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EL COMBATE, EL PINO Y EL CONVENTO

Texto y fotos de Esteban Ierardo 

 

 

Imagen del Pino histórico bajo cuyas ramas el 3 de febrero de 1813 el entonces coronel San Martín dictó el parte del famoso combate de San Lorenzo.

 

En la ciudad de San Lorenzo, a pocos kilómentros de Rosario, en la provincia de Santa Fé, Argentina, se levanta el convento de San Carlos. Desde allí partió el ataque del Regimiento de Granaderos a caballo conducido por el entonces coronel San Martín. Era el bautismo de fuego de la famosa fuerza de caballería sanmartiniana. Luego de la lucha, San Martín escribió el parte del combate al pie del hoy histórico pino que aún alza sus ramas hacia las nubes y todavía recuerda las valerosas cargas de los granaderos. En el convento existe también un museo, donde puede respirarse los trágicos hechos de armas ocurridos en la llanura que circundaba al edificio religioso. Este lugar es parte del patrimonio histórico de nuestra Argentina Invisible. Allí todavía puede presentirse la firmeza de algunos antiguos hijos de esta tierra.

E.I

  

EL COMBATE, EL PINO Y EL CONVENTO

Texto y fotos de Esteban Ierardo 

 

El río y la llanura. El pino. El río Paraná. La tierra llana y, allí, el convento. Solitario. Una casa de oración eregida por los discípulos de San Francisco de Asís.

  Y es de noche. En los patios del templo religioso bufan los caballos que reciben atenciones de soldados arropados en uniformes azules, y botas negras. Cerca, sobre el suelo yacen sus cascos coronados por bordes gualdos.

  Y el coronel piensa. Planea. Con un aire encrespado por una continua atención. Se entrega algunos horas a los brazos del nocturno Morfeo. Pero, cuando el primer tibio estiletazo del sol, escala hasta la esguadaña del templo. Su ojo natural se prolonga con la magia del cristal de un catalejo. Sobre las aguas calladas, no muy lejos, se recortan las siluetas de las naves invasoras. Dentro, laten los hombres de la lejana España. Los bajeles se acercan a la costa. Racimos de reflejos de armas y casacas reverberan en las cubiertas.

  Y el coronel baja la escalera. En su ceño se apelotonan ya truenos y decisiones de hierro. Ordena a sus jóvenes bravos, a sus granaderos, a sus ciento veinte jinetes, que se agrupen en dos grupos. Por la derecha, atacará el capitán Bermúdez; el ataque por la izquierda será encabezado, con grito estridente y sable en mano, por el propio coronel.

 El comandante Zabala, el guerrero de robusta anatomía que vino de la península ibérica, ordena a los suyos el desembarco. Doscientos cincuenta soldados españoles ponen pie en tierra argentina. Avanzan tranquilos, hacia el cercano edificio eclesiástico.

 La mañana fulge entre los dedos del sol. Una brisa fresca endulza el aire. La creación es bella. Quizá el destino más alto de la vida sea el sosiego y la alabanza. Pero entonces los hombres han decidido otra historia.

  Porque es tiempo de guerra y hambre de libertad.

  Es tiempo de que el coronel José de San Martín arengue a sus bravos. Y que un volcán ruja en su garganta. El grito de la carga. Los granaderos se abren como dos tenazas mortales sobre lo que antes era la grácil llanura y ahora es incipiente páramo de muerte. El coronel San Martín recibe una descarga de fusilería; un

cañonazo mata a su caballo. El coronel cae a tierra. Una de sus piernas queda atrapada bajo el animal desplomado. Un sablazo roza su rostro; le endilga una herida cuya leve cicatriz perdurará por siempre. Un soldado hispánico advierte su condición de jefe. Es un águila que debe ser cegada. Corre el anónimo godo con su bayoneta en punta para perforar el pecho del jinete caído. Pero, antes, el granadero Juan Bautista Baigorria, lo atropella y atraviesa con su lanza. Otro soldado que desea acallar el corazón del jefe es detenido por una bala del sargento Juan Bautista Cabral; enérgico correntino que acude luego, a pesar de estar ya herido, a rescatar al coronel atrapado. En este empeño una nueva herida, mortal esta vez, le horada la carne.

  Y el oficial Hipólito Bouchard arrebata una bandera enemiga. El capitán Bermúdez reúne a los granaderos. Lanza una segunda carga. Los españoles emprenden la retirada.

