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JOSÉ
DE SAN MARTÍN
Por Martín Cerri
Los
comienzos de San Martín San
Martín regresa a su patria La
estrategia sanmartiniana La
batalla de San Lorenzo San
Martín y la Independencia de las Provincias Unidas de Sudamérica San
Martín y la independencia de Chile Las
batallas de Chacabuco y el Maipo San
Martín y la independencia de Perú La
conferencia de Guayaquil Junín
y Ayacucho y el final de la guerra
El
General José de San Martín (1778-1850)
fue el libertador de Argentina, Chile y Perú. Su legado y su vínculo
con la Logia Masónica Lautaro aún genera disputas. Pero hay hechos
incontrastables que hablan de su misión y su elevación de principios.
San Martín lideró el Ejército de los Andes que, en 1817, atravesó la
Cordillera para caer sobre los españoles en Chacabuco donde los
derrotó; escribió sus Máximas, de alta exigencia moral,
inspiradas en el estoico romano Epicteto, y que legó a su hija
Merceditas; renunció al poder luego de su entrevista en Guayaquil con
Simón Bolívar. Aquí, en este instante de La Argentina Invisible
de Temakel, pretendemos contribuir a la recuperación del legado
ético sanmartiniano, su acción bajo un ideal patriótico y exigente en
épocas donde, en la tierra argentina, muchos hombres o sectores del
poder sólo aspiran al "ideal" de la acumulación de
privilegios y riquezas. Los
comienzos de San Martín
José de San Martín
nació el 25 de febrero de 1778, en el pequeño pueblo de Yapeyú,
actual República Argentina. Sabido es que la personalidad del ser
humano se forma en sus primeros años de vida, y fue precisamente aquí
donde el futuro Libertador se hizo buen criollo y amante de su Patria.
A la edad de ocho, fue llevado por sus padres a
España y, ya con trece, fue incorporado al ejército español como
cadete del regimiento Murcia.
En las filas españolas, se desempeñó en la
guerra de Africa, combatió contra Inglaterra y Portugal y, en 1808,
producida la guerra contra Napoleón, cumplió un relevante papel en la
batalla de Bailén, que le valió el reconocimiento público y su
ascenso al grado de Teniente Coronel. Destacamos así, como primer dato,
que cuando San Martín regresó a Nuestra América, en el año de 1812,
no era ningún improvisado ni mucho menos un novato, sino que era un
experimentado militar, joven sí, pero con veinte años de carrera
profesional.
Al mismo tiempo que San Martín hacía su experiencia
en los ejércitos de la península, Francisco Miranda iba desarrollando
su estrategia para captar hombres útiles a su proyecto de emancipar a
Nuestra América. En este sentido, después de haber creado la
organización política "Gran Reunión Americana", Miranda
procedió a organizar filiales de la misma en España, donde se
encontraba un gran número de militares, profesionales y comerciantes
nacidos en nuestro continente. En este marco se creó, en 1807, la logia
"Caballeros Racionales", con sede en Madrid y en Cádiz. Ésta
ultima fue la ciudad española más frecuentada por San Martín cuando
integraba las filas del ejercito español, y fue justamente en ella
donde tuvo conocimiento de los acontecimientos ocurridos en Nuestra
América en 1810.
El propio San Martín, en su correspondencia privada,
dejó en claro la forma en que se produjeron aquellos primeros contactos
con gente de las organizaciones secretas a que hemos hecho referencia:
"Como usted, yo serví en el ejercito
español, en la península, desde la edad de trece a treinta y cuatro
años, hasta el grado de teniente coronel de caballería. En una
reunión de americanos, en Cádiz y, sabedores de los primeros
movimientos acaecidos en Caracas, Buenos Aires, etc., resolvimos
regresar cada uno al país de nuestro nacimiento, a fin de prestarle
nuestros servicios en la lucha, pues calculábamos se había de
entablar...". (José de San Martín).
El general Rivadaneira, refiriéndose a su
reencuentro con el Libertador, en 1821, contó que "...me
estrechó en sus brazos, recordó nuestra amistad antigua, nuestros
trabajos en la sociedad de Cádiz, para que se hiciese la América
independiente...".
En 1811, ya totalmente compenetrado con los objetivos
de la Emancipación de Nuestra Patria, y participando activamente en la
organización política dirigida por Miranda, San Martín tomó la
decisión de abandonar su carrera en las armas españolas, donde tenía
indudablemente un venturoso porvenir, y se fue a Londres a ponerse a las
órdenes de la "Gran Reunión Americana" fundada por el
Precursor.
A fines de ese año, San Martín pudo salir
clandestinamente de la península ibérica y pasar a Londres. Allí, se
reunió con otros americanos como ser Carlos María de Alvear, Zapiola,
Manuel Moreno y Tomás Guido. Todos pertenecían a la "Gran
Reunión Americana", que era matriz de las organizaciones
clandestinas de la península; en ella, también Simón Bolívar acababa
de prestar juramento frente al mismo Miranda, antes de regresar a
Venezuela en compañía del ilustre maestro.
Así se ligaron por un mismo juramento y en el
marco de la misma organización, en el viejo continente, el Precursor y
los dos grandes Libertadores.
"En los primeros
años del siglo XIX habíase generalizado en España una vasta
asociación secreta, con la denominación de Sociedad de Lautaro o
Caballeros Racionales, vinculada con la sociedad matriz de Londres,
denominada "Gran Reunión Americana", fundada por el general
Miranda...en sólo Cádiz, donde residía el núcleo, llegó a contar en
1808 con más de cuarenta afiliados, entre ellos algunos grandes de
España...". (Bartolomé Mitre).
"San Martín era un americano de raza, un
revolucionario por instinto, un republicano por convicción; era, tal
vez sin él saberlo, un adepto de Miranda, que debía realizar el sueño
del maestro...". (Fernández Cabrelli).
San
Martín regresa a su Patria
El 9 de marzo de 1812, llegó al puerto de Buenos Aires,
desde Londres, la fragata inglesa "Jorge Canning", a bordo de
la cual venían San Martín, Zapiola, Chilavert, Alvear y Holmberg,
entre otros. Apenas llegados, estos hombres crearon la "Logia
Lautaro", entidad secreta a semejanza de la de Londres, con el
propósito de ejercer influencia decisiva en los medios militares y
políticos del Río de la Plata.
La Logia Lautaro de Buenos Aires fue creada en 1812
por los cuadros revolucionarios que pertenecían o estaban relacionados
con la "Gran Reunión Americana" y sus filiales españolas,
las cuales, dirigidas desde su sede londinense por Miranda, trabajaban
en la preparación del tercer intento de levantamiento general en
Nuestra América.
A la llegada de San Martín al Río de la Plata, la
Revolución no se encontraba consolidada ni mucho menos; es más: tenía
serias dificultades de tipo político, militar y financiero.
Montevideo estaba en manos de los realistas, constituida en
el reducto de la reacción.
Los rioplatenses orientales, encabezados por el gran
José Artigas, estaban en conflicto con el gobierno de Buenos Aires, que
pretendía imponer su autoridad desconociendo sus más elementales
derechos y la autoridad de sus líderes naturales. En el norte, los
ejércitos españoles enviados desde el Perú para atravesar las
provincias hasta Buenos Aires y aplastar la Revolución estaban en mucha
mejor posición que las fuerzas patriotas.
A tal punto era así, que Pueyrredón, que hasta
entonces había tenido el mando del "Ejército del Norte",
renunció a su puesto, siendo reemplazado por Manuel Belgrano, abogado
patriota convertido, por imperio de las circunstancias, en General. Una
tropa desorganizada, sin moral y sin armas fue lo único que recibió
para enfrentar a las tropas de línea españolas.
Dentro del gobierno de Buenos Aires, a su vez, la
elite porteña controlaba el poder, caracterizándose por una política
que no iba más allá de sus propios intereses de clase, a lo cual
subordinaban todo, inclusive los destinos de la Revolución.
Podemos decir que la situación se caracterizaba por un
caos a todo nivel y, lo que es peor aún, la más absoluta indecisión
por parte de la dirigencia política en cuanto a los caminos que se
debían seguir.
La
estrategia sanmartiniana
Frente a este difícil cuadro de situación, San Martín
identificó los objetivos que se debían lograr para vencer a los
colonialistas y estableció la estrategia a seguir para conquistarlos.
En lo político, debía asegurarse un mínimo de respaldo en el seno del
gobierno de Buenos Aires, sin lo cual no tendría marco apropiado para
el resto de las tareas que debía cumplir.
Así, intervino directamente en la destitución del Primer Triunvirato y
su reemplazo por otro, más cercano a sus proyectos, y presionó para
imponer la Declaración de Independencia a todos esos sujetos
calculadores e indecisos que ocupaban el gobierno.
En lo militar, la importante victoria en "San Lorenzo"
eliminó definitivamente el peligro de las incursiones españolas por la
cuenca del Río de la Plata; además, habló con Martín Miguel de
Güemes y con Manuel Belgrano para que se hicieran responsables ante él
de impedir como fuera necesario la penetración de los ejércitos
enemigos por el norte argentino.
