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LA
EXCLUSIÓN SOCIAL EN ARGENTINA: NOVEDADES Y PERSPECTIVAS
Por María
Eugenia Piola. Mendoza. Argentina
Doctoranda en Sociología Universidad de Barcelona
El
presente trabajo es un intento de reflexión sociológica
acerca de las características, alcances y recientes transformaciones
del fenómeno de la exclusión social en el ámbito de la sociedad
argentina de fin de siglo.
En
primer lugar, se plantean consideraciones de tipo ético-filosófico que
pueden encontrarse en el fondo del problema de la exclusión social,
aspectos tales como la igualdad, sus alcances, restricciones y
dificultades; las necesidades humanas, los niveles en que éstas
debieran ser satisfechas, qué grado de universalidad se les puede
atribuir; la solidaridad, sus nuevas formas, su crisis como valor.
Luego
se puntualiza en el análisis de los cambios estructurales acaecidos en
la sociedad argentina en las últimas décadas y su incidencia en la
constitución del fenómeno de la exclusión social. En este sentido se
puntualiza en cuestiones relacionadas con la ciudadanía y el fenómeno
de los nuevos pobres. Por otra parte se analiza el proceso de deterioro
de las instituciones y prácticas propias del Estado de Bienestar, el
cual atraviesa una crisis tanto de orden financiero como filosófico.
La
cuestionamiento final del trabajo se centra en ver cuáles serían las
alternativas que se les presentan a los sectores excluidos dentro del
marco general que se ha perfilado, que, dicho muy sintéticamente,
consiste en la lógica excluyente con que actúan Estado y mercado.
El
debate ético filosófico
El
problema la exclusión social como idea y como realidad involucra
numerosos aspectos, matices y alcances, por ejemplo la noción de
justicia, de equidad, las clases sociales, la negación del
"otro", etc.; sin embargo en el marco de este trabajo no
pueden ser abordados con excesiva profundidad, por ello es que se toman
sólo tres elementos como ejes de la discusión: igualdad, necesidades
humanas y solidaridad.
La igualdad
La
cuestión de la igualdad registra una extensa historia en las
controversias filosófico-políticas de todos los tiempos, extensión
que en este contexto no podrá abarcarse. La pregunta por la igualdad
tiene que ver tanto con la interrogación filosófica y religiosa, como
con los modelos de una sociedad justa, y por tanto tiene una dimensión
sociopolítica; ésta última es la que más interesa en la perspectiva
de pensar la raíz de injusticia que presentan las situaciones de
exclusión social.
En
la construcción del pensamiento utópico y en la ingeniería social que
construye "utopías específicas" la idea de igualdad es uno
de los pilares fundamentales que sostienen todo el edificio utópico, lo
cual expresa el arraigo profundo que en los seres humanos tiene la
vocación igualitaria. El riesgo que encierra este pensamiento es el de
la mitificación consistente en creer que la cuestión de la igualdad
puede en una sociedad ideal futura ser resuelta de una vez y para
siempre. Esta visión es mistificadora en tanto desconoce el origen
social de la desigualdad como creación humana, de los seres humanos en
sociedad y que, como tal, no parece poder "cerrarse" tan
fácilmente.
Por
otra parte, la igualdad no sólo debe plantearse en términos de
derechos pasivos, sino que para que ésta sea integral debe involucrar
la idea de una actividad, de una participación, de una responsabilidad.
En este sentido, la igualdad puede ser entendida como un derecho y
también como un ejercicio de participación política, así, todas las
luchas por incrementar los derechos de ciudadanía tienen que ver con
una ampliación de la igualdad.
La
exigencia de igualdad puede verse como una creación histórica. Desde
el siglo XVII se comienza a plantear el argumento de que los seres
humanos nacen iguales y es justamente desde aquí que comienza a
desarrollarse el estudio sociológico de la desigualdad. Rousseau
sostiene que los hombres nacen iguales y es la sociedad la que los
convierte en desiguales, contrariamente a Hobbes que plantea que los
hombres nacen desiguales y la sociedad pretende igualarlos con
artilugios contractuales. El que lleva más a fondo el planteo de la
igualdad entre los seres humanos es, sin duda, Marx, sobre todo en su
propuesta de construcción de la fase del comunismo superior.
Históricamente,
la igualdad puede verse como la entrada de ciertos grupos sociales al universo
de los iguales, la revolución francesa marcaría el ingreso de la
burguesía a este mundo y las revoluciones socialistas, en teoría, han
tendido a hacer ingresar al proletariado. Pero, por supuesto, la
realidad es siempre mucho más compleja que cualquier teoría, por tanto
lo anterior sólo sirve de esquema orientativo.
