. Si bien supone
un conocimiento previo de parte del Teniente en cuanto a lo
sagrado de la caza de búfalos; muestra mentes concentradas y
al mismo tiempo abiertas a un objetivo concreto, el cual
requiere de un esfuerzo grande y a la vez simple y otorga una
total complacencia de haberlo alcanzado. A esta escena la
sigue otra llena de trascendencia: John Dunbar le ofrece por
enésima vez comida al lobo y finalmente se tocan el uno al
otro. Análogo al momento en que el niño tiene el primer
contacto con su madre y experimenta placer al satisfacer su
necesidad, al sentirse contenido y cuidado. Este placer que
queda grabado en el aparato psíquico, se transforma en un plus
cuando lo necesita nuevamente y que deviene en la constante
búsqueda de reiterarlo.
CONCIENCIA DEL
DESENCANTAMIENTO
Dunbar se da cuenta a partir de este momento, de que la espera
de su relevo había terminado, que era vana porque era parte de
un objetivo falso, equívoco. Lo latente durante tal vez
demasiado tiempo se hizo un lugar en la conciencia. Comienza
una nueva espera y un nuevo camino.
La presencia del mundo
natural, la escucha del silencio, ayudan a vaciar la mente, lo
que permite el ingreso de nuevas perspectivas y apreciaciones.
La paz que brinda la relación con la naturaleza aumenta la
predisposición a abrirse a nuevos mundos. El manifiesto
corazón de este hombre venido desde la urbe, y su capacidad de
no limitar su pensamiento a una esfera cerrada que se
considera autosuficiente y en la que no hay conexión con otra
realidad que no sea la inmediatamente racional, le permitió
pasar de impartir temor a imponer respeto y simpatía entre los
miembros de la tribu.
Después de largo tiempo de verse
rodeado de paisajes naturales, se topa con uno artificial y
desolador, construido por el hombre: cuerpos de búfalos
sacrificados violentamente recortaban la extensión de la
pradera. La duda y un total desconcierto se apoderaron de su
ser. Analiza las opuestas concepciones: por una parte la
morbosa materialidad a la que se entrega el hombre del reino
ilustrado, la caza indiscriminada con el único objetivo de
convertir las pieles en oro en una muestra de lo que es
realmente el salvajismo y, por el otro, la actitud del Cazador
Rojo que acepta humildemente el sacrificio de los cuerpos de
los animales, a cuyas almas luego rinde homenaje, para
preservar el propio. Cazador a quien le encanta experimentar
una comunión espiritual con sus hermanos del reino animal y
que cree en que el espíritu divino penetra en toda la creación
y que cada criatura posee un alma en algún grado, aunque no
necesariamente un alma consciente de sí misma. El árbol, la
cascada, el oso, cada uno es una fuerza personificada y, como
tal, objeto de reverencia. Frente a esto, Dunbar se plantea
conscientemente qué es lo que quiere, se pregunta de qué mundo
forma parte. Sabe que no es miembro de la tribu pero también
que, definitivamente, no es ni quiere ser de aquellos que no
comprenden el valor de la vida, que no tienen capacidad de
apreciar lo místico que les está dado en sus narices; aquellos
a los que gobierna la presencia indisoluble de un
convencimiento que tiene poder sobre todo.
Aparece cierta nostalgia desencadenada por un extraño
sentimiento doloroso de una especie de carencia de
patria.
NUEVA IDENTIDAD
La relación con sus vecinos iba en ascenso. Participa de la
caza de búfalos, experiencia en la cual se ve superado por la
emoción, tanto por la excitantes cabalgatas, como por la
sensación de aceptación que pudo percibir que emergía de los
indios y de su propio interior. Tras la agotadora cacería,
celebran en la aldea con alimentos, danzas y actos religiosos
a fin de rendir un respetuoso tributo a la parte inmortal del
animal.
El trueque es símbolo de confianza y aprecio.
El indio joven que le era hostil en un principio, lo miraba
ahora con cariño y admiración. Cabellos al Viento se prueba la
chaqueta de John Dunbar y le obsequia una prenda suya. Dar
públicamente es parte de toda ceremonia importante y se
observa siempre que se desea rendir un honor especial a alguna
persona o suceso. El indio, en su sencillez, regala a sus
familiares, a los invitados de otras tribus, de quienes no
espera nada a cambio. El regalo u ofrenda religiosa podría ser
de poco valor en sí misma, va más allá de la materialidad,
pero en la propia mente del dador debe llevar el significado y
la retribución del verdadero sacrificio.
Luego
de varios días de bellos y sublimes descubrimientos, regresa
al fuerte. Y aunque se siente solo, dedica el tiempo al
pensamiento y la meditación. "Nunca había visto gente con
tantas ganas de reír, tan dedicada a la familia y al prójimo.