Contenidas las tropas colonialistas que presionaban por llegar desde el
Alto Perú (Bolivia), San Martín se podría dedicar a organizar el
"Ejército de Los Andes" para cruzar la cordillera y dirigirse
a Lima, centro del poder español en América.
Solucionados estos dos aspectos, le faltaba uno que era, tal vez, el
más complicado: consolidar el frente interno de la Revolución en el
Río de la Plata, poniendo fin o por lo menos obligando a postergar la
guerra civil entre Buenos Aires y los caudillos de las provincias. Para
ello, estableció contacto directo con José Artigas y con Estanislao
López (los principales caudillos federales) para convencerlos de la
necesidad de no pelear entre hermanos y de ocuparse del enemigo
español.
San Martín escribió a Estanislao López lo siguiente:
"Paisano y muy
señor mío: el que escribe a usted no tiene más interés que la
felicidad de la Patria. Unámonos paisano mío, para batir a los
maturrangos que nos amenazan; divididos seremos esclavos, unidos estoy
seguro que los batiremos. Hagamos un esfuerzo de patriotismo, depongamos
resentimientos particulares y concluyamos nuestra obra con honor. La
sangre americana que se vierte es muy preciosa, y debía emplearse
contra los enemigos que quieren subyugarnos.
Unámonos, repito, paisano mío. El verdadero patriotismo en mi opinión
consiste en hacer sacrificios; hagámoslos, y la Patria sin duda alguna
es libre, de lo contrario seremos amarrados al carro de la esclavitud.
Mi sable jamás saldrá de la vaina por opiniones políticas .
En fin paisano, transemos nuestras diferencias; unámonos para batir a
los maturrangos que nos amenazan, y después nos queda tiempo para
concluir de cualquier modo nuestros disgustos, en los términos que
hallemos por convenientes, sin que haya un tercero en discordia que nos
esclavice...". (José de
San Martín).
El Libertador escribió a José Artigas en estos términos:
"Mi más apreciable paisano y señor: no
puedo ni debo analizar las causas de esta guerra entre hermanos. Y lo más
sensible es que siendo todos de iguales opiniones en sus principios, es
decir, de la emancipación e independencia absoluta de la España. Pero
sean cuales fueran las causas, creo que debemos cortar toda diferencia y
dedicarnos a la destrucción de nuestros enemigos, los españoles, quedándonos
tiempo para transar nuestras desavenencias como nos acomode, sin que
haya un tercero en discordia que pueda aprovecharse de estas críticas
circunstancias. Cada gota de sangre americana que se vierte por nuestros
disgustos me llega al corazón. No tengo más pretensión que la
felicidad de la Patria; en el momento en que ésta se vea libre
renunciaré el empleo que obtenga para retirarme, teniendo el consuelo
de ver a mis conciudadanos libres e independientes ...". (José
de San Martín).
En cuanto a la actitud de San Martín frente a la elite
porteña, fue clara y contundente: los hombres de Buenos Aires estaban
más preocupados por lograr imponerse a las provincias, en una cuestión
de disputa doméstica, que de contribuir a la Emancipación del
continente.
Por ello, cuando se vieron en dificultades para alcanzar
sus objetivos, tuvieron el atrevimiento de pretender ordenarle al
Libertador que retornara de Chile y utilizara el Ejército de los Andes
para sus propios fines en la vergonzosa guerra civil, en lugar de que
siguiera al Perú y enfrentara a los españoles.
El Gran Capitán directamente desobedeció la orden y
desvinculó al Ejército Libertador del gobierno de Buenos Aires, tras
lo cual marchó al Perú, pasando por encima de las pretendidas órdenes
de un grupo de traidores que le hacía el juego a los intereses de
España y también de Inglaterra.
La batalla
de San
Lorenzo
En octubre de 1812, los marinos españoles
asaltaron y saquearon San Nicolás y San Pedro, en la costa del Río
Paraná, afluente del Río de la Plata. Los impulsaba la necesidad de
procurarse víveres y la de hostilizar a los pueblos ribereños.
A mediados de enero, la escuadrilla realista entró por la
boca del Río Guazú, con un total de once embarcaciones armadas y
trescientos cincuenta hombres. El 28, salió San Martín con 125
granaderos escogidos, observándola constantemente desde la costa. Era
sólo una parte del Regimiento de Granaderos a Caballo que el propio
Libertador acababa de crear para defender la Revolución.
Los granaderos marchaban de noche, ocultos a los
españoles; San Martín, vestido de poncho y sombrero campesino,
vigilaba personalmente desde la costa.
El 31, los españoles anclaron cerca del pueblo de
San Lorenzo, donde prepararon una expedición para
"escarmentar" a los lugareños.
San Martín, atento de la situación, ocultó a sus
granaderos detrás de los muros del convento que existe en el lugar y,
cuando al amanecer del 3 desembarcaron los 250 españoles con sus dos
piezas de artillería y en son de guerra, creyendo que sólo se
encontrarían con civiles, los granaderos desplegados en dos alas
salieron de ambos lados del convento. Los españoles apenas tuvieron
tiempo de montar sus cañones y efectuar algunos disparos; la carga los
arrolló en menos de tres minutos. Este fue el bautismo de fuego del
Libertador José de San Martín al mando de sus Granaderos a Caballo.
De regreso a Buenos Aires, se le efectuó un recibimiento
triunfal y comenzó a proponerse a San Martín como futuro Comandante en
Jefe del Ejército del Norte, en reemplazo del General Belgrano, que
había sido derrotado en octubre y noviembre en Vilcapugio y Ayohuma.
Por decreto del 3 de diciembre de 1813, San Martín partió
a la cabeza de una "expedición auxiliadora" del Ejército del
Norte, pero sus instrucciones eran claras en cuanto a que no se debía
limitar a "auxiliar" a Belgrano sino que directamente debía
hacerse cargo de la situación, reemplazándolo en el mando.
Muy a su pesar, y después de intentar negarse en
reiteradas oportunidades, finalmente San Martín cumplió la orden. El
respeto y la admiración que sentía por Belgrano, vencedor en las
batallas de Salta y Tucumán, artífice del "Éxodo Jujeño",
eran demasiado grandes como para sentirse complacido frente a la misión
encomendada.
Cuando Belgrano se enteró de que San Martín sería
su reemplazante, se apresuró a escribirle lo siguiente:
"Mi corazón toma nuevo aliento cada
instante que pienso que usted se me acerca porque estoy firmemente
persuadido de que con usted se salvará la Patria y podrá el ejército
tomar un diferente aspecto. En fin, mi amigo, espero en usted un
compañero que me ayude y quien conozca en mí la sencillez de mi trato
y la pureza de las intenciones que Dios sabe no se dirigen, ni se han
dirigido, más que al bien general de la Patria y a sacar a nuestros
paisanos de la esclavitud en que vivían. Empéñese usted en volar, si
le es posible, con el auxilio y en venir a ser, no sólo mi amigo, sino
maestro mío, mi compañero y mi jefe si quiere...".
(Manuel Belgrano).
Durante tres años, los sucesivos comandantes del
Ejército del Norte habían estado peleando palmo a palmo con las tropas
realistas sin poder definir la situación. Algunas victorias, algunas
derrotas, pero la cuestión seguía en los mismos términos: los
españoles estaban en permanente amenaza de lograr imponerse y llegar
hasta Buenos Aires.
San Martín fue el hombre que vino a terminar con esto. A
diferencia de sus antecesores, él era un militar profesional, lo que es
esencial tener en cuenta por su capacidad para analizar correctamente la
situación y plantear la estrategia adecuada.
Su visión abarcó mucho más que la sola situación del
norte; en el marco de la concepción desarrollada con su participación
en la "Gran Reunión Americana", el Libertador analizó la
situación de conjunto que se presentaba en todo el continente,
identificando la necesidad de destruir el punto neurálgico del poder
español en América: Lima. Él se dio cuenta de que de nada valía
pelear con las tropas realistas en los demás puntos de Nuestra América
si desde Lima les seguían mandando refuerzos; allí era a donde había
que ir y derrotar a los enemigos. Por eso, cuando asumió el mando del
Ejército del Norte, se dedicó a una tarea más que nada
"reorganizadora", de tal manera de poder dejar una situación
mínimamente segura como para impedir el avance del enemigo desde esa
región, mientras él iría luego hacia Lima a través de Los Andes.
En las inmediaciones de Tucumán, construyó un campo
atrincherado, "La Ciudadela", donde instruía personalmente a
sus hombres. Sus objetivos principales eran disciplinar a la tropa e
instruir a los oficiales. Se trataba de convertir aquellos despojos que
había encontrado en un verdadero ejército.
En carta a Rodríguez Peña, de abril de 1814, San
Martín le dijo:
"No se felicite, mi querido amigo, con
anticipación de lo que yo pueda hacer en éste; no haré nada y nada me
gusta aquí. No conozco los hombres ni el país, y todo está tan
anarquizado, que yo sé mejor que nadie lo poco o nada que puedo hacer.
