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LA TEORÍA DE LA NUEVA NOVELA EN
RAYUELA
Escribir es escribirse; escribir es oráculo del
hombre ausente. La combinación literaria de palabras no es
sólo creación de mundos narrativos autónomos, reducidos a su propia
ley. En algunos casos, la literatura es tallado con palabras de un
mundo latente. Un mundo latente ensaya Rayuela con su asalto
sobre la cultura aristotélica-cartesiana y su voluntad de
experimentación literaria. Ensayo, invocación de un universo
potencial que es un espacio otro, porvenir, donde el hombre y la
historia habitarán con un rostro diferente.
En el capítulo 79 de Rayuela,
el escritor argentino Julio Cortázar fragua el programa
estético para una nueva novela que, a su vez, encienda el
fuego de una "antropofanía", el nacer del nuevo hombre.
Para este fin, la novela debe quebrar la narración lineal,
vulnerar los hábitos de lecturas corrientes, escamotear
los sentidos dentro de un cofre escondido entre las palabras
que sólo pueda ser abierto, hurgado, por un lector cómplice.
Novela que ya no busque decir, narrar, una historia sino
generar estallidos en la atmósfera sensible del alma, mutaciones
de la percepción y expansiones de la conciencia hacia plexos
de sentidos aún no experimentados. Es quizá una estrategia
de novela para restituirse lo real como ríos metafísicos
y no como cartografías anquilosadas y carcelarias. La novela
como recuperación de tierras plateadas de aguas quietas,
turbias, confirmación cansada de lo mismo.
Aquí, en Temakel, le presentamos ese
capítulo de la "novela como antropafanía" de Rayuela. Un
fósforo que ilumina otra vez la recámara donde la escritura no es
sólo distracción o expresión personal, sino gestación del hombre con
cielo en la mirada.
Esteban
Ierardo
CAP 79 DE RAYUELA
Por
Julio Cortázar
Nota pedantísima de
Morelli: "Intentar el ‘roman comique’ en el sentido en que un
texto alcance a insinuar otros valores y colabore así en esa
antropofanía que seguimos creyendo posible. Parecería que la novela
usual malogra la búsqueda al limitar al lector a su ámbito, más
definido cuanto mejor sea el novelista. Detención forzosa en los
diversos grados de lo dramático, psicológico, trágico, satírico o
político. Intentar en cambio un texto que no agarre al lector pero
que lo vuelva obligadamente cómplice al murmurarle, por debajo del
desarrollo convencional, rumbos más esotéricos. Escritura demótica
para el lector- hembra (que por lo demás no pasará de las primeras
páginas, rudamente perdido y escandalizado, maldiciendo lo que le
costó el libro), con un vago reverso de escritura
hierática.
Provocar, asumir un texto desaliñado,
desanudado, incongruente, minuciosamente antinovelístico (aunque no
antinovelesco). Sin vedarse los grandes efectos del género cuando la
situación lo requiera, pero recordando el gidiano, ne jamais
profiter de l’élan acqus. Como todas las criaturas de
elección del Occidente, la novela se contenta con un orden cerrado.
Resueltamente en contra, buscar también aquí la apertura y para eso
cortar de de raíz toda construcción sistemática de caracteres y
situaciones. Método: la ironía, la autocrítica incesante, la
incongruencia, la imaginación al servicio de nadie.
Una tentativa de este orden parte de una repulsa
de la literatura; repulsa parcial puesto que se apoya en la palabra,
pero que debe velar en cada operación que emprendan autor y lector.
Así, usar la novela como se usa un revólver para defender la paz,
cambiando su signo. Tomar de la literatura eso que es puente vivo de
hombre, y que el tratado o el ensayo sólo permite entre
especialistas. Una narrativa que no sea pretexto para la transmisión
de un ‘mensaje’ (no hay mensaje, hay mensajeros y eso es
el mensaje, así como el amor es el que ama); una narrativa
que actúe como coagulante de vivencias, como catalizadora de
nociones confusas y mal entendidas, y que incida en primer término
en el que la escribe, para lo cual hay que escribirla como
antinovela porque todo orden cerrado dejará sistemáticamente
afuera esos anuncios que pueden volvernos mensajeros, acercarnos a
nuestros propios límites de los que tan lejos estamos cara a
cara. Extraña autocreación del autor por su
obra. Si de ese magma que es el día, la sumersión en la existencia,
queremos potenciar valores que anuncien por fin la antropofanía,
¿qué hacer ya con el puro entendimiento, con la altiva razón
razonante? Desde los eleatas hasta la fecha el pensamiento
dialéctico ha tenido tiempo de sobra para darnos sus frutos. Los
estamos comiendo, son deliciosos, hierven de radioactividad. Y al
final del banquete, ¿por qué estamos tan tristes, hermanos de mil
novecientos cincuenta y pico? Otra nota
aparentemente complementaria:
Situación del lector. En general todo novelista espera
de su lector que lo comprenda, participando de su propia
experiencia, o que recoja un determinado mensaje y lo encarne. El
novelista romántico quiere ser comprendido por sí mismo a través de
sus héroes; el novelista clásico quiere enseñar, dejar una huella en
el camino de la historia. Posibilidad
tercera: la de hacer del lector un cómplice, un camarada de camino.
Simultaneizarlo, puesto que la lectura abolirá el tiempo del lector
y lo trasladará al del autor. Así el lector podría llegar a ser
copartícipe y copadeciente de la experiencia por la que pasa el
novelista, en el mismo momento y en la misma forma. Todo ardid
estético es inútil para lograrlo: sólo vale la materia en gestación,
la inmediatez vivencial (trasmitida por la palabra, es cierto, pero
una palabra lo menos estética posible; de ahí la novela 'cómica',
los anticlimax, la ironía, otras tantas flechas indicadoras que
apuntan hacia lo otro).
Para ese lector, mon semblable, mon
frére, la novela cómica (y qué es Ulysses?) deberá
transcurrir como esos sueños en los que al margen de un acaecer
trivial presentimos una carga más grave que no siempre alcanzamos a
desentrañar. En ese sentido la novela cómica debe ser de un pudor
ejemplar; no engaña al lector, no lo monta a caballo sobre cualquier
emoción o cualquier intención, sino que le da algo así como una
arcilla significativa, un comienzo de modelado, con huellas de algo
que quizá sea colectivo, humano y no individual. Mejor, le da como
una fachada, con puertas y ventanas detrás de las cuales se está
operando un misterio que el lector cómplice deberá buscar (de ahí la
complicidad) y quizá no encontrará (de ahí el copadecimiento). Lo
que el autor de esa novela haya logrado para sí mismo, se repetirá
(agigantándose, quizá, y eso sería maravilloso) en el lector
cómplice... (*)
(*) Fuente: Julio Cortázar, Rayuela, Buenos Aires, Ed.
Sudamericana, pp.400-402.
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