La única palabra que se me ocurre es armonía". Afirma también
que cada día allí "termina como un milagro" y le da gracias a
Dios, sea éste lo que fuera por esos sentimientos que logra
encontrar explorando dentro de sí mismo y en la silenciosa y
densa experiencia de la contemplación de lo sobrenatural en la
naturaleza; una naturaleza que se mostraba digna de respeto
como imagen analógica de la divinidad.
El uso
de la capacidad de ver más allá de lo visible en primera
instancia permitió, tanto a Dunbar como a los indios,
descubrir no sólo cualidades inesperadas en el otro sino
también cualidades propias de las que nunca habían tenido
conciencia hasta el momento en que interactuaron.
La escena
en la que, solo en su campamento, John danza y canta a la
manera india alrededor de la fogata, refleja que su alma
trascendió completamente la tendencia a la separación entre el
pensamiento y la vida como goce y alegre expansión. Danzar,
cantar y jugar son la curación última. Vienen de las raíces en
la niñez y actúan como restitución de la totalidad perdida.
Abren el corazón del hombre y eliminan sus condicionamientos
culturales y sociales; suceden en un plano especial de la
conciencia donde no hay tiempo y donde hay contacto con sus
orígenes, recalcando la primacía de la inocencia y la
afirmación de la vida sin determinismos.
Otro
importantísimo momento de esta historia, es cuando John corre
y juega con "Dos Botines" en la gran extensión de pradera
virgen. Los astros y divinidades decidieron que fuera ese un
momento sublime, un momento que marcaría fuertemente su
destino. Los indios los estaban observando desde una elevación
lejana y le dieron el nombre de "Danza con Lobos". Aquel lobo
difícil de convencer en los comienzos, animal en cuyos
instintos Dunbar depositaba su fe, y que quedaría
inmortalizado en el nombre de aquel hombre blanco que era
capaz de ir más allá de las barreras del sentido común para
honrarlo desde la composición de su propia esencia. Los
nombres indios son apodos característicos otorgados en
relación con alguna actitud o acción determinada del sujeto,
nombres de hazañas, nombres de nacimiento, o bien tenían un
significado religioso o simbólico. Se ha dicho que cuando nace
un niño, algún accidente o aspecto inusual determina su
nombre, pero no es regla incondicional. Un hombre de carácter
vigoroso, con buenos antecedentes de guerra, por lo general
lleva el nombre del búfalo, del oso o de alguna fuerza natural
temida como el relámpago, el fuego, el viento, el agua y la
helada. Otro de naturaleza más pacífica podría llamarse Ave
Veloz o Cielo Azul. Los nombres de cualquier dignidad o
importancia deben ser conferidos por los ancianos. Ya no era
entonces sólo una amistad la que los unía, poco a poco John
Dunbar se transformaba en parte de la aldea.
La primera vez que él quiso participar en una batalla contra
los Paunies, una tribu enemiga de los Sioux, no se lo
permitieron pero le encomendaron que cuidara a las mujeres y
niños durante la ausencia de los hombres, concediéndole de
esta manera un
gran honor ya que no cualquier hombre era elegido
para este difícil servicio.
Su alma estaba ingresando a
otro nivel; el pueblo indígena movilizó su interior y liberó a
sus sentimientos de limitaciones lo cual no significa, en
refutación a la teoría iluminista, que la coherencia hubiera
quedado a un lado. La completa y recíproca unión con la
naturaleza, el lobo y los indios condujo a John al reencuentro
del mito, de la imaginación y a la reconciliación con la
búsqueda de los sueños. Está convencido de que es entre el
pueblo sioux su lugar en el mundo; se esfuerza por aprender el
idioma, observa minuciosamente las costumbres para
comprenderlas y llevarlas a cabo, todo lo hace con el
propósito de seguir alimentando su nueva vida. El enamorarse
de Parada con un Puño, aquella a quien había encontrado herida
bajo un árbol, lo une definitiva e inseparablemente, en un
vínculo casi sanguíneo, a la tribu.
Frente a
una nueva amenaza de las tribus enemigas, Dunbar participa
esta vez de la batalla. Aprovechan los rifles que poseían en
el fuerte; los avances del mundo civilizado fueron utilizados
al fin, en una lucha no por oscuros objetivos políticos, ni
por tierras o riquezas, sino para preservar las reservas de
comida y la vida de las mujeres y niños. La muerte no guarda
terror el indio; la encara con calma, buscando un fin
honorable como su último regalo para su familia. Por ende,
corteja la muerte en la batalla. "Mi punto de vista cambió.
Sentí un orgullo que nunca antes había sentido. Antes no sabía
quien era John Dunbar, quizá el nombre no significaba nada,
pero al oír que me decían mi nombre sioux, por primera vez
supe quien era yo en realidad."