Ríase usted de esperanzas alegres. La Patria no hará camino por ese
lado del norte que no sea una guerra permanente, defensiva y nada más;
para eso bastan los valientes gauchos de Güemes con dos escuadrones
buenos de veteranos. Pensar en otra cosa es echar en el Pozo de Airón
hombres y dinero. Así es que yo no me moveré ni intentaré expedición
alguna. Ya le he dicho a usted mi secreto. Un ejército pequeño y bien
disciplinado en Mendoza, para pasar a Chile y acabar allí con los godos
apoyando un gobierno de amigos sólido, para acabar también con los
anarquistas que reinan. Aliando las fuerzas pasaremos por el mar a tomar
a Lima; es ese el camino y no este, mi amigo. Convénzase usted que
hasta que no estemos sobre Lima la guerra no se acabará...".
(José de San Martín).
San Martín se puso en contacto con Belgrano y con Güemes,
a quienes expuso su estrategia. Cuando éstos le dieron su apoyo, y
garantizando Martín Miguel de Güemes que él cuidaría las espaldas de
San Martín deteniendo a los realistas que deseaban penetrar por el
norte, pidió su relevo y su designación como Gobernador de la región
de Cuyo, al pie de la Cordillera de Los Andes. Sus adversarios en la
Logia Lautaro (Alvear entre ellos) creyeron ver una oportunidad para
"quitarlo del medio", y le concedieron su petición. En
Mendoza, al pie de la cordillera, San Martín se encargó de organizar
el "Ejército de Los Andes".
San
Martín y la Independencia de las Provincias Unidas de Sudamérica
El año de 1816 encontró a San Martín cumpliendo
una serie de actividades que, de hecho, lo convertían en el hombre más
esclarecido política y militarmente en el Río de la Plata en ese
momento, y conduciendo la marcha de los acontecimientos en función de
su estrategia para derrotar al colonialismo español en América.
A pesar de las enormes dificultades de todo tipo con que
tropezaba, logró ir solucionando cada una de ellas, de la manera más
conveniente, de tal forma de poder concretar sus planes. Así, mientras
gobernaba Cuyo y convertía esa región en un campo de reclutamiento y
de entrenamiento para la creación del "Ejército de Los
Andes", presionaba en el seno del Congreso de Tucumán para que, a
pesar de la resistencia de otros sectores de la Logia Lautaro, se
declarara la Independencia, cosa que finalmente se hizo.
Justamente sobre este tema escribió San Martín a
Tomás Godoy Cruz, diciendo lo siguiente:
"¿Hasta cuando esperamos declarar
nuestra independencia! no le parece a Ud. una cosa bien ridícula,
acuñar moneda, tener el pabellón y cocarda nacional y por último
hacer la guerra al soberano de quien en el día se cree dependemos?
¿Qué nos falta más que decirlo?, por otra parte, ¿qué relaciones
podremos emprender cuando estamos a pupilo?, los enemigos, y con mucha
razón, nos tratan de insurgentes, pues nos declaramos vasallos. Esté
Ud. seguro que nadie nos auxiliará en tal situación, y por otra parte,
el sistema ganará un cincuenta por ciento con tal paso. ¡Ánimo, que
para los hombres de coraje se han hecho las empresas!"
(José de San Martín).
San Martín pensaba en la Independencia de toda
Nuestra América. Pero la única forma de independizar al todo era,
inevitablemente, luchar una y otra vez en cada una de sus partes, en el
marco de una estrategia adecuada. Así, la victoria sobre los
colonialistas en las Provincias Unidas y en Chile no era el fin último
de su acción sino un medio, un instrumento, un paso inevitable para
llegar a donde quería: Lima, donde se encontraba el centro del poder
español en América.
Su primer paso fue entonces garantizar la Independencia en
el Río de la Plata, y así lo hizo.
Si bien no participó personalmente en el "Congreso de
Tucumán" de 1816 (en el cual se proclamó la Independencia) fue el
principal responsable político de este hecho.
Quienes intervinieron en dicho Congreso se hallaban
divididos en cuanto a la conveniencia de declarar la Independencia, y
fueron justamente los hombres enviados por el Libertador quienes
forzaron la decisión de romper el vínculo con la metrópoli
extranjera.
Con la solemne Declaración, el Gran Capitán de Los Andes
se aseguró de que la Revolución fuera ya irreversible, a pesar de las
intenciones oscuras de muchos de sus contemporáneos. Por otra parte,
dicho Congreso se pudo llevar a cabo en el marco de una mínima
seguridad en las provincias, provista justamente por la victoria de San
Martín en "San Lorenzo" y por la presencia de las tropas del
norte y de Cuyo reorganizadas por él.
Para la Declaración de Independencia, San Martín se
impuso militarmente a los españoles y políticamente a aquellos
sectores vinculados a la elite de Buenos Aires que ya estaban negociando
tanto con España como con Inglaterra.
José de San Martín trabajó incansablemente para la
preparación de las condiciones que harían posible la puesta en
práctica de su proyecto. Si bien las dificultades fueron muchas y de
toda índole, nada pudo contra su espíritu, su férrea voluntad y su
implacable decisión de vencer.
"Es increíble
lo mortificado que estoy con la demora del director: la primavera se
aproxima y no alcanza el tiempo para lo que hay que hacer. Ha dado el
congreso el golpe magistral con la declaración de la independencia;
sólo hubiera deseado que se hubiese hecho una pequeña exposición de
los justos motivos que tenemos los americanos para tal proceder. En el
momento que el director me despache, volveré a mi ínsula cuyana; la
maldita suerte no ha querido el que yo me hallare en mi pueblo para el
día de la celebración de la independencia, crea usted que hubiera
echado la casa por la ventana...".
(José de San Martín).
San
Martín y la Independencia de Chile
En todo momento, el Libertador demostró tener cuatro
cualidades que son las que, en definitiva, marcaron la enorme distancia
que había entre él y el resto de los hombres que lo seguían: visión
panorámica, resolución firme, cabeza fría y voluntad terca.
"El primer escuadrón de Granaderos
a Caballo fue la escuela rudimental en que se educó una generación de
héroes. En este molde se vació un nuevo tipo de soldado animado de un
nuevo espíritu, como dice Cromwell en la revolución de Inglaterra,
empezando por un regimiento para crear el tipo de un ejército y el
nervio de una situación. Bajo una disciplina austera que no anonadaba
la energía individual, y más bien la retemplaba, formó San Martín
soldado por soldado, oficial por oficial, apasionándolos por el deber,
y les inculcó ese fanatismo frío del coraje que se considera
invencible, y es el secreto de vencer...con estos elementos organizó
una academia de instrucción práctica que él personalmente dirigía,
iniciando a sus oficiales y cadetes en los secretos de la táctica, a la
vez que les enseñaba el manejo de las armas en que era diestrísimo,
obligándolos a estudiar y a tener siempre erguida la cabeza ante sus
severas lecciones, una línea más arriba del horizonte, mientras
llegaba el momento de presentarla impávida a las balas del enemigo...en
cuanto a los soldados, los elegía vigorosos, excluyendo todo hombre de
baja talla. Los sujetaba con energía paternal a una disciplina
minuciosa, que los convertía en maquinas de obediencia. Los armaba con
el sable largo de los coraceros franceses de Napoleón, cuyo filo había
probado en sí, y que él mismo les enseñaba a manejar. Por último,
daba a cada soldado su nombre de guerra, por el cual únicamente debía
responder, y así les daba el ser, les daba una siesta de dos horas
sobre un cuero tendido en el corredor de la casa. En ambas estaciones,
su bebida habitual era el café que él mismo preparaba. Después
volvía al trabajo, y por la noche inspeccionaba los establecimientos
públicos. Por la noche, recibía las visitas con las qnculcaba su
espíritu y los bautizaba...a mediodía dirigíase a la cocina y elegía
dos platos (generalmente puchero y asado), que a veces despachaba de a
pie, y por postre dulce mendocino, tomando dos copas de vino. En seguida
daba un corto paseo fumando un cigarrillo de tabaco negro, si era
invierno, y volvía luego a la tarea. En verano dormíaue tertuliaba en
variada conversación, de la cual estaba excluida la política o echaba
una partida de ajedrez, juego en que era fuerte, y a las 10 en punto las
despedía. A esa hora tomaba una ligera colación, y descansaba o
continuaba su trabajo interrumpido, pasándose muchas noches en vela y
sin acostarse por efecto de las dolencias que le aquejaban..."
(Bartolomé Mitre).
Uno de los más serios obstáculos que debió superar el
Libertador fue la falta de recursos para organizar y mantener al
Ejército de los Andes; sin ellos, la empresa estaba condenada al
fracaso.
En sus interminables cartas al gobierno de Buenos Aires
solicitando el envío de recursos, manifestó que
"...todas las
tropas excepto el batallón de cazadores que está en San Juan, entraron
en el campo de instrucción el 30 (de septiembre de 1816), es un dolor
no tener siquiera una frazada para arroparlos de la intemperie...por la
Patria vea Ud. al director a fin de que me remita los vestuarios para
cazadores, granaderos y numero ocho; que estén a más tardar a mediados
de diciembre; sin este auxilio no se puede realizar la expedición, pues
es materialmente imposible pasar los Andes con hombres enteramente
desnudos...". (José de
San Martín).
En carta a Guido expresó, con férrea
voluntad y energía, que "...si
no puedo reunir las mulas que necesito me voy a pie; es menester hacer
el último esfuerzo en Chile, pues si esta la perdemos, todo se lo lleva
el diablo...". (José de San Martín).
El director Pueyrredón contestó finalmente los pedidos
hechos, aunque sólo en parte. En su correspondencia se puede apreciar
la dramática situación que se vivía en aquellos momentos: "Como
ayer fue día de todos los santos no se ha podido buscar entre los
comerciantes libranzas para los 30.000 pesos, pero haré la diligencia
con empeño...Van ahora 500 frazadas, mil arrobas de charqui,
vestuarios, camisas, 400 recados, 200 sables con los dos únicos
clarines que he encontrado, 200 tiendas de campaña y no hay más; va el
mundo, va el demonio, va la carne, y no sé yo cómo me irá con las
trampas en que quedo para pagarlo todo, y me voy yo también para que
Ud. me dé algo del charqui que le mando; y !Carajo! no me vuelva a
pedir más, si no quiere la noticia de que he amanecido ahorcado en un
tirante de la fortaleza...". (Juan Martín de
Pueyrredón).
"El Ejército de Los Andes fue
creado de la nada. Fue necesario fabricarlo todo y para ello dentro de
la falta absoluta de medios, sin embargo, San Martín con su talento
múltiple, montó fabricas, formó depósitos, capacitó operarios y
fabricó desde la canana hasta el propio ajuste del cañón. Fue el
creador en América de la artillería de montaña a lomo y sobre prensa-zorra.
Fue el primer conductor sudamericano que dispuso de un estado mayor
organizado. Fue también el creador de los servicios de estado mayor,
revelándose un maestro en las informaciones y organización de
aprovisionamientos y reabastecimientos La aplicación de sus recursos
políticos, económicos, financieros, industriales, en el servicio de
estado mayor, representan hoy un ejemplo a imitar. Sus planes de
operaciones pueden servir de modelo al ejército más moderno de nuestra
época...".
(Juan Domingo Perón).
San Martín tenía la idea de acabar la Guerra de
Independencia con una campaña marítima sobre Perú, y para prepararla
solicitó que se le confiara la gobernación de Mendoza, dejando a otro
el mando del Ejército del Norte. Como Chile estaba todavía en poder de
los patriotas, se proponía ir a ayudarlos en su guerra con los
españoles, y una vez afirmados, emprender juntos la guerra por mar, al
tiempo que el Ejército del Norte marcharía contra Lima por el
altiplano. Un movimiento de pinzas cuyo objetivo final sería la capital
peruana.
Pero la derrota de las fuerzas bajo el mando de
O'Higgins en la batalla de "Rancagua", el 2 de octubre de
1814, le obligó a tener que comenzar el plan con la reconquista de
Chile.
Comenzó el Libertador con lo que el
llamó "guerra de zapa", destinada a preparar el terreno para
la posterior ofensiva con el Ejército de Los Andes: se trataba de
alarmar a Chile, seducir las tropas realistas, promover la deserción,
figurar los sucesos, desconceptuar los jefes, infundir temor a los
soldados y procurar desconcertar los planes de Marcó del Pont (jefe
colonialista en Chile). Es decir que se planteó como objetivo
trabajarle el frente interno al enemigo, para desorganizarlo,
confundirlo y debilitarlo.
En enero de 1817, se llevó a cabo el cruce de la
cordillera de Los Andes por el Ejército Libertador. La columna
principal lo hizo por el paso de "Los Patos" y para distraer
al enemigo e impedir que lo taponase, otros destacamentos efectuaron el
cruce por los pasos de "Uspallata", "Come-Caballos",
"Guana", "Planchón" y "Portillo".
"Las dificultades que se
tuvieron que vencer para el paso de las cordilleras, sólo pueden ser
calculadas por el que las haya pasado. Las principales eran la
despoblación, la construcción de caminos, la falta de leña, y sobre
todo de pastos. El ejército arrastraba 10.600 mulas de silla y carga,
1600 caballos y 700 reses, y, a pesar de un cuidado indecible, solo
llegaron a Chile 4300 mulas y 511 caballos en muy mal estado, habiendo
quedado el resto muerto o inutilizado en las cordilleras...".
(José de San Martín).
Las batallas de Chacabuco
y Maipo
La guerra revolucionaria en Chile fue concluida por San
Martín mediante dos aplastantes victorias: "Chacabuco" y
"Maipo". La primera, el 12 de febrero de 1817, y la segunda,
el 5 de abril de 1818.
Después de la batalla de "Chacabuco", el Libertador
envió un mensaje al gobierno de Buenos Aires en el que, entre otras
cosas, se ocupó de decir que "...sin el
auxilio que me han prestado los brigadieres Soler y O'Higgins la
expedición no hubiera tenido resultados tan decisivos; les estoy
sumamente reconocido, asimismo a los individuos del estado mayor cuyo
segundo jefe el coronel Beruti me acompañó en la acción y comunicó
mis órdenes, así como lo ejecutaron a satisfacción mía mis ayudantes
de campo el coronel D. Hilarrión De La Quintana, D. José Antonio
Alvarez, D. Antonio Arcos, D. Manuel Escalada, y D. Juan Obrrain.La premura del tiempo no me permite
expresar a V.E. los oficiales que más se han distinguido, pero lo
verificaré luego que sus jefes me pasen los informes que les tengo
pedidos, para que sus nombres no queden en el olvido...en una palabra el
eco del patriotismo resuena por todas partes a un tiempo mismo, y al
Ejército de Los Andes queda para siempre la gloria de decir: en 24
días hemos hecho la campaña, pasamos las cordilleras más elevadas del
globo, concluimos con los tiranos, y dimos la libertad a Chile...".
(José de San Martín).
Después de esa batalla, el día 14 San Martín entró en
la capital en medio del entusiasmo general del pueblo. Convocó a un
cabildo abierto que a su vez designó tres electores; éstos aclamaron
el 15 a San Martín como Director Supremo de Chile con "facultades
omnímodas". Pero el Libertador, sabiendo que aún no había
cumplido su meta de llegar al Perú y que su paso por Chile era sólo
una etapa en dicho camino, no aceptó. Declinó el nombramiento a favor
de su "amado compañero de armas, O'Higgins". Por su parte, el
gobierno de Buenos Aires le informó su ascenso a la suprema jerarquía
militar: Brigadier de los Ejércitos de la Patria. Pero también lo
rechazó, mediante elocuente nota remitida a dicha autoridad:
"Antes de ahora, tengo empeñada
solemnemente mi palabra de no admitir grado ni empleo alguno militar ni
político...Sacrificaré gustoso mi existencia en obsequio de la
Patria....". (José
de San Martín).
Con la entrega de una suma de diez mil pesos oro que se le
hizo como recompensa por los servicios prestados, por parte del cabildo
de Santiago, ordenó la construcción de una biblioteca pública:
"Permítame que
destine útilmente ese fondo a un establecimiento que haga honor a ese
benemérito reino: la creación de una biblioteca nacional perpetuará
para siempre la memoria de esa municipalidad. La ilustración y fomento
de las letras es la llave maestra que abre las puertas de la abundancia
y hace felices a los pueblos...".
(José de San Martín).
También rechazó San Martín el sueldo de General en Jefe
del Ejército de Chile y una vajilla de plata que le obsequiaron. En
relación a esto le escribió a su amigo O'Higgins, diciéndole:
"A mi regreso de
Buenos Aires encontré que la generosidad de V.E. había puesto a mi
disposición una vajilla completa de plata. No estamos en tiempo de
tanto lujo. El Estado se halla en necesidades y es necesario que todos
contribuyamos a remediarlas. Por lo tanto, doy orden para que se ponga a
disposición de V.E. dicha vajilla, como, asimismo, el sueldo que se me
tiene asignado por ese Estado, con advertencia de que del que he tomado
daré a V.E. una noticia reservada de los fines en que ha sido
empleado...". (José de San
Martín)
Para contribuir a consolidar la situación en Chile, desde
un punto de vista fundamentalmente político, San Martín y O'Higgins
resolvieron declarar la Independencia, cosa que se cumplió el 12 de
febrero de 1818 en la plaza de Santiago, en el aniversario de la batalla
de Chacabuco, frente al entusiasmo de todo el pueblo.
Después de Chacabuco, la victoria en Maipo tuvo una
importancia estratégica para consolidar la Independencia de las
Provincias Unidas y de Chile, y para poder iniciar la Campaña al Perú,
asegurando así la suerte de todo el continente.
Con Bolívar derrotando a los españoles en el norte
y San Martín haciendo otro tanto en el sur, los territorios dominados
por los colonialistas se fueron reduciendo cada vez más; sus recursos
se fueron extinguiendo y su resistencia cada vez fue más débil. La
dominación española tenía sus días contados.
Maipu fue una batalla cruenta; los colonialistas
dejaron 2000 cadáveres, y cerca de 3000 fueron tomados prisioneros,
entre ellos 190 jefes y oficiales, con todo el armamento, el parque y
cuatro banderas. El Ejército Libertador tuvo alrededor de 1000 muertos.
Iniciada a mediodía, la batalla culminó a las seis de la tarde.
