Aquel Buenos Aires misterioso y mágico,
de las calles arltianas que acechaban en tahúres y malandras en el
reino de la traición y la decepción, persiste en los recuerdos y
las memorias de sus habitantes y de las calles. Pero también
subsiste ese otro Buenos Aires que era sinónimo de vecindad y de
experiencias de mundanidad, en el que cada barrio se erigía como
una pequeña patria y compartía una comunidad de intereses. De todo
ello los sucesivos cambios y migraciones culturales se percibe han
hecho variar la esfinge porteña de manera notable hoy en día.
Se
han incorporado nuevas voces, otras prácticas y los barrios-alma se
transformaron en reductos diversificados en donde lo heterogéneo y
heteredoxo de las culturas y de cuerpos tanto de países limítrofes
como de migrantes internos cunde sobre las viejas capas de proyectos
siempre inconclusos de identidad. Ya el porteño extraña el aire de
familia entre barrios, ya concretamente las barreras simbólicas a
la par de las reales diferencian a un vecino del norte con otro del
sur.
Podemos
enumerar algunas cuestiones de corte sociológico y político para
desmenuzar las causas de las transformaciones. Una de las razones
poderosas ha sido la decisiva segmentación de la clase media, entre
los reconocidos con la sigla NUPO (nuevos pobres), y otra ligada a
las empresas de tercerización, a los grupos contratistas de los
servicios públicos y a las nuevas tecnologías, aquellas nuevas
clases medias que durante los noventa dieron visibilidad a un
importante cambio de mentalidad clasista. Mientras que hasta ese
momento los valores de clase sobredeterminaban actitudes frugales y
contenciosas, los nuevos estereotipos impulsaban un modo de vida
centrado en el desborde y el derroche, sumado a un ansía de
ostentación acorde a las condensaciones dominantes.
Por
este motivo barrios como Puerto Madero o Palermo(s) han sido
especialmente sensibles a los procesos de gentrificación que
solapan los viejos sueños de la ciudad de la modernidad. Allí se
representa el paso del capital cultural extensivo, propio de los
anhelos modernizadores de la urbanización, hacia el capital
cultural intensivo desarticulador de los espacios colectivos. Ahora
los deseos de la comunidad se trasladan sobre los personajes y no
sobre las historias, y patentiza las miradas posmodernistas de la
ciudad como red o archipiélagos, nodos o "enclaves
fortificados", en palabras de Teresa Caldeira, interconectados
fundamentalmente por las líneas de las medios de comunicación.
Aparecen en la realidad concreciones de noticiarios más localistas
y menos federales, ficciones televisivas costumbristas y diarios
barriales, radios de teléfonos abiertos y un "nuevo" cine
neorrealista (sic) latinoamericano, en los roles de los principales
agentes de interpelación e identificación ciudadana.
En
simultáneo a este lento desangrado de la vieja unidad urbana,
aquella que tanto Tomás Moro en su Utopía como Tommaso
Campanella en la Cittá del Sole delimitan en los albores del
capitalismo, se ha dado también un apresurado reflujo dentro de las
valoraciones hacia la ciudad. A pesar de que pareciera que la ciudad
se vive y se percibe fracturada varias personas por diversas
motivaciones y sensaciones reintegran de alguna manera una
experiencia en común.
Estas
pretensiones, que reconfiguran los hábitos cotidianos y los
imaginarios sociales, dan lugar a una experiencia urbana asentada en
el incremento de la inseguridad y la violencia. El deterioro urbano
es la contracara de la cerrazón de los grupos en espacios y
tiempos, de la instauración de tácticas y estrategias de diálogo
y circulación, que llevan a la experiencia urbana a un cambio
orientado en una sicología del riesgo. De aquella urbe de calles
abiertas, de esa que pintaba Julio Cortázar "con una visión
horizontal, de proximidad tranquilizadora", se pasa a en pocas
décadas a la urgente crónica de Carlos Ares, en donde la
experiencia urbana resulta en un odio siempre a punto de estallar:
"Anota para no olvidar: este crimen en una esquina, aquél, el
indulto, la explotación de familias enteras, la expulsión de
chaqueños, la violencia del hambre entre hermanos, la persecución
de bolivianos, peruanos, paraguayos y más....-hasta que- puedes
limpiarte el culo con la cara de un ministro o escupir la imagen de
cualquiera en la pantalla...Días de odio a los que suceden días de
pena y enseguida regresan los días de todos los días".
El
presente artículo constituye una búsqueda sicogeográfica
diacrónica que asiente los diversos marcos sicológicos que operan
sobre el pragma porteño. El análisis se despliega a través de una
reconstrucción de la enunciación sentida, una aproximación a las
nebulosas afectuales que se superponen en las capas textuales del
pasado siglo y en aquellos nuevos relatos del devenir ciudadano.
Por
demás la posición que se toma recupera la indagación griega que
podía nombrar a la ciudad tanto como polis o astu. Polis se
refería a la ciudad captada desde sus límites objetivos, desde las
imposiciones simbólicas y concretas. En cambio astu denominaba la
situación en la cual un observador sensibiliza la experiencia
urbana y otorga una valoración particular a la ciudadanía. Diremos
entonces que nuestra tendencia analítica es "astunista".
Fervor
de Buenos Aires
Como
bien señalan Christian Ferrer (2001) