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Objeto
decorativo de origen indígena perteneciente al Museo "Mosoj
ñam" en el norte argentino dirigido por el antropólogo
jujeño Abel Mogro
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Este espacio de Temakel le abre las puertas al museo que Abel
Mogro, un antropólogo jujeño está construyendo y enriqueciendo
todos los días con esfuerzo, sin apoyo económico. Por pura pasión.
Allí pasamos algunas horas y fuimos honrados con una clase de
antropología preincaica. Además, nos enteramos de la actividad
diaria de ayuda escolar que él brinda allí.
El
nombre del museo "Mosoj Ñam", quiere decir "el
camino nuevo", ese que Abel va haciendo pasito a paso.
"Cuando
me siento perdido
y la
oscuridad rodea mi corazón,
Yo
canto canciones de mis abuelos
y mis
ancestros bailan a mi alrededor.
Un
indio nunca está solo."
Howard
Rainer.
Recorrer La Quebrada es andar sobre el tiempo; llegar a La Quiaca
es sumergirse en el tiempo.
La
dirección de turismo de San Salvador de Jujuy, como las de otras
localidades de la provincia, manejan escasa información. Los dos
o tres datos que brindan hay que exprimirlos al máximo. Y allí
comienza el misterio.
En La
Quiaca, la señorita que atiende la oficina promociona el orgullo
de la ciudad: el polideportivo. "Ah, pero si usted está
interesado en lo cultural, aquí a unas cuadras puede visitar el
museo antropológico que es atendido por Abel, Abel Mogro, un
antropólogo. Queda acá a unas cuadras, en prolongación
Sarmiento n° 60."
Se
abre una puertita de madera y entro. Un hombre de piel cetrina y
de pelo largo, lacio y negro me tiende una mano trabajada por la
piedra.
-Qué
tal, Abel Mogro -dice levemente y espera.
Me
presento. La nube verde que empaña mis ojos no me deja ver claro
todavía. Él desliza unos pasos y prende la luz. La habitación
tiene una mesa en el centro con algunas carpetas encima. Unas
vitrinas de dos estantes rodean las paredes del cuarto. Se queda
mirando, de lado. Me acerco a una y observo unas vasijas con
rostro humano, después unos platos con serpientes moldeadas. Él
sigue esperando. Miro al estante de abajo y veo más vasijas, más
jarros, las rodeo sin saber bien qué estoy mirando, imantado por
lo que en ellas late. Él sigue en silencio.
Giro a
la derecha y alcanzo a ver unas piezas de maciza negrura pulida.
-Es
basalto negro tallado hace 1200 años, responde tranquilo. De una
civilización diferente de la que estabas mirando antes. Fijate
las ocarinas, hechas en esa misma piedra.
Espero
que continúe, pero se detiene, como esperando el llamado de mi
interés. Como mantengo la vista ahí clavada, sigue:
-Hace
poco vino una musicóloga que había estudiado la técnica para
tocar esos instrumentos y no sabés lo lindo que suenan –dice
como volviéndolos a escuchar.
-Ah
-es todo lo que mi asombro dice, intentando imaginar los sonidos.
Sigo
por el estante con la vista donde descansan otras piezas talladas
y me detengo en una que encuentro parecida al calendario azteca,
tal vez menos sofisticada (foto abajo derecha). Maravillado le pregunto y me contesta
de a poco. ¿Y se sabe a quién perteneció y de qué fecha es?
Las
preguntas brotan locas y él va respondiéndolas tranquilo, en
orden, con la habilidad para dejar la respuesta con varias
ventanas y hasta con la puerta abierta, como invitándome a entrar
sin darme el empujón, franqueándome el paso.
Dosificado,
haciendo las pausas necesarias para no llenarme de datos, cuenta
que allí en el museo tiene objetos y elementos cotidianos de las
tres civilizaciones aborígenes que habitaron la Puna. Se detiene
especialmente para aclarar que la incaica fue la última
civilización que vivió allí, no más de 80 años, antes de la
llegada de los españoles.
-Hay
que tener en cuenta que antes de los Incas acá hubo
civilizaciones muy desarrolladas, con una tecnología propia y muy
rica que después los Incas adaptaron, y que fue a ellos a los que
encontraron los españoles, por eso se tiene la idea de que todo
es incaico.
Cada
explicación es sustentada por un elemento que señala o evoca.
-Los
Tihuanacos o aymara, palabra que quiere decir: hombres de la
altura, se cree que fueron los primeros habitantes. El sol,
Wiracocha, era su dios y toda esta cerámica: los antropovasos,
los zooplatos eran hechos por ellos. Ellos ya habían domesticado
plantas y animales y ya conocían el arte del cultivo en terrazas.
En
silencio espero que él prosiga, lo hace muy de a poco.
-Ya
ellos empedraron algunas calles y rutas.
-¿Y
cómo es que siendo tan avanzados, los Incas los pasaron por
arriba? –pregunta mi occidentalito buscador de líneas rectas.
