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TIERRA
DE CÓNDORES
Textos
y fotos Manuel Vetrone
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El Paso Colina a 4.000 metros de altura sobre el nivel del
mar, en la Cordillera de los Andes. El viento en el lugar era de unos 100 km por hora.
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Manuel Vetrone, periodista y fotógrafo, narra aquí un especial viaje
a "Tierra blancas", un lugar fronterizo en Mendoza,
Argentina, en la Cordillera de los Andes. En el viaje entre las
montañas, la sensación de soledad y vastedad provoca una
experiencia de la vida más abierta al universo donde el hombre pierde
su importancia y donde es invadido por la emoción, como cuando el
autor de estos recuerdos de viaje narra: "...contemplamos las
montañas que se recortan bajo las estrellas, mientras por mi mente
desfilan cerros, nieves historias, leyendas de los andes y una lágrima
se me escapa al pensar en el Moro, mi caballo, fue él quien cruzó la
montaña más grande de América."
E.I
TIERRA
DE CÓNDORES
Textos
y fotos Manuel Vetrone
Pareditas es un típico pueblo de la provincia de Mendoza con sus
plantaciones de frutales, orégano y nogal. Ubicado 120 km. al sur de
la capital, sobre la mítica ruta 40. Dos controles, uno de la
policía provincial y otro de Gendarmería Nacional, indican que es
zona de frontera. Frente a la plaza, en el destacamento de
Gendarmería realizamos los tramites de migraciones y aduana debido a
que el paso Colina no es de uso habitual. Para cruzarlo es necesaria
una autorización especial de la Cancillería.
Al
sur de este pueblo la ruta cuarenta se transforma en un polvoriento
camino de tierra, o más precisamente en un serrucho de ripio. A unos
18 km. doblando hacia el oeste nace el camino a "Tierras
Blancas".
La
huella serpentea entre la desértica y espinosa vegetación, de
pronto, desde lo alto de una cuchilla, vemos el Yaucha, un arroyo de
montaña azul intenso, para ingresar a la estancia, hay que cruzarlo
por un angosto puente de madera, a unos veinte metros, una tranquera
de hierro colorada y el tradicional disco de arado con el nombre del
establecimiento.
Hileras
de álamos escoltan el camino, al fondo, el primer cordón montañoso
parece cerrarlo.
Ernesto
y José Lima, padre e hijo, son los organizadores de la cabalgata,
apasionados de la montaña. Ernesto dejó definitivamente los pasillos
de tribunales para dedicarse enteramente a recibir viajeros y
organizar paseos por la cordillera, José se dedica a criar los
caballos que se usan en el campo y en las travesías, animales que
tienen que ser nacidos y criados en la zona, única forma que puedan
andar con paso seguro por los sinuosos senderos de los andes.
Almorzamos
en "La Limeña", el casco de la estancia, y vamos a dormir
la infaltable siesta, después a los corrales a conocer los caballos y
probar los recados. José, sombrero de ala ancha, chaleco de lana
cruda y bombachas de campo, revisa las monturas, ajusta el largo de
los estribos de cada uno y entrega las alforjas donde se ubicara el
equipaje, no sin realizar un gran esfuerzo de síntesis. Todo queda
listo para, a la mañana siguiente, iniciar el cruce.
Por
un gran ventanal se ven los cerros pintarse de rosa, iluminados por
las primeras luces del día. Después del desayuno con pan y dulces
caseros, José y Don Braulio, baqueano de la estancia, preparan los
bultos sobre las mulas que se quejan, con cada apriete de cincha, le
toca el turno a la "Cortaderita" quien mansamente se deja
cargar, sin tener idea de sus pensamientos.
Ensillamos
y ajustamos alforjas, todos listos para partir, a las diez de la
mañana los siete jinetes y tres mulas de carga salimos rumbo al
oeste.
La
cordillera, parece el cuerpo de un animal antediluviano con sus largas
patas saliendo del vientre nevado. Lugar de respeto, tiene cobradas
las vidas de quienes la avasallaron con prepotencia, con soberbia,
como lo prueba la placa con los nombres de los cuarenta miembros del
ejercito y sus mulas que murieron en una tormenta de viento blanco
camino a laguna del Diamante allá por la década del cuarenta.
