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  LA LLAMA DEL PROFESOR

Homenaje al desaparecido profesor Rogelio Herman

 

Texto de Esteban Ierardo

 

El profesor Rogelio Herman (1942-93)

 

 

En el Colegio Nacional Mariano Moreno, en la ciudad de Buenos Aires, cursé mis cinco años de bachillerato. Allí, en ese querido segundo hogar de mi adolescencia, recibí las lecciones de historia de un brillante profesor: Rogelio Herman. Algunos años después de concluidos mis estudios secundarios, llegó a mi conocimiento la lamentable noticia: en enero de 1993, Herman había fallecido a causa de un cáncer de pulmón. Un intenso pesar me causó esa pérdida. El profesor Herman representa aún para mí al verdadero docente, a aquel que asume su labor como una misión para, mediante el decir, elevar a sus alumnos. Fecunda pasión y conocimiento nos obsequió Herman a quienes presenciamos su esfuerzo por abrirnos puertas hacia los ejemplos y profundidades de la historia. Él representa a numerosos docentes que palpitan en la Argentina Invisible, y que desarrollan la docencia genuina, aun en condiciones muy adversas. La docencia genuina, vocacional: la del fervor por difundir efervescentes tesoros de la cultura. En este tiempo de pobreza ética, de mediocridad creciente, de incapacidad para percibir y valorar los caminos nobles, quiero homenajear a un profesor, un maestro verdadero, que nos enseñó a escalar laderas en pos de alguna altura.

Esteban Ierardo

 

 

  LA LLAMA DEL PROFESOR

 

Homenaje al desaparecido profesor Rogelio Herman

Por Esteban Ierardo

 

  Todavía era el descanso entre clase y clase.

  En el aula reinaba un vocerío continuo. Algunos discutían animadamente; otros jugaban a las cartas; otros planeaban cercanas salidas: tardes de fútbol o noches de bares y discotecas; otros, los menos, leían los contenidos de la futura e inminente lección.

  La intensidad de las voces superpuestas parecían golpear las paredes y pujaban por salir hacia los pasillos como una avalancha estridente.

  Entonces, irrumpía en el aula convulsionada un hombre de alrededor de cuarenta años, de figura delgada, enfundado en su impecable saco azul y pantalones claros. Era Rogelio Herman. Nuestro profesor de historia. Nuestro maestro.

  No era necesario un gesto desafiante o alguna directa amonestación verbal. Bastaba con su aparición para que el jolgorio antes rebullente se trocara en un reconcentrado silencio.

  El recién llegado era natural de la provincia argentina de Entre Ríos. Había estudiado en instituciones religiosas; luego supimos también que era un buen arquero de fútbol. 

  Luego de llegar al aula, apoyaba su maletín sobre la mesa. Extraía de él documentos y textos de valor histórico. Parte del alimento para la próxima brisa de historia.

  Siempre de pie, con voz firme  y actitud relajada y segura de sí, el profesor comenzaba a crear con palabras y gestos un camino de ideas e imágenes entre los médanos, aparentemente distantes, del pasado.

  En un primer año recibimos de nuestro profesor magistrales recreaciones de la época moderna, del Renacimiento, la Reforma Protestante, Lutero, Calvino; o sobre Cromwell, y las luchas intestinas de la Inglaterra del siglo XVII; o sobre Colbert, los fisiócratas o la política de Richelieu.

  Al año siguiente, el profesor nos guió entre los clamores bélicos, los sueños incipientes y la sucesión de gobiernos y leyes de nuestra República Argentina. Revivimos los acontecimientos de mayo de 1810, la Asamblea de 1813, el Congreso de la independencia en Tucumán, la batalla de Cepeda y el comienzo de la guerra entre unitarios y federales, el controversial reino político de Rosas; su política viciada por rigores represivos pero también henchida con la orgullosa defensa de nuestro suelo en la Vuelta de Obligado, y el proteccionismo económico de la ley de Aduanas de 1835. Y los hechos, logros y penumbras de Urquiza, Sarmiento, Roca...