Después de su histórica victoria en Maipo, el Libertador
escribió en carta al gobierno de Buenos Aires lo siguiente:
"Nada existe del ejército
enemigo. El que no ha sido muerto es prisionero. Artillería, ciento
sesenta oficiales, todos sus generales, excepto Osorio, están en
nuestro poder. Yo espero que a este último me lo traigan hoy... En una
palabra: ya no hay enemigos en Chile. Dios guarde a V.E. muchos años.
Cuartel general en el campo de Maipo". (José de San Martín).
Al frente de los gauchos salteños, Martín Miguel de
Güemes había cumplido la importantísima misión de "cubrirle las
espaldas" al Ejército Libertador, impidiendo que los colonialistas
penetraran por el norte mientras aquél cruzaba la cordillera y cumplía
con la campaña en Chile. A él, San Martín escribió lo siguiente:
"Mi amigo amado:
hemos triunfado completamente de los godos, y hemos asegurado la
libertad en Chile. Sé cuánto agradará a V. esta noticia.
Probablemente La Serna se retirará precipitadamente, y las Provincias
del Perú serán libres; vamos amigo a trabajar con tesón ya que la
Causa de la Patria va ganando terreno. Yo parto esta noche para Buenos
Aires a objetos del servicio; si en aquella o en cualquier distancia
puedo serle útil, mande con franqueza a su afectísimo paisano y amigo.
Q. B. S. M. José de San Martín".
Manuel Belgrano, el otro hombre en quien el Libertador
había puesto su confianza, le escribió desde Tucumán:
"Al enemigo...no se le ocurrió por lo visto que aún existía el
general San Martín y que capaz de transmitir su heroísmo al último de
sus subalternos, haría prodigios aún con la espada...".
(Manuel Belgrano).
El secretario de una comisión norteamericana en Chile, sr.
Brackenridge, le escribió al presidente de su país, Jaime Monroe,
informándole acerca de José de San Martín, y le dijo que
"...la
América del Sur tiene también su Washington...La república
independiente de la Plata y Chile, mediante San Martín, con toda
probabilidad, por este tiempo, ha dado libertad e independencia a sus
hermanos del Perú."
En 1819, habiendo finalizado totalmente su misión en
Chile y ya en camino de cumplir con la expedición al Perú, San Martín
consideró oportuno dejar en claro a nuestros hermanos chilenos que
ponía formalmente en sus manos los destinos del país, advirtiéndoles,
inclusive, que el enemigo que deberían enfrentar de ahí en más
sería, no ya España, sino el grupo de ambiciosos que fomentaban la
división y la anarquía:
"Individuos del Ejército de Chile: el
General que ha tenido el honor de mandaros, y de contribuir a la formación
de vuestros cuerpos, se despide de vosotros reconocido a la honorable
comportación que habéis observado; vuestra Patria queda a vuestro
cuidado, sostenida con la honradez que habéis manifestado; no son sólo
los españoles los que hay que batir. Los ambiciosos y díscolos no son
mejores enemigos; sostened el orden: con él afianzaréis la libertad,
independencia y felicidad del hermoso Chile". (José de San
Martín).
El escritor cubano José A. Benitez, en su libro
"El pensamiento revolucionario de los hombres de Nuestra
América", expresó lo siguiente: "Chacabuco
y Maipo, ciertamente, fueron dos batallas de la Independencia llamadas a
representar un papel primordial en la Historia de América del sur por
la significación que tuvieron en el mapa político del continente y en
los acontecimientos que se desarrollaron posteriormente
...El mérito militar de la batalla de
Chacabuco ha sido reconocido por todos, pero la acción también
obedecía a un plan político de San Martín relacionado con los
destinos del continente. La batalla de Chacabuco, en el contexto de ese
plan, no solamente aseguró la revolución argentina, sino que ganó una
base de operaciones en el mar y en las costas del Pacífico contra el
colonialismo español...la victoria de Maipo abrió las puertas a los
soldados de la independencia suramericana para que pasaran a combatir en
Perú, corazón de la dominación colonialista, y el 9 de julio de 1821
San Martín hacía su entrada en la capital peruana, y el 28 del mismo
mes proclamó la Independencia de Perú y con ella vio cumplida la
Empresa que se había trazado al cruzar Los Andes...si no se hubieran
dado las batallas de Junín, Chacabuco y Maipo, no habría sido posible
la de Ayacucho."
(José A. Benitez).
San
Martín y la Independencia del Perú
La Campaña de Chile había sido terminada con éxito, y
ahora faltaba marchar al Perú y encontrarse con Bolívar, que venía
desde el norte, y concluir la gran obra revolucionaria. Pero en tales
circunstancias, llegó la noticia de que Fernando VII, rey de España,
preparaba una poderosa expedición que a principios de 1820 debería
zarpar para Nuestra América con el pretendido objetivo de
reconquistarla para la corona. Fue entonces que el Libertador dio su
famosa "Orden General" del 27 de julio de 1819, para su tropa
y para todo nuestro pueblo, a fin de impulsarlos, una vez más, a
continuar la lucha revolucionaria hasta las ultimas consecuencias: "Orden
General del 27 de Julio de 1819".
Compañeros del exercito de los Andes.
...La guerra se la tenemos de hacer del modo que podamos: sino tenemos
dinero, carne y un pedazo de tabaco no nos tiene de faltar: cuando se
acaben los vestuarios, nos vestiremos con la bayetilla que nos trabajen
nuestras mugeres, y sino andaremos en pelota como nuestros paisanos los
indios: seamos libres, y lo demás no importa nada...
...Compañeros, juremos no dejar las armas de la mano, hasta ver el
país enteramente libre, ó morir con ellas como hombres de corage. Jose
de San Martín.
Mientras San Martín llevaba adelante la lucha por la
Independencia, el gobierno de Buenos Aires, que no representaba los
intereses de todas las provincias del Río de la Plata sino
exclusivamente los de la elite porteña, se preocupaba más por
imponerse en la insensata guerra civil que había promovido que en otra
cosa. Así, pretendió poner al Ejército del Norte a pelear por sus
intereses de clase contra los caudillos provinciales. Recordemos que
ése era el ejército que San Martín había reorganizado y que había
dejado para que le cubriera las espaldas contra los españoles que
pretendían penetrar desde el Alto Perú.
Afortunadamente, la conciencia de los oficiales que estaban
a cargo de esas tropas hizo que no se dejaran utilizar para una
cuestión tan indigna y antipatriótica, que además ponía en peligro
el proyecto del Libertador. El 5 de enero de 1820, se sublevó en
Arequito el Ejército del Norte, precisamente para poder continuar la
Guerra de la Independencia.
Ante semejante acontecimiento, y sin más recursos para su
alocada guerra civil, el gobierno de Buenos Aires pretendió que el
Libertador dejara de lado la guerra contra los colonialistas y que, en
lugar de marchar al Perú, regresara a Buenos Aires para pelear contra
nuestras provincias.
Frente a esto, San Martín optó por renunciar al
mando de sus tropas, pues ni siquiera podía caber en su cabeza la más
mínima idea de utilizar al Ejército de Los Andes contra nuestro propio
pueblo. Pero sus oficiales, formados según los valores de patriotismo y
de honor que el Libertador les había inculcado, rechazaron su renuncia
por medio de la solemne "Acta de Rancagua", en la cual
expresaron, entre otras cosas, que "...la
autoridad que recibió el señor general para hacer la guerra a los
españoles y adelantar la felicidad del país, no ha caducado, ni puede
caducar, porque su origen, que es la salud del pueblo, es
inmutable".
San Martín, entonces, decidió mantener el mando del Ejército
de Los Andes y desconoció la autoridad del gobierno de Buenos Aires,
ubicándose a sí mismo y a sus tropas bajo la autoridad exclusiva del
gobierno de Chile.
La conciencia americana de San Martín permitía que
concibiera la posibilidad de poner a su ejército (como efectivamente lo
hizo) ya fuera bajo la bandera de las Provincias Unidas o bajo la
bandera de Chile o de la del Perú indistintamente, ya que para él, al
fin y al cabo, eran todas regiones de una misma Patria.
"La bandera chilena cubría la expedición con su
responsabilidad nacional, según lo convenido con San Martín,
concurriendo Chile a ella con la decisión de su pueblo y su gobierno,
con su escuadra, su tesoro y con la recluta con que había engrosado los
dos cuerpos aliados que formaban el Ejército Unido...". (Busaniche).
El Gran Capitán debió emprender la Campaña al Perú no
sólo con muy escasos recursos y con débil apoyo político, sino
también con una salud absolutamente quebrantada, hecho que había
estado presente a lo largo de toda la Campaña de Chile y que, en esos
momentos, se había agravado.
Recordemos alguno de los informes de su médico
personal, en los cuales se decían cosas como las siguientes: "La
Patria, el honor y la gratitud me obligan a dar a V. S. la pesadumbre
que yo siento. Preveo muy próximo el término de la vida apreciable de
nuestro general si no se le distrae de las atenciones que diariamente le
agitan; a lo menos por el tiempo necesario de reparar su salud, atacada
ya en el sistema nervioso.
