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EN LA VUELTA DE OBLIGADO

 

 

Uno de los cañones en la Vuelta de Obligado, frente al lugar donde se extendían las cadenas que intentaron detener, infructuosamente, el avance de una poderosa flota anglo-francesa. (foto Esteban Ierardo)

 

 

El combate de la vuelta de Obligado

4 DE JUNIO DE 1846 Victoria Argentina de El Quebracho

La Vuelta de Obligado (poema), por Esteban Ierardo

 

Los cañones rugieron con gritos incendiados. Cientos de gargantas argentinas vociferaron contra los navíos invasores. El 20 de noviembre de 1845, noventa buques mercantes remontaban las aguas del Río Paraná custodiados por una poderosa flota de barcos de guerra ingleses y franceses, con casi cien cañones a bordo. La presencia extranjera pretendía comerciar en el Litorial y el Paraguay sin solicitar la autorización del gobierno argentino. Juan Manuel de Rosas, polémico personaje de la historia argentina, rechazó todas las intimidaciones de las potencias europeas. Su decisión fue resistir, no inclinarse. Así, en un recodo del Río Paraná, cercano a la actual ciudad de San Pedro, en la provincia de Buenos Aires, se dispusieron 2.200 hombres, soldados regulares y gauchos, y 35 piezas de artillería dirigidos por el general Lucio N. Mansilla. De un lado a otro del río, se desplegaron tres cadenas dipuestas sobre barcazas, y salpicadas con vivaces banderas celestes y blancas. Luego, ante la aparición en el río de las naves invasoras, Mansilla -padre del famoso Lucio V. Mansilla, también miltar y escritor, autor de La expedición a los indios Ranqueles- arengó a los suyos: "¡Allá los tenéis! ¡Considerad el insulto que hacen a la soberanía de nuestra patria al navegar, sin más título que la fuerza, las aguas de un río que corre por el territorio de nuestro país". Después, los argentinos entonaron su himno. Cerca se extendían las tres cadenas cubiertas por banderas argentinas. Y cuando se escuchó la última estrofa, Mansilla ordenó el primer disparo de artillería. Se inició entonces un combate de ocho largas horas. Más de doscientos argentinos murieron o fueron heridos. Las naves anglo-francesas consiguieron romper las cadenas. Pero, en el norte, nadie quizo comerciar con los recién llegados por el camino del agravio y la fuerza. Por lo que la expedición fracasó en su propósito fundamental que era el intercambio comercial. Unos meses después, y este es un hecho menos conocido, el 4 de junio de 1846, Mansilla se cobró revancha en El Quebracho, muy cerca del convento de San Lorenzo, sobre el Paraná, el lugar del famoso bautismo de fuego del Regimiento de Granaderos a caballo del general San Martín.

En el mes de febrero de este año 2004, visité la Vuelta de Obligado. Fue inevitable imaginar el estruendo de los cañones, el ondear de las banderas argentinas, el grito decidido contra la invasión extranjera. Pero también fue inevitable apreciar el lamentable deterioro del monumento conmemorativo del histórico combate. Y fue asimismo una sorpresa, acaso de valor simbólico, la ausencia de una bandera argentina en el mástil.

En este momento de La Argentina Invisible, y olvidada, encontrarán dos textos sobre el combate de Obligado y la posterior victoria en el Quebracho, un poema personal y las fotografías que obtuve en la Vuelta de Obligado. Al final, también hallarán la obra de Ricardo Campodónico que ilustra la desigual lucha entre los hijos de la tierra pampeana y los poderosos barcos europeos.

Esteban Ierardo

 

El combate de la Vuelta de Obligado

Hacia mitad del siglo XIX,  Estados Unidos, Francia e Inglaterra se encontraban en plena expansión comercial y territorial en distintas regiones del planeta.

Estados Unidos intervino en México anexionando parte de su territorio incluido Texas.  Tanto Francia como Inglaterra tenían ambiciones de expansión comercial en esa región de México,  objetivos que fueron dejados de lado para no entrar en una confrontación militar con la naciente potencia del norte de América. Ambas naciones confluyeron entonces en una alianza para intervenir militarmente en el sur del mismo continente a fin de imponer sus intereses comerciales. El algodón que no podría cultivar Inglaterra en Texas, intentaría ser recuperado en los campos de la Confederación Argentina.  

