Símbolos y fetiches religiosos en la
construcción de la identidad popular en Argentina.
No
hay cultura que no sea creación de una imagen de realidad, de
una cosmovisión. Y toda entramado cosmovisional es un tejido de
símbolos. Rubén Dri, en su ensayo introductorio, destaca el
anillo conceptual que une la identidad histórica de un pueblo
con el proyecto, la utopía, la racionalidad y la memoria. Y el
símbolo como matriz esencial de toda construcción cultural
liberadora.
Lo
simbólico es acto de identificación de algo y, al mismo
tiempo, de su transformación. El símbolo para montaña acepta
su sentido naturalista; el simple estar ahí de la montaña como ascendente pliegue de
tierra. Pero el símbolo también transforma la altitud montañosa en
un sentido no evidente. Al ser traspasada por lo simbólico, la montaña es lugar elevado que permite la unión del
cielo (orden sagrado y divino) y la tierra (el hogar del hombre
mortal). En la elevación montañosa podrá entonces emplazarse
un santuario o altar. En una elevación del terreno se halla la
Virgen de Itatí, una de las máximas expresiones de
religiosidad popular en la República Argentina. El sitio de
encuentro entre el devoto humano y la presencia numinosa,
daimónica. A la vez, el santuario montañoso es remisión al
centro, al sitio simbólico desde el que pude surgir la vida y
desde donde puede observarse la totalidad. Mediante esta relación entre una
devoción popular argentina (la Virgen de Itatí en la provincia
de Corrientes) y la dimensión simbólica como proceso de
transformación trascendente, comienza la importante
investigación de la obra Símbolos y fetiches religiosos en
la construcción de la identidad popular.
Uno
de los aspectos de la tan promovida globalización es el
entronizamiento de la construcción urbana de la realidad y la
subestimación del ámbito rural como fuente generadora de
sentidos. La cultura en su máxima expresión es la ciudad y sus
poderes concentrados. El estudio de las tradiciones folklóricas,
o de los mitos de los pueblos primitivos no urbanizados,
promueve un estudio que busca sus singularidades específicas.
Pero en esta investigación suele olvidarse que las culturas
míticas, o también rurales o populares, no son residuos de la
modernidad urbana capitalista sino una poderosa interpretación
de la realidad con su propia lógica intrínseca. En la cultura
urbana predomina el escepticismo y el individualismo. En el
espacio rural (y a veces también en lo popular que se expresa
en las ciudades) suele brillar una visión religiosa de la
existencia. La creencia en la comunicación entre la fragilidad
humana y la omnipotencia divina. La adoración de ese poder
divino se expresa en diversas formas de cultos populares. Estas
prácticas son, a su vez, de un alto fervor comunitario.
Un santo de origen europeo puede adquirir proporciones de
inmensa devoción. Carla Wainsztok y Felipe Derqui analizan este
fenómeno. San Cayetano, patrono del
pan y el trabajo, santo
procedente del Viejo Continente, atrae a
multitudes en su iglesia en el barrio de Liniers, en la ciudad
de Buenos Aires. En el año
2000, por ejemplo, más de un millón de personas se acercaron a
su imagen beatífica. Como manifiestan los dos autores de la
investigación de este culto, una vez ante la presencia del santo
"se le agradece con oraciones. Pero con frecuencia,
también se le promete algo a cambio de su ayuda. La promesa
caracteriza las relaciones humanas y sirve para asegurar que el
santo otorgue lo que se pide. Quienes se encuentran en situaciones
precarias y hasta en extrema miseria, siempre tienen algo para
agradecer al santo".
La
actitud del pedir y agradecer atraviesa los diversos cultos
populares. La realidad propia de la ambivalencia también puede
ligarse con el sincretismo entre dos tradiciones disímiles, como
la indígena e hispánica. Así será posible hablar de una
virgen aborigen. Tal es el caso de la Virgen Morena, venerada en el Valle de
Catamarca. Su culto es estudiado por
Cecilia Peñalva. La imagen
femenina de la virgen actualiza la ancestral adoración
religiosa de lo telúrico, de la santidad del suelo, de la
Pachamama (la diosa tierra), que se confunde con el culto específico a las
vírgenes traídas de Europa.
Lo
sincrético de este culto también se manifiesta en la doble
adoración de la virgen en la basílica (como imagen
definitivamente apropiada por el catolicismo) y en la gruta como
culto de índole popular. La fusión entre lo local, lo
vernáculo y sus características devocionales de raigambre
católica se manifiestan también en el famoso culto del Gauchito
Gil. Diego Oscar Bocconi y María Paula Etcheverry consuman una
meticulosa indagación sobre el héroe popular celebrado todos los años,
el 8 de enero, en la ciudad correntina de Mercedes. El gaucho Antonio Gil
fue perseguido por la policía rural. Luego de su captura lo
colgaron a la rama de un árbol, atado de los pies. Para
degollarlo. Antes de
morir, Gil le aseguró a su ejecutor que curaría, a la distancia,
a su hijo, que se encontraba aquejado por una enfermedad. Y así fue. Y con este
prodigio nació la devoción hacia el gaucho con su milagrosos
poderes de curación. En su santuario, se alaba su cruz, la Cruz
de Gil. En las paredes de las construcciones de techos de chapa
y vigas de metal que rodean la cruz, se suceden 35 mil placas de
agradecimiento, centenares de patentes de auto, y pieza de
cerámica que suelen encontrarse en la entrada de las viviendas,
con el nombre de la calle, la numeración y la identificación
de la familia que las habita.
En ciertas condiciones, un personaje ensalzado por la
veneración popular puede adquirir el aura sagrada de ser protector. Para esto, la
devoción popular exige dos requisitos: la popularidad en vida
del personaje, y
una muerte trágica. Eso es lo que ocurrió con la cantante Gilda.
Tras su muerte, la figura de esta celebrada artista popular alcanzó proporciones de
exaltada y
multitudinaria veneración. Las variantes y sentidos de su culto
son estudiados, en la obra que consideramos, por Pablo Di Leo
quien ofrece los resultados conseguidos tras una intensa investigación de campo.
La
lógica de los cultos populares también puede nutrirse del
enigma. Este es el caso de la génesis de San La Muerte, santo
popular del noreste argentino. En el contexto
indígena guaraní
se destaca el payé, el médico-brujo, capaz de realizar
actos sobrehumanos. Este personaje se habría fusionado con el
Cristo de la paciencia jesuita. Según la creencia popular, los
payés que se sientan en ocasiones en un sauce, a fin de guardar
una abstinencia que les permitirá prever el futuro. El sufrimiento crístico y el del
payé se habrían confundido en la figura religiosa popular de San La
Muerte. En un artículo muy bien documentado, Sebastián
Carassai ausculta la espesura del indeterminado origen de este
especial santo que convoca diversas manifestaciones devocionales.
El poder de la cultura urbana debilita la apreciación de la cultura
popular. El torbellino del mercado y consumo de las grandes
ciudades, suelen hacernos ignorar, o no comprender, los cultos
que, libres de todo escepticismo debilitante, aún creen en el don
divino de la renovación de la vida. Y en la restauración de la esperanza.