El cerebro viciado con las continuas imaginaciones y trabajos, comunica
la irritabilidad al pulmón, al estomago y a la tecla vertebral, de
donde resulta la hematoe, o sangre por la boca, que si antes fue
traumática o por causa externa, hoy es por lo que ya he dicho.
El mismo origen tienen sus dispexias y vómitos, sus desvelos e
insomnios, y la consunción a que va reduciéndose su máquina. Empeñe
Ud. toda su amistad para que este hombre todo del público se acuerde
alguna vez de sí mismo, y que dejando de existir no servirá a esa
Patria para quien debía vivir, y por quien él se hace inaccesible al
consejo. Yo me enternezco...".
(Dr. Juan Isidoro Zapata, en carta a Guido).
Mientras contemplaban los barcos que se habrían de
utilizar para la Campaña del Perú, O'Higgins le dijo a San Martín lo
siguiente:
"Tres barquitos
dieron a los reyes de España la posesión del nuevo mundo; cuatro o
seis se la van a quitar...".
"El día más celebre de nuestra
revolución está próximo a amanecer; voy a dar la última respuesta a
mis calumniadores: yo no puedo hacer más que comprometer mi existencia
y mi honor por la causa de mi país, y sea cual fuere mi suerte en la
campaña del Perú, probaré que desde que volví a mi Patria, su
Independencia ha sido el único pensamiento que me ha ocupado, y no he
tenido más ambición que la de merecer el odio de los ingratos y el
aprecio de los hombres virtuosos...".
(José de San Martín).
El 20 de agosto de 1820, zarpó la Expedición Libertadora
al Perú. El ejército tenía 2300 soldados del Río de la Plata, 1800
de Chile, con 35 piezas de artillería y repuesto de armamento y
vestuario para equipar 15000 hombres. La escuadra naval estaba compuesta
por ocho buques de guerra y 16 transportes, con los cuales se
trasladaron desde las costas de Chile hasta las del Perú. Las Heras era
Jefe del Estado Mayor; Arenales, Luzurriaga y Guido estaban entre los
generales; Alvarez Jonte iba como auditor y Monteagudo de secretario. El
General San Martín, su máximo conductor.
Como lo había dicho el propio Libertador, su plan desde un
comienzo había sido organizar un fuerte ejército que cruzara Los
Andes, que libertara a Chile y que de ahí marchara al Perú. Mientras
tanto, el Ejército del Norte haría una guerra defensiva, hasta el
momento indicado: al llegar San Martín al Perú, entre los dos
ejércitos actuarían como tenaza sobre las tropas colonialistas,
exterminándolas.
"Póngase usted a la cabeza del
ejército que debe operar sobre Salta; la campaña es segura si usted me
apoya los movimientos que 4500 hombres van a hacer por intermedios al
mando de Alvarado; éste lleva órdenes de ponerse a las de usted. Yo
espero un buen resultado; la Patria lo exige y el honor de nuestras
provincias lo reclama. No hay que perder un momento, mi amigo; la
cooperación de esa división va a decidir enteramente la suerte de la
América del Sud...". (José de
San Martín).
Pero el Libertador fue traicionado; las tropas, oficiales y
jefes del Río de la Plata tuvieron que permanecer inmóviles, sin
avanzar, por falta de armas y dinero. Esos recursos Buenos Aires los
tenía, y de sobra, pero no los envió.
El 8 de septiembre de 1820, el "Ejército Unido"
desembarcó en la Bahía de Paracas, Perú. El mismo día el Gran
Capitán de Los Andes se dirigió en solemne proclama a sus tropas
diciendo lo siguiente:
"Ya hemos llegado al lugar de nuestro destino, y sólo falta que el
valor consuma la obra de la constancia. Acordáos que vuestro gran deber
es consolar a la América, y que no venís a hacer conquista sino a
libertar pueblos...". (José de San Martín).
El 12 de julio de 1821, San Martín entró en Lima ante la
apresurada huida del virrey español.
Según relató Basilio Hall, testigo de aquellos gloriosos
momentos,
"...el 28 de julio se celebraron ceremonias para proclamar y jurar
la Independencia del Perú. Las tropas formaron en la plaza mayor, en
cuyo centro se levantaba un alto tablado, desde donde San Martín,
acompañado por el gobernador de la ciudad y algunos de los habitantes
principales, desplegó por primera vez la bandera independiente del
Perú, proclamando al mismo tiempo con voz esforzada: '...¡desde este
momento el Perú es libre e independiente por voluntad general del
pueblo y por la justicia de su causa, que Dios defiende!'. Luego,
batiendo la bandera, exclamó: '!Viva la Patria! !Viva la Independencia!
!Viva la Libertad!', palabras que fueron recogidas y repetidas por la
multitud que llenaba la plaza y las calles adyacentes, mientras
repicaban todas las campanas y se hacían salvas de artillería entre
aclamaciones tales como nunca se habían oído en Lima...".
(Basilio Hall).
San Martín recibió una carta de Sucre, futuro Gran
Mariscal de Ayacucho, en la cual éste le manifestó lo siguiente:
"Mi alma ha gozado el placer más puro y singular cuando he
recibido la noticia fausta del acontecimiento más brillante con que V.E.
va a terminar o ha terminado ya la Campaña del Perú guiado siempre por
la filantropía que lo distingue.
Los rasgos célebres de la vida militar de V.E. se disputan en
preferencia; pero es cierto que la realización de un inmenso país y de
una sección inmensa de América sin comprometer una batalla, es el
resultado de los cálculos más bien combinados y de la dirección más
rara en una campaña en que el arte y la prudencia han suplido al poder
colosal del enemigo.
Nada debe V.E. a la fortuna y puede decirse más bien que la fortuna le
ha seguido sus pasos.
La división de mi mando presenta a V.E. las felicitaciones más
respetuosas y fraternales. Sírvase V.E. aceptarlas...".
(Antonio José de Sucre).
"La Causa del continente americano me lleva a realizar un
designio que halaga mis más caras esperanzas. Voy a encontrar en
Guayaquil al Libertador de Colombia; la enérgica terminación de la
guerra que sostenemos, y la estabilidad del destino a que con rapidez se
acerca la América, hacen nuestra entrevista necesaria, ya que el orden
de los acontecimientos nos ha constituido en alto grado responsables
("árbitros") del éxito de esta sublime empresa...".
(José de San Martín, en carta a Simón Bolívar).
"En los últimos años he estado ocupado constantemente
contra los españoles, o mejor dicho, a favor de este país, porque yo
no estoy contra nadie que no sea hostil a la causa de la Independencia.
Todo mi deseo es que este país se maneje por sí mismo y solamente por
sí mismo. En cuanto a la manera de gobernarse, no me concierne en
absoluto. Me propongo únicamente dar al pueblo los medios de declararse
independiente y de establecer una forma de gobierno adecuada; y
verificado esto consideraré hecho bastante y me alejaré...".
(José de San Martín).
"Nada presenta la Historia comparable con el paso de Los
Andes por el General San Martín; no merece ciertamente entrar en
paralelo el de los Alpes y el de San Bernardo por Aníbal y
Napoleón...". (Ricardo Gual y Jean).
"Se carteaba mucho San
Martín con los hombres políticos: "existir es lo primero, y
después ver cómo existimos"...vio, sólo, el peligro que corría
la libertad de cada nación de América mientras no fuesen todas ellas
libres: !mientras haya en América una nación esclava, la libertad de
todas las demás corre peligro! ...nunca en las cosas de América pensó
en un pueblo u otro como entes diversos, sino que, en el fuego de su
pasión, no veía en el continente más que una sola nación
americana...". (José
Martí).
Conferencia
de Guayaquil y culminación de la Guerra de Independencia.
26 de Julio de 1822: el encuentro de los Libertadores.
Desde un punto de vista militar, la Guerra de Independencia
concluyó con la batalla de Ayacucho, bajo la conducción del Mariscal
Sucre; desde un punto de vista estrictamente político, finalizó con la
reunión en Guayaquil entre los Libertadores José de San Martín y
Simón Bolívar. Como dijeron ellos mismos, a esa altura de las
circunstancias, la Independencia de Nuestra América era ya
irreversible.
En carta a Bolívar, San Martín manifestó que
"Sean
cuales fueren las vicisitudes de la presente guerra, la independencia de
la América es irrevocable...". (José de San Martín).
Muchas batallas se habían ganado y poco quedaba del
poderío español en el continente; pero además de esto, la propia
conciencia nacional de los criollos se había desarrollado a tal punto
que ya no concebían la posibilidad de volver a la condición de
vasallos del rey de España.
Tanto las condiciones concretas como la propia mentalidad
de la gente habían evolucionado de tal modo de hacer francamente
imposible un retorno a la situación de esclavitud que se había vivido
hasta entonces. De esto tenían clara conciencia San Martín y Bolívar,
y por eso se reunieron en Guayaquil para establecer, de común acuerdo,
la mejor forma de concluir la Guerra de Independencia.
Ambos habían desarrollado un extraordinario esfuerzo para
darle la victoria a la Patria; los dos encontraron ante sí una dura
realidad de anarquía, desorganización, falta de moral, ausencia de
recursos humanos y materiales apropiados, y sin embargo organizaron
grandiosos Ejércitos Libertadores de la nada, como si los hubieran
dibujado en un papel y después, por simple arte de magia, les hubieran
dado vida.