 

 

 

 

Arriba, izquierda, escalinata que conduce, frente al Paraná al deteriorado monumento que recuerda los hechos de la Vuelta de Obligado; arriba derecha, la imagen del río Paraná en el lugar donde el 20 de noviembre de 1845 irrumpió la flota anglo-francesa.

Para ese entonces, Juan Manuel de Rosas era el Gobernador de la provincia de Buenos Aires y el depositario de las relaciones exteriores de la Confederación. En su segunda gobernación, Rosas había empezado a independizar comercialmente a la región promulgando la ley de aduanas, expropiando el Banco Nacional, prohibiendo la exportación de metales e imponiendo fuertes aranceles a la navegación de buques extranjeros en los ríos interiores para proteger las nacientes industrias locales. En 1840 logró vencer el bloqueo de los franceses en una primera intervención armada y, la experiencia de esa lucha, la sabría aprovechar para vencer a la segunda intervención conjunta de Inglaterra y Francia.

Unida toda la Confederación, expulsados los aliados internos que trabajaban para las potencias agresoras y valiéndose de las contradicciones de ambos imperios la victoria estaría asegurada, sumando a ello la oposición de una fuerte resistencia militar a la invasión haciendo que ésta resultara totalmente improductiva para los interventores.

El 20 de noviembre de 1845, un convoy comercial de noventa navíos mercantes custodiado por buques de guerra ingleses y franceses, intentarían remontar el Río Paraná en demostración de no existir soberanía argentina sobre el río, llevando mercaderías a las provincias del litoral y al Paraguay.  La intención además era ocupar los ríos interiores con sus escuadras, obligar a la “libre navegación” del Plata y sus afluentes y convertir a Montevideo en una factoría comercial para ambas potencias.

Con patriotismo, inteligencia y astucia, Rosas preparó la defensa cerrando el Paraná con baterías escalonadas a lo largo de sus costas para librar batalla contra sus agresores. La principal defensa se encontraba en la Vuelta de Obligado al norte de la ciudad de San Pedro. Allí, el General Lucio V. Mansilla hizo tender de costa a costa sobre 24 lanchones tres gruesas cadenas para impedir el paso de las embarcaciones y ocupó con dos mil hombres las trincheras y baterías emplazadas en el lugar.       

Cuando los extranjeros avanzaron, Mansilla ordenó la defensa y proclamó a la tropa: “¡Allá los tenéis! Considerad el insulto que hacen a la soberanía de nuestra Patria al navegar, sin más título que la fuerza, las aguas de un río que recorre por el territorio de nuestro país. ¡Pero no lo conseguirán impunemente! ¡Tremola en el Paraná el pabellón azul y blanco y debemos morir todos antes que verlo bajar de donde flamea!”.

Las bajas de los argentinos resultaron muchas por el heroísmo en la defensa de la posición y por la desproporción en el armamento, pero el hecho, demostraría a los interventores que no podrían vencer, pues la guerra de resistencia sería franca e implacable.

Las noticias de las pérdidas comerciales sufridas por el convoy y los relatos de la hidalguía y bravura de los argentinos llegaron a Londres. Los tenedores de bonos de deuda argentina reclamaban el fin de la intervención para poder cobrar. Ante esta situación, los gobiernos extranjeros ordenaron el retiro inmediato e incondicional de sus escuadras en el Plata desagraviando al pabellón argentino con 21 cañonazos.   

La victoria Argentina demostró que los triunfos no dependen de quien tenga más soldados y mayor poder de fuego, sino, de quien tenga la mas inteligente y ordenada estrategia, sin divisiones en el frente interno y llevando una excelente política exterior que explote las contradicciones del adversario. (*)

(*) Fuente: web mr-jsm.com.ar 

 

A la derecha, en imagen para ampliar, columna con el texto de una carta del Almirante inglés Sullivan enviada en 1883 al gobierno argentino, junto a una bandera argentina obtenida en el combate de Obligado. En aquella carta se recuerda el valor del coronel Ramón Rodríguez y sus bravos gauchos.

