En
Berlín, su hermano trabajaba como montajista en la industria del
cine y, gracias a él, Grete dio con el maestro, Walter Peterhans.
Durante unos meses fue su única discípula hasta que en 1928 se
le sumó Ellen Auerbach y se hicieron muy amigas. Grete reconoce
que fue Peterhans quien le enseñó a mirar fotográficamente,
pues el maestro, además de fotógrafo y matemático, tenía un
amplio y abierto saber filosófico. Al año siguiente, la Bauhaus
de Dessau invitó a Peterhans para incorporarse como coordinador
de un taller de fotografía y Grete aprovechó y le compró el
equipo. Lo instaló en su departamento y se asoció con su condiscípula,
Auerbach.
Grete
y Ellen formaron un estudio que bautizaron con sus sobrenombres
infantiles: ringl + pit,
respectivamente. Con él se dedicaron a la imagen publicitaria
hasta 1933, año en que el advenimiento del nazismo clausuró el
futuro de Alemania hasta el final de la Segunda Guerra. Poco
tiempo antes de esa larga oscuridad, las fotógrafas habían
conseguido el primer premio de anuncio publicitario en el Concurso
Internacional de Bruselas. Luis Priamo destaca que en ese momento
la publicidad moderna recién estaba rompiendo el cascarón. Aún
no estaba sometida a la férrea organización industrial, por lo
tanto, la publicidad comercial permanecía abierta a la libre
invención, tanto para la proyección teórica como para temáticas
sociales. Joost Schmidt, director del taller de publicidad de la
Bauhaus, "entendía a la publicidad como comunicación e
información. La publicidad debía convencer mediante una
representación gráfica de hechos, de datos económicos y científicos
y no ser propaganda y persuasión."
Así, función social y publicidad aún eran actividades
compatibles y hasta complementarias. Priamo plantea que las fotos
de ringl + pit no se
plegaban a la ideología publicitaria, sino que ironizaban
sutilmente sobre la femineidad "deseable" que imponían
los valores dominantes y que el mensaje publicitario corriente
exaltaba, socavando de ese modo el verosímil fetichizante de la
propaganda. Esta mirada oblicua, este espíritu contestatario es
el que va a mantener durante toda su labor artística Grete.
En
1932, durante un curso de fotografía en la Bauhaus, Grete conoció
a su futuro esposo, Horacio Coppola.
Tras
el ascenso de Hitler, la pareja emigra a Inglaterra. Se casan a
principios de 1935. Este año funciona como una compuerta
evolutiva para Grete. Embarazada de su hija Silvia, viajan en
agosto a la Argentina y dos meses después exhiben sus trabajos en
los salones de la Editorial Sur (centro prestigioso de la
intelligentzia argentina), invitados por Victoria Ocampo,
directora y dueña de la revista y la editorial homónima. Si bien
la crítica de la época fue ciega al material que componía tal
muestra, actualmente es considerada como la primera exposición de
fotografía moderna realizada en el país. Los retratos,
composiciones, fotos publicitarias y paisajes habían sido
realizados en Alemania e Inglaterra. Además, el folleto de
invitación Sur, diseñado
por Grete Stern, es una de las primeras declaraciones de
principios y de sesudo análisis sobre la fotografía: "el
fotógrafo hace una selección de valores fotogénicos del objeto.
Esta selección no es mecánica. El fotógrafo expresa en ella su
intuición del objeto y su comprensión, su conocimiento (...) los
valores plásticos y morfológicos que definen al objeto y su
materia. Este acto de preparación subjetiva y libre termina en el
momento de efectuar la exposición. ¿Es la fotografía un arte?
De hecho la fotografía ha prescindido plantearse este problema:
se ha creado un lugar propio en la vida de hoy, tiene una función
social. Las imágenes que de cosas y seres permite realizar la
fotografía, significan una posibilidad fundamentalmente nueva de
conocimiento y de expresión dada la capacidad específica de
detallar e `insitir´ en la realidad de esos seres y cosas."
