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MUSEO "MOSOJ ÑAM" (*)

Por Andrés Manrique

  

Objeto decorativo de origen indígena perteneciente al Museo "Mosoj ñam" en el norte argentino dirigido por el antropólogo jujeño Abel Mogro

 

Este espacio de Temakel le abre las puertas al museo que Abel Mogro, un antropólogo jujeño está construyendo y enriqueciendo todos los días con esfuerzo, sin apoyo económico. Por pura pasión. Allí pasamos algunas horas y fuimos honrados con una clase de antropología preincaica. Además, nos enteramos de la actividad diaria de ayuda escolar que él brinda allí.

El nombre del museo "Mosoj Ñam", quiere decir "el camino nuevo", ese que Abel va haciendo pasito a paso.

 

"Cuando me siento perdido

y la oscuridad rodea mi corazón,

Yo canto canciones de mis abuelos

y mis ancestros bailan a mi alrededor.

Un indio nunca está solo."

Howard Rainer.

 

   Recorrer La Quebrada es andar sobre el tiempo; llegar a La Quiaca es sumergirse en el tiempo.

La dirección de turismo de San Salvador de Jujuy, como las de otras localidades de la provincia, manejan escasa información. Los dos o tres datos que brindan hay que exprimirlos al máximo. Y allí comienza el misterio.

En La Quiaca, la señorita que atiende la oficina promociona el orgullo de la ciudad: el polideportivo. "Ah, pero si usted está interesado en lo cultural, aquí a unas cuadras puede visitar el museo antropológico que es atendido por Abel, Abel Mogro, un antropólogo. Queda acá a unas cuadras, en prolongación Sarmiento n° 60."

Se abre una puertita de madera y entro. Un hombre de piel cetrina y de pelo largo, lacio y negro me tiende una mano trabajada por la piedra.

-Qué tal, Abel Mogro -dice levemente y espera.

Me presento. La nube verde que empaña mis ojos no me deja ver claro todavía. Él desliza unos pasos y prende la luz. La habitación tiene una mesa en el centro con algunas carpetas encima. Unas vitrinas de dos estantes rodean las paredes del cuarto. Se queda mirando, de lado. Me acerco a una y observo unas vasijas con rostro humano, después unos platos con serpientes moldeadas. Él sigue esperando. Miro al estante de abajo y veo más vasijas, más jarros, las rodeo sin saber bien qué estoy mirando, imantado por lo que en ellas late. Él sigue en silencio.

Giro a la derecha y alcanzo a ver unas piezas de maciza negrura pulida.

-Es basalto negro tallado hace 1200 años, responde tranquilo. De una civilización diferente de la que estabas mirando antes. Fijate las ocarinas, hechas en esa misma piedra.

Espero que continúe, pero se detiene, como esperando el llamado de mi interés. Como mantengo la vista ahí clavada, sigue:

-Hace poco vino una musicóloga que había estudiado la técnica para tocar esos instrumentos y no sabés lo lindo que suenan –dice como volviéndolos a escuchar.

-Ah -es todo lo que mi asombro dice, intentando imaginar los sonidos.

Sigo por el estante con la vista donde descansan otras piezas talladas y me detengo en una que encuentro parecida al calendario azteca, tal vez menos sofisticada (foto abajo derecha). Maravillado le pregunto y me contesta de a poco. ¿Y se sabe a quién perteneció y de qué fecha es?

Las preguntas brotan locas y él va respondiéndolas tranquilo, en orden, con la habilidad para dejar la respuesta con varias ventanas y hasta con la puerta abierta, como invitándome a entrar sin darme el empujón, franqueándome el paso.

Dosificado, haciendo las pausas necesarias para no llenarme de datos, cuenta que allí en el museo tiene objetos y elementos cotidianos de las tres civilizaciones aborígenes que habitaron la Puna. Se detiene especialmente para aclarar que la incaica fue la última civilización que vivió allí, no más de 80 años, antes de la llegada de los españoles.

-Hay que tener en cuenta que antes de los Incas acá hubo civilizaciones muy desarrolladas, con una tecnología propia y muy rica que después los Incas adaptaron, y que fue a ellos a los que encontraron los españoles, por eso se tiene la idea de que todo es incaico.

Cada explicación es sustentada por un elemento que señala o evoca.

-Los Tihuanacos o aymara, palabra que quiere decir: hombres de la altura, se cree que fueron los primeros habitantes. El sol, Wiracocha, era su dios y toda esta cerámica: los antropovasos, los zooplatos eran hechos por ellos. Ellos ya habían domesticado plantas y animales y ya conocían el arte del cultivo en terrazas.

En silencio espero que él prosiga, lo hace muy de a poco.

-Ya ellos empedraron algunas calles y rutas.

-¿Y cómo es que siendo tan avanzados, los Incas los pasaron por arriba? –pregunta mi occidentalito buscador de líneas rectas.