 

4 DE JUNIO DE 1846 Victoria Argentina de El Quebracho
 (Gentileza de Eduardo Rosa; articulo difundido por email;
aclaración: los ideas vertidas en este texto representan las opiniones del autor y no necesariamente las de este sitio) 


    El General Mansilla, en la inexpugnable altura de El Quebracho, a legua y media al norte del convento de San Lorenzo espera a la ya maltrecha escuadra anglo-francesa que venía bajando el Paraná, repitiéndose en cada recodo,  desde la vuelta de Obligado, en noviembre, el implacable castigo de un pueblo altivo.
Habían esperado casi un mes el viento norte que les permitiese pasar rápido ante los temidos gauchos.
-Viva la soberana independencia nacional fue el grito de Mansilla para iniciar el cañoneo  
El combate fue desigual por la excelente posición Argentina.
Dos mercantes se hundieron, otros cuatro se debieron incendiar para que no caigan en manos argentinas, los Vapores de guerra Harpy y Gorgon seriamente dañados. Los bajas enemigas, que solo contaron los militares, fueron 60 muertos, un solo muerto argentino, y dos heridos. (Uno de ellos, nuevamente, el bravo Thorne, el sordo de Obligado).

4 de junio de 1939 – El revisionismo erige un monumento
 (Del Boletín del Instituto de estudios Federalistas, Nº 1 Mayo de 1939)
Carta al Presidente Ortiz:
Santa Fe, Mayo 20 de 1939
Al Sr; Presidente de la Nación Argentina Dr. ROBERTO M. ORTIZ
Capital Federal.
El Instituto de Estudios Federalistas que tengo el honor de presidir, ha resuelto celebrar dignamente el 93 aniversario de la batalla de El Quebracho, fecha memorable para los argentinos, ya que ese hecho de guerra, demostró a la faz de la tierra, que el ilustre Gobernador de Buenos Aires – encargado de las relaciones exteriores – defendía patrióticamente la soberanía Nacional e imponía una fuerte derrota a las armas de Francia é Inglaterra que nos habían bloqueado y traficaban de imponer un protectorado, con la ayuda de los falsos argentinos, exilados en la Banda Oriental y cobijados y ayudados por el Presidente Rivera.
A tal efecto el día 4 de junio próximo se celebrará una misa en el histórico templo de San Lorenzo en memoria de los caídos y a continuación un Te-Deum en acción de gracias por la victoria alcanzada por las fuerzas argentinas.
Después del almuerzo, a las 14 horas, se trasladará la comitiva al lugar de las baterías de El Quebracho y se inaugurará una gran Cruz de Quebracho, con basamento de hormigón como acto recordatorio de aquel hecho de armas.
Este Instituto por mi intermedio tiene el honor de invitar al Sr. Presidente y demás Ministros a los actos que se realizarán en la fecha arriba indicada.
Dios guarde al Sr. Presidente muchos años.
Alfredo M. Bello, Presidente, Dres. Clementino S. Paredes, Ulises R. Benuzzi, Víctor J. Mazzucca, Secretarios.

Un día de la triste década del noventa:

Derrota Argentina en El Quebracho
Para permitir la ampliación de una destilería, fue quitada la cruz que conmemoraba la heróica victoria. Los ríos ya no eran nuestros, los muertos murieron en vano.

Corría el año 1846, hacía algo más de seis meses que la escuadra anglofrancesa había pasado por la Vuelta de Obligado. La expedición, cuya rentabilidad se daba por segura, había fracasado. Corrientes, empobrecida por tantos años de guerra, no había resultado un buen mercado. Tampoco Paraguay, ya que su líder, Carlos Antonio López, no se dejaba engañar con promesas de libre comercio y exigía, antes de cualquier acuerdo comercial, el reconocimiento de la independencia paraguaya por parte de los interventores. Nada se consiguió entonces, gran parte de los buques mercantes que remontaron el Paraná, protegidos por varios de guerra, volvían tan llenos como habían salido de Montevideo hacía ya varios meses. A la realidad del total fracaso comercial se unía la oscura perspectiva del regreso. La ida había sido dura, asechada la flota en todo lugar oportuno (Acevedo, San Lorenzo, Tonelero, etc.) por la artillería volante, primero al mando de Thorne, luego, una vez restablecido de las heridas de Obligado, Mansilla ocupó su lugar de jefe de la defensa del río. Por lo tanto, la vuelta del convoy no se presentaba como una travesía agradable.
El día 4 de junio de 1846, alrededor de medio año después de la Vuelta de Obligado, en la angostura o punta del Quebracho, esperaba Mansilla a la flota intrusa. Contaba con 17 cañones, defendidos por 600 infantes, 150 carabineros, además de algunos hombres de Patricios. En el centro, se instalaron dos baterías y algunas fuerzas de infantería, al mando se hallaba Thorne. Mientras, en el otro extremo se ubico el batallón Santa Coloma, al mando de este jefe [1] .
Cuando los buques de guerra estuvieron a tiro, Mansilla dio la orden de fuego, antes gritó: ¡Viva la soberana independencia argentina!. Los cañones patrios se mostraron inaccesibles para la artillería enemiga dada la altura a la que estaban emplazados. El caos se apoderó de las embarcaciones, en su tentativa de huir algunas vararon y sufrieron duramente el fuego criollo. El capitán inglés Hotham confesará al informar sobre las bajas del Quebracho : -Los buques han sufrido mucho. Escapar con la mayor velocidad posible se convirtió en el único objetivo de las escuadras combinadas de las dos mayores potencias de la época.
Una gran pluma dirá: -El encuentro del Quebracho, aparte de su enorme importancia militar y política, fue el sello definitivo del desastre económico-comercial de una empresa de injusta prepotencia, llevada a cabo por quienes, seguros de su enorme superioridad material, y atropellando sin consideraciones humanas ni jurídicas, todos los derechos de la Confederación Argentina, se proponían un cuantioso dividendo [2] .
(...) Visto desde hoy hechos como los del Quebracho nos llenan de orgullo, refuerzan nuestro honor de ser argentinos. En el Quebracho, como en Obligado, como en Malvinas, es donde los argentinos demostraron que el acta firmada en Tucumán en 1816 fue verdaderamente el acta de la Independencia, acciones como estas son simplemente independencia en acción. Eso es ciertamente la lucha por la soberanía nacional. (...)