En
el presente la igualdad no interesa, está desactivada, nos dice
Amelia Valcarcel(1) , ya no se usa
propagandísticamente en el discurso político, sino que ha sido
suplantada por la noción eclesiástica de justicia social. No son pocas
las voces que en la década del ochenta se han levantado contra las
pretensiones igualitarias (Berger, Minc, Bell, etc.). Si bien la
igualdad aparece agotada en el ámbito del discurso político, es claro
que no está "agotada" en la realidad, existen en la
actualidad profundas desigualdades, pero, según Valcarcel, éstas no
crean como antaño una clase revolucionaria sino excluidos.
La
idea de igualdad contiene, a su vez, una idea moral que es bastante
potente en sí misma, ya que en su faceta antijerárquica es capaz de
deslegitimar el funcionamiento de cualquier institución organizacional.
Las
necesidades humanas.
Si
hay algo de lo cual se excluye a los excluidos es de una satisfacción
plena de sus necesidades. Ahora bien, existe en torno a la definición
de lo que son las necesidades humanas una importante controversia, que
abarca aspectos tales como: qué es lo que debe considerarse como
necesidades humanas, el grado en que éstas deben satisfacerse, en qué
medida éstas necesidades pueden considerarse como universales o en qué
medida responden a las distintas realidades socioculturales, y en este
sentido, debieran considerarse como relativas, en qué medida es el
Estado responsable de garantizar la satisfacción de las necesidades de
la población, si puede establecerse o no un cierto "orden de
prioridades" en la satisfacción de las necesidades.
En
esta línea de preocupaciones puede citarse la propuesta de Doyal y
Gough(2) acerca de las necesidades
humanas. En principio estos autores proponen que acordemos acerca de una
cierta cantidad y calidad de necesidades básicas compartidas por todos,
este punto de partida operaría como límite al relativismo cultural, el
cual ve como ilusoria esta posibilidad, asegurando que son los
individuos quienes deciden cuáles son sus necesidades y el modo en que
desean satisfacerlas.
Sin
embargo, son conscientes acerca del consenso acerca de la no existencia
de necesidades objetivas. Este consenso está integrado tanto por la
economía ortodoxa que sostiene la idea de las necesidades como preferencias
desde una concepción subjetiva de los intereses; la "nueva
derecha" que ve en la idea de necesidades una peligrosidad en el
sentido de que entrañaría abusos de poder e intrusiones en la libertad
individual el hecho de que se pueda dictar por ley a los demás lo que
necesitan; el marxismo que concibe a las necesidades como históricas y
socialmente relativas al estipular lo que algunos grupos humanos
necesitan y otros no, y denomina imperialismo cultural al hecho de que
una cultura intente imponer su concepto de necesidades básicas a otra;
los demócratas radicales (Laclau y Mouffe) que sostienen que las
necesidades son discursivas, ya que es el "lenguaje" lo que
constituye la forma en que el mundo natural y social adquiere su
significado para distintos grupos; los argumentos fenomenológicos que
postulan la construcción social de las necesidades y rechazan la idea
de que hay características objetivas y universales, como las
necesidades básicas, que nos vinculan a todos los seres humanos con
independencia de la cultura.
Según
Doyal y Gough todas estas visiones tienen en común que, por un lado,
denuncian las normas universales de valoración, y por otro, las
utilizan para respaldar alguna visión del mundo objeto de su particular
preferencia.
Estos
autores definen necesidad como una fuerza instigada por un estado de
desequilibrio o tensión que se aposenta en un organismo a causa de una
carencia específica y sostienen que existen ciertas necesidades que de
no satisfacerse adecuadamente daría lugar a graves daños de
algún tipo concreto y específico, a su vez, para que exista un acuerdo
sobre lo que se consideran daños graves, debe existir también un
acuerdo sobre la forma de la condición humana en un estado normal,
próspero y libre de daños.
Todas
las argumentaciones dadas por los autores tienden a sostener que la
creencia en la realidad de las necesidades humanas, en conjunción con
una creencia en una visión moral del bien, presta un apoyo muy fuerte
al código moral de que las necesidades de todos los humanos habrían de
ser atendidas en la mejor medida posible.