Partimos
hacia el poniente, Ernesto adelante, seguido de Eduardo, quien tiene
toda la ruta marcada en cartas topográficas, seguimos el curso del
arroyo del Rosario. Poco a poco el ascenso comienza a presentar
dificultades, el sendero se angosta y sube en forma escarpada,
caballos y mulas al paso, siempre al paso, riendas tensas, bien firmes
sobre los recados, a las dos de la tarde ya estamos en Valle Grande a
2.535 metros de altura, hacia el este, la vista del valle se extiende
decenas de kilómetros. Desensillamos para almorzar junto a unas rocas
y, sin previo aviso, "Cortaderita" decide salir a loca
carrera, esquiva milagrosamente a hombres y caballos -lo que hubiese
provocado una estampida- al galope da un circulo, y deja toda la
carga, léase almuerzo y provisiones, esparcida en un radio de cien
metros, perdiéndose en la montaña. Recuperados del susto, preparamos
unos sándwichs de milanesa, tierra y mayonesa
Continuamos
la marcha mientras Braulio y José van tras la mula. Poco a poco la
vegetación se hace más rala y la temperatura desciende, hacia el
norte un desfiladero a pique señala el curso del arroyo Rosario. Las
piernas duelen, por la altura, el aire esta frío y seco, pero el sol
cae a pique y obliga a protegerse. Llegamos a la bajada del Tío
Humberto, todos los accidentes orográficos tienen nombre. El descenso
es muy difícil, antes de encararlo, revisamos las cinchas, los
caballos, al paso, bajan en fila india y en zigzag por la pronunciada
pendiente, algunas piedras ruedan, la pendiente obliga a estar
atentos, con las riendas bien firmes, si el animal tropieza es
necesario tensarlas para que no caiga hacia delante. Al rato la bajada
se suaviza y cabalgamos sobre terreno plano con algo de vegetación,
lo que trae un poco de alivio para el cuerpo, seguimos hacia el oeste
siguiendo la geografía más favorable. En la ladera de un cerro un
grupo de cabras indica la cercanía del puesto "Los Bayos"
de Don Alejandro Ceferino Arenas Castro, donde hace la
"veranada" que es un pastoreo de temporada estival. El
puesto esta ubicado al lado del arroyo y rodeado de cerros, es un
rancho de piedras, techo bajo de chapa, un par de ventanas, una
humeante chimenea y un cable colgado de una caña como un fideo,
antena de radio con que Don Ceferino se entera de los sucesos allende
los cerros, mientras cría los chivos acompañado por una jauría de
perros de diverso pelaje.
Continuamos
la marcha y a las 20:30 en el fondo de un desfiladero se ve el arroyo
Real de los campos de Borbaran a su vera, una casa apenas perceptible
desde la altura, es "El Toscal" refugio a donde se llega
faldeando un escarpado cerro, bajada tan pronunciada que algunos
jinetes optan por bajarse de sus caballos y hacerla a pie, es el
primer día y todavía no tenemos plena confianza en los animales.
Desensillamos en el corral de pircas, las piernas sienten el dolor de
tantas horas montados, cuesta caminar, las rodillas poco a poco
recobran movimiento. El refugio, de piedras y techo de chapa, tiene
doce camas y fue construido con la colaboración de la Gendarmería
quien por aire transportó el cemento y demás materiales.
El
sol de noche ilumina el cuarto, mientras en la chimenea teñida por el
humo, un chivo se dora lentamente; aviones perdidos, tormentas de
nieve, la montaña y sus historias cobran vida en el relato, afuera,
el sonido del arroyo es lo único que se escucha, nos vamos a dormir
mientras la luna tiñe los cerros de plateado.
Al
día siguiente descansamos, por la mañana llegan José y Braulio,
vienen acompañados por "Cortaderita" quien tendrá que
hacer muchos meritos para no terminar en el frigorífico... Cerca del
mediodía llega Don Ceferino Arenas, con sus perros y un chivo listo
para ser colocado en la parrilla. Es una jornada de aclimatación,
descanso y contemplación. Ubicado entre dos arroyos, con buenos
pastos, encajonado por los cerros, es el refugio ideal para el cuerpo
y el espíritu. Pequeños pájaros y lagartijas se acercan, sin miedo,
mientras el paisaje sobrecogedor lleva a una actitud de comunión con
la naturaleza, poco a poco las montañas nos quitan las etiquetas,
somos cuerpo y alma despojados, apenas un grano de arena en medio del
universo.
