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EN LA CUNA  DEL ESCALADOR DE LOS ANDES

Texto y fotos Esteban Ierardo

 


 

Fachada del templete en Yapeyú, Corrientes, que alberga los restos de la casa donde nació Don José de San Martín.

 

   Yapeyú: voz guaraní que significa "el tiempo que ha llegado a su madurez". Luego de la fundación de su orden por San Ignacio de Loyola, en 1543, los jesuitas llegaron a Sudamérica, y a las tierras de todos los continentes, para difundir su fe. Su vigor misionero no se amilanaba ante las grandes distancias, las inclemencias climáticas o la soledad de tierras deshabitadas. 

A orillas del río Uruguay, el 4 de febrero de 1627, el padre Nicolás Durán Mastrillo, de la Compañía de Jesús, promovió la fundación de la "reducción de Nuestra Señora de los Tres Reyes de Yapeyú". Dado que Yapeyú fue el lugar de residencia del superior de los misioneros jesuitas, el pueblo adquirió una situación privilegiada entre todos los poblados cuya misión era albergar e instruir a los indios evangelizados. Pero el privilegio de su posición geográfica también significó que Yapeyú fuera continuamente acechado  por los portugueses y los indígenas yaros, minuanes y charrúas. 

Por la Real cédula firmada por Carlos III el 27 de febrero de 1767, en julio de 1768, los jesuitas fueron expulsados de Yapeyú. La retirada de los famosos misioneros significó la pérdida de la paz de la reducción. El caos inundó las austeras y polvorientas calles del poblado. El virrey Juan José de Vértiz dio testimonio de esta agitación en un memorial dirigido al monarca donde afirmaba que los indios "se entregaron a la matanza de ganados para alimentarse sin término ni medida, no atendiendo ya sus telares, siembras y otros trabajos establecidos, y lo que antes se llevaba y gobernaba por unas muy escrupulosas reglas se redujo a confusión y trastorno". 

En 1774 arribó a Yapeyú el mayor Juan de San Martín. El padre del futuro escalador de los Andes, fue nombrado Teniente gobernador de Yapeyú por el virrey Vértiz. La gestión gubernativa de Juan de San Martín fue exitosa. Los lugareños lo estimaban y respetaban. Al abandonar su cargo, el Cabildo de Yapeyú declaró que su administración "ha sido muy arreglada, y ha mirado nuestros asuntos con amor y caridad sin que para ello faltase lo recto de la justicia y ésta distribuida sin pasión, por lo que quedamos muy agradecidos todos a su eficiencia." 

En de 1817, cuando José de San Martín encabezaba el  Ejército de los Andes durante su célebre cruce de la cordillera andina, para luego derrotar a los españoles en la gran batalla de Chacabuco, un ejército portugués conducido por  el brigadier Chagas tomaron el pueblo de Yapeyú. Y lo destinaron a las llamas.  "Ni los templos ni las cabañas -afirma Bartolomé Mitre- fueron respetados; todos los pueblos fueron arrebatados, y el vencedor se replegó a su territorio cargado de botín, ostentando como trofeo ochenta arrobas de plata labrada, robada a las iglesias fundadas por los antiguos jesuitas.

La casa de San Martín también fue alcanzada por las lenguas rojas del fuego. Sus marcas aún pueden apreciarse en la pared más alta de las ruinas protegidas por un templete (imagen, abajo, izquierda). 

 Restos de la casa de San Martín dentro del templete que le da albergue (foto página oni.escuelas )

 

 Antes de estos hechos, el 25 de febrero de 1778, Juan de San Martín y Gregorías Matorras festejaron el nacimiento de su hijo José, un niño al que le aguardaba un especial destino. José San Martín creció cerca de las aguas del río Uruguay. Caminó libre por las calles polvorientas. Presenció las labores de paisanos, indios y sacerdotes; junto con otros niños, disfrutó de juegos infantiles bajo un árbol que hoy es también lugar histórico ( imagen abajo, derecha). Aspiró el cálido aire del litoral. Y seguramente habrá experimentado alguna espontánea fascinación ante los ocasos, los amaneceres y las luces solares colmando de bellos reflejos el cercano río y la frondosa vegetación que aún hoy se muestra festoneando las orillas que se abren hacia tierras uruguayas. 