Se
puede matizar este planteo teniendo en cuenta la propuesta de estudio y
comprensión de las necesidades humanas que formula Max Neef(3),
para él éstas no deben limitarse a la mera subsistencia, sino que las
necesidades patentizan la tensión constante entre carencia y potencia
propia de los seres humanos. Este planteo logra traspasar, en cierta
medida, el dilema necesidades universales - necesidades relativas, al
sostener que las necesidades humanas son finitas, pocas y clasificables,
son las mismas en todas las culturas y en todos los períodos
históricos. Lo que cambia a través del tiempo y de las culturas, es la
manera o los medios utilizados para la satisfacción de las necesidades,
es decir, lo que está culturalmente determinado no son las necesidades
humanas fundamentales, sino los satisfactores de esas
necesidades. Son justamente los satisfactores los que definen la
modalidad dominante que una cultura o una sociedad imprimen a las
necesidades.
En
síntesis, adoptaremos la perspectiva de que los seres humanos poseemos
una serie de necesidades básicas y fundamentales, sobre las que podría
llegarse a un acuerdo, si bien no exento de disputas y controversias de
todo tipo. Es decir, existe un núcleo mínimo de necesidades que
"deben" satisfacerse para evitar "graves daños". El
problema de la exclusión social, si bien no se agota en el planteo de
una satisfacción adecuada de las necesidades humanas, tiene un íntima
relación con ésta.
La
solidaridad.
La
exclusión social nos remite necesariamente a revisar la idea de la
solidaridad tanto en su carácter de valor general inspirador de
determinados proyectos políticos como en sus versiones más prácticas
(léase Estado de Bienestar, seguro social, etc.) que han pretendido
"hacer la solidaridad" en términos materiales y concretos.
La
solidaridad, en tanto valor general y deseable ha experimentado serios
cuestionamientos, algunos sostienen que poco es lo que ha producido en
términos reales esta apología de la solidaridad y que, a su vez, las
consecuencias prácticas de este enfoque acarrea serias
irresponsabilidades por parte de aquellos que se benefician con las
políticas fundadas en el principio de solidaridad.
Son
muchos los que se cuestionan acerca del profundo giro de valores y
prioridades que los sujetos sociales manifiestan. La solidaridad de
clase, de grupo, laboral, va perdiendo consistencia y densidad,
comienzan a manifestarse fisuras y desencuentros entre los que desde
"un punto de vista objetivo" debieran compartir la
perspectiva, los objetivos, los modos de ver el mundo.
Los
sectores sociales menos favorecidos, los más pobres, los que están
siendo expulsados del sistema productivo, aquellos a los que la acción
del Estado, ya sea en forma de caridad, asistencia o promoción, ya no
llega, todos estos "parias" son heterogéneos, fragmentados y
segmentados; sus realidades son diferentes, sus intereses también.
Parece lógico, entonces, que se miren con desconfianza y recelo.
Un
lugar común consiste en afirmar que asistimos a un giro en la modalidad
y el alcance de la solidaridad, siendo ésta ahora más
cercana, más próxima, más "humana". Este hecho le
conferiría un carácter más efectivo y asequible. En este giro de la
solidaridad universal a una más particular, Rorty sostiene que la
solidaridad no se descubre sino que se crea por medio de
la reflexión tendiente a concebir a los demás seres humanos como
"uno de nosotros" y no como "ellos", lo que equivale
a ponerse en el lugar del otro(4).
Una
cuestión crucial es ver qué valor y alcance puede tener la solidaridad
en un mundo donde la exclusión pasa de ser un fenómeno social marginal
a una situación donde se ha convertido en un rasgo estructural de la
sociedad, donde lentamente parece asumirse aquello de que no hay
lugar para todos. En este contexto, la solidaridad es una ambulancia
que recoge a los caídos, magullados, lastimados por la expulsión
del mundo, una especie de samaritano consuelo.
El
incremento de la exclusión social parece ser uno de los factores que ha
disparado esta mutación de la solidaridad universal en
solidaridad vecina, sin aspavientos. Pero lo que esta realidad de
solidaridades locales, fuertes y eficaces no debe hacernos olvidar es
que aquí hay un gran ausente: el poder público, aquel que concentra
los recursos económicos y debiera volcarlos en obras (vía políticas
sociales u otros modos de intervención política) hacia aquellos que
más lo necesitan.
A
pesar de lo anterior no deja de ser cierta la necesidad de revisar la
idea de una solidaridad universal, general, globalizante, en este
sentido es bastante cierto que mientras esta solidaridad universal se
construía, muchos vecinos caían.
Existen
al menos tres retóricas contra la solidaridad: por inútil, por
innecesaria y por contraproducente. En este contexto plantear
y apostar a una contracultura de la solidaridad significa invocar una chispa
mesiánica que explosiona en contacto con la inhumanidad(5).