Después
del desayuno, ordenamos todo y a las 10:15 partimos remontamos el
arroyo Los Oscuros rumbo al poniente, cruzamos el cauce y por el
faldeo norte pasamos por los Pilares, pared de roca vertical con forma
de columnas separada del vacío solo por el sendero. La marcha sigue
siempre al paso, llegamos a las vegas Chupalla y Rondadero a la
derecha un corral vacío hecho de ramas. Previo a la subida hacia el
próximo portezuelo tomamos unos minutos de descanso, José y Braulio
ajustan las cinchas, Ernesto se pone un grueso poncho de lana cruda
chilena que, sumado a su sombrero de ala ancha y pañuelo al cuello,
le dan aire de poblador cordillerano. Por delante el ascenso sin fin
hacia el Portezuelo del Viento, los caballos parecen fuelles, con sus
ollares dilatados tratan de atrapar algo de oxigeno, caminan unos
pasos y se detienen, recuperan fuerzas y continúan el ascenso, al
subir, la relación hombre - animal crece en admiración y confianza
mientras sufrimos por su esfuerzo. A 3.218 metros de altura, el
Portezuelo del Viento hace honor a su nombre, palco al infinito, donde
el volcán San José y el cerro Marmolejo recortan sus glaciares con
el azul profundo del cielo cordillerano.
Hacia
el sur, 16 km. separan de Laguna del Diamante donde en la década del
30 Henri Guillaumet cayera con su avión postal y escribiera unas de
las paginas mas representativas del espíritu humano, al caminar, en
pleno invierno, cinco días sin dormir hasta ser rescatado.
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| Río Colorado |
En
el arroyo Pelambre preparamos el campamento para almorzar y pasar la
noche, atamos caballos y mulas, Cortaderita inclusive, que a esta
altura viene de paseo. Por la noche, asado, sopa y truchas serán
parte del menú, mientras los caballos escarban para conseguir un
pasto más tierno que el de la vega.
Día
a día continúa la marcha, faldeamos cerros, cruzamos arroyos, vemos
sobrevolar los cóndores sobre nuestras cabezas, nos observan,
escuchamos el viento en sus alas, somos participes de una sensación
que bordea el misticismo donde el hombre adquiere su verdadera
dimensión con la naturaleza y los elementos. En silencio nos
asombramos a cada momento del paisaje y la quietud sólo es
interrumpida por el relincho de algún guanaco que anuncia nuestra
presencia a su manada.
Llegamos
al último día, después de un dificilísimo ascenso por un sendero
que ya no existe, nos acercamos a la frontera, a lo alto se ven los
chilenos que vinieron a nuestro encuentro con cerveza y comida. A
4.000 metros de altura la emoción nos invade. Por un peligroso filo,
azotados por el viento llegamos hasta el hito fronterizo. Es hora de
despedirnos de los caballos que vuelven a "Tierras Blancas"
con José, Eduardo y Braulio, con emoción los palmeamos, acariciamos
sus cuellos, difícil es explicar como crece la relación hombre -
caballo, como la confianza en el animal se incrementa según pasan los
días.
El
descenso es muy difícil, en una pendiente de cincuenta, grados las
mulas derrapan sus patas traseras levantando piedras que se pierden en
el abismo, la arenisca pega con fuerza en la cara, es de lejos, la
cuesta mas complicada de todas. Con la última luz llegamos a los
baños de Colina con las rodillas destrozadas por el esfuerzo de la
bajada, desensillamos y desde una pileta termal contemplamos las
montañas que se recortan bajo las estrellas, mientras por mi mente
desfilan cerros, nieves historias, leyendas de los andes y una lagrima
se me escapa al pensar en el Moro, mi caballo, fue él quien cruzó la
montaña más grande de América. (*)
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Carta topográfica que publica el Instituto Geográfico Militar
donde por escala aparecen huellas, senderos y accidentes
naturales. En la foto la Hoja IGM 3369 Cerro Tupungato. Sobre la
mesa en el refugio El Toscal. Fue la carta utilizada en el viaje
entre los senderos de los Andes narrado por Vetrone para marcar el
recorrido con ayuda del navegador satelital GPS. |
(*)
Fuente: Manuel Vetrone, "Tierra de Cóndores",
editado aquí de manera original.
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