Fachada
del templete en Yapeyú, Corrientes, que alberga los
restos de la casa donde nació Don José de San Martín. |
Yapeyú:
voz guaraní que significa "el tiempo que ha llegado a su
madurez". Luego de la fundación de su orden por San Ignacio
de Loyola, en 1543, los jesuitas llegaron a Sudamérica, y a las tierras de
todos los continentes, para difundir su fe. Su vigor misionero
no se amilanaba ante las grandes distancias, las inclemencias climáticas o
la soledad de tierras deshabitadas.
A orillas del río Uruguay, el 4 de febrero de 1627, el padre Nicolás Durán
Mastrillo, de la Compañía de Jesús, promovió la fundación de la
"reducción de Nuestra Señora de los Tres Reyes de Yapeyú".
Dado que Yapeyú fue el lugar de residencia del superior de los
misioneros jesuitas, el pueblo adquirió una situación privilegiada entre
todos los poblados cuya misión era albergar e instruir a los indios
evangelizados. Pero el privilegio de su posición geográfica
también significó que Yapeyú fuera continuamente acechado por
los portugueses y los indígenas yaros, minuanes y charrúas.
Por
la Real cédula firmada por Carlos III el 27 de febrero de 1767,
en julio de 1768, los jesuitas fueron expulsados de Yapeyú. La
retirada de los famosos misioneros significó la pérdida de la
paz
de la reducción. El caos inundó las austeras y polvorientas
calles del poblado. El virrey Juan José de Vértiz dio testimonio
de esta agitación en un memorial dirigido al monarca donde
afirmaba que los indios
"se entregaron a la matanza de ganados para alimentarse sin término
ni medida, no atendiendo ya sus telares, siembras y otros trabajos
establecidos, y lo que antes se llevaba y gobernaba por unas muy
escrupulosas reglas se redujo a confusión y trastorno".
En
1774 arribó a Yapeyú el mayor Juan de San Martín. El padre del
futuro escalador de los Andes, fue nombrado Teniente gobernador de
Yapeyú por el virrey Vértiz. La gestión gubernativa de Juan de San
Martín fue exitosa. Los lugareños lo estimaban y respetaban. Al abandonar
su cargo, el Cabildo de Yapeyú declaró que su administración "ha sido muy
arreglada, y ha mirado nuestros asuntos con amor y caridad sin que
para ello faltase lo recto de la justicia y ésta distribuida sin
pasión, por lo que quedamos muy agradecidos todos a su
eficiencia."
En de 1817, cuando José de San Martín encabezaba
el Ejército de los Andes durante su célebre cruce de la
cordillera andina, para luego derrotar a los españoles en
la gran batalla de Chacabuco, un ejército portugués conducido
por el brigadier Chagas tomaron el pueblo de Yapeyú. Y lo
destinaron a las llamas. "Ni los templos ni las cabañas
-afirma Bartolomé Mitre- fueron respetados; todos los
pueblos fueron arrebatados, y el vencedor se replegó a su
territorio cargado de botín, ostentando como trofeo ochenta
arrobas de plata labrada, robada a las iglesias fundadas por los
antiguos jesuitas."
La
casa de San Martín también fue alcanzada por las lenguas rojas del
fuego. Sus marcas aún pueden apreciarse en la pared más alta de las
ruinas protegidas por un templete (imagen, abajo, izquierda).
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| Restos
de la casa de San Martín dentro del templete que le da
albergue (foto página oni.escuelas ) |
Antes
de estos hechos, el 25 de febrero de 1778, Juan de San Martín y
Gregorías Matorras festejaron el nacimiento de su hijo José, un
niño al que le aguardaba un especial destino. José San Martín
creció cerca de las aguas del río Uruguay. Caminó libre por las
calles polvorientas. Presenció las labores de paisanos, indios y
sacerdotes; junto con otros niños, disfrutó de juegos infantiles
bajo un árbol que hoy es también lugar histórico ( imagen
abajo, derecha). Aspiró el cálido aire del litoral. Y seguramente habrá experimentado alguna espontánea fascinación
ante los ocasos, los amaneceres y las luces solares colmando de
bellos reflejos el cercano río y la frondosa vegetación que aún
hoy se muestra festoneando las orillas que se abren hacia tierras
uruguayas.