Lo
que no puede dejar de señalarse es la pregunta de si las sociedades
actuales no avanzan de un modo vertiginoso e irrefrenable desde una ética
de la solidaridad hacia una ética de la seguridad. Esta
tendencia, de ser confirmada, tiene unas consecuencias de orden
práctico (y nada metafísico) para los sectores socialmente excluidos,
pasan de constituirse en factor denunciante de un orden injusto a una
categoría social digna de verse con la lupa estratégica del aparato de
seguridad del que cada país y región dispone. No es este un cambio
menor, implica la asunción con visos de larga permanencia de la lógica
excluyente del sistema y con ésta, la puesta a punto de dispositivos de
control y vigilancia que eviten los desbordes, estallidos y demás
"desórdenes públicos" a que podría conducir una sociedad a
la vez excluyente e insolidaria.
La
lógica excluyente
El
fenómeno de la creciente exclusión social suele ir asociado con el
agotamiento de los ensayos desarrollistas o con las consecuencias del
desarrollo del capitalismo. En los países subdesarrollados esto produce
un tipo de exclusión distinta a la de los países altamente
desarrollados.
Estructura
social y aumento de la pobreza
Revisar
los esquemas duales de análisis de la sociedad y reconocer la
dialéctica de lo social, es decir, asumir lo social como un campo de
tensión y conflicto si bien no exento de acuerdo y negociación,
aparece como una tarea muy necesaria si lo que se quiere es interpretar
el fenómeno de la exclusión social. Desde esta perspectiva lo social
no se presenta como un campo llano, sino más bien atravesado por
fuertes conflictividades surgidas de intereses divergentes y relaciones
de poder entre distintos grupos sociales. La clase social, la raza y el
género son las tres principales líneas de análisis que pueden dar
cuenta de dicha conflictividad, sin descartar otros factores como la
religión, el grupo etario y generacional, que inciden en la
configuración del entramado de las sociedades actuales.
El
concepto de ciudadanía está fuertemente implicado en el
problema de la exclusión social, existen en este plano fuertes
carencias histórico-culturales en lo que hace a la construcción de la
ciudadanía en América Latina, la reproducción de formas políticas
clientelísticas y las prácticas políticas propiciadas por las
diversas modalidades del populismo se presentan como importantes
obstáculos al desarrollo de una cultura de la ciudadanía.
Se
entiende por "cultura de la ciudadanía" a aquella en que los
individuos se relacionan con el Estado y demás instituciones públicas
en términos de derechos exigibles y no de amplias negociaciones
y presiones sobre lo que se presentan finalmente como
"concesiones" del poder político. Por eso es que uno de los
desafíos más importantes que enfrenta la región es justamente la
creación y expansión de prácticas democráticas mediante las cuales
se consoliden los procesos de construcción de la ciudadanía en todos
los niveles.
Para
el caso argentino encontramos que las políticas de ajuste estructural
que se vienen aplicando han reformulado no sólo el anterior patrón
estatal de desarrollo sino la misma estructura social conformada por el
industrialismo substitutivo. Algunos de los fenómenos más relevantes
que pueden mencionarse son: un profundo cambio en la estructura de
clases, heterogeneización y el aumento de la pobreza, caída del
ingreso, declinación y alta volatilidad de los sectores medios y
concentración del ingreso y el poder en los sectores medios altos y
altos, contracción del Estado y el retiro de sus funciones
redistributivas, modificaciones en el mercado de trabajo básicamente en
dirección a la precarización y el desempleo.
Los
cambios producidos en los últimos años fortalecen la complejidad, la
fragmentación y una lucha novedosa por la inclusión que atraviesa
transversalmente a la sociedad y que tiene al empleo como núcleo
central. Se rompe la anterior capacidad de vincular lo social con lo
político en amplias áreas de solidaridad y se produce la disolución
del nexo acción colectiva como acción de clase(6).
Anteriormente
se tenía una imagen del país donde la pobreza era considerada como un
fenómeno marginal a la realidad social, pero a partir de la década del
setenta y más precisamente desde la dictadura militar se inicia un
proceso de persistente movilidad social descendente. En este contexto la
exclusión social ya no puede seguir pensándose en términos de situación
transitoria que pronto el "progreso", la
"modernidad" o el "desarrollo" se encargarán de
extinguir. Cada vez se recorta con mayor nitidez en el horizonte del
análisis sociológico como una situación estructural, que no
puede conceptualizarse como una consecuencia de los fallos o
distorsiones de un modelo de desarrollo, sino que se trata de un
producto del modelo o, quizás, uno de sus requisitos. Con lo cual
cambia radicalmente todo el andamiaje teórico con el que era habitual
pensar a los marginados, los excluidos, los de "afuera".