Instruyeron a cada uno de sus hombres, uno por uno,
pacientemente, con dedicación, inculcándoles determinados valores y
principios, y predicando en todo momento con su propio ejemplo.
Tanto San Martín como Bolívar estaban obsesionados por
conquistar el objetivo de la Independencia y la organización en Estado
nacional de Nuestra América. Y fue justamente el hecho de estar como
"poseídos" lo que les permitió concentrarse en las
cuestiones verdaderamente importantes, dejando de lado las pequeñeces.
Trataron de impedir la lucha entre las distintas facciones
de americanos, y cuando no pudieron lograrlo, directamente ignoraron
esos conflictos, tomando distancia, y se dedicaron a su Empresa
Libertadora. No sólo no contaron en muchas oportunidades con el apoyo
de las elites que se habían entronizado en el gobierno, sino que
inclusive tuvieron que esmerarse para no caer en sus conspiraciones.
Así, vemos que los Libertadores tuvieron que enfrentar no sólo a los
españoles, sino a la naciente oligarquía local, que en esos momentos
los enfrentaron y conspiraron contra ellos, inclusive con atentados a
sus propias vidas, y después de muertos los "reivindicaron"
hipócritamente como fundamento de las distintas repúblicas en que
dividieron a Nuestra América. A ellos, Simón Bolívar reclamó:
"No seáis
los asesinos de la Patria..." (Simón Bolívar).
Bolívar enfrentó la rebelión de La Mar, la rebelión de
Córdoba, y las conspiraciones de Páez, entre otras. Algunos grupos de
estudiantes y de hombres de letras se reunieron en secreto y comenzaron
a planear el asesinato del Libertador.
Florentino González, uno de los cabecillas de la
conspiración contra el hombre que les acababa de dar la libertad,
contó por sí mismo acerca del asunto: "Ya no podíamos
lisonjearnos de triunfar sino con la impresión del terror que causase
en nuestros contrarios la noticia de la muerte de Bolívar, y ella fue
resuelta en aquel momento supremo..." (Florentino González).
Una noche penetró en el palacio donde dormía el
Libertador un grupo numeroso de conspiradores armados con la intención
de cumplir con su eliminación física; Bolívar salvó la vida gracias
al oportuno aviso de su amante.
Por su parte, San Martín regresó de la entrevista de
Guayaquil a Mendoza donde tenía intención de permanecer alejado de la
vida pública, dedicándose exclusivamente a su hija y a su chacra, pero
ni siquiera esto le permitieron hacer. Bernardino Rivadavia y sus
secuaces, que expresaban los intereses de la naciente oligarquía
porteña vinculada a Inglaterra, se ocuparon de conspirar en su contra
hasta hacerlo abandonar el continente rumbo a Europa.
"Rivadavia me ha hecho una guerra de zapa, sin otro objeto
que minar mi opinión, suponiendo que mi viaje a Europa no ha tenido
otro objeto que establecer gobiernos en América; yo he despreciado
tanto sus groseras imposturas, como su innoble persona...en todo el
tiempo de la administración de Rivadavia mi correspondencia ha sufrido
una revista inquisitorial, la más completa, yo he mirado esta conducta
con el desprecio que se merecen sus autores...confinado en mi hacienda
de Mendoza y sin mas relación que con algunos vecinos que venían a
visitarme, nada de esto bastó para tranquilizar a la desconfiada
administración de Buenos Aires; ella me cercó de espías, mi
correspondencia era abierta con grosería, los papeles ministeriales
hablaban de un plan para formar un gobierno militar, bajo la dirección
de un soldado afortunado, etc., etc., en fin, yo vi claramente que no
era posible vivir tranquilo en mi Patria, ínterin la exaltación de las
pasiones no se calmase, y esta certidumbre fue la que me decidió pasar
a Europa...entonces se me manifestó una verdad que no había previsto,
a saber: que yo había figurado demasiado en la revolución para que me
dejasen vivir en tranquilidad...". (José de San
Martín).
Finalmente, el hombre que nos había dado la libertad
fue obligado a dejar nuestra tierra; marchó a Europa,
desde donde no se cansó de repetir que "... prefiero la vida que seguía
en mi chacra a todas las ventajas que presenta la culta Europa...".
(José de San Martín).
Desde el viejo continente, su mirada y su pensamiento
se fijaban permanentemente en nuestra Patria:
"A pesar de haberme tratado como un ecce homo y saludado con los
honorables dictados de ladrón y tirano, la amo y me intereso mucho,
mucho, en su felicidad...". (José
de San Martín).
Entre los papeles del cónsul norteamericano en Río de
Janeiro, Henry Hill, se encontraron constancias de la existencia de una
conspiración para asesinar a San Martín, en la cual estaba implicado
el cónsul norteamericano en Buenos Aires.
En estos papeles está escrito que "Una
conspiración ha sido detectada para asesinar a Pueyrredón y al General
San Martín, con otros jefes, en la cual sospechas han recaído sobre el
Sr. Halsey, su ultimo cónsul... La conspiración iba a ser realizada en
lo que concierne al General San Martín, y los últimos arreglos de los
conspiradores serían llevados a cabo en Chile con la ayuda de cierto
número de franceses, que habían partido con ese propósito, al mismo
tiempo que el Sr. Halsey...".
El 26 de julio de 1822, llegó San Martín a Guayaquil y
ese mismo día, por la tarde, se entrevistaron los dos Libertadores.
Mucho se ha dicho sobre los temas tratados en esa conferencia, pero son
todas especulaciones pues la misma se efectuó a puertas cerradas, sin
testigos, con la sola presencia de Bolívar y de San Martín. Lo que sí
resulta posible analizar es la importancia política de semejante
encuentro, que es justamente sobre lo que han querido mantenernos
distraídos.
Dicen que el tero es un animal que, para proteger el nido,
intenta desconcertar a quienes lo amenazan, chillando en un lugar
distante del mismo. Y acá pasa igual; mientras nos tienen discutiendo
acerca de lo que se habló en Guayaquil (sobre lo cual no existen
constancias verídicas), consiguen que no pensemos en la verdadera
importancia de fondo de dicho evento, en lo realmente trascendental.
La importancia política de la Conferencia de Guayaquil
está en que constituye todo un símbolo para nosotros los americanos,
que nos muestra cómo los Libertadores trabajaron en forma coordinada
por la Emancipación y cómo tuvieron que ponerse de acuerdo hasta en el
último momento para concluir su genial obra.
Guayaquil es todo un símbolo que, indudablemente, nos
señala el camino que debemos seguir: se trata de ponernos de acuerdo,
de coordinar la acción para vencer; de lograr la necesaria unidad de
concepción y unidad de acción para poder enfrentar a nuestro enemigo
con posibilidad real de vencer. Porque como dijo San Martín, "...
divididos seremos esclavos, unidos estoy seguro que los
batiremos..."; y como dijo Bolívar, "... una debe ser la
Patria de todos los americanos...".
Junín
y Ayacucho: el final de la guerra
Existen muchas teorías, como ya dijimos, acerca de lo
hablado en la Conferencia de Guayaquil entre nuestros Libertadores.
Indudablemente, aquello tuvo una importancia determinante en cuanto a lo
que ocurrió después, en la ultima etapa de la Campaña Emancipadora.
Lo que rescatamos de Guayaquil es que los dos grandes de América se
pusieron de acuerdo en que, dado los triunfos obtenidos hasta entonces
por ambos, nuestra Independencia era irreversible, y que sólo faltaba
darle el golpe final a las fuerzas realistas que se habían refugiado en
las sierras del Perú.
Si bien éstas eran considerables en número, lo importante
desde el punto de vista estratégico es que estaban aisladas totalmente,
encerradas entre territorios que, en todas direcciones, estaban ocupados
por las fuerzas patriotas, y sin posibilidad de recibir refuerzos a
tiempo de la lejana España. En realidad, los Ejércitos Libertadores
dominaban la totalidad del continente, y era absolutamente imposible,
por más que las españolas fueran tropas numerosas, que pudieran lograr
algo.
Los Libertadores ya tenían conciencia de su triunfo
militar, lo que les daba el convencimiento político acerca de lo
irreversible de nuestra Independencia.
Después de la conferencia, San Martín renunció al mando
de sus tropas y emprendió el regreso al Río de la Plata. Dejó en el
Perú un considerable ejército de 8000 hombres bajo el mando del
General Alvarado y de Arenales. A ellos encargó la tarea de colaborar
con las tropas de Bolívar para finalizar la guerra; ambas fuerzas,
actuando en conjunto sobre los últimos realistas que quedaban en
Nuestra América, alcanzaron la victoria final.
Bolívar se dedicó entonces a preparar a sus tropas para
el último asalto; fundamentalmente, solicitó refuerzos humanos y
materiales al gobierno de Colombia.
