Los
cañones rugieron con gritos incendiados. Cientos de
gargantas argentinas vociferaron contra los navíos
invasores. El 20 de noviembre de 1845, noventa buques mercantes
remontaban las aguas del Río Paraná custodiados
por una poderosa flota de barcos de guerra ingleses y franceses,
con casi cien cañones a bordo. La presencia extranjera
pretendía comerciar en el Litorial y el Paraguay sin
solicitar la autorización del gobierno argentino. Juan
Manuel de Rosas, polémico personaje de la historia
argentina, rechazó todas las intimidaciones de las
potencias europeas. Su decisión fue resistir, no inclinarse.
Así, en un recodo del Río Paraná, cercano
a la actual ciudad de San Pedro, en la provincia de Buenos
Aires, se dispusieron 2.200 hombres, soldados regulares
y gauchos, y 35 piezas de artillería dirigidos por
el general Lucio N. Mansilla. De un lado a otro del río,
se desplegaron tres cadenas dipuestas sobre barcazas, y salpicadas
con vivaces banderas celestes y blancas. Luego, ante la aparición
en el río de las naves invasoras, Mansilla -padre del
famoso Lucio V. Mansilla, también miltar y escritor,
autor de La expedición a los indios Ranqueles-
arengó a los suyos: "¡Allá los tenéis!
¡Considerad el insulto que hacen a la soberanía
de nuestra patria al navegar, sin más título
que la fuerza, las aguas de un río que corre por el
territorio de nuestro país". Después, los
argentinos entonaron su himno. Cerca se extendían las
tres cadenas cubiertas por banderas argentinas. Y cuando se
escuchó la última estrofa, Mansilla ordenó
el primer disparo de artillería. Se inició entonces
un combate de ocho largas horas. Más de doscientos
argentinos murieron o fueron heridos. Las naves anglo-francesas
consiguieron romper las cadenas. Pero, en el norte, nadie
quizo comerciar con los recién llegados por el camino
del agravio y la fuerza. Por lo que la expedición fracasó
en su propósito fundamental que era el intercambio
comercial. Unos meses después, y este es un hecho menos
conocido, el 4 de junio de 1846, Mansilla se cobró
revancha en El Quebracho, muy cerca del convento de San Lorenzo,
sobre el Paraná, el lugar del famoso bautismo de fuego
del Regimiento de Granaderos a caballo del general San Martín.
En el mes de febrero de este año 2004, visité
la Vuelta de Obligado. Fue inevitable imaginar el estruendo
de los cañones, el ondear de las banderas argentinas,
el grito decidido contra la invasión extranjera. Pero
también fue inevitable apreciar el lamentable deterioro
del monumento conmemorativo del histórico combate.
Y fue asimismo una sorpresa, acaso de valor simbólico,
la ausencia de una bandera argentina en el mástil.
En este momento de La Argentina Invisible, y olvidada, encontrarán
dos textos sobre el combate de Obligado y la posterior victoria
en el Quebracho, un poema personal y las fotografías
que obtuve en la Vuelta de Obligado. Al final, también
hallarán la obra de Ricardo Campodónico que ilustra
la desigual lucha entre los hijos de la tierra pampeana y
los poderosos barcos europeos.
Esteban
Ierardo
El
combate de la Vuelta de Obligado
Hacia
mitad del siglo XIX, Estados
Unidos, Francia e Inglaterra se encontraban en plena expansión comercial y
territorial en distintas regiones del planeta.
Estados
Unidos intervino en México anexionando parte de su territorio incluido Texas.
Tanto Francia como Inglaterra tenían ambiciones de expansión
comercial en esa región de México, objetivos
que fueron dejados de lado para no entrar en una confrontación militar con la
naciente potencia del norte de América. Ambas naciones confluyeron entonces
en una alianza para intervenir militarmente en el sur del mismo continente a
fin de imponer sus intereses comerciales. El algodón que no podría cultivar
Inglaterra en Texas, intentaría ser recuperado en los campos de la
Confederación Argentina.

