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2001 ODISEA EN EL
ESPACIO Y LA ESTELA DE SUS EFECTOS
Por Sergio Armand
galileo@revistaelcerebro.com.ar

2000, Odisea en el Espacio, el célebre film de
Stanley Kubrik, basado en la novela de Arthur Clarke,
constituye un singular momento de reflexión sobre
la máquina, la computadora y su vínculo con la inteligencia,
la conciencia y la libertad. Entre los símbolos fundamentales
del film se hallan el ojo rojo de la computadora que
se niega a obedecer las órdenes de los tripulantes
de una nave espacial y un monolito negro. A partir
de estas imágenes significativas, Sergio Armand esculpe
en este momento de Temakel una aguda indagación
sobre la temática de 2001 y sus efectos y relaciones
con la realidad del control social, la tecnología
contemporánea y la conquista espacial. Armand, Licenciado
en Ciencias de la Comunicación por la Universidad
de Buenos Aires, es director de la Revista El Cerebro.
Uniendo los hemisferios, publicación abocada a
integrar la exploración científica del mundo y el
pensamiento. E.I
2001
ODISEA EN EL ESPACIO Y LA ESTELA DE SUS EFECTOS
Por
Sergio Armand
Nada nuevo hay. Cada
paso es nuevo. Y de esta contradicción, surge nuestra
existencia misma, o la percepción de ella. Los miedos son los
mismos, y sus ropajes cambian. Pero el miedo a la invasión es
tan fuerte como el miedo a la invisibilidad de quien nos
vigila. Foucault, al hablar de la invisibilidad del poder,
tenía razón. Pero no la única razón.
Sin embargo, en este 2001, ningún avance
nos ha permitido convertir en visible ese manto de la
invisibilidad. Muchos sabrán de qué hablo cuando nombro al
Monolito Negro. Otros no. Para tener un denominador común,
baste decir que el El Monolito de 2001, Odisea del
espacio, es el símbolo de una búsqueda, de la apertura al
misterio, del redescubrimiento de uno mismo. Y este rectángulo
corpóreo y oscuro de la película resulta demasiado visible
comparado con el Monolito que nos espía en nuestra vida real,
y que esperamos nos transforme la vida. Pero esa
transformación no llega, y ese vigilante invisible en el que
creemos no nos ayuda a saltar hacia las estrellas, como sí lo
hace el Monolito Negro. No hablamos de Dios, o de algún Dios,
ya que a pesar de su invisibilidad, Dios es, también,
demasiado visible. El Poder no. Quizá porque nosotros le
otorgamos esa invisibilidad. Y también, porque su cuerpo, si
bien se halla unificado, no existe en un único lugar, o en una
sola pieza.
Si pensamos en la tan referenciada "capacidad de superación",
podemos prestar atención al cuento de Arthur C. Clarke
El Centinela, del cual surgiera la "anécdota"
del film de Stanley Kubrick y novela del propio Clarke,
2001, Odisea del Espacio. Un centinela, un
monolito, espera la primera señal de vida inteligente.
La señal de una vida capaz de escapar de su cuna para
penetrar el espacio en pos de su propia supervivencia.
Ahora bien: la señal que indica
inteligencia puede ser, al mismo tiempo, señal de poder de
manipulación de fuerzas peligrosas como la energía atómica, o
simplemente, la tendencia a la violencia hecha cuerpo por
medio de armas tecnológicamente avanzadas. ¿Es esa, entonces,
la señal de inteligencia? El mono, el predecesor del Hombre en
el film de Kubrick, también descubre que un hueso puede ser un
arma. Y aprende a defenderse. Aprende a enfrentar las
invasiones de otras aldeas, las invasiones que teme, y las
invasiones que construirá en el futuro como estadista o
gobernante, cuando necesite más de una vez regresar al
"enemigo exterior" o "enemigo interior", y dar rienda suelta a
sus propias fuerzas genocidas. Como bien señala Clarke en "El
Centinela", si alguien detectó la presencia de esa
"inteligencia", ya puede haber enviado emisarios para
socorrernos. Y sólo es cuestión de esperar.
Todavía no sabemos cómo enfocar nuestra
vida. Oportunamente buscamos explicaciones trascendentales y
totales, pero rara vez tenemos ante nuestros ojos la
perspectiva de la realidad como una consecuencia de nuestra
construcción. Construcción de valores en función de nuestras
apetencias. Aquellas mayormente expuestas. Y aquellas
imposibles de confesar. En el movimiento pendular, la
legitimidad de nuestras intenciones abarcan la totalidad del
espectro. Porque de eso se trata. De legitimar, en la medida
en que se pueda, lo menos confesable, para convertirlo en
"natural". Al menos, ese el proceso que a gran velocidad
parece darse desde que arrancaron los 90, hasta este inicio de
siglo.
La velocidad es un buen pretexto. También
la multiplicidad de caminos para elegir unas pocas cosas.
Muchas ventanas hacia el mismo paisaje.