El 6 de agosto de 1824, Bolívar se impuso a las fuerzas
del español Canterac en una aplastante victoria en la planicie de
Junín. El ejército patriota estaba compuesto por fuerzas americanas de
Colombia, de Perú (a las órdenes de La Mar), de Chile (bajo el mando
de Pedro Juan Luna), y del Río de la Plata (conducidas por Necochea).
Aquí está nuevamente la lección de la Historia, la más
importante de todas: la Independencia de Nuestra América sobrevino como
consecuencia de la acción conjunta y de los esfuerzos sumados de todos
los americanos, porque de una forma o de otra, en mayor o menor medida,
todos aportaron a la Causa. No hubiera sido posible de no ser así, y no
será posible conquistar la segunda y definitiva Independencia de
Nuestra América sino aprendemos esa lección y nos decidimos a luchar
todos juntos, unidos frente al mismo enemigo.
Después de la batalla de Junín, Bolívar anunció su
marcha para la costa del Pacífico y designó a Antonio José de Sucre
como Comandante Supremo de las fuerzas patriotas en la sierra. Si bien
las instrucciones de Bolívar le indicaban a Sucre esperar para
enfrentarse a las tropas enemigas, éste no tuvo paciencia para ello: "La
guerra defensiva es tan desagradable y a mi entender tan desventajosa
que confieso que me atormenta estar sujeto a oponer cuando más una
tranquila presencia a las maniobras del enemigo, y mucho más con
nuestras tropas que son de obrar a la ofensiva..." (Sucre en
carta a Bolívar).
El 9 de diciembre de 1824, el Mariscal Antonio José de
Sucre presentó batalla a las últimas fuerzas colonialistas españolas
en la planicie de Ayacucho. En esa oportunidad, confió el ala izquierda
a La Mar y el ala derecha a Córdoba; además, había una pequeña
reserva que estaba también a las órdenes de La Mar.
El combate fue duro y cruento; en un momento, el enemigo
pareció asegurarse el triunfo al lograr quebrar el ala izquierda del
Ejército Libertador. En momentos en que Sucre recibía el pedido de
socorro de esa parte de su ejército, el Mariscal Monet inició su
ataque contra las tropas de Córdoba, en el ala derecha. Entonces
ordenó a La Mar usar su pequeña reserva en el ala izquierda y resistir
hasta morir. A partir de ahí, José María Córdoba, con ejemplar
sangre fría y sin vacilar un sólo instante ante la ofensiva enemiga
que le caía encima, ordenó a su tropa que esperara inmóvil al
enemigo, y en el momento oportuno, con el temple que caracteriza a los
héroes de máxima jerarquía, dio su histórica orden:
"¡Soldados! ¡Armas a discreción, paso de vencedores!".
La victoria patriota fue total y completa; en su informe,
Sucre manifestó:
"Se hallan, en
este momento, en poder del Ejército Libertador, los tenientes generales
Laserna y Canterac; los mariscales Valdés, Carratala, Monet y
González; los generales de brigada Bedoya, Ferraz, Camba, Somocursio,
Cancho, Atero, Landazuri, Vigil, Pardo y Tur, con dieciséis coroneles,
setenta y ocho tenientes coroneles, cuatrocientos ochenta y cuatro
mayores y oficiales, más de dos mil prisioneros de tropas, inmensa
cantidad de fusiles; todas las cajas de guerra, municiones y cuantos
elementos militares poseían; mil ochocientos cadáveres y setecientos
heridos han sido en la batalla de Ayacucho las víctimas de la
obstinación y de la tenacidad española. Nuestra pérdida es de
trescientos diez muertos y seiscientos nueve heridos..."
(Antonio José de Sucre).
Tal cual lo expresó José A. Benítez,
"Ayacucho no
solamente representó la Independencia de Perú, cimentada por San
Martín, sino que fue el punto culminante de la epopeya de los pueblos
de América del Sur y expulsó, definitivamente, el colonialismo de una
región sobre la cual había ejercido su poder durante tres
siglos...". (José A.
Benítez).
La lucha por la Emancipación de Nuestra América fue llevada
adelante por una generación de compatriotas bajo la conducción de
Francisco Miranda (el Precursor de nuestra Independencia) y de Simón
Bolívar y José de San Martín (los Libertadores). Para ello se
utilizaron recursos humanos y materiales de todos los rincones del
continente: hombres de los actuales Argentina, Uruguay, Bolivia, Chile,
Perú, Venezuela, Colombia, Brasil, Panamá, Cuba y Ecuador, fueron los
soldados que nutrieron las filas de los Ejércitos Libertadores.
Los recursos materiales, en dinero, armas, alimentos,
vestuarios, animales de carga y de transporte, etc., fueron provistos
por los Cabildos y las Juntas de todas las gobernaciones.
La bandera bajo la cual actuaron los Libertadores fueron
indistintamente la de una región o de otra, sin prestar mayor atención
a ello. Cuando San Martín efectuó el cruce de la cordillera con el
"Ejército de los Andes", utilizó la bandera de las
"Provincias Unidas"; cuando llevó adelante la campaña para
la libertad del Perú, con el "Ejército Unido", lo hizo bajo
la bandera de Chile. Estos datos demuestran en forma indiscutible que
nuestra Primera Campaña Emancipadora fue una empresa americana en su
totalidad y en el más amplio sentido de la palabra.
"Ante la causa de América esta mi
honor; yo no tendré patria sin él y no puedo sacrificar un don tan
precioso por cuanto existe en la tierra." (José de San
Martín).
"No hay respeto humano que deba
guardarse cuando se trata de la seguridad y libertad americanas."
(José de San Martín).
"Querer contener con la bayoneta el
torrente de la opinión universal de la América es como intentar la
esclavitud de la naturaleza." (José de San Martín).
"El placer de un
triunfo para un guerrero que pelea por la felicidad de los pueblos sólo
lo produce la persuasión de ser un medio para que gocen de sus
derechos; mas hasta afirmar la libertad del país, sus deseos no se
hallan cumplidos, porque la fortuna varía de la guerra muda con
frecuencia el aspecto de las más encantadoras perspectivas. Un
encadenamiento prodigioso de sucesos ha hecho ya indudable la suerte
futura de América, y la del pueblo peruano sólo necesitaba de la
representación nacional para fijar su permanencia y felicidad. Mi
gloria es colmada, cuando veo instalado el congreso constituyente; en
él dimito el mando supremo que la absoluta necesidad me hizo tomar
contra los sentimientos de mi corazón, y lo he ejercido con tanta
repugnancia que sólo la memoria de haberlo obtenido acibarará, si
puedo decirlo así, los momentos del gozo más satisfactorio; si mis
servicios por la causa de América merecen consideraciones al congreso,
yo los represento hoy, sólo con el objeto de que no haya un solo
sufragante que opine sobre mi continuación al frente del gobierno. Por
lo demás, la voz del poder soberano de la nación será siempre oída
con respeto por San Martín, como ciudadano del Perú, y obedecida y
hecha obedecer por el mismo, como el primer soldado de la
libertad." (José de San Martín).
"Sean cuales
fueren las vicisitudes de la presente guerra, la independencia de la
América es irrevocable." (José
de San Martín).
"El amor a la Patria me hace echar sobre mí
toda responsabilidad si contribuyo a salvarla, aunque después me
ahorquen." (José de San Martín).
"Ayacucho... es el triunfo intelectual de
todos los grandes capitanes, desde la fantasía fascinadora que se llamó
Bolívar hasta la conciencia impasible que se llamó San Martín."
(Eugenio María de Hostos).
"En todo el siglo XX, América no ha dado
otro Bolívar ni otro San Martín, hombres que trepaban a las montañas
para no ahogarse en el egoísmo ni morirse de indiferencia. Para
aquellos titanes, la libertad de una nación no estaba garantizada si en
las vecindades había todavía pueblos esclavos."
(Juan José Arévalo).
"Los hombres dignos de Nuestra América
debemos imitar a Bolívar, Hidalgo y San Martín... si los gobiernos de
las naciones que van a la cabeza de Nuestra América estuvieran
presididos por un Simón Bolívar, un Benito Juárez o un San Martín,
otro sería nuestro destino, porque ellos sabrían que cuando la América
Central estuviese dominada por los piratas rubios, seguirían su turno México,
Colombia, Venezuela, etc...". (Augusto Sandino).
"Libres se
declaran los pueblos todos de América a la vez.
Surge Bolívar, con su cohorte de astros... hablándoles a sus indios va
el clérigo de México. Con la lanza en la boca pasan la corriente
desnuda los indios venezolanos. Los rotos de Chile marchan juntos, brazo
a brazo, con los cholos del Perú. Con el gorro frigio del liberto van
los negros cantando, detrás del estandarte azul. De poncho y bota de
potro, ondeando las bolas, van, a escape de triunfo, los escuadrones
gauchos. Cabalgan, suelto el cabello, los pehuenches resucitados,
voleando sobre la cabeza la chuza emplumada. Pintados de guerrear vienen
tendidos sobre el cuello los araucos, con la lanza de tacuarilla
coronada de pluma de colores; Y al alba, cuando la luz virgen se derrama
por los despeñaderos, se ve a San Martín, allá sobre la nieve, cresta
del monte y corona de la Revolución, que va, envuelto en su capa de
batalla, cruzando los Andes."
(José Martí).
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