 En su infancia, San Martín jugaba bajó un árbol que fue derribado por una tormenta hace pocos años. En ese lugar se alza hoy el retoño del viejo árbol que conoció al futuro escalador de los Andes.

 

 En 1784, luego de concluidos sus servicios, Juan de San Martín, junto con su familia, su mujer y cinco hijos, arribó a Cádiz. El niño José optó por la carrera de las armas. En 1789, ingresó como cadete en el Real Seminario de Nobles de Madrid. Luego combatiría contra ingleses y portugueses; en África, en Bailén, y en todas sus experiencias de combate, siempre exhibió notable valor y capacidad militar. 

En 1812 regresó a su patria. Fundó el Regimiento de Granaderos a caballo, e inició el conocido camino que lo llevaría a la victoria de San Lorenzo, el cruce de la cordillera de los Andes y los triunfos de Chacabuco, Maipú, la liberación de Chile y luego Perú; y su famosa y misteriosa reunión con Bolívar en Guayaquil. Y su renuncia, y su exilio, y su muerte, en 1850, en Francia.

 En 1948, durante la presidencia de Agustín P. Justo, se construyó el actual templete que protege los restos de la casa que habitó el niño San Martín. 

 Hoy, Yapeyú es una población de aproximadamente dos mil habitantes. A este histórico pueblo llegué durante una estrellada noche de verano. Las estrellas resplandecían con sus apasionadas pupilas que titilaban sobre el rostro oscuro de la bóveda nocturna. Al poco tiempo, para mi sorpresa, descubrí que, para ese entonces, enero de 2004, aún no había llegado la comunicación por internet. Al día siguiente, ya bajo la claridad solar, recorrí sus calles todavía sin asfaltar; y me encontré con muchas casas antiguas, y otras más modernas, pero de humildes proporciones. Por ningún lugar encontré grandes supermercados, locutorios o cibercafés. Sí hallé la ruinosa fachada de una antiquísima iglesia jesuítica de fines del siglo XVII, y otras ruinas de un pequeño templo de los seguidores de San Ignacio de Loyola frente a la plaza central (imagen abajo izquierda). A un costado de la pequeña plaza, se levanta una singular construcción, quizá única: un arco trunco, el opuesto de los arcos triunfales romanos, cuyo propósito es homenajear a los caídos correntinos en la guerra de las Malvinas (imagen abajo).

En las afueras, se encuentra un cuartel del Regimiento de Granaderos a caballo, donde un museo ofrece muchos documentos, cartas, espadas, mapas, que recrean momentos fundamentales de la vida del general San Martín. 

 

Arriba, izquierdas, ruinas de una iglesia jesuítica del siglo XVIII, que se encuentra a escasos metros de la casa sanmartiniana; arriba, derecha: urna con los restos de los padres de San Martín en uno de los extremos del rectángulo que contiene las ruinas de su casa familiar de la infancia.

 

Una construcción singular; quizá única en el mundo: un arco trunco, el opuesto de los arcos romanos del triunfo cuyo propósito es homenajear a los caídos correntinos en la guerra de las Malvinas.

 

 

El pueblo parece vivir en dos tiempos: el moderno, y aquella pretérita época donde Yapeyú fue una floreciente capital de una intendencia virreinal que llegó a albergar más de seis mil almas. 

A espaldas del templete que protege la casa sanmartiniana, hay un anfiteatro cuyas gradas metálicas se extienden frente al río, que fluye a muy escasos metros. Es una grata experiencia sentarse allí, y contemplar el ocaso, el lento despedirse de la luz que anega el rió con las primeras penumbras nocturnas; y, algo más allá, se puede contemplar la otra ribera, que muy posiblemente ofrece un aspecto muy similar al que pudo observar el niño San Martín.

  En la digna humildad de Yapeyú, alguien que no tema a la evocación de la historia como si fuera un latido aún vívido y presente, puede recorrer las calles del sereno Yapeyú como si allí todavía jugaran los niños de otro tirempo. Y entre aquellos niños es posible imaginar a uno de ellos. Que corre y se alegraba como todos. Pero que en su frente extiende ya sus brazos de luz un futuro sol. De aventuras y heroísmo.   

 

Un pequeño árbol emerge vigoroso desde las aguas del río Uruguay, a muy poca distancia de la casa donde creció el general Don José de San Martín.

 

 

 

 

   ©  Temakel. Por Esteban Ierardo