El
desempleo aparece como un factor fundamental dentro del cuadro de la
exclusión social, pero a ello hay que sumarle otros factores
simultáneos y concomitantes como son la implementación del modelo
neoliberal que propicia e impulsa el desmontaje y la reducción del
Estado de Bienestar, el cambio en el imaginario social donde todo éxito
o fracaso individual es analizado desde las capacidades individuales de
los sujetos para hacer frente a los nuevos desafíos del mercado de
trabajo y a las nuevas condiciones de competitividad y no a las
condiciones y características de un modelo general.
Actualmente
se han generalizado los estudios sobre pobreza. Estos estudios ponen el
énfasis en la aparición de nuevos contingentes de pobres, los
"nuevos pobres": sectores pertenecientes a la vieja clase
media que sufren un progresivo proceso de empobrecimiento. La
heterogeneidad del mundo de los pobres en contraposición a una mayor
homogeneidad pretérita es recalcada por los distintos analistas, a este
fenómeno se le anexa la constatación de la dificultad que esto
significa en términos de identidades comunes y consolidación de un
grupo fuerte y organizado, que logre "hacerse oír" dentro de
la sociedad y alcanzar mejores condiciones de vida.
La
exclusión del mercado de trabajo, pero no sólo ésta, sino también la
exclusión de ciertos "beneficios del progreso": salud,
educación, servicios básicos, jubilaciones, transporte, recreación,
turismo, bienes culturales y simbólicos, están presentes en la
consideración de la pobreza.
Según
García Delgado(7) la estructura
social argentina tiene aproximadamente la siguiente composición:
1.
Pobres estructurales o excluidos: (25%) no son los más
insatisfechos con el modelo, le otorgan un alto valor a la estabilidad y
están más cerca de cumplir sus expectativas: supervivencia,
contención simbólica desde el gobierno y mejoras específicas.
2.
Los nuevos pobres: (25%) son un segmento declinado de las
clases medias, una población con ingresos inferiores a la línea de
pobreza pero que no presenta carencias críticas en sus necesidades
básicas. Son los más afectados por el modelo, no tienen contención ni
simbólica, ni material.
3.
Clases medias en transición: (30%) la declinación y
volatilidad de estos sectores contrasta con los rasgos ascendentes y
estables durante el modelo anterior.
4.
Sectores medios altos y altos: (15%) el modelo tiende a una
concentración del ingreso, son los menos afectados por el desempleo.
El
cambio en la estructura socioeconómica de la Argentina en los últimos
veinte años ha conducido a una brutal redistribución de los ingresos
de los sectores pobres a los ricos y a un fuerte proceso de
concentración de la riqueza. Hoy no sólo los pobres son más pobres
que antes, sino que los que no eran pobres ahora forman parte de esta
categoría. Sectores que por cultura e ingreso pertenecían a las clases
medias hoy se encuentran por debajo de la línea de pobreza. Estos
sectores han sufrido no sólo un empobrecimiento en términos materiales
sino que también se han empobrecido en términos psicosociales, a
través de la erosión de la condición de ciudadanía y de la
autoestima. La vida cotidiana de estos grupos está atravesada por la
idea de evitar la amenaza más temida: la movilidad social
descendente, como proceso que pone fin a la construcción ideal del
futuro en la que fueron socializados. En estos segmentos la crisis
privatiza, aísla y atomiza(8).
Los
cambios producidos durante las últimas dos décadas en la estructura
productiva de la Argentina han incidido forzosamente en las
características y composición de los sectores populares, en esta
dirección inciden factores tales como la segmentación de los mercados,
la heterogeneidad salarial, el aumento del cuentapropismo, la
precarización y flexibilización laboral, la desindustrialización, la
tercerización de la economía y el marginamiento de amplios sectores
del mercado de trabajo. Los empleados terciarios y los trabajadores
independientes se han convertido en mayoría absoluta entre los
trabajadores, desplazando así a los obreros industriales que eran
mayoría en la década pasada.
El
actual modelo económico reafirma la salida de la industrialización
sustitutiva operada durante la última dictadura militar y la entrada a
un nuevo proyecto económico caracterizado por la concentración
económica y una alta tasa de desempleo.
La
perspectiva actual sobre la pobreza parece hacerse cargo de un cierto
pragmatismo circundante, aborda diferencialmente las condiciones de vida
y pone el foco en las llamadas "estrategias de supervivencia"
de los sectores subordinados, con lo cual se diluye la dimensión
estructural del fenómeno.