  Según el decir de Mitre, el historiador:

  "La cuadrilla (española) rompió... el fuego para  proteger la retirada, y una de las balas hiere mortalmente al capitán Bermúdez... El Teniente Manuel Díaz Vélez que le acompañaba, arrebatado por su entusiasmo y el ímpetu de su caballo, se despeñó de la barranca, por la ley de la inercia, al plantarse en seco su caballo ante la proximidad de la barranca -según cuenta la tradición- recibiendo en su caída un balazo en la frente y dos bayonetazos en el pecho" (Bartolomé Mitre, Historia de San Martín, 2da edición, p.179).

  A pesar de que el jefe de la carga patriota y su segundo quedaron fuera de combate, los españoles ya no tenían oportunidad de reorganizarse dado que:

  "Estrechados sobre el borde la barranca y sin tiempo para rehacerse, los últimos dispersos no pudieron mantener la posición y se lanzaron en fuga a la playa baja, precipitándose muchos de ellos al despeñadero por no acertar a encontrar las sendas de comunicación. Una vez reunidos en la playa y cubiertos por las barranca, como una trinchera protegida por el fuego de las embarcaciones, escapados de los sables de los Granaderos consiguieron reembarcarse" (B. Mitre, op.cit, p.112).

   El combate de San Lorenzo ocurrió el 3 de febrero de 1813. Como consecuencia de esta acción de guerra, murieron 14 granaderos (entre los cuales había un chileno, Julián Alsogaray; un francés, Domingo Porteau; y dos uruguayos, Ramón Amador, y el capitán Bermúdez, de posterior fallecimiento).

  Las pérdidas realistas, según el parte de José de San Martín:

  "Al punto se replegaron en fuga los realistas dejando en el campo de batalla 40 muertos, 14 prisioneros, de ellos 12 heridos, sin incluir a los que se desplomaron  y llevaron consigo, que por los regueros de sangre que se ven en las barrancas considero mayor número".

 

  El convento de San Carlos permanece junto al viejo campo de combate. El convento es hoy también un museo. Allí, pueden visitarse el antiguo comedor delos sacerdotes franciscanos que actuó luego del combate como hospital de sangre. Allí, el doctor Argerich atendió a los heridos. Sobre las amplias maderas de las mesas que aún permanecen intactas, murió el sargento Cabral. En otra sala se conservan objetos vinculados con el combate (balas de cañón, espadas, cartas, mapas). La habitación donde durmió el entonces coronel San Martín antes de la primera carga de sus granaderos. Otra de las habitaciones albergó al malherido capitán Bermúdez. La  segunda carga que éste encabezó fue excesivamente abierta, lo que facilitó la retirada española. Algunos creen que Bermúdez no pudo tolerar el sentimiento de culpa por aquella maniobra defectuosa. Sea por esto, o por la angustia que le causaba la inminente amputación de su pierna herida, Bermúdez se aflojó el torniquete que presionaba su rótula para impedir la hemorragia. Así se desangró hasta morir.

  En la parte posterior del convento respira todavía el pino. El pino a cuyos pies escribió o dictó, el coronel San Martín, aún herido y tiznado de polvo, el parte del reciente combate.

   En la ciudad santafesina de San Lorenzo, para aquellos que no teman al atrevimiento de las evocaciones imaginativas y sientan respeto por los hechos trascendentes de la historia, aún puede escucharse los gritos de una mañana de sol y sangre. Un día donde un joven nacido en Yapeyú inició la larga travesía que ayudaría a que una bandera con los colores del cielo se desplegara independiente, y henchida por los sueños de una gran nación que nunca se cumplirían.

 

 

 

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El pino bajo cuyas ramas San Martín escribió (o quizá dictó al teniente Mariano Necochea ) el parte del reciente combate de San Lorenzo, era seguramente uno de los árboles de la huerta conventual plantados por los franciscanos hacia 1790. Actualmente está circundado por una verja de hierro que fue construida por orden del famoso Ministro de Guerra Gral. Pablo Richierri. La situación del árbol hacia mediados del siglo pasado era preocupante por lo que, según Roberto Iván Biraghi, en su Reseña histórica de la zona de San Lorenzo: "en 1955 el gobierno nacional encomendara al científico japonés Miyamoto  Katsusaburo (fallecido en Japón) la tarea de su conservación. Logró hacerlo reverdecer aplicándole una hormona vegetal de su descubrimiento, denominada 'auxina'".

Hoy, el pino propaga seguro sus ramas hacia la altura y su madera quizá aún recuerda el pasado sanmartiniano.

 

 

 

 

 

RETORNO A SAN LORENZO

Por Esteban Ierardo

 (El 3 de febrero de 1813 el entonces coronel San Martín encabezó al regimiento de caballería de granaderos en su ataque contra los españoles en un paraje frente al convento franciscano de San Lorenzo. Porteau, el granadero mencionado durante el poema y con el que se entabla una imaginaria proximidad, murió en el combate. 