En la novela de Clarke, un científico protagoniza
las primeras páginas del futuro imaginado: Heywood
Floyd. Floyd estudia evidencias, gráficos, mapas estelares,
mapas de la luna. Pero más allá del uso que él mismo
hace de esta tecnología en pos de su provecho científico,
el propio Floyd se pregunta "¿para qué?".
En su viaje de investigación, Floyd
dispone de un "bloque de noticias", esto era, una pantalla
desde la cual accedía a todos los diarios del mundo gracias a
una clave de acceso: "conectado con la unidad memorizadora de
reducción, tendría la primera página, ojearía rápidamente los
encabezamientos y anotaría los artículos que le interesaban.
Cada uno de ellos tenía una referencia en el teclado, al
pulsar el cual, el rectángulo del tamaño de un sello de
correos se ampliaría hasta llenar por completo la pantalla,
permitiéndole así leer con toda comodidad."
"Floyd se preguntaba a veces si el bloque de noticias y la
fantástica tecnología que tras él había, sería la última
palabra en la búsqueda del hombre de perfectas
comunicaciones." Pero en otro apartado, otro pensamiento
pasaba por la mente del Dr. Floyd: "Cuanto más maravillosos
eran los medios de comunicación, tanto más vulgares,
chabacanos o deprimentes parecían ser sus
contenidos..."
Cierto
es que si bien no alcanzamos tecnológicamente muchas
de las cosas imaginadas en los '50 y los '60, otras
manipulaciones cotidianas eran privativas de la ciencia-ficción.
El computador personal, y la condensación de operaciones
múltiples en un solo soporte técnico, es una realidad
diferente quizás a la imaginada antaño. En todo caso,
Isaac Asimov relata muy bien en El Fin de la Eternidad
la manera en que a través de las épocas existe una
preferencia por un soporte material u otro, tanto
para el registro de sonidos e imágenes, como en cuanto
al predominio en todo el entorno.
Por supuesto, en cada época, cada vez que
imaginamos el futuro, saltamos más lejos de donde estamos.
Así, en una de las versiones más recientes de Viaje a las
Estrellas, la computadora sirve para recrear
holográficamente situaciones escenográficas para ejercicios
lúdicos, o para pedirle que fabrique instantáneamente ropa de
otro siglo para inmiscuirse con otras civilizaciones en viajes
por el tiempo.
Quizá la paradoja de una computadora que
se rebela contra los seres humanos y toma decisiones propias
atentando contra la vida de ellos, se contrapone a las tres
leyes de la robótica enunciadas por Asimov, según las cuales
un robot no puede provocar daño alguno, ni por inacción, a un
ser humano.
Pero independientemente de la "conciencia
cibernética", -en un mundo en el cual a nivel científico
todavía se discuten los conceptos de "mente" y "conciencia",
sin llegar a determinar de qué depende la "mente"
(muchos defienden la naturaleza biológica desde el
funcionamiento del cerebro)- la realidad es que el daño sobre
las personas se provoca no sólo a niveles culturales, sino
directamente físicos, y están enlazados con la intencionalidad
de quienes definen los soportes que regirán sobre las
operaciones de la vida cotidiana. Muy irónicamente, en el film
El 6to. Día de Roger Spotiswoode, se escuchan en las
noticias las intenciones de la corporación Microsoft de
adquirir un Estado entero. Y la referencia a las corporaciones
fabricantes de tecnología detentando el poder absoluto y
modificar las leyes trocando el estado democrático en una
propia autocracia, se extienden desde mucho más atrás. Si
regresamos a Asimov, por ejemplo, encontraremos un extraño
cuento en el cual un hombre es sometido a juicio. ¿El motivo?
Tras varios accidentes que lo fueron dejando incapacitado, con
miembros de su cuerpo perdidos u órganos destruidos, la
Corporación lo ha ido proveyendo con prótesis cibernéticas y
órganos artificiales. En cierto punto, el beneficiario ha
dejado de pagar. Y por ende, la Corporación reclama la
propiedad sobre su persona entera, siendo que él es en sí
mismo una gran prótesis. Sabemos que no se puede reclamar la
propiedad sobre una persona. Pero si se tratara de un hombre
trocado en máquina, entonces la máquina no puede ser sometida
a juicio
Sin embargo, un viejo tema de la ciencia
-ficción fue resucitado gracias a los últimos logros
científicos: entre clonaciones y la completud del código
genético humano, la manipulación genética, la reproducción
artificial de una aparente vida propia gracias a la
implantación de recuerdos, y el control sobre cuánto durará
esa vida, se condensan en numerosas muestras: el desaparecido
Philip Dick escribió dos novelas en las cuales podemos
observar variaciones sobre la misma música. Una es ¿Sueñan
los androides con ovejas eléctricas?, la cual inspiró la
elogiada película Blade Runner de Ridley Scott. Esta
historia se centra en juguetes genéticos, con recuerdos
implantados como si hubieran tenido largas vidas, con
nacimiento, padre y madre que son proyectados artificialmente
hacia el "yo" del androide. Por ende, son seres que viven,
respiran, sienten y preguntan. Seres que tienen un tiempo de
terminación predeterminado por el fabricante. Seres que no
quieren terminar, y que se enfrentan a la frialdad del
discurso de inevitabilidad de quienes determinaron sus
destinos.
