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    LA ESCUELA COMO REFUGIO EN UN AISLADO PUEBLO DE SALTA

    Por Jesús Rodríguez 

 

   En plena zona cordillerana, un rancho de adobe, con piso de tierra y techo de chapa, se convirtió en el sitio obligado de los habitantes al que acuden en busca de ayuda de todo tipo.

   A Pascha no llegan cartas. Muy de vez en cuando aparece un médico. No hay agua potable, energía eléctrica, ni siquiera un centro de salud donde conseguir un analgésico para atenuar el apunamiento. No pasan colectivos ni hay bicicletas.
   La Escuela Albergue 4.599 Veteranos de Guerra y Caídos en Combate de Malvinas pasa a ser el sitio obligado donde la gente acude por ayuda: el radio VLU y la pantalla solar, donados por la Red Solidaria, luchan para sacar del olvido al pueblo.
    El valle de Pascha (voz quechua que significa Paz") está a 120 kilómetros de la ciudad de Salta, en la zona cordillerana del departamento Rosario de Lerma, a 3.800 metros de altura.

   El  camino dejó la empresa Teyma Abengoa cuando instaló las torres de alta tensión que llevaban energía eléctrica de Guemes a Chile cortó el aislamiento en el que vivían los pascheños. Cuando no está en condiciones, se usa el antiguo Paso del Inca que se conecta con la localidad de la Silleta, en el extremo oeste de Salta.
   La escuela es un rancho de adobe con piso de tierra. El techo es de chapa de zinc y tiene por cielorraso trozos de cartón para atenuar las bajas temperaturas.
   A un costado está el flamante albergue cuyos sanitarios y duchas no pueden ser utilizada por la falta de agua corriente. Para bañarse, los niños juntan agua de deshielo que baja por el río, la llevan en baldes y la calientan con fuego de leña.
   "Sólo necesitamos 600 metros de caños y una cisterna río arriba para traer el agua", explica la directora y maestra pluri grado, Elena Burgos de Farfán.
   La matrícula es de 35 alumnos, distribuidos en el nivel inicial, primero, segundo y tercer ciclo de EGB: "Los chicos más grandes todavía están en la marcada de animales que comienza en carnaval y termina en mayo. Esa costumbre es inmodificable", dice la maestra.
   Desde el camino sinuoso, los potreros delimitados con cercos de piedras servirán para la invernada de los animales, que aún no bajaron de los cerros. Cuando esto ocurra, Pascha albergará a veinte familias, algo así como 200 personas.
     Antes de que lleguen las duras nevadas, los pobladores acopiarán sus pequeñas cosechas que envuelven en pajas y guardan en pozos. Hacen charqui (carne salada secada al sol) y quesos que trocan entre ellos. Lo que les queda lo venden cuando bajan a Campo Quijano.
Las anécdotas de los lugareños se mezclan con la desgracia y la penuria. Por una emergencia, se camina ocho horas atravesando las agrestes montañas, ascendiendo hasta los 4.000 metros, para bajar a la Estación Ingeniero Maury (Ramal C-l4), donde son atendidos por los gendarmes.
   "Aquí, los médicos de Campo Quijano vienen por las autopsias, y nunca a ver si hay enfermos, o si nos falta medicamentos. Si hay un enfermo, me dan indicaciones por radio. Estaría bien si esto sirviese para aguantar hasta que un médico llegue. Pero no es así. Al
parecer no existimos para ellos", enfatiza la maestra.

    En el cementerio hay 23 sepulturas, 20 son de niños que no alcanzaron a tener atención médica: "El año pasado murió un bebé. Desde el hospital me pidieron que llevemos el cuerpo a la ruta (8 horas caminando), y ahí le hicieron la autopsia. No puede ser", se lamenta la maestra.
    Zulema Padilla, de 24 años, había salido del paraje Calderilla el día anterior con Pamela y Daiana, sus pequeñas hijas de 4 y 2 años. Ella las deja en la escuela donde les asegura la comida de la semana.
   Zulema vive sola con sus hijas, a seis horas del lugar. Una radio a transistores la acompaña. Las pilas se agotaron cuando aún era presidente Fernando de la Rúa.
   "Lo único que le puedo dar a Zulema es una caja de leche en polvo-dice la maestra-. Aunque me duela, no le puedo dar más. A comienzo de año gasté de mi bolsillo 500 pesos en mercaderías y útiles para mis alumnos. Me felicito porque ahora no podría adquirir ni la mitad".   
 

   Lo lamentable de esta situación es que el Ministerio de Educación le "devolvió" a la docente el dinero, con tres cheques diferidos, dos a cobrar en mayo, y el restante en junio, por la suma total que gastó en enero, ahora devaluada.

  En Pascha, por primera vez en la historia del lugar, quince hombres (descendientes de los incas) tienen un empleo estable aunque más no sea por cuatro meses. Las tareas consisten en abrir, a pala y pico, un camino para la escuela.

   "Cuando se instalaron las torres de alta tensión, hablé con los ingenieros y les pedí que con las máquinas tracen un camino hacia la escuela, y lo hicieron, y se lo agradecemos. Quedaron 3 kilómetros que ahora la gente, a pala y pico, los están dejando en condiciones", dice el intendente Carlos Sosa.

  El viento se encajona en la Quebrada Saladillo, donde la cuadrilla a cargo de Julián Barboza-el capataz-, avanza sin pausa ganándole a la falta de oxígeno de la Puna: "Tenemos que terminar los 12 kilómetros en mayo; nos falta poco", asegura.

   Entre el 15 y 20 de cada mes, estos peones deben recibir su salario, y para no atrasar las tareas, adelantan horas. Como Narciso Quipildor, todos deben ir a Rosario de Lerma (120 kilómetros) para cobrar el sueldo en el Banco Macro. Este trámite les demanda tres días de caminata.

   Historias de un pueblo fantasma

  El 6 de setiembre de 1996, el maestro Julio  López se desmayó ante sus alumnos. Román Alancay, el ordenanza, había salido a la ruta a recoger mercadería, y a su regreso, con la ayuda de los chicos, logró acostar en una cama al maestro, que pesaba 130 kilos. A las diez de la noche, Alancay salió caminando hacia Ingeniero Maury para pedir auxilio a los gendarmes. Llegó a las siete de la mañana. Desde la base se solicitó a Salta un helicóptero.

   Debido a un temporal, se demoró el rescate. López estuvo 40 horas sin asistencia. Murió siete días después.

  El año pasado, Zulema Padilla envolvió a su bebé enfermo en una manta, se lo echó a la espalda y caminó seis horas para llegar a la escuela. Su hijo se le murió a mitad de camino. El médico llegó para la autopsia, que se hizo sobre un banco escolar. Allí se determinó que el bebé se había ahogado con leche. (*)

(*) Fuente: "Un lugar en el mundo en el que la escuela es el único refugio", por Jesús Rodríguez, publicado en diario Clarín, el lunes 22 de abril del 2002, en la Ciudad de Buenos Aires, Argentina.

 

 

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