Este poema fue escrito en el campo de la batalla)

 

La mañana sube a la tierra

tras el agua y la floresta ribereña del Paraná.

Por las barracas, por las escaleras y angostos senderos húmedos,

suben los realistas con los cañones

(que vomitan el hierro circular y negro),

y con los fusiles 

de las balas certeras.

 

Siembran el pasto matinal

con sus pisadas hacia el convento erguido bajo su cruz.

 

Y por el lomo de un caballo

asciende un grillo;

por las botas negras aún se desplaza

en su osada y desapercibida exploración

una hormiga de fogosa voluntad.

Algunos pájaros saltan sobre la esguadaña del templo.

Un hornero recién acaba de concluir

su mansión de barro paciente.

 

En la rutina de brisas y gorjeos del nuevo día

una lanza de filo seguro corta el aire.

 Aire que sangra la ansiedad por el comienzo.

Por el inicio del sueño de una nación.

En este origen, hablarán las espadas

con el viril alarido marcial.

 

Pero, a pesar de tanta necesaria rudeza,

un corazón de niño sueña en los patriotas.

El sueño de un país de cumbres dignas

y de trigo generoso en cada boca.

 

 Entonces, hoy, en un filamento de pasado

del viejo campo del combate,

se me ocurre escucharte a ti

que dices que me imaginaste deambulando la última noche

por la tierra que hoy será nuestra.

Y me pides que nuevamente te vea 

en aquella mañana del 3 de febrero...

 

En esta mañana

tras el convento de las blancas paredes,

te arenga tu comandante.

A pesar del inminente terremoto de historia que les aguarda,

un color sereno pinta su presencia.

Son muchas las batallas que ya han tronado en su cerebro.

Entonces su voz ya no es palabra sosegada.

Ahora su garganta revienta en el grito;

ahora su palabra es el fuego que se inicia

para incendiar el peligro de no ser.

 

Entonces, ciento veinte jinetes,

granaderos a caballos los llaman,

arrojan hacia adelante su hombría como flechas incandescentes;

son el pico asesino de un solo pájaro feroz.

 

Y mientras rozan la planicie

con los cascos salvajes de sus caballos,

los enemigos,

los carceleros aún de nuestro futuro,

les envían dientes negros de dragón,

lo que regalan los cañones en la batalla;

les envían pequeñas esferas penetrantes,

lo que los fusiles ofrendan a la guerra. 

 

Y algunos de los bravos que atacan se detienen.

Un vendaval de dolor se enloquece en sus ojos.

Los otros, llegan con sus caballos furiosos

hasta la boca abierta y confundida de los godos.

 

Y venas quebradas,

quejidos de muerte,

se apoltronan en la piel mutilada de los invasores.

 

Son para ellos, los jinetes que atacan,

una avalancha de dioses que gritan victoria.

 

Pero que no son inmortales.  

Pero que no pueden saber qué tan hondo

te taladró el pecho una bala.

Sé que un mar de lodo hirviente

se precipita hacia el fondo de tus entrañas.

 

Alguna vez naciste y viviste en Francia.

Porteau te dicen.

Eres el único que,

lo mismo que tu comandante,

cruzaste un océano

para ser aquí un ola que ataca.

 

Ahora, luego de tu hora de guerrero,

contemplas y escuchas la guerra que te merodea

con la música siniestra que cantan

los cuerpos que se combaten.

 

Un español se te acerca.

Es un casi un muchacho

que corre hacia ti

con una tempestad de terror en la mirada.

Quizá les has provocado un relámpago de compasión.

Quizá quiere ayudarte a que la voz ronca

de la vida que se desmembra

ya no golpee tus oídos.

 

Entonces, te hunde su bayoneta.

Cerca de tu hígado creo.

Tu agresor grita luego

delante del brillo de una espada.

 

Y escucho, poco a poco,

los tambores de la victoria

en esas gargantas que, las reconozco,

son las de tus compañeros en la carga frenética.

 

Y caes pesado sobre la tierra.

Quieras empezar a descansar.

Quieres pedir disculpas

por los hombres,

que el destino y su hoz

te obligaron a silenciar.

 

Y un desierto frío corre por tus piernas.

Pronto llegará hasta la llama de tus últimos latidos.

 

Y vas queriendo sólo el silencio

 cuando vez por última vez

tus manos afiebradas por un humo rojo;

cuando tus ojos, que aún no se cierran,

ven la altura por la que luchaste,

el cielo de un país futuro

que no sea el cementerio de los sueños.

 

 

 

 

 

 

 

   ©  Temakel. Por Esteban Ierardo