En
este contexto el cuadro de la protesta social puede caracterizarse por
la alternancia de movimientos de presión local y acciones espontáneas
y semiorganizadas de explosión social(9).
Este carácter violento y disperso de la protesta social no hace más
que expresar la profunda crisis de representatividad de los actores
políticos en una modernidad que resulta cada vez más excluyente.
El
modo reactivo que presentan los sectores subalternos otorga un amplio
margen de discrecionalidad a los gobiernos, marcándoles laxos límites
de funcionamiento. Los analistas coinciden en su cautela ante las
hipótesis de ingobernabilidad o de insurgencia como un mecanismo
defensivo de los sectores más perjudicados por el ajuste estructural
que se lleva a cabo en los países de la región.
Esta
situación conlleva a las ciencias sociales en América Latina a
cuestionarse sus visiones más extendidas en torno a "las
potencialidades de la pobreza" y los "umbrales de
tolerancia" de los sectores subalternos de la sociedad. A su vez,
es notable el repliegue de los sectores de clase media que se sintieron
en su momento "llamados" a actuar en pos de una sociedad más
justa e igualitaria.
En
este sentido coincidimos con el planteo de María del Carmen Feijóo en
cuanto a que la pobreza no es fuente de demandas de transformación
revolucionaria pero tampoco el marasmo de la pasividad de los condenados(10).
En
cuanto a la conciencia política y a la organización popular esta
situación deja su marca, ya no puede hablarse de la posibilidad de
llevar a cabo una lucha conjunta de los sectores populares puesto que
los nuevos sectores mayoritarios no tienen una historia de lucha y
resulta difícil conciliar los distintos intereses de cada grupo que
tienen importantes diferencias en cuanto a sus condiciones de trabajo,
salariales, etc.
El
Estado de Bienestar
La
crisis del Estado de Bienestar es un tema ampliamente debatido y
estudiado hace ya un tiempo, tanto en los ámbitos políticos como
académicos. Existen varias líneas de análisis sobre las causas de
esta crisis y las perspectivas futuras del Estado de Bienestar. Es
decir, distintas respuestas a las preguntas: ¿qué ha sucedido con el
Estado del Bienestar?, qué debería hacerse con él o con lo que queda
de él?, o quizás una pregunta más estructural ¿a qué se puede
llamar hoy Estado del Bienestar cuando estamos a tanta distancia
histórica y política del keynesianismo de posguerra de donde surge?.
Algunos
sostienen que hoy aparecen rotas las ilusiones del Estado del Bienestar,
ya que sus consecuencias no deseadas neutralizan cada vez más sus
buenas intenciones. Es claro que en las últimas décadas se produjeron
cambios que condicionaron la dinámica de los sistemas de protección
social y establecieron límites sobre los objetivos y modos de
funcionamiento del Estado de Bienestar.
Uno
de los aspectos a tener en cuenta en la crisis del Estado del Bienestar
es la crisis del fordismo como esquema de producción en masa y de
ampliación creciente del radio de acción industrial. Esta crisis del
fordismo tiene que ver con factores tales como la tercera revolución
industrial con la introducción de la energía atómica, la producción
genética y la computación que producen una reorientación radical de
las relaciones laborales, puesto que estas tecnologías son ahorrativas
de fuerza de trabajo(11).
Lo
que entra en crisis son los supuestos productivistas sobre los que se
asienta el Estado de Bienestar; estos supuestos se centran en la noción
de producción y productividad como deseables tanto individual como
colectivamente.
Para
Pierre Rosanvallon se trata de una crisis filosófica del Estado
Providencia, que incluye dos problemas: la desintegración de los
principios integradores de la solidaridad y el fracaso de la concepción
tradicional de los derechos sociales para ofrecer un marco satisfactorio
en el cual pensar la cuestión de los excluidos(12).
Otros
encuentran en factores tales como las nuevas fuerzas globales, los
cambios demográficos y la transformación en la familia las causas de
la amenaza que se cierne sobre el Estado de Bienestar(13).
Esta
crisis conduce a retomar la cuestión de los derechos del contrato
social, a reformular la definición de lo justo y lo equitativo, a
reinventar las formas de la solidaridad. Ya que ahora lo social ya no
puede aprenderse en términos de riesgo, puesto que los fenómenos de
exclusión, de desempleo de larga duración definen lamentablemente
estados estables, todo parece indicar que vinieron para quedarse. Así
es como en materia social aparece como central el concepto de precariedad
y vulnerabilidad más que el de riesgo.
