
(El
3 de febrero de 1813 el entonces coronel
San Martín encabezó al regimiento de caballería
de granaderos en su ataque contra los
españoles en un paraje frente al convento
franciscano de San Lorenzo. Porteau, el
granadero mencionado durante el poema
y con el que se entabla una imaginaria
proximidad, murió en el combate.
Este
poema fue escrito en el campo de la batalla)
La
mañana sube a la tierra
tras
el agua y la floresta ribereña del Paraná.
Por
las barracas, por las escaleras y angostos
senderos húmedos,
suben
los realistas con los cañones
(que
vomitan el hierro circular y negro),
y
con los fusiles
de
las balas certeras.
Siembran
el pasto matinal
con
sus pisadas hacia el convento erguido bajo su
cruz.
Y
por el lomo de un caballo
asciende
un grillo;
por
las botas negras aún se desplaza
en
su osada y desapercibida exploración
una
hormiga de fogosa voluntad.
Algunos
pájaros saltan sobre la esguadaña del templo.
Un
hornero recién acaba de concluir
su
mansión de barro paciente.
En
la rutina de brisas y gorjeos del nuevo día
una
lanza de filo seguro corta el aire.
Aire
que sangra la ansiedad por el comienzo.
Por
el inicio del sueño de una nación.
En
este origen, hablarán las espadas
con
el viril alarido marcial.
Pero,
a pesar de tanta necesaria rudeza,
un
corazón de niño sueña en los patriotas.
El
sueño de un país de cumbres dignas
y
de trigo generoso en cada boca.
Entonces,
hoy, en un filamento de pasado
del
viejo campo del combate,
se
me ocurre escucharte a ti
que
dices que me imaginaste deambulando la última
noche
por
la tierra que hoy será nuestra.
Y
me pides que nuevamente te vea
en
aquella mañana del 3 de febrero...
En
esta mañana
tras
el convento de las blancas paredes,
te
arenga tu comandante.
A
pesar del inminente terremoto de historia que les
aguarda,
un
color sereno pinta su presencia.
Son
muchas las batallas que ya han tronado en su
cerebro.
Entonces
su voz ya no es palabra sosegada.
Ahora
su garganta revienta en el grito;
ahora
su palabra es el fuego que se inicia
para
incendiar el peligro de no ser.
Entonces,
ciento veinte jinetes,
granaderos
a caballos los llaman,
arrojan
hacia adelante su hombría como flechas
incandescentes;
son
el pico asesino de un solo pájaro feroz.
Y
mientras rozan la planicie
con
los cascos salvajes de sus caballos,
los
enemigos,
los
carceleros aún de nuestro futuro,
les
envían dientes negros de dragón,
lo
que regalan los cañones en la batalla;
les
envían pequeñas esferas penetrantes,
lo
que los fusiles ofrendan a la guerra.
Y
algunos de los bravos que atacan se detienen.
Un
vendaval de dolor se enloquece en sus ojos.
Los
otros, llegan con sus caballos furiosos
hasta
la boca abierta y confundida de los godos.
Y
venas quebradas,
quejidos
de muerte,
se
apoltronan en la piel mutilada de los invasores.
Son
para ellos, los jinetes que atacan,
una
avalancha de dioses que gritan victoria.
Pero
que no son inmortales.
Pero
que no pueden saber qué tan hondo
te
taladró el pecho una bala.
Sé
que un mar de lodo hirviente
se
precipita hacia el fondo de tus entrañas.
Alguna
vez naciste y viviste en Francia.
Porteau
te dicen.
Eres
el único que,
lo
mismo que tu comandante,
cruzaste
un océano
para
ser aquí un ola que ataca.
Ahora,
luego de tu hora de guerrero,
contemplas
y escuchas la guerra que te merodea
con
la música siniestra que cantan
los
cuerpos que se combaten.
Un
español se te acerca.
Es
un casi un muchacho
que
corre hacia ti
con
una tempestad de terror en la mirada.
Quizá
les has provocado un relámpago de compasión.
Quizá
quiere ayudarte a que la voz ronca
de
la vida que se desmembra
ya
no golpee tus oídos.
Entonces,
te hunde su bayoneta.
Cerca
de tu hígado creo.
Tu
agresor grita luego
delante
del brillo de una espada.
Y
escucho, poco a poco,
los
tambores de la victoria
en
esas gargantas que, las reconozco,
son
las de tus compañeros en la carga frenética.
Y
caes pesado sobre la tierra.
Quieras
empezar a descansar.
Quieres
pedir disculpas
por
los hombres,
que
el destino y su hoz
te
obligaron a silenciar.
Y
un desierto frío corre por tus piernas.
Pronto
llegará hasta la llama de tus últimos latidos.
Y
vas queriendo sólo el silencio
cuando
vez por última vez
tus
manos afiebradas por un humo rojo;
cuando
tus ojos, que aún no se cierran,
ven
la altura por la que luchaste,
el
cielo de un país futuro
que
no sea el cementerio de los sueños.