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ENTREVISTA A JUAN JOSÉ MANAUTA

"Es curioso cómo empieza uno a saber algo de la gente" (1)

Entrevista por Andrés Manrique y Hernán Bayón.

Fotos Andrés Manrique



 

Juan José Manauta

  
Introducción
En este nuevo apartado de La Argentina Invisible, en Temakel, descubrimos pliegues de otra presencia olvidada. Esta vez, de un genial escritor invisibilizado por la visible mano del mercado. 
Pocos de sus libros pueden encontrarse en alguna librería de viejos por avenida Corrientes, tapados por mil capas de best-sellers y chatarra. 
Abrir una de sus novelas y encontrar: "...vivimos entre hombres, pero reunidos en sociedad que no parece de hombres, sino de fantasmas, actores disfrazados o animales con apariencia de hombres; de satisfechos increíblemente ahítos, buenos y angustiados; y de insatisfechos, malos y hambrientos... en sociedad de buenas personas dispuestas, no a cambiarlo, sino a destruirlo todo antes que sus congéneres bípedos, desposeídos y malvados, faltos de calidad, se conviertan en semejantes y prójimos..." y así ir acercándonos al hombre detrás de sus palabras, al frente de sus palabras con el hombre siempre en lucha de fondo: "...en sociedad plagada de cosas inútiles, buenas para ser compradas y vendidas, y para que en este movimiento pendular se erija un enorme aparato, una torre de Babel, cuya condena no consiste en que nadie se entiende, sino en el hecho de que no se propongan nada, ni siquiera llegar al Paraíso..."
"Ni siquiera -dice Manauta- llegar al Paraíso", como si tampoco ello fuera un fin, sino medio hacia la superación colectiva y constante a la que debe aspirar el hombre. Ideal y realmente. Siempre. 
Y ahora nos acercamos a su presencia. 
Tiene algo de niño, las manos se inquietan sobre la mesa y sus ojos brillan con restos de un chico que no terminó de irse, que no dejó totalmente un cuerpo que asume y declara "ochenta y cinco pirulos." 
La inquietud no queda sólo en sus manos y, antes de presentarnos, comenta ansioso: 
Te doy una primicia, si cabe. El sábado firmé el contrato con la Editorial Nacional de Entre Ríos (EDUNER) porque van a publicar un tomo con mis cuentos completos.
Es miércoles por la mañana, la cita es en un pequeño departamento rodeado de textiles y comercios. En pleno barrio de Once. Juan José Manauta nos espera en un ambiente iluminado por un pedazo de sol que cae desde la ventana. Ahí dentro hay silencio, calma y desorden. Estamos algo inquietos porque nos han avisado que es hombre de pocas pulgas. Y empezamos casi sin demoras. 
Andrés Manrique.

(1) Juan José Manauta, Mayo del ´69, Ediciones Corregidor, 1994.

 

ENTREVISTA A JUAN JOSÉ MANAUTA

"Es curioso cómo empieza uno a saber algo de la gente" (1)

Entrevista por Andrés Manrique y Hernán Bayón.

 

COMIENZOS
¿Cómo son tus primeros años en Gualeguay?

Bueno, yo viví en Gualeguay desde que nací hasta los dieciocho -y de este modo sintetiza toda su infancia y adolescencia-, cuando me fui a estudiar Literatura en la Facultad de Humanidades de la Universidad de La Plata. Allí me recibí de profesor en Letras. Era una Universidad magnífica. Profesores como Marasso, Enriquez Ureña, Amado Alonso y Levene, en historia. Unos profesores y una currícula de enseñanza magnífica. Y me gradué de profesor, pero por razones políticas y de ideología, por militar en la federación juvenil comunista primero y después en el Partido Comunista, me impidieron ejercer la profesión docente. Porque ingresé en el treinta y ocho y me gradué en el cuarenta y dos. Y como en ese momento para ser docente había que pedirle el puesto a un diputado conservador, no pude ejercer. Paralelamente, yo llevaba el deseo de ser escritor. Y por esos años publiqué mi primer libro de poemas: "La mujer del silencio", que prefiero quede en el olvido.