En
términos ideológicos resulta claro que el avance de la hegemonía
neoliberal incide abiertamente en los discursos tanto sobre el destino
del Estado de Bienestar como en el diagnóstico de las causas de su
crisis. Este discurso en grandes líneas plantea que la globalización
económica y la internacionalización de los mercados financieros exigen
llevar adelante unas políticas públicas de reducción del papel del
Estado de Bienestar, con la consiguiente disminución de la protección
social y aumento de la flexibilidad laboral(14).
Ahora
bien, la crisis del Estado de Bienestar, no tiene para todos el mismo
alcance y esto marca las distintas posiciones políticas que pueden
asumirse frente a este problema. Una cosa es decir que el Estado de
Bienestar, la idea y la intencionalidad que lo animaron, los objetivos
por los cuales surgió y las necesidades que pretendía atender, ya no
existen o han cambiado tan radicalmente de carácter que no bastan unos
"retoques" al Estado de Bienestar, sino, pues, que de lo que
se trata es de "inventar otra cosa". Distinto es sostener que
ante la situación actual de aumento de la exclusión social los valores
simbolizados por el Estado de Bienestar siguen teniendo vigencia en
tanto valores colectivamente deseables, y en este sentido, la crisis del
Estado de Bienestar no abarcaría sus valores, sino más bien a los
sistemas operativos por los cuales pretende obtenerlos. Es decir,
algunos están por tirar el niño junto con el agua sucia, otros pues
pretenden tirar sólo el agua sucia.
Para
el caso de América Latina se ha acuñado la expresión Estado de
Malestar que está estrechamente asociada con el desguace del incipiente
Estado de Bienestar que alguna vez se pensó consolidar en la región, a
través de distintos mecanismos, entre los que destacan el vaciamiento
presupuestario, la "descentralización" de servicios, la
privatización total o parcial de servicios, la ritualización de los
ministerios sociales, la "transferencia" a las Organizaciones
No Gubernamentales y a la familia de lo que el Estado es incapaz de
realizar, la flexibilización de las relaciones laborales, etc.(15).
El
ideario del Estado de Bienestar (y sus variantes populistas en el cono
Sur) se arraiga en la idea de inclusión social. En este sentido,
no parece apropiado seguir hablando de crisis del Estado de
Bienestar en la región, sino de la imposición de un nuevo régimen que
simboliza un ideario diferente: de exclusión social.
Los
excluidos frente al mercado y al Estado
En
este apartado se intentará reflexionar sobre las alternativas que se
presentan a los sectores socialmente excluidos en el marco de un Estado
cada vez más desmantelado y despreocupado de los "asuntos
sociales", un mercado que se transforma cada vez más en una
máquina expulsora de mano de obra o productora de un tipo de empleo
inestable, flexibilizado y precario (tanto en términos de condiciones
de trabajo como salariales) y una sociedad civil (de los
incluidos) que se muestra poco preocupada por esa "subsociedad de
los excluidos".
Resulta
bastante paradójico el hecho de que la dualización social creciente
vaya acompañada por una también creciente despolarización política.
Esto es que el campo de lo político ha pasado a ser más homogéneo, ya
no se presentan enfrentamientos radicalizados en cuanto a ideologías y
estrategias políticas. Parece haber un acuerdo general (tácito o
explícito) entre los partidos políticos mayoritarios en cuanto al
rumbo que deben seguir las políticas, las diferencias parecen ser más
de carácter metodológico que sustantivo.
Hay
quienes sostienen que los sectores sociales subalternos viven su
subordinación como "normalidad", donde predomina una visión
naturalizadora de las jerarquías sociales(16).
Lo anterior no impide tener en cuenta una historia rica y compleja de
luchas populares que impulsaron en la región la expansión de la
ciudadanía y los derechos. En este sentido puede verse que muchos
sectores socialmente excluidos plantean visiones alternativas al
neoliberalismo en la dirección de generar mecanismos de redistribución
de bienes, recursos y poderes y construir un orden social incluyente
basado en la participación directa. Estos excluidos sin duda tienen
algo importante que decir y reclaman la inclusión de las diferencias y
exigen que la sociedad y el Estado rompan sus límites excluyentes y
homogeneizadores.
A
pesar de reconocer estas posibilidades de los sectores excluidos, lo
mejor sería mantener una prudente distancia tanto de un exacerbado
optimismo como de un persistente pesimismo y ver a los grupos emergentes
dentro de los sectores excluidos como importantes focos de resistencia
frente a la hegemonía neoliberal que, si bien no bastan por sí mismos
para generar una alternativa, su presencia cuestionadora es de vital
importancia para marcar cambios de rumbo en dirección a una mayor
justicia y equidad social.