  Cada exposición era rigurosa, una arquitectura sólida de contenidos nacidos de largas y meditadas lecturas. Nunca nos subestimaba nuestro profesor. Él sabía que muchos seguirían los derroteros de la historia sólo lo estrictamente necesario para la aprobación de los exámenes; luego se alejarían con la velocidad del relámpago del recuerdo de cualquier hecho o personaje que destilara antigüedad.

  Pero él no quería que olvidáramos o que nos contentáramos con una existencia de tibio conformismo o resignación. Quería que viéramos las cumbres que rasgan lo alto. La historia era el viento para golpear nuestros hombros e impulsarnos hacia las laderas más exigentes. Nuestro profesor, nuestro maestro, quería que eludiéramos los sótanos, para sudar luego hasta la cúspide de alguna virtud, de algún ideal.

Aquella intención había que advertirla, pues era sutil como la tela de araña que durante la noche puede sospecharse entre las ramas de árboles bañados por plateados óleos de luna. Nuestro profesor no nos arengaba. Ni nos exhortaba con declamaciones de éticas rígidas o rimbombantes.

Era, claro, totalmente humano. A veces se enojaba por cierta indiferencia que percibía en el ambiente durante algunas clases. En una oportunidad arrojó sus papeles al piso. Un enojo, un exceso, un hastío quizá por saberse poco atendido, o por sentirse el portador de un saber con ya poco espacio o estima en nuestra fría época. Una actitud pasional de alguien que le interesaba transmitir y no cumplir sólo con una rutinaria tarea administrativa.

  Nuestro profesor se esforzaba por decir. En cada clase subía una cuesta. Y en este empeño nos enseñaba con su presencia franca. Era la negación encarnada de la mediocridad.

 Él subía, sudaba, se esforzaba por mostrarnos los tesoros donde fulgen las señales y mensajes de la historia. Había que percibir su sudor, y su decisión silenciosa por rescatar cristales entre el ocaso de la indiferencia.

  Y yo contemplé tu esfuerzo, tu subir las laderas, mi querido maestro, mi nunca olvidado profesor. Era admiración lo que incendiaba mis ojos cuando te observaba volando entre los cielos y lodazales de la historia. Y todos mis compañeros, aun los más indiferentes a la lectura y a los ecos del pasado, te admiraban. Te respetaban. Nos hablabas de grandes hombres y mujeres del ayer, de su sed por algo grande, por algo noble. Y tus palabras no eran evocaciones fantasmales porque ahí estabas tú, que para nosotros eras el convincente mensajero de las grandes personalidades de la historia.

  Tanto era mi entusiasmo al escuchar tus explicaciones sobre la reforma protestante que, en una oportunidad, tuve la osadía, un típico desliz de adolescente desafiante, de discutir en clase contigo, de reprocharte no me acuerdo qué incorrecta interpretación. Muy tonta habrá sido mi observación. Pero me escuchaste con ardua paciencia, acaso con compasiva atención. Y luego de algunos días, advertí mi estúpido desplante; y te pedí disculpas en la salida de una de tus memorables lecciones. Te sorprendió mi disculpa. Yo me había apasionado con una doctrina, con un hecho pasado. Le había dado vida. Y no hay que pedir disculpas por dar vida, creó que me aclaraste.

  Nada de torpe solemnidad ni de poses afectadas borboteaban en tus clases. Enseñabas no sólo con la palabra sino también con la vivacidad del ademán, con la expresividad corporal, con el gesto versátil. Variadas y sorprendentes gesticulaciones podían brotar en tus mejillas. Descubrí entonces la poderosa versatilidad expresiva del rostro humano.