| Arriba, izquierda,
escalinata que conduce, frente al Paraná al deteriorado monumento que
recuerda los hechos de la Vuelta de Obligado; arriba derecha, la
imagen del río Paraná en el lugar donde el 20 de noviembre de 1845
irrumpió la flota anglo-francesa. |
Para
ese entonces, Juan Manuel de Rosas era el Gobernador de la provincia de
Buenos Aires y el depositario de las relaciones exteriores de la Confederación.
En su segunda gobernación, Rosas había empezado a independizar
comercialmente a la región promulgando la ley de aduanas, expropiando el
Banco Nacional, prohibiendo la exportación de metales e imponiendo fuertes
aranceles a la navegación de buques extranjeros en los ríos interiores para
proteger las nacientes industrias locales. En 1840 logró vencer el bloqueo de
los franceses en una primera intervención armada y, la experiencia de esa
lucha, la sabría aprovechar para vencer a la segunda intervención conjunta
de Inglaterra y Francia.
Unida
toda la Confederación, expulsados los aliados internos que trabajaban para
las potencias agresoras y valiéndose de las contradicciones de ambos imperios
la victoria estaría asegurada, sumando a ello la oposición de una fuerte
resistencia militar a la invasión haciendo que ésta resultara totalmente
improductiva para los interventores.
El
20 de noviembre de 1845, un convoy comercial de noventa navíos mercantes
custodiado por buques de guerra ingleses y franceses, intentarían remontar el
Río Paraná en demostración de no existir soberanía argentina sobre el río,
llevando mercaderías a las provincias del litoral y al Paraguay.
La intención además era ocupar los ríos interiores con sus
escuadras, obligar a la “libre navegación” del Plata y sus afluentes y
convertir a Montevideo en una factoría comercial para ambas potencias.
Con
patriotismo, inteligencia y astucia, Rosas preparó la defensa cerrando el
Paraná con baterías escalonadas a lo largo de sus costas para librar batalla
contra sus agresores. La principal defensa se encontraba en la Vuelta de
Obligado al norte de la ciudad de San Pedro. Allí, el General Lucio V.
Mansilla hizo tender de costa a costa sobre 24 lanchones tres gruesas cadenas
para impedir el paso de las embarcaciones y ocupó con dos mil hombres las
trincheras y baterías emplazadas en el lugar.
Cuando
los extranjeros avanzaron, Mansilla ordenó la defensa y proclamó a la tropa:
“¡Allá los tenéis! Considerad el insulto que hacen a la soberanía de
nuestra Patria al navegar, sin más título que la fuerza, las aguas de un río
que recorre por el territorio de nuestro país. ¡Pero no lo conseguirán
impunemente! ¡Tremola en el Paraná el pabellón azul y blanco y debemos
morir todos antes que verlo bajar de donde flamea!”.
Las
bajas de los argentinos resultaron muchas por el heroísmo en la defensa de la
posición y por la desproporción en el armamento, pero el hecho, demostraría
a los interventores que no podrían vencer, pues la guerra de resistencia sería
franca e implacable.
Las
noticias de las pérdidas comerciales sufridas por el convoy y los relatos de
la hidalguía y bravura de los argentinos llegaron a Londres. Los tenedores de
bonos de deuda argentina reclamaban el fin de la intervención para poder
cobrar. Ante esta situación, los gobiernos extranjeros ordenaron el retiro
inmediato e incondicional de sus escuadras en el Plata desagraviando al pabellón
argentino con 21 cañonazos.