(*)

(*) Fuente: Gentileza de Eduardo Rosa; artículo difundido por email; aquí se presenta una versión parcial de este texto.  

Imagen del deteriorado y casi olvidado monumento que celebra el Combate de Obligado como acto de resistencia a la usurpación de la  soberanía argentina. Faltan placas y el mástil carece de bandera. Abajo, las ruinas de una antigua empalizada en línea recta al lugar donde se colocaron las cadenas que obstruyeron a los buques de guerra anglo-franceses.

 

[1] Uzal, Francisco Hipólito, OBLIGADO, LA BATALLA DE LA SOBERANÍA, Editorial Moharra, Buenos Aires, 1973, p.226.
[2] Uzal, Francisco Hipólito, ob. cit., p.228.

 

LA VUELTA DE OBLIGADO 

Por Esteban Ierardo

 

En la garganta de agua que se tuerce, asoman los mástiles invasores.

Los barcos de Albion y de Francia, traen decenas de cañones.

Tras los navíos extranjeros, vienen los mercaderes.

Cientos de naves comerciales vienen.

Nuevas ganancias, mercados propicios, tierras sumisas, quiere la escuadra invasora.

Y en las barrancas, un puñado de gauchos y soldados avistan las siluetas enemigas.

De un lado a otro del río Paraná, extienden cadenas de hierro.

Un brazo de metal para frenar las proas gringas.

En la baja cima de las lomas, se arraciman los argentinos y sus pequeños cañones.

Está Mancilla, Thorne, la batería Manuelita.

Están los hombres, las mujeres, los caballos, los yuyos y pajonales, las aguas, los árboles, los pájaros, los valles y montañas de Argentina.

Que se han jurado, en el único idioma de la tierra pampeana,

resistir las arremetidas de proas y fuego enemigo.

 

La flota ya casi está frente a los corazones que retumban en las barrancas.

Y en las gargantas hierve el himno

de la patria de Belgrano, San Martín, Rosas y Quiroga.

Cantan los hombres con los fusiles y las balas de cañón en las manos.

Lloran los tigres de la tierra argentina.

Y arde en el viento la última estrofa, la palabra final, la letra definitiva de la canción patria.

Y después Mansilla hacer estallar el primer grito de cañón.

Y: ¡Viva la patria! ¡Viva la patria, carajo!

¡De acá no pasarán!

 

Y decenas de banderas con los tonos del cielo y las nubes,

flamean seguras entre los aullidos del fuego cruzado.

Muchos cuerpos pierden su calor.

Trozos de huesos y carne jaspean el suelo entre charcos rojizos.

Por largas ochos horas, las naves usurpadoras vomitan jabalinas demoledoras.

Quiebran las cadenas.

Remontan las aguas.

Pero no han podido capturar la furia de la bandera nativa,

de nuestra bandera,

que sigue sudando dignidad.

Por sobre sus cabezas.

 

La vuelta de Obligado, obra de Ricardo Campodónico.

 

 

 

 

   ©  Temakel. Por Esteban Ierardo