-El
proceso fue largo y responde a varias razones. Fueron atacados en
varias olas invasivas antes de que llegaran los Incas, además
comenzaron a tener guerras internas, se cree que de poder. Y, por
último y debilitados, la corriente del niño terminó por
diezmarlos. Por eso a mí no me gusta decir que este es un museo
antropológico, sino que es etnográfico, porque a mí me
interesan los hombres y los objetos sólo si me sirven para
conocer más a mis antepasados.
-¿El
museo tiene un orden establecido de exposición?
-Sí,
pero una vez por semana cambio alguna vitrina. Guardo las piezas
que estaban expuestas y pongo otras para que el visitante cuando
vuelve, siempre tenga nuevas cosas. Así, el interés de los
chicos se mantiene constante y todas las semanas aprenden cosas
nuevas.
-Perdón,
pero me estaba contando.
-Sí,
los Kollas vinieron después de los Aymará y recién después de
ellos los Incas que se apropiaron de la cultura Nazca (Chanchán),
de los Tihuanacos y de los Kollas.
Pasan
dos horas y seguimos parados, Abel como hábil domador de mis
preguntas de orden caótico.
Es
cerca del mediodía cuando un chico de guardapolvo blanco entra y
saluda con la mano. Abel pide disculpas y sale por la puerta hacia
el interior de su casa.
-¿Cómo
te llamas? -le pregunto al chico.
-Martín.
-¿Venís
a ver algo?
-Soy
socio del museo -me responde altivo.
-¿Cómo?
-Sí,
vengo a estudiar acá y después salimos los fines de semana a
buscar cosas al río y a....
Vuelve
Abel con un libro que le da a Martín y me señala las carpetas
escolares con dibujos de biología, cálculos matemáticos, algún
tachón y unos cuadros, con el mismo respeto con que señalaba los
objetos arcaicos.
-Es
que hago apoyo escolar y le presto libros de la biblioteca que
estoy armando y que necesitan los chico -me explica-. Porque la
biblioteca pública les cobra un peso por cada libro que quieren
retirar, así que los que son socios de acá, los pueden usar
aquí mismo o llevárselos. Gratis, total los devuelven en
seguida, intactos.
Vasija
a medio construir por los niños que asisten al Museo |
Un
momento después entra otro chico a las corridas sin mirarme.
-¿Y,
profe? Analizó la piedra esa, del otro día.
Abel
se acerca a la vitrina donde tiene expuestos huesos de animales
extintos, como el gliptodonte y el perro americano, que han
encontrado por la zona. Levanta una piedrita y dice:
-Sí,
Javier, es obsidiana. Una piedra muy dura que deben haber traído
de otro lado.
-Qué
bueno, gracias -responde y sale apurado.
-Están
enganchados, eh -comento.
-Sí,
les encanta, porque los fines de semana salgo con los que le he
ensañado a reconocer las piedras trabajadas de las que no lo son
y me ayudan a buscar. No sabés la cantidad de cosas que ya han
encontrado: puntas de flecha y otros objetos. Esa, por ejemplo -se
acerca a una vasija que está apoyada sobre una vitrina, a medio
armar y me la muestra-. Ves, esta ya la encontramos casi entera y
la estamos pegando con los chicos los fines de semana. Para ellos
es como un rompecabezas que hacemos al volver del trabajo de
campo.
Levanta
una bolsa que está junto a unos recipientes de barro y empieza a
sacar, una a una, las puntas de flecha que fueron encontrando.
Veinte minutos después, media mesa está cubierta de varios
modelos y todos los tamaños: con y sin pedúnculo, para caza
mayor o para pequeñas aves, del año mil después de cristo, al
mil antes.
Sólo
esa colección bastaría como ejemplo de las distintas
civilizaciones que habitaron la zona.
-Y
todas las encontramos con los chicos por acá nomás. Tiradas
-dice.
-Mirá,
Abel, me quedaría todo el día pero se me está haciendo tarde
para ir a Cerros Colorados, donde me dijeron que había pinturas
rupestres.
-Sí,
claro, es hermoso, y con quién vas.
-No
sé, pensaba ir solo.
-¿Querés
que te acompañe? Porque si no, sólo vas a ver dibujos y si
preguntas por ahí te van a decir que todo pertenecía a los Incas
y allí están claramente diferenciadas las etapas y etnias que
habitaron esta tierra, hasta algunas que pasaron.
-Me
encantaría, pero ¿no tenés cosas que hacer?
-Sí,
pero para las dos de la tarde voy a haber terminado y puedo
acompañarte.
-Perfecto,
entonces paso a esa hora y vamos, gracias.
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El
antropólogo Abel Mogro (izquierda) junto a Andrés
Manrique. |
(*)
Para comunicarse o enviar libros y/o útiles el museo MOSOJ ÑAM,
hacerlo a La Quiaca, provincia de Jujuy, Argentina. Su dirección
es: Prolongación Sarmiento n° 60. Código Postal: 4650. Teléfono:03885-423423.
Correo electrónico:
iacit@mixmail.com