La
victoria Argentina demostró que los triunfos no dependen de quien tenga más
soldados y mayor poder de fuego, sino, de quien tenga la mas inteligente y
ordenada estrategia, sin divisiones en el frente interno y llevando una
excelente política exterior que explote las contradicciones del adversario. (*)
(*)
Fuente: web
mr-jsm.com.ar
| A la derecha, en imagen para
ampliar, columna con el texto de una carta del Almirante inglés
Sullivan enviada en 1883 al gobierno argentino, junto a una bandera
argentina obtenida en el combate de Obligado. En aquella carta se
recuerda el valor del coronel Ramón Rodríguez y sus bravos gauchos. |
|
4
DE JUNIO DE 1846 Victoria Argentina de El Quebracho
(Gentileza de Eduardo Rosa; articulo difundido por email; aclaración:
los ideas vertidas en este texto representan las opiniones del autor y no
necesariamente las de este sitio)
El General Mansilla, en la inexpugnable altura de El Quebracho, a legua y
media al norte del convento de San Lorenzo espera a la ya maltrecha escuadra
anglo-francesa que venía bajando el Paraná, repitiéndose en cada recodo,
desde la vuelta de Obligado, en noviembre, el implacable castigo de un pueblo
altivo.
Habían esperado casi un mes el viento norte que les permitiese pasar rápido
ante los temidos gauchos.
-Viva la soberana independencia nacional fue el grito de Mansilla para iniciar
el cañoneo
El combate fue desigual por la excelente posición Argentina.
Dos mercantes se hundieron, otros cuatro se debieron incendiar para que no
caigan en manos argentinas, los Vapores de guerra Harpy y Gorgon seriamente dañados.
Los bajas enemigas, que solo contaron los militares, fueron 60 muertos, un
solo muerto argentino, y dos heridos. (Uno de ellos, nuevamente, el bravo
Thorne, el sordo de Obligado).
4 de junio de 1939 – El revisionismo erige un monumento
(Del Boletín del Instituto de estudios Federalistas, Nº 1 Mayo de
1939)
Carta al Presidente Ortiz:
Santa Fe, Mayo 20 de 1939
Al Sr; Presidente de la Nación Argentina Dr. ROBERTO M. ORTIZ
Capital Federal.
El Instituto de Estudios Federalistas que tengo el honor de presidir, ha
resuelto celebrar dignamente el 93 aniversario de la batalla de El Quebracho,
fecha memorable para los argentinos, ya que ese hecho de guerra, demostró a
la faz de la tierra, que el ilustre Gobernador de Buenos Aires – encargado
de las relaciones exteriores – defendía patrióticamente la soberanía
Nacional e imponía una fuerte derrota a las armas de Francia é Inglaterra
que nos habían bloqueado y traficaban de imponer un protectorado, con la
ayuda de los falsos argentinos, exilados en la Banda Oriental y cobijados y
ayudados por el Presidente Rivera.
A tal efecto el día 4 de junio próximo se celebrará una misa en el histórico
templo de San Lorenzo en memoria de los caídos y a continuación un Te-Deum
en acción de gracias por la victoria alcanzada por las fuerzas argentinas.
Después del almuerzo, a las 14 horas, se trasladará la comitiva al lugar de
las baterías de El Quebracho y se inaugurará una gran Cruz de Quebracho, con
basamento de hormigón como acto recordatorio de aquel hecho de armas.
Este Instituto por mi intermedio tiene el honor de invitar al Sr. Presidente y
demás Ministros a los actos que se realizarán en la fecha arriba indicada.
Dios guarde al Sr. Presidente muchos años.
Alfredo M. Bello, Presidente, Dres. Clementino S. Paredes, Ulises R. Benuzzi,
Víctor J. Mazzucca, Secretarios.
Un
día de la triste década del noventa:
Derrota Argentina en El Quebracho
Para permitir la ampliación de una destilería, fue quitada
la cruz que conmemoraba la heróica victoria. Los ríos ya no
eran nuestros, los muertos murieron en vano.