-El proceso fue largo y responde a varias razones. Fueron atacados en varias olas invasivas antes de que llegaran los Incas, además comenzaron a tener guerras internas, se cree que de poder. Y, por último y debilitados, la corriente del niño terminó por diezmarlos. Por eso a mí no me gusta decir que este es un museo antropológico, sino que es etnográfico, porque a mí me interesan los hombres y los objetos sólo si me sirven para conocer más a mis antepasados.

-¿El museo tiene un orden establecido de exposición?

-Sí, pero una vez por semana cambio alguna vitrina. Guardo las piezas que estaban expuestas y pongo otras para que el visitante cuando vuelve, siempre tenga nuevas cosas. Así, el interés de los chicos se mantiene constante y todas las semanas aprenden cosas nuevas.

-Perdón, pero me estaba contando.

-Sí, los Kollas vinieron después de los Aymará y recién después de ellos los Incas que se apropiaron de la cultura Nazca (Chanchán), de los Tihuanacos y de los Kollas.

Pasan dos horas y seguimos parados, Abel como hábil domador de mis preguntas de orden caótico.

Es cerca del mediodía cuando un chico de guardapolvo blanco entra y saluda con la mano. Abel pide disculpas y sale por la puerta hacia el interior de su casa.

-¿Cómo te llamas? -le pregunto al chico.

-Martín.

-¿Venís a ver algo?

-Soy socio del museo -me responde altivo.

-¿Cómo?

-Sí, vengo a estudiar acá y después salimos los fines de semana a buscar cosas al río y a....

Vuelve Abel con un libro que le da a Martín y me señala las carpetas escolares con dibujos de biología, cálculos matemáticos, algún tachón y unos cuadros, con el mismo respeto con que señalaba los objetos arcaicos.

-Es que hago apoyo escolar y le presto libros de la biblioteca que estoy armando y que necesitan los chico -me explica-. Porque la biblioteca pública les cobra un peso por cada libro que quieren retirar, así que los que son socios de acá, los pueden usar aquí mismo o llevárselos. Gratis, total los devuelven en seguida, intactos.

Vasija a medio construir por los niños que asisten al Museo

Un momento después entra otro chico a las corridas sin mirarme.

-¿Y, profe? Analizó la piedra esa, del otro día.

Abel se acerca a la vitrina donde tiene expuestos huesos de animales extintos, como el gliptodonte y el perro americano, que han encontrado por la zona. Levanta una piedrita y dice:

-Sí, Javier, es obsidiana. Una piedra muy dura que deben haber traído de otro lado.

-Qué bueno, gracias -responde y sale apurado.

-Están enganchados, eh -comento.

-Sí, les encanta, porque los fines de semana salgo con los que le he ensañado a reconocer las piedras trabajadas de las que no lo son y me ayudan a buscar. No sabés la cantidad de cosas que ya han encontrado: puntas de flecha y otros objetos. Esa, por ejemplo -se acerca a una vasija que está apoyada sobre una vitrina, a medio armar y me la muestra-. Ves, esta ya la encontramos casi entera y la estamos pegando con los chicos los fines de semana. Para ellos es como un rompecabezas que hacemos al volver del trabajo de campo.

Levanta una bolsa que está junto a unos recipientes de barro y empieza a sacar, una a una, las puntas de flecha que fueron encontrando. Veinte minutos después, media mesa está cubierta de varios modelos y todos los tamaños: con y sin pedúnculo, para caza mayor o para pequeñas aves, del año mil después de cristo, al mil antes.

Sólo esa colección bastaría como ejemplo de las distintas civilizaciones que habitaron la zona.

-Y todas las encontramos con los chicos por acá nomás. Tiradas -dice.

-Mirá, Abel, me quedaría todo el día pero se me está haciendo tarde para ir a Cerros Colorados, donde me dijeron que había pinturas rupestres.

-Sí, claro, es hermoso, y con quién vas.

-No sé, pensaba ir solo.

-¿Querés que te acompañe? Porque si no, sólo vas a ver dibujos y si preguntas por ahí te van a decir que todo pertenecía a los Incas y allí están claramente diferenciadas las etapas y etnias que habitaron esta tierra, hasta algunas que pasaron.

-Me encantaría, pero ¿no tenés cosas que hacer?

-Sí, pero para las dos de la tarde voy a haber terminado y puedo acompañarte.

-Perfecto, entonces paso a esa hora y vamos, gracias.

El antropólogo Abel Mogro (izquierda) junto a Andrés Manrique.

(*) Para comunicarse o enviar libros y/o útiles el museo MOSOJ ÑAM, hacerlo a La Quiaca, provincia de Jujuy, Argentina. Su dirección es: Prolongación Sarmiento n° 60. Código Postal: 4650. Teléfono:03885-423423. Correo electrónico: iacit@mixmail.com

 

 

 

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