Luego
de tener a su hija en Inglaterra -para que tuviera la doble
ciudadanía-, volvió a la Argentina y se instaló
definitivamente.
Los
Coppola, junto a a Luis Seoane, exiliado pintor y diseñador español,
armaron un estudio en la calle Córdoba 363, donde planearon
trabajar en la fotografía publicitaria como principal sustento.
Sin embargo, las agencias de
publicidad aún no existían y la demanda de este tipo de
fotografía era escasa en el país. El estudio cerró en 1938. Dos
años más tarde, la familia se mudó a una casa en Ramos Mejía,
donde tuvieron a su segundo y último hijo: Andrés. Por esos años,
Grete trabajó con su esposo en la documentación fotográfica de
la colección de huacos Chimú-Chancay del museo de Antropología
de la Universidad de La Plata y en la Dirección de Maternidad e
Infancia, diseñándole los folletos y afiches. Asimismo, trabajó
para la diagramación de la tapa del libro Buenos
Aires, de Horacio Coppola. A partir de aquí comenzó a
relacionarse con editoriales y diseñó tapas de libros durante
los años cuarenta, mientras empleaba sus tiempos libres para
fotogafiar Buenos Aires.
Su
primera exposición individual, en 1943, abrió la etapa del
retrato que se prolongó hasta 1957. Las siete muestras que realizó
durante esos catorce años fueron de retratos únicamente, excepto
una que incluyó paisajes. Esto la encasilló como retratista, a
mucho pesar de Grete, que confesó odiar las especialidades.
Su
archivo y el de Anatole Saderman constituyen los fondos
documentales y artísticos más ricos del rostro de la
intelectualidad argentina de los años treinta, sostiene Luis
Priamo. Sus fotos se destacan por una luminosidad uniforme, con
fondos simples y perfecta nitidez que transluce la morfología del
rostro y los pliegues que distinguen la personalidad que cubre
cada cara.
Desde
su llegada a la Argentina, la pareja colaboró con las
organizaciones de solidaridad que amparaban a los refugiados judíos
y perseguidos políticos del fascismo europeo. Por ello, su casa
de Ramos Mejía fue centro de intelectuales y artistas españoles
(Arturo Cuadrado, Luis Seoane) alemanes (Clément Moreau -Carl
Meffert-) y Argentinos de la talla de María Elena Walsh, Pepe
Fernández, Ernesto Schoo y Gyula Kosice.
De
esta manera, la carrera madura de Grete corrió, sobre los rieles
del arte moderno argentino, junto a los artistas plásticos. Su
acercamiento a lo no figurativo, ya esbozado en las naturalezas
muertas que realizó bajo tutela de Peterhans, lo desarrolló en
los fotomontajes y composiciones publicitarias, que -al decir de
Priamo- acerca lo representado al espectador de un modo sugerente
y poético.
En
1948, el trabajo que Grete realizó durante dos años en el
Estudio del Plan de Buenos Aires con los arquitectos Kurchan,
Ferrari-Hardoy y Bonet, le permitió un acceso sistemático a la
ciudad. Cuatro años después, cuando Francisco de Aparicio -un geógrafo-
le ofreció el proyecto de fotografiar Buenos Aires, Grete poseía
el entrenamiento adecuado para combinar la información
descriptiva con la elaboración estética. De aquí salieron 1500
tomas que hizo en unos meses, documento único -de tal proporción-
que hoy tenemos de Buenos Aires a mediados del siglo. Este trabajo
involucró tanto un relevamiento arquitectónico de las fachadas y
patios donde aún reverberaba descascarado el siglo XIX, así como
el fugaz movimiento de la calle.
Luis
Priamo, atento observador creativo de la fotografía de Stern,
dice: "Cuando
corta un edificio, el fuera de cuadro potencia y expande la
imagen; cuando aisla un árbol en mitad de la vereda, la imagen se
cierra férreamente sobre sí misma. En ambos casos el efecto es
rotundo."