Ahora
bien, la pregunta que cabe formularse ante esta realidad compleja y
paradójica de acrecentamiento de las condiciones de pobreza y miseria y
ausencia de movimientos de contestación, es qué formas de resistencia
encuentran los sectores subalternos y cuáles son los efectos e impactos
que estas resistencias crean en los sectores dominantes. Aquí tomamos
la idea de Foucault según la cual allí donde se ejerce el poder se
generan puntos de resistencia. En general puede afirmarse que en la
última década estas resistencias han sido aisladas, coyunturales,
focalizadas por región o sector y difícilmente conduzcan a un
movimiento general de protesta.
Lo
que si demuestran estas protestas es que tienen un alto potencial
desestabilizador. La asociación entre pobreza e ingobernabilidad es en
este sentido típica, cada vez es más frecuente encontrar análisis en
torno a las dificultades de la gobernabilidad asociadas a las
condiciones de extrema pobreza. Puede arriesgarse la hipótesis de que
los sectores dominantes apuestan a la heterogeneidad y fragmentación de
los sectores subalternos como atenuante de posibles estallidos o
protestas más organizadas.
Reflexiones
finales
Las
presentes reflexiones quieren señalar algunos puntos cruciales en el
"nuevo mapa" de la exclusión social en la Argentina. Para
finalizar podrían sintetizarse algunos puntos claves para el abordaje
de la problemática que nos ocupa:
1.
Recrear o reinventar las formas de solidaridad social aparece como un
elemento fundamental en dirección a contrapesar una lógica
individualista que cada vez se extiende más y cala profundamente en el
tejido social, inhibiendo todo esfuerzo por construir modos alternativos
de intervención social y política.
2.
Se ha sostenido, por un lado, que los seres humanos tenemos unas
necesidades básicas que deben ser satisfechas, que la crueldad ejercida
sobre los prójimos y semejantes cuando se los deja afuera de la
posibilidad de satisfacer sus necesidades es en términos morales
inadmisible, que una sociedad que no tenga unos mínimos de igualdad y
justicia corre serios riesgos de desintegración; por tanto, puede
decirse que desde cualquier ángulo que se mire el problema demanda
pensar algunas alternativas en dirección a su solución.
3.
La magnitud del cambio producido en la estructura social argentina en
las últimas décadas, conlleva consecuencias cruciales en relación al
imaginario social en torno a temas como la organización colectiva, las
demandas populares, la justicia, la solidaridad y la igualdad, el cambio
social, la exclusión y marginación social. Revisar la dirección y
contenido de este cambio es un tarea aún pendiente.
4.
La lógica del modelo neoliberal tiende a hacernos ver todos los
problemas más como cuestiones de "método" que de contenido y
en este falso dilema se pierden las voces críticas hacia el modo de
funcionamiento de una sociedad que genera dosis de crueldad cada vez
más grandes hacia los sectores sociales que margina.
5.
El "espíritu de época" no nos brinda demasiados indicios
para el "optimismo" en el sentido de vislumbrar cambios
significativos en la situación de la exclusión social. Apatía,
indiferencia, individualismo, etc., parecen hablarnos de una sociedad
que renuncia a luchar por sus derechos, sin embargo no hay razones para
descartar las posibilidades de un cierto resurgimiento de las
organizaciones populares y con ellas de formas de resistencia novedosas,
aunque siempre está en ciernes el riesgo de reacciones violentas,
puntuales y desorganizadas que son más expresión del enojo y el
hartazgo que de una forma organizada de lucha política.(*)
(*) Fuente: María Eugenia
Piola, Scripta
Nova Revista Electrónica de Geografía y Ciencias Sociales,
Universidad de Barcelona [ISSN 1138-9788] Nº 45 (25), 1 de agosto de
1999.
Notas
1.
Valcarcel, Amelia. 1994
2.
Doyal, Len y Gough, Ian. 1994
3.
Max Neef, Manfred y otros. 1986
4.
Rorty, Richard. 1993
5.
García Roca, Joaquín. 1998
6.
García Delgado, Daniel. 1995
7.
García Delgado, Daniel. op. cit.
8.
Feijóo, Maria del Carmen. 1992
9.
Calderón, Fernando y Dos Santos, Mario. 1995
10.
Feijóo, María del Carmen. 1990
11.
Mires, Fernando. 1994
12.
Rosanvallon, Pierre. 1994
13.
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14.
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15.
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16.
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