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| En su
infancia, San Martín jugaba bajó un árbol que fue
derribado por una tormenta hace pocos años. En ese lugar se
alza hoy el retoño del viejo árbol que conoció al futuro
escalador de los Andes. |
En
1784, luego de concluidos sus servicios, Juan de San Martín,
junto con su familia, su mujer y cinco hijos, arribó a Cádiz. El
niño José optó por la carrera de las armas. En 1789, ingresó
como cadete en el Real Seminario de Nobles de Madrid. Luego
combatiría contra ingleses y portugueses; en África, en Bailén,
y en todas sus experiencias de combate, siempre exhibió notable
valor y capacidad militar.
En 1812 regresó a su patria. Fundó el
Regimiento de Granaderos a caballo, e inició el conocido camino
que lo llevaría a la victoria de San Lorenzo, el cruce de la
cordillera de los Andes y los triunfos de Chacabuco, Maipú, la
liberación de Chile y luego Perú; y su famosa y misteriosa
reunión con Bolívar en Guayaquil. Y su renuncia, y su exilio, y
su muerte, en 1850, en Francia.
En
1948, durante la presidencia de Agustín P. Justo, se construyó
el actual templete que protege los restos de la casa que habitó
el niño San Martín.
Hoy,
Yapeyú es una población de aproximadamente dos mil habitantes. A
este histórico pueblo llegué durante una estrellada noche de
verano. Las estrellas resplandecían con sus apasionadas pupilas
que titilaban sobre el rostro oscuro de la bóveda nocturna. Al
poco tiempo, para mi sorpresa, descubrí que, para ese entonces,
enero de 2004, aún no había llegado la comunicación por
internet. Al día siguiente, ya bajo la claridad solar, recorrí
sus calles todavía sin asfaltar; y me encontré con muchas casas
antiguas, y otras más modernas, pero de humildes proporciones.
Por ningún lugar encontré grandes supermercados, locutorios o
cibercafés. Sí hallé la ruinosa fachada de una antiquísima
iglesia jesuítica de fines del siglo XVII, y otras ruinas de un
pequeño templo de los seguidores de San Ignacio de Loyola frente
a la plaza central (imagen abajo izquierda). A un costado de la
pequeña plaza, se levanta una singular construcción, quizá
única: un arco trunco, el opuesto de los arcos triunfales
romanos, cuyo propósito es homenajear a los caídos correntinos
en la guerra de las Malvinas (imagen abajo).
En
las afueras, se encuentra un cuartel del Regimiento de Granaderos
a caballo, donde un museo ofrece muchos documentos, cartas,
espadas, mapas, que recrean momentos fundamentales de la vida del
general San Martín.
| Arriba,
izquierdas, ruinas
de una iglesia jesuítica del siglo XVIII, que se encuentra
a escasos metros de la casa sanmartiniana; arriba, derecha: urna
con los restos de los padres de San Martín en uno de los
extremos del rectángulo que contiene las ruinas de su casa
familiar de la infancia. |
Una construcción
singular; quizá única en el mundo: un arco trunco, el
opuesto de los arcos romanos del triunfo cuyo propósito es
homenajear a los caídos correntinos en la guerra de las
Malvinas.
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El
pueblo parece vivir en dos tiempos: el moderno, y aquella
pretérita época donde Yapeyú fue una floreciente capital de una
intendencia virreinal que llegó a albergar más de seis mil
almas.
A
espaldas del templete que protege la casa sanmartiniana, hay un
anfiteatro cuyas gradas metálicas se extienden frente al río,
que fluye a muy escasos metros. Es una grata experiencia sentarse
allí, y contemplar el ocaso, el lento despedirse de la luz que
anega el rió con las primeras penumbras nocturnas; y, algo más
allá, se puede contemplar la otra ribera, que muy posiblemente
ofrece un aspecto muy similar al que pudo observar el niño San
Martín.
En la digna humildad de Yapeyú, alguien que no tema a la
evocación de la historia como si fuera un latido aún vívido y
presente, puede recorrer las calles del sereno Yapeyú como si
allí todavía jugaran los niños de otro tirempo. Y entre
aquellos niños es posible imaginar a uno de ellos. Que corre y se
alegraba como todos. Pero que en su frente extiende ya sus brazos
de luz un futuro sol. De aventuras y heroísmo.
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Un
pequeño árbol emerge vigoroso desde las aguas del río
Uruguay, a muy poca distancia de la casa donde creció el
general Don José de San Martín. |