A propósito de lo que deseabas ser, decís que el oficio se elige solo. ¿Sentís que te ha elegido o vos lo elegiste? 

Bueno, yo creo que hay una mezcla de las dos. Hay una feliz o infeliz coincidencia, eso lo dirán los lectores, entre las ganas que uno tiene de hacer algo y las posibilidades de hacerlo. Mis ganas eran muy grandes porque tuve que trabajar en cosas increíbles: en un aserradero del Tigre, como obrero de imprenta, como cronista de Cine, corrigiendo pruebas. Todas esas cosas no sé si me empujaban a la literatura o me alejaban. Yo creo que me empujaban, porque la experiencia de vida y de trabajo es inapreciable, es casi tan importante como la lectura y el estudio. 


¿Qué experiencias de vida te marcaron durante esa época?

El partido Comunista -reconoce sin titubear- marcó mi vida para siempre. Si bien he dejado de militar, sigo y seguiré siendo marxista, porque quien ha bebido del marxismo es imposible que lo abandone. Y fue un escritor ruso el que me convirtió, Máximo Gorki. No sé si ustedes conocen o han leído la novela La madre. Bueno, ese libro hizo de mí un marxista. 


¿Cuando creés haber perdido -si la perdiste- tu ingenuidad?

-Bueno, sí que la perdí. Con Gorki, a no ser boludo, a no decir es la fatalidad del destino. Porque cuando los griegos decían eso estaba muy bien, pero desde Freud, desde Marx, la fatalidad del destino no existe, no hay determinismo. El hombre hace las cosas tal vez por mandato histórico, por la lucha de clases inevitable que se ve y ocurre todos los días. Por eso, en ese sentido no soy ingenuo. En otro por ahí sí, puedo ser engañado con cierta holgura, no soy desconfiado, tengo confianza en la gente.
Con respecto a la madre, en el último cuento de Los degolladores ("Pequeña Memoria") y en dos de tus novelas (Mayo del 69 y Las Tierras Blancas) hablás de tres madres, pero hay una que no se termina de descubrir.
Bueno, una es la que me parió, otra es una señora que vivía enfrente de donde nací. Porque mi madre tuvo seis hijos, todos menores que yo y no le quedó mucho tiempo para mí. Así que esta señora medio me adoptó. Además, su marido tenía un taller mecánico y no hay cosa más fascinante para un niño que andar entre fierros, ensuciarse con grasa. Y su señora, llamada Elvira, es como mi segunda madre. Ahora, la tercera está clara en un cuento que se llama "Ana la Turca", y fue un prostituta que me inició en la vida sexual, pero con ciertas características muy especiales.
Hay ternura en ese personaje, una relación entre tierna y amorosa.
Sí, porque si bien hay que señalar que entre la fuente literaria y la obra de ficción hay una distancia cualitativa, esa es una historia casi real, un caso donde lo autobiográfico es material de ficción. 


¿Desde hace cuánto vivís en Buenos Aires?

Desde el cuarenta y cuatro, así que sacá la cuenta.

¿Cómo fue el traslado de Entre Ríos a Capital Federal?

Traumático, porque fui detenido y trasladado compulsivamente a Buenos Aires por ser militante del Partido Comunista, con la prohibición de volver a Entre Ríos. Y tuve que quedarme. Si volvía iba a ser detenido nuevamente. Y en el cuarenta y cuatro me las arreglé como pude. 
Y en esa Bs. As. estaba Enrique Wernicke, J.L. Ortiz...
Bueno, a Juanele lo conocí en Entre Ríos, y fue él quien influyó sobre mis padres para que me dejaran venir a estudiar Literatura en la Facultad de Humanidades. Una palabra totalmente extraña en esa época. Porque de Filosofía y Letras algo se sabía, y tenía casi la misma currícula que la de Humanidades. Pero esta facultad adonde quería ir... Mi mamá era maestra y mi viejo comerciante, y me decían, ¿eso qué es, por qué no estudiás medicina, mi hijo? ¿O abogacía, caramba? Y yo no, yo quería venir a esta Facultad y cuando se lo conté a Juanele, me dijo, "vas a ir a la mejor Facultad del mundo, ¿mirá qué profesores tiene? Me incentivó. Y seguramente también a mis padres, es que era amigo de ellos. Porque Juanele publicaba sus libros pagando las tiradas de trescientos o cuatrocientos ejemplares y uno de los primeros clientes que le compraba era mi viejo, así que en mi casa estaba todo lo de Juanele.

