|
ALA DE CÓNDOR
Fotos: Juan Carlos Queirolo;
Texto
y poema: Esteban Ierardo
Cóndor: el ave más
grande del planeta azul. Símbolo aéreo de los Andes y de las montañas
de Patagonia. Su vuelo se gesta con naturalidad más allá de los tres mil
metros de altura. Se alimenta de carne muerta. Carne de la tierra que
vuela en el cielo.
Cóndor
de Patagonia que despliega sus alas. Por eso, no podemos evitar un
poético venerar llamado...
ALA DE
CÓNDOR
Por Esteban Ierardo
En una
cumbre se posa tu historia. Mantienes tus alas alzadas, mientras
esperas escuchar un lenguaje de fuego y nieve. La palabra de los volcanes y montañas de
Patagonia.
Extraño verbo y exclamaciones que
yo no podría
comprender. Pero que presiento. Presiento que los conos humeantes y las montañas heladas derraman voces que son colores sutiles.
Colores con los que el viento pinta tus alas. ¿Qué te piden el volcán y la montaña?
¿Qué desean que
propagues mediante tus
planeos altivos? ¿Cuál es la misión que la cordillera encomienda a tus
alas?
Tus alas. Alas de cóndor.
Que
mantienes erguidas mientras soy el humano de la urbe, del aluvión de asfalto y
cemento. Soy centellas de plástico, pies de vidrio y manos acrílicas.
Pero puedo percibir cómo
se alza tu ala. Ala de pájaro ebrio de éxtasis.
Puedo percibir tus alas,
cóndor, donde
resuena la voz de los volcanes y la cordillera patagónica. Alas que
extiendes con un lago y
en un bosque en cada pluma. Plumaje sagrado que te acerca a santuarios
secretos en el centro de la cúpula.
Y ya planeas en las
llanuras del aire. Con ansiedad y respeto la cordillera te observa mientras
espera que cumplas lo que los volcanes y las montañas te han encomendado. Pero,
antes, incrustas tu mirada y luego
tus garras en el cuello de un animal con muchos días de muerte. Y devoras la carne.
Carne putrefacta dicen los de mi especie. Carne inventada por la tierra,
me dices, que absorbes para que renazca en la altitud de la
bóveda.
Y antes de cumplir el
pedido de las montañas y los volcanes giras en círculo. En los bordes de
tus plumas se adhieren cometas, nubes, rayos y arco iris. Que
danzan y giran junto contigo. Y aunque
tu ojo nunca se enderece hacia la urbe y la pobreza de mi nombre, puedo
imaginarte y arder en licores de fantasía bajo tus alas. Alas de cóndor.
Y cerca de tus garras. Garras de dignidad salvaje.
Y, sí, gran ave, quiero
aprender de ti, déjame ser tus ojos de tono café. Háblale al viento
para que extienda mi venerar hacia tu mirar. Mirar desde las terrazas del
firmamento. Escudriñar, como ahora lo haces, las vastedades de
Patagonia. Y te acompaño y, desde lo alto, divisamos: estepas y
guanacos;
arroyos
y castores; cabelleras de árboles de la Mujer Tierra; cada roca y
cada insecto; glaciales y valles de colores amarillentos y naranjas.
Y luego de tanto otear,
junto a ti, animal orgulloso, recibo la noche. Cerca de los tambores de
los astros. Y distingo serpientes de oscuridad que se enrollan en las
piedras.
Reptiles que también zizaguean entre los collares de luz de la ciudad nocturna.
Y junto contigo, hermano
pájaro, atisbo dragones que asoman sus cabezas
en lontananza. Y que pronto son incendiados por la lengua de llamas del
sol.
Y entonces rozo tus alas,
estoy cerca de tu latir. De soslayo, entreveo tu rostro. Adusto.
Señorial. Y sé que te aprestas a
cumplir el encargo de las montañas y los volcanes. Y tus alas, alas de
cóndor, se estremecen con aleteos rápidos
como relámpagos. Y de tu anatomía extendida nace una lluvia de
exclamaciones y palabras que veneran a los bosques, los animales y las
estepas patagónicas.
Y luego decides volar
alto. Muy alto. Y ¡ven! ¡Ven!, escucho que me dices. Y atravesamos
suaves enjambres de nubes, y mares de luces diurnas. Y planeamos cerca de
la cumbre. De aquella cumbre, gran cóndor, donde pronto renaceré.
Con tus alas y tus garras.
|