Corría el año 1846, hacía algo más de seis meses que la escuadra
anglofrancesa había pasado por la Vuelta de Obligado. La expedición,
cuya rentabilidad se daba por segura, había fracasado. Corrientes,
empobrecida por tantos años de guerra, no había resultado
un buen mercado. Tampoco Paraguay, ya que su líder, Carlos
Antonio López, no se dejaba engañar con promesas de libre
comercio y exigía, antes de cualquier acuerdo comercial, el
reconocimiento de la independencia paraguaya por parte de
los interventores. Nada se consiguió entonces, gran parte
de los buques mercantes que remontaron el Paraná, protegidos
por varios de guerra, volvían tan llenos como habían salido
de Montevideo hacía ya varios meses. A la realidad del total
fracaso comercial se unía la oscura perspectiva del regreso.
La ida había sido dura, asechada la flota en todo lugar oportuno
(Acevedo, San Lorenzo, Tonelero, etc.) por la artillería volante,
primero al mando de Thorne, luego, una vez restablecido de
las heridas de Obligado, Mansilla ocupó su lugar de jefe de
la defensa del río. Por lo tanto, la vuelta del convoy no
se presentaba como una travesía agradable.
El día 4 de junio de 1846, alrededor de medio año después
de la Vuelta de Obligado, en la angostura o punta del Quebracho,
esperaba Mansilla a la flota intrusa. Contaba con 17 cañones,
defendidos por 600 infantes, 150 carabineros, además de algunos
hombres de Patricios. En el centro, se instalaron dos baterías
y algunas fuerzas de infantería, al mando se hallaba Thorne.
Mientras, en el otro extremo se ubico el batallón Santa Coloma,
al mando de este jefe [1] .
Cuando los buques de guerra estuvieron a tiro, Mansilla dio
la orden de fuego, antes gritó: ¡Viva la soberana independencia
argentina!. Los cañones patrios se mostraron inaccesibles
para la artillería enemiga dada la altura a la que estaban
emplazados. El caos se apoderó de las embarcaciones, en su
tentativa de huir algunas vararon y sufrieron duramente el
fuego criollo. El capitán inglés Hotham confesará al informar
sobre las bajas del Quebracho : -Los buques han sufrido mucho.
Escapar con la mayor velocidad posible se convirtió en el
único objetivo de las escuadras combinadas de las dos mayores
potencias de la época.
Una gran pluma dirá: -El encuentro del Quebracho, aparte de
su enorme importancia militar y política, fue el sello definitivo
del desastre económico-comercial de una empresa de injusta
prepotencia, llevada a cabo por quienes, seguros de su enorme
superioridad material, y atropellando sin consideraciones
humanas ni jurídicas, todos los derechos de la Confederación
Argentina, se proponían un cuantioso dividendo [2] .
(...) Visto desde hoy
hechos como los del Quebracho nos llenan de orgullo, refuerzan
nuestro honor de ser argentinos. En el Quebracho, como en
Obligado, como en Malvinas, es donde los argentinos demostraron
que el acta firmada en Tucumán en 1816 fue verdaderamente
el acta de la Independencia, acciones como estas son simplemente
independencia en acción. Eso es ciertamente la lucha por la
soberanía nacional. (...)
(*)
(*)
Fuente: Gentileza
de Eduardo Rosa; artículo difundido por email;
aquí se presenta una versión parcial de este
texto.

|
Imagen
del deteriorado y casi olvidado monumento que celebra
el Combate de Obligado como acto de resistencia
a la usurpación de la soberanía argentina.
Faltan placas y el mástil carece de bandera. Abajo,
las ruinas de una antigua empalizada en línea
recta al lugar donde se colocaron las cadenas que
obstruyeron a los buques de guerra anglo-franceses.
|
[1]
Uzal, Francisco Hipólito, OBLIGADO, LA BATALLA DE LA SOBERANÍA,
Editorial Moharra, Buenos Aires, 1973, p.226.
[2] Uzal, Francisco Hipólito, ob. cit., p.228.