¿Cómo es tu relación con la ciudad?
La amo, así como amo a Entre Ríos. Tengo dos amantes en ese sentido.

¿Y con el ruido?
No me molesta. Este departamento, que alquilo, está en el corazón de la manzana, allá está la calle Tucumán y allá está la calle Viamonte. Y entonces en este corazón de manzana no hay ruidos. Me he acostumbrado bastante al silencio y ahora me gusta el silencio.


¿Sentís o sentiste anhelo por escuchar u oír lo que nadie oye?

Sí, sí -reconoce con un deseo ferviente- es una de mis limitaciones, esto está en un cuento también: "La mujer del cazador" de Colinas de Octubre. Ahí hay un juego de eso que me preguntás, de escuchar lo que no se oye. Escuchar lo que hay detrás del silencio. 


¿Y podés escuchar u oír a través de tus personajes, arrimarte a otra realidad, a otro contexto social, indagando a uno de tus personajes? 

Si no ocurriera eso no podría ser escritor. Escritor no es solamente aquél que sabe redactar. Porque eso se puede aprender. La mayor exigencia que tiene un escritor es la de poder encarnar al personaje desde una especie de método Stanislavski, encarnar al personaje sin dejar de mirarlo de lejos. Estar en los dos lugares. ¿Fijate vos si Balzac hubiera tenido que vivir todas las vidas de la comedia Humana? -dice medio en b roma, medio en serio- Y no puede negarse que no sea el gran maestro de la literatura que fue, para siempre. Porque yo no he leído las 99 obras, pero de las muchas que leí, no hay un personaje que carezca de verdad. 

¿Has buscado, además de la escritura, otros canales de expresión?
La música, pero es como esa bella mujer que no nos ama: media el infranqueable abismo de la verdad.

LAS TIERRAS BLANCAS

En tus novelas, la unión que hay entre los personajes y la tierra es conmovedora: ¿a qué se debe la soledad del paisaje y la de quienes lo habitan? 
Al subdesarrollo, a la marginalidad. Fijate que Las Tierras Blancas se publicó en el ´56. Este año cumple cincuenta, y se reeditó hace poco. Sigue interesando, al parecer. O sea que la marginalidad que había entonces es la misma de ahora. La diferencia es que hoy los chicos se drogan. Si Odiseo -el personaje principal de Las tierras...- viviera hoy se drogaría con pegamento. Es la exclusión la que genera la soledad, uno de los crímenes mayores del capitalismo, salvaje o benévolo. O civilizado.
Y en esa marginalidad se observa una aceptación del destino, como la fuerza de seguir incluso en las peores circunstancias.
Bueno, la madre de Odiseo dice justamente que no puede dar pasos hacia atrás porque serían hacia la muerte, y todos los pasos que puede dar aún serán hacia adelante. Además hay dos personajes que le traen la ideología de afuera, podría ser desde el marxismo o desde la cultura: el de anteojos y Don Olegario. Ella los escucha y luego comprueba en la realidad lo que le trasmitieron estos hombres. Y los recuerda constantemente. 


¿Y el desamparo, la exclusión, para vos qué color tiene?

Mirá, te voy a mostrar -y alcanza una copa cubierta con un pequeño fieltro-. Cuando se publicó mi libro y fui a Gualeguay, la gente me regaló tierra blanca, ese es el color -y acerca una copa con tierra arenosa de color amarillo lavado-. En conjunto, cuando le da el sol, es blanca. Bueno, esto me lo hicieron ellos. (Vero foto de copa)
Llama la atención el modo en que la madre desamparada, inmersa en una realidad cruda, sigue de frente ante su historia con las manos, con los puños. Con dignidad siempre.
Sí, es que no se ha corrompido. Y tengo perfecta conciencia de eso, lo hice un poco así. Y lo atribuyo a dos cosas -y vuelve a la idealización-: primero a la congénita dignidad de la mujer en general y, sobre todo, cuando ha parido. Y, en relación con el hijo, ahí se vuelve lúcida cualquier mujer, sabe adivinar lo que aún no ha hecho el hijo y sin siquiera estar con él. 