Sus
paisajes emergieron a fines de los cuarenta. Desde ese momento,
emprendió proyectos regulares de paisajismo por el interior del
país. Recorrió la costa atlántica de la Patagonia hasta Tierra
del Fuego. Navegó innumerables veces por el Delta del Paraná,
captando los espacios íntimos de encuentro entre el agua y las raíces,
dejándose rozar por el sol que traveseaba tímido con las ramas;
capturando las minucias del litoral con suma plasticidad.
En
1948, Gino Germani, el sociólogo, le propuso una idea genial: él
interpretaría un sueño descripto por una de las lectoras de la
revista Idilio, y Grete
lo ilustraría fotográficamente. Bajo el rótulo de "El
psicoanálisis le ayudará", Germani (tras el disfraz de
Richard Rest) acometía la libre interpretación. La nota salió
semanalmente, durante tres años, con los montajes fotográficos
de Grete. Se publicaron cerca de ciento cincuenta trabajos: la
serie de montajes más importante y numerosa que se realizó en el
país. Los textos de los sueños, entregados por Germani, eran
casi siempre copias de las cartas enviadas por las lectoras. Luego
de conversar sobre el sueño que trabajarían, Grete realizaba la
combinación creativa y desarrollaba libremente su punto de vista
personal sobre el o los temas que focalizaría. Los fotomontajes
se publicaban con diversos títulos como, "Niño flor",
"Artículos eléctricos para el hogar",
"Fracturas", "El ojo eterno". Tanto los
nombres como los fotomontajes tenían cierto halo inquietante y
perturbador. Priamo deduce que: "Para Grete, cuyo sentido de
la independencia femenina era muy fuerte, su actitud crítica
respecto de los valores dominantes que la constreñían y
limitaban formaba parte de su idiosincrasia, la posibilidad de
expresar sus puntos de vista sobre estos problemas a través de
los fotomontajes, se le ofreció de un modo natural. (...) La
mujer de los sueños de Grete es un ser angustiado y oprimido. sus
placeres son patéticos, igual que sus frustraciones; y cuando se
la ve activa y dominante, es tan cruel como el mundo que la
agobia.(...) encerrada en una botella al borde del mar, su destino
es incierto y azaroso, tanto si ha llegado de un largo viaje,
llevada y traída por las corrientes marinas, como si aún no lo
inició. Una mano ajena la arroja o la arrojará al mar, para que
otra -acaso- la recoja. Mensaje desesperado; grito o gemido de
soledad para que alguien lo escuche. Sin embargo, ella mira el
cielo y sonríe. (...) orgullosa de su figura, se muestra en pose
de estatuilla para servir como pie de velador en la mesa de luz de
su hombre." Desde esta perspectiva: mujer cosificada,
convertida en útil trivial, Grete respondió mordazmente y echó
su ácida crítica sobre el machismo preponderante; tanto el del
hombre como el de la mujer. Y tal vez lo que más la sublevó, fue
que ese sometimiento estuviera asimilado socialmente,
interiorizado por sus víctimas. Por esto es que Grete, con
agallas, no se detuvo en la mirada lastimera del género, sino que
avanzó sobre las consecuencias alienantes de esa resignación,
caricaturizando el goce artificial que la mujer estaba obligada a
expresar por la naturalización de lo impuesto, tanto sutil como
explícitamente.
Mediante
la composición de los sueños, Grete canalizó sus diatribas
concientes y expresó lo que permanecía latente en el inconciente
social de la época. Sin embargo, el ambiente sociocultural poco
preparado, nada dispuesto, no le prestó la atención adecuada que
merecía. Durante más de treinta años, este trabajo, fue sistemáticamente
soslayado.