La otra otra novela de Dick de la cual
hablamos inspiró el film Total Recall (conocida en
Argentina como El Vengador del Futuro), en el cual
alguien descubre que no es ese alguien, sino otro. Otro que
para proteger sus secretos de espionaje, decidió convertirse
en un nuevo hombre con recuerdos ajenos implantados. ¿Qué
mejor camouflage que no ser quien se
es?
La realidad en este 2001 está llena de
dolor. Quizás las novelas de anticipación no se equivocaron
tanto cuando determinaron que nuestro futuro estaría asolado
por dictaduras y totalitarismos de todo tipo y
forma.
En un panorama en el que los intereses
económicos pretenden cambiar los parámetros valorativos en
educación y leyes en pro de sus objetivos de productividad, se
hizo realidad el que un millonario como Denis Tito decidiera
hacer un tour en el espacio obligando a una misión científica
-la del Atlantis- a retirarse antes de tiempo para que el
señor pudiera acoplar en la Estación Espacial Internacional
(ISS), o pidiera clonar a su hijo fallecido para
recuperarlo.
La lucha contra muchas enfermedades posa
sus esperanzas en el dominio informativo del código genético,
pero los intereses de los laboratorios y el andamiaje
industrial que se halla detrás de los tratamientos
tradicionales configuran un poder con una dimensión que otorga
a la imaginación elementos para adivinar o deducir complots
secretos de pesada magnitud.
La conquista del Espacio se retoma después
de años de aletargamiento provocado por guerras frías
terminadas o guerras de galaxias revividas, la explosión
del Challenger (quizás uno de los emblemas recientes
más fuertes de negligencia científico-industrial)
e intenta reavivar el fuego de la otrora esperanzada
misión a Marte, al tiempo que la industria cinematográfica
no logra transparentar ninguna historia creativa sobre
los viajes al planeta rojo. Una de las pocas visiones
con una pizca de ingenio la tuvo mucho tiempo atrás
Ray Bradbury en sus Crónicas Marcianas, ilustrando
la vida del hombre colonizando y habitando el planeta.
Pero en el mundo de la inseguridad, la exclusión,
el hambre, la injusticia y el escepticismo ¿quién
cree en la conquista del Espacio? Así como la misión
de la Apollo 13 no se emitió por televisión por considerarse
rutinaria (excepto cuando ofreció un "drama" digno
de ser cubierto cuando se produjo el fatal y famoso
accidente), hoy la NASA de desgasta para crear un
merchandising que avive el interés del público
por las misiones actuales.
Todavía no se despertó verdaderamente, en este mercadeo,
el sentido crítico sobre lo ocurrido mucho antes con
las explosiones atómicas, sobre ese otro Holocausto
instantáneo disfrazado de cientificidad e inevitabilidad
que se proyectó hacia Hiroshima y Nagashaki. Y seguimos
midiendo la evolución en función del progreso de nuestro
poder de manipulación sobre la materia y los demás,
de nuestra capacidad de acumulación de más cosas en
menos lugar, y de tener cada vez más y mejor afilada
la punta del lápiz tecnológico. Lamentablemente, a
veces no sabemos qué escribir o dibujar. Nos quedamos
extasiados observando la perfección de la punta lograda,
y nos olvidamos de para qué la habíamos afilado. Pero
recurrimos entonces a los menús predeterminados.
Y volvemos, una vez más, a aquella
maravillosa pregunta que Robert Wise, Gene Rodenberry y el
asesoramiento científico de Isaac Asimov plasmaron en el film
Star Trek de 1979: una máquina tiene una sencilla
programación que dice "aprenda todo lo que se pueda aprender".
Y al aprender tanto en su viaje por el Universo, llega la
inevitable pregunta: "¿No soy más que esto? ¿No hay nada
más?".
Vale hacer un "provisorio punto final" apelando a un párrafo
de "2001..." que cierra la descripción de la prehistoria de la
Humanidad:
"La lanza, el arco, el fusil y el
cañón y finalmente el proyectil guiado, le habían procurado
armas de infinito alcance y casi infinita potencia.
Sin esas armas, que sin embargo había
empleado a menudo contra sí mismo, el Hombre no habría
conquistado su mundo. En ellas había puesto su corazón y su
alma, y durante eras le habían servido muy bien.
Mas ahora, mientras existían, estaba viviendo
con el tiempo prestado". (*)

(*):
Fuente: Sergio
Armand, "2001 en el Espacio y la estela de sus
efectos", editado también en la notable
página de difusión científica
Revista El Cerebro. Uniendo los hemisferios.
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