FRENTE AL PASADO
En medio de la mudanza al campamento
de invierno, John se da cuenta de que había olvidado su diario
en el fuerte. Era para él muy importante. Los momentos más
substanciales de su vida intentaban eternizarse allí, por eso
es que decide ir a buscarlo. Cuando llega a Sedgewick, se
encuentra con los hombres del ejército, que habían desvalijado
el que había sido su hogar por un tiempo y lo atacan al
divisar su vestimenta y ver que había adquirido costumbres
indias. Lo consideran un traidor, lo presionan para que
colabore a cumplir la misión que tenían encomendada de tomar
las tierras de los "hostiles" pero él confiesa orgullosamente
que pertenece ahora a una comunidad indígena. Los soldados
matan a su caballo y al lobo. En ese momento John cierra el
proceso de desencantamiento del mundo al que había pertenecido
alguna vez y al que había dedicado tantos años de su vida; la
desazón lo envuelve y no logra vislumbrar esperanzas con
respecto a la civilización. No fue enteramente por ignorancia
que el indio no haya logrado establecer poblados permanentes y
desarrollar una civilización material. Sostenían que la
concentración de población era la madre de todos los males,
tanto morales como físicos. Y que la pérdida del poder
espiritual era inseparable del contacto demasiado estrecho con
el prójimo. Al aire libre hay una fuerza magnética que se
acumula en la soledad y se disipa en la vida en
multitud.
Algunos hombres de la tribu llegan a
rescatarlo. Él había seguido hasta ese entonces el camino que
sentía correcto sin necesidad de enfrentarse ni imponerle
condiciones a nadie. Buscaba una verdad y la encontró para él
mismo, era la verdad de su vida y no pretendía extenderla por
la fuerza a todos los hombres, sólo vivirla plenamente como
belleza. La valentía no consiste para él, que adopta la misma
tesitura que los Sioux, en fuerza agresiva sino en autocontrol
absoluto. El hombre verdaderamente valiente no se rinde ante
el miedo, el enojo o el deseo: él es amo de sí mismo en todo
momento. Pero ahora, el individuo era incitado a la
sublevación contra aquella sociedad que trataba de imponerle
totalitariamente el rumbo que debía llevar y la verdad en la
que debía encontrar sus fundamentos.
El conocimiento del
destino que le espera a la tribu lo atormenta y lo enfrenta a
una decisión crucial. Es consciente de que ahora los hombres
del ejército lo buscarán y que, si bien el hombre blanco
siempre fue, es y será una amenaza para los grupos aborígenes,
considera que apartarse de la tribu es lo más indicado a pesar
de que en la conversación que mantiene con Diez Osos éste le
recalca que "El hombre que aquellos buscan ya no existe. Ahora
existe un Sioux llamado Danza con Lobos." Estas palabras
denotan que fue capaz de trascender su propia identidad, su
propia historia. Y otra vez la sorpresa y admiración rodean a
John; el sabio Diez Osos después de pronunciar esta frase,
continuó hablando de los placeres de la vida y luego, se
quedaron en silencio. El indio cree profundamente en el
silencio, es señal de un equilibrio perfecto, es el balance
absoluto de cuerpo, mente y alma.
John hace
caso omiso de las insistentes afirmaciones de sus amigos de
que su presencia no representa un mayor peligro para la aldea,
pero él sabe que en la civilización no se permiten gozar de
distintas percepciones y que mucho menos aceptan, y si es
posible castigan, a quien sí es capaz de hacerlo. Así es que,
junto a su mujer, deciden partir de aquellos
bosques.
TRASCENDENCIA
La
imagen última del lobo aullando, remite a ese espíritu que
había abierto sus sentidos a nuevas experiencias y que así fue
tocado por una suerte de magia que le permitió divisar el aura
del mundo. Mundo que empezó a conocer en aquellos paisajes
majestuosos, en los que su alma perduraría más allá del
universo de la tangibilidad.
"Trece años más
tarde, sus hogares desbastados, sus búfalos aniquilados, el
último grupo de Sioux libres se entregó a los blancos en el
Fuerte Robinson, en Nebraska. La gran cultura del caballo de
las llanuras había desaparecido…"
CONCLUSIÓN
Muchas veces, creemos estar seguros en
el camino rumbo a un objetivo, pero en mitad de ese viaje, nos
damos cuenta de que no es el destino correcto o el que
queremos verdaderamente. Tal vez equivocarse en la meta no sea
tan terrible. La lucha para abrirse una senda hacia la
finalidad es un gran esfuerzo pero también es encontrar; no se
aprende sólo una vez que se posa uno en la aspiración final,
sino en el recorrido hacia él. Probablemente, como en Danza
con Lobos, el camino equivocado desemboque en el
descubrimiento de algún definitivo objeto, o quizá hasta sea
el reconocimiento de nueva verdadera y secreta
identidad. (*)
(*)
Fuente: María Laura Izzo,
"Danza con Lobos y la mutación del yo", texto
realizado en el
contexto de la materia Principales Corrientes del Pensamiento
Contemporáneo de la Carrera de Ciencias de la Comunicación
de la Universidad de Buenos Aires en el año 2002.