Y también sorprende el modo en que reflexiona y actúa la madre, porque todo el tiempo es ella misma. Demostrás una sensibilidad tan próxima a la mujer que el lector no puede dejar de sentir que es femenina.

Bueno, esa es una cualidad que tengo. La posibilidad de encarnarme incluso en una mujer, sin avergonzarme para nada. Por el contrario.


¿El nosotros de la Madre en Las Tierras... a quién incluye?

A Angélica, su amiga la prostituta, a las Madres de otros chicos. 
Ella es la voz, la reflexión de los marginados.


¿Y tu nosotros a quién incluye y a quién excluye, claramente?

Mirá, yo como escritor no tengo derecho de excluir a nadie. Incluso Marx en los escritos de 1848 dice: "también a los ricos hay que salvarlos de su fortuna", porque están alienados, porque acumulan por la fortuna misma que no sirve para nada, que no tiene ningún valor. Y está dicho en Las Tierras Blancas cuando el chico dice: "para qué sirve, para qué carajo sirve, a mí no me sirve, no es juguete, no es nada, no tiene gracia la plata." 
Para el chico (Odiseo) el dinero es nada, sin embargo para el adulto es tanto que el último registro de realidad que tiene es al aflojar la bolsita de monedas en manos de su madre.
Sí, porque sabe que ella aprecia el dinero, entonces al encontrarse con ella le suelta la bolsita en la mano. Yo creo que no tiene otro destino.
La oralidad es un elemento muy presente en tus cuentos y novelas. ¿Había, como en Rulfo, alguien que te contara historias? 
Sí, ese Ponciano Alarcón del que hablo, era un hojalatero del pueblo. Y durante todo mi infancia yo iba a su local y él me contaba cuentos y me explicaba cuestiones de la historia. Don Ponciano planteaba que Sarmiento había mandado a matar a Urquiza y yo, de madre maestra, sarmientino, no sabía si indignarme o qué. Lo cierto es que yo iba a su hojalatería, profesión extinta, y lo escuchaba con suma atención. Además a Juan Rulfo pude conocerlo, porque cuando vino a la Argentina me pidieron que lo acompañara, así que estuve toda la semana con él. Y terminó regalándome una botella exquisita de tequila. 


¿Cómo fue la experiencia de llevar al cine Las Tierras Blancas?

Como experiencia fue fascinante, los resultados no fueron tan buenos. Es una película digna que hizo Hugo del Carril, y la hizo con la mejor intención. Pero dejó a un lado el personaje de la madre, es decir, tomó lo social, lo reivindicativo, la denuncia que era lo que él más sentía, y se olvidó de lo psicológico y de la madre. A tal punto, que el personaje del padre (casi inexistente en la novela) termina siendo más importante que el de la madre (fundamental para la novela). Se hubiera requerido otro enfoque, aunque también soy responsable, porque yo elaboré el libro. Pero en ese momento al cine no lo pescaba muy bien. 


OTRA FORMA DEL OFICIO
¿Qué significó publicar una revista literaria como Hoy en la Cultura? 


Bueno, Abelardo Castillo dice que sacar una revista Literaria es una especie de contribución gratuita que hacen los escritores en favor de la literatura, porque un producto así implica poner dinero que uno destinaría a otras cosas, a comodidades, implica empobrecerse económicamente. Pero yo lo hice con alegría y pasión y no quiero atribuirme generosidades que tal vez no merezca. De todas maneras, lo hice y no me resultó un gran sacrificio. 

PURO CUENTO O MAYO DEL 69
Cómo fue el proceso de corrección de Puro cuento.