La
autora presentó sus fotomontajes por primera vez, como obras autónomas,
en la Facultad de Psicología de la Universidad de La Plata a
mediados de los años cincuenta. En 1967, realizó una muestra en
Buenos Aires en colaboración con la poeta Elva de Lóizaga, pero
la obra siguió invalorada. La crítica nacional, otra vez debería
esperar el aval internacional para brindarle la acogida que merecía
desde el principio. Recién en 1982, después de una gran muestra
en Houston, Estados Unidos, el prestigio de los Sueños
creció. Desde hace pocos años se reconoce el verdadero mérito
que el trabajo, conceptual y artísticamente, implicó.
Jorge
Romero Brest convocó a Grete para la coordinación de un taller
de fotografía en el Museo Nacional de Bellas Artes, donde trabajó
con ahínco desde 1956 hasta 1970, el año de su jubilación. Tal
vez, ese contacto diario con diversos artistas, fue lo que la
estimuló para emprender la documentación sistemática de
pintores y escultores en sus talleres, un proyecto que llevó a
cabo desde el momento en que se jubiló hasta el abandono
definitivo de la fotografía, once años después.
Para
ello aún le quedarían muchos años de viajes y hallazgos de:
hombres, lugares,
costumbres, labores. Corría 1957 y Grete aún no se había
empapado en los Esteros, no había sufrido el calor agobiante del
Chaco, ni había disfrutado de mates bajo los ranchos de wichis,
pilagá, y tantos otros. Pero estamos ahí a las puertas, pues ese
año Grete firma un convenio con la Secretaría de Turismo de
Jujuy en el que ofrecía su servicio fotográfico a cambio de viáticos
para recorrer dicha provincia. De allí volvió con manojos de sueños,
de imágenes y realidades.
Dos
años más tarde, fue invitada por la Universidad del Nordeste a
la provincia del Chaco para que dictara un seminario de fotografía.
Residió por la zona durante un año que dedicó al curso y a la
documentación de las esculturas valiosas que habitaban la ciudad
de Resistencia, capital de la provincia que orilla con el río
Paraná. Allí, en las afueras de la capital, conoció
al habitante original del país: al Toba. Realizó una
serie de paisajes de la costa del río, cruzó a Corrientes y
fotografió esa ciudad y los alrededores. De regreso a Buenos
Aires le presentó al Fondo Nacional de las Artes un proyecto de
relevamiento fotográfico sobre la vida y costumbres de los aborígenes
del Gran Chaco. Obtuvo la beca y, con sesenta años de edad,
emprendió una travesía que, durante más de tres meses, la llevó
por las tierras del Chaco, Formosa y Salta. Con más de
ochocientas fotos relevó las costumbres, las artesanías, la vida
cotidiana y el hábitat de los tobas, los wichi-matacos, pilagás,
chulupíes, chorotes, chiriguanos y mocovíes. Priamo supone que
es el archivo fotográfico moderno más importante sobre el tema
que hay en la Argentina.
Su
archivo de retratos se amplió de modo rotundo. Además de
intelectuales y artistas retratados, ahora invitaba a su galería
a los empujados del mapa. Gracias a Grete -instantánea y quizá
fugazmente- fueron devueltos al centro, al menos mediante esas
fotografías que invierten los papeles, pues son ellos los que nos
observan. Grete recorrió la zona desde Resistencia hasta el límite
con Bolivia, en Tartagal, apoyada por la gente del lugar y por
grupos religiosos que trabajaban en las comunidades. No aceptó
ayuda oficial y traspuso los 800 kilómetros en el medio de
transporte que le ofrecieran los lugareños. Muchas veces,
conviviendo con las comunidades, debió dejar la cámara de lado,
"quizás por miedo porque no aceptaban que uno se metiera en
su vida, y yo sentía que tenían razón. Pero los convencía
mostrándoles otras fotos y explicándoles que mi trabajo serviría
para hacer ver a los blancos
en qué condiciones vivían y qué habilidades tenían.",
explicaría Grete más tarde.
Los
retratos de esa etapa y las zonas que su cámara retiene, no
buscan el golpe bajo, ni el efectismo mediante la publicidad de la
miseria, sino que realzan algunos rasgos de aquellas comunidades:
la firmeza espiritual, el convencimiento de sus demandas, la
compenetración en el trabajo, la dignidad de la mirada, el
contento en su labor, pero sobre todo la vista puesta en algo que
nos resulta invisible, por mucho telescopio que empleemos. De este
modo, aunque toda esta serie pueda ser considerada -por una mirada
apresurada- ejemplo de lo figurativo, la previa búsqueda de Grete
por los campos de la no figuración, parece haberle abierto pequeños
resquicios en la captación de esos
instantes que, de modo misterioso, se contactan con la
historia de esos pueblos. Frente a esas imágenes se puede intuir
la vibración vital. Una cara que se da plena y, al mismo tiempo,
proyecta ese algo inasible. Las mujeres que están ahí,
trabajando, o mirando al horizonte o a cámara, como instaladas en
el centro de su existencia, parecen estar murmurándole cosas a la
vida -que nuestros sentidos no captan- y brindando, a cara
abierta, su habitar en el mundo.
Una
serie de doscientas ampliaciones fueron expuestas en el Museo
Municipal de Arte Moderno de Buenos Aires en 1965, muestra que
luego recorrió algunas ciudades del interior. Diez años después,
una selección de aquella muestra fue expuesta en el archivo
Bauhaus de Berlín y otras ciudades alemanas. Con diapositivas,
Grete acompañó las charlas que dio en la Capital Argentina y el
interior, llevando a cabo la promesa de hacerle conocer a los blancos
la situación y habilidad de los aborígenes del Gran Chaco.
El
trabajo sobre estas comunidades marginadas fue el último gran
proyecto fotográfico de Grete. Luego de su jubilación, con 66 años
caminados, viajó por Europa, Israel, Perú y Estados Unidos,
siempre con la cámara a cuestas. Las fotos de esos viajes fueron
expuestas en una retrospectiva de su obra realizada por la Fundación
San Telmo en 1981.
Grete
tuvo que asumir el fin de su carrera. Ya no veía bien y, aunque
las dos últimas fotos que tomó a su hija -Silvia Coppola- y a
una amiga pintora -Hebe Lo Prete-, son de 1980, recién cinco años
después desarmó su laboratorio. Tal vez algo en ella se resistía.
Por
esos años, sus trabajos del período ringl
+ pit, los retratos y las series de aborígenes del Gran
Chaco se exhibieron en Francia y Alemania. Asimismo, las fotos del
período Bauhaus forman parte de las exposiciones que actualmente
recorren el mundo.
En
1988, Sara Facio seleccionó para la Editorial La
Azotea una serie de retratos hechos por Grete. Este fue el
primer libro de fotografías que le publicaron luego de que fuera
reconocida internacionalmente.
"Grete
siempre se definió a sí misma como una fotógrafa argentina
(...) y sus fotos son documentos de la vida de nuestro país. En
mi opinión -continúa Luis Priamo-, su obra significa mucho más.
Si es dable hablar de una cultura fotográfica moderna argentina,
es evidente que la fotografía de Grete contribuyó decisivamente
a fundarla. De hecho es la obra más variada entre todos los
pioneros de nuestra fotografía contemporánea, y en algunos géneros,
como sucede con los fotomontajes, poco menos que única. Si esta
obra no ha sido incorporada debidamente a nuestra historia fotográfica,
es porque esa historia en sentido estricto -reflexiva y analítica-
recién se está construyendo."
Grete
Stern no sólo realizó un aporte insoslayable para el album
histórico cultural del país, sino que además vivió en pro de
una idea: destacar el valor de la fotografía como documento,
como obra de arte, como genuina expresión; es decir, como otro
de las formas para analizar y comprender el mundo, pues Grete
declaró teóricamente y de facto que "La fotografía es
expresión artística."[7]