 Y a veces dramatizabas largos tramos de tus evocaciones históricas. Teatralizabas. Recreabas los diálogos entre los personajes de antaño. Y muchas veces urdías hábiles situaciones humorísticas. Y nosotros abandonábamos súbitamente un reverencial silencio para revolvernos en estruendosas risotadas. Y tú te reías con nosotros. Y tu humor, en contra de lo que algunos tristes esclavos de la formalidad creen, no suponía ningún empobrecimiento del conocimiento. Todo lo contrario.

 

  

 

 

 

Primero a la izquierda, contemplo la cámara del fotógrafo poco antes de mi graduación de Bachiller. Luego, uno de mis mejores amigos de aquella época, Lee, y el inefable "gallego" Gorla. Pocos instantes después subiríamos al escenario para recibir nuestros títulos. Allí, con torpes palabras, le agradecería su saber y su ejemplo a nuestro admirado profesor Herman. 

 

 

 

 

 

Fachada del Colegio Nacional Mariano Moreno, la querida casa de estudios donde recibimos las clases de Rogelio Hermann. Nuestro colegio se encuentra en Rivadavia 3577, en el barrio de Almagro, en la Ciudad de Buenos Aires. Su piedra fundacional fue colocada en 1909.

 

  Y llegó el día en que nos despedimos. Los cinco años de largos estudios concluían. Vivimos al principio nuestra graduación de bachilleres como una liberación; sólo después empezaríamos a meditar y valorar todas las jornadas de generoso saber que recibimos de algunos profesores, no de todos.

  En la ceremonia final, le entregaste mi título al rector; y de manos de éste recibí aquel documento, el símbolo escrito de las largas tardes de descubrimientos, expectativas y angustias dentro del vientre de nuestro gran colegio. Te saludé después efusivamente. Intenté agradecerte. Se iniciaba entonces mi propio camino entre los valles de las humanidades, de la filosofía y las letras, el arte y la mitología, la poesía, y el intento también, acaso bajo tu subterránea influencia, de expresar, de decir, de ser docente.

 Al despedirme de ti no podía saber que en una tensa sala de hospital te revelarían la causa del malestar que comenzó a estragar tu espalda. Un cáncer de pulmón. Ya lo sabías: los jinetes de oscuras túnicas y guadañas te merodeaban. Ya habían recibido del Dios en el que tú creías ( y también nosotros creemos) la precisa fecha para guiarte hacia el otro lado. Un compañero de estudios, con el que recordamos tu labor hace unos pocos meses, me comentó que te encontró por la calle en aquellos días, cuando ya sabías que era inminente tu partida al misterioso lugar que sigue a la detención del corazón. Te vio triste, pero aún continuabas con tu maletín, con tus documentos preñados con la linfa del pasado, con los mapas de grandezas y conmociones del ayer. Seguías siendo docente. Seguías siendo la docencia. Que ejercerías hasta el final. Hasta el último aliento, hasta la nube de un crepúsculo que llevaría tu espíritu hacia el gran viaje, continuarías con el decir, con el subir la ladera, con el rescatar señales, los mensajes en las selvas de la historia.

  Y luego de muchos años, regresé una tarde a nuestro colegio. Crucé el umbral de entrada. Caminé por los pasillos. Llegué hasta el aula donde te contemplábamos sudando entre las laderas. Y otra vez te escuché y pensé que existen los ideales nobles, aunque esta época anémica y sin entrañas quiera lo contrario. 

 Y seguí escuchando. Me sentí como antes, en mi adolescencia perdida, y te agradecí de nuevo, Rogelio Herman, recordado maestro.

Aún te escuchamos. Cumpliste tu misión.

Tu llama noble todavía sigue entre nosotros. 

 

 

* Agradecimiento por su colaboración en la realización de este homenaje al profesor Rafael Aragón y Mozo, y a Patricio Nogueira y Marcelo Weisman.

 

 

 

 

   ©  Temakel. Por Esteban Ierardo