Mirá, creo que en esa novela yo fui estafado por el editor. En la tapa no sabés qué es título, no figura el autor, es un desastre, un sabotaje. Y, por supuesto, nadie la compró ni la leyó. Entonces me propuse hacerla de nuevo. Le saqué mucho, la corregí. 
Sí, en Puro cuento incluís mucho la guerra en Vietnam y en Mayo del 69 la dejás de lado.
Claro, algunos de los recortes los suprimí porque me parecía brumador. Además, un amigo, Tejada Gómez, me dijo: "yo agarré y leí la novela, después por curiosidad leí lo de Córdoba pero ya lo sabía." Entonces, lo esencial quedó en Mayo del 69, donde quedó la referencia específica al Cordobazo. 
En Puro cuento o Mayo del 69 (nombre de la reedición corregida) planteás una historia de denuncia social ya no en el terreno rural como el de Las Tierras Blancas, sino en otro, el urbano. ¿Qué te impulsó a cambiar abruptamente de contexto?
Bueno, después de vivir 50 años en Buenos Aires, cualquiera se impregna de este paisaje. En Gualeguay era imposible imaginar esta visión de cemento-y mira por la ventana hacia un centro de manzana gris, de concreto, ni un sólo árbol a la vista-, sin pájaros ni gente, ni perros. Y esto me impregnó -la ventana muestra un panorama de antenas, cables y edificios grises-. Entonces yo me convertí en una especie de Hidra de dos cabezas, una suburbana y otra rural, porque mis raíces más auténticas son las de cualquier ser humano nacido y criado en una región, en este caso Entre Ríos.

Mayo del 69 se va construyendo con recortes de diario...
Recortes directos no, reelaboraciones de recortes. 


Sí, anticipándote a la novela de Cortázar, Libro de Manuel...

Sí, y él lo dijo, Cortázar lo reconoció.


¿De dónde surge este recurso?

Yo lo vi antes en John Dos Passos, en Manhattan Transfer y en la trilogía: 1919, El gran dinero y Paralelo 42. En esas novelas, Dos Passos utiliza esos recursos, también el ojo cinematográfico. No sé si ustedes lo han leído, porque es una lectura que recomiendo. Cuando se publicó Las Tierras Blancas, hecha en dos tiempos: La Madre y El niño, algunos dijeron que yo era Faulkneriano. Ocurre que todavía no había leído a Faulkner, así que me fui corriendo a leerlo, a ver a quién estaba imitando. Y lo que tal vez llevaba esa novela era una reminiscencia de John Dos Passos.

SIN VUELTA DE HOJA
¿Por donde pasaste y sentiste que ya no podías volver? ¿Qué umbral sentís haber cruzado para siempre?

El biológico. Al envejecer, al comprobar que físicamente ya no puedo hacer ciertas cosas. No puedo volver a la juventud, a ciertos placeres de la juventud. Y no podría volver a escribir las mismas cosas que escribí en mi juventud. Sin embargo, sí puedo volver a las lecturas. Creo que hice bien en leer La guerra y la Paz, creo que hice bien en leer a todo Hemingway, y sigo leyendo Adiós a las armas y "Hombre de la esquina Rosada" de Borges, que me parece un cuento genial, una cosa que a mí me hubiera gustado escribir, en fin.. Puedo volver a la literatura que leí, por ejemplo estoy leyendo el Quijote de nuevo, es algo como lustral leer a los clásicos, a Tolstoy, a Gorki, me siento como si me diera un baño interior. Y creo que estas puertas no se cierran nunca. Se cierran las puertas de la biología. Son las únicas que considero cerradas. 

LA ACTUALIDAD
¿Y de la narrativa o poesía actual, a quién estás leyendo?

No, a pocos. Se empeñan por ignorar la realidad, incluso escritores que no quiero nombrar porque no quiero tirarme contra colegas, pero vivo cada vez más apegado a la realidad, aunque no pueda caminar mucho, aún así no podría permitirme ignorar la realidad. Bueno, tal vez debo reconocer a Héctor Tizón, a Marco Denevi, aunque está muerto. Bueno, sí, a Gudiño Crámer, el santafesino. Y te digo un cuentista genial: Lubrano Saz, que escribió La gente hace bien en no creer, Mi casa está lejos, Seguiré contando hasta el fin. Un narrador genial, maestro de Hemingway y de Faulkner.


Supiste unir la militancia a la literatura sin caer nunca en panfleto político...

Bueno, eso esa un lección directa de Gorki y de Bertold Brecht, que fueron dos comunistas de distinta época, pero militantes. Ese aspecto debo haberlo absorbido de Bertold Brecht: Los fusiles de la madre Carraro, Galileo Galilei, La ópera de dos centavos, Madre coraje.


Y esto recuerda el debate sobre el compromiso del intelectual.

Actualmente los escritores no se animan a la literatura de denuncia, cuando ésta no tiene por qué ser panfletaria, puede seguir siendo literatura, obra de arte. Pero la mayoría de los escritores actuales renuncian a priori porque ser realista es una especie de pecado, por lo menos hasta ayer. Y yo estoy muy avergonzado de ese tipo de intelectuales como Santiago Kovadloff o Marcos Aguinis. Muy avergonzado. Creo que algunos ahora están volviendo a mirar la realidad con cierta nostalgia, es que hay que animarse a las peores cosas que hay en la sociedad actual: y Enrique Medina es uno de ellos, hay que decirlo. Yo lo admiro. Y jóvenes que a veces me visitan, me llenan de esperanza, me dan fuerzas y al mismo tiempo me demuestran que ya no voy a volver a serlo. 


¿Cuál es tu ley de la decencia?

Ah, eso lo dice un personaje de Mayo del 69, el conserje de hotel, Cara de Bicho, ¿no? Él dice que hay una sola ley y yo coincido con este gallego. Si no se vive con decencia, es como si no se viviera. La primera obligación del hombre es ser decente, una especie de cristianismo trasnochado, pero es eso. 


¿Creés que la sociedad sabe qué hacer con un hombre que sueña despierto?

No, es el hombre el que debe saber qué hacer con la sociedad, porque la sociedad es una entelequia, no es culpable. En cambio los seres humanos son de carne y hueso que sufren y se joden durante toda la vida. Y creo que el soñar despierto hace que los seres humanos se involucren en el acompañamiento de los otros hombres, porque soñar es un adelanto de la vida, una vida que se vive con anticipación. Aunque luego no ocurra siempre, si se ha soñado es más fácil amar a una mujer, ser buen amigo, comprometerse, ser el Quijote, ser la enfermera de Adiós a las Armas. Facilita la relación. Ese es el valor de soñar despierto y es mejor que hacerlo dormido, porque despierto uno elige qué soñar. 
Sobre qué estás trabajando actualmente
Uno de mis trabajos actuales es el de reconstruir y revisar palabra por palabra, imagen por imagen, Entre dos ríos, un viejo libro de poesías. Y estoy escribiendo algunos cuentos, pero todavía con mucha parsimonia. -Y dice con picardía- Yo ya me abusé un poco de la gente. ¿Sabés cuántas páginas son las que va a reeditar la Universidad? Casi seiscientas páginas de cuentos. Por qué hay que seguir escribiendo, seguir y seguir, no sé si deba -y en su tono mezcla tristeza y disgusto-. No sé cómo esta gente de la Universidad (EDUNER) se animó a reeditar todo. Además, los libros no escritos, muy bien no escritos están, decía un escritor comunista (Ilya Eheremburg). 

¿Para qué sirve la literatura o, en todo caso, para qué te sirve?
Un gran poeta francés, jovencito, Rimbaud, decía que escribía para cambiar el mundo. Y yo digo también eso. Quien lee un libro con pasión, después de leerlo es otra persona. Si la literatura hace eso con un hombre, lo puede hacer con muchos y entonces es probable que pueda modificar la realidad o, por lo menos, ponerla en perspectivas de algo mejor. Y aunque yo sepa que no va a cambiar el mundo, no quiere decir que yo no me proponga cambiarlo con la literatura, ya que como revolucionario debo haber fracasado. Ese es mi propósito. Contar la verdad es ser revolucion
ario.(*)

(*) Fuente: Entrevista a Juan José Manauta, realizada por Andrés Manrique y Héctor Bayon, editada aquí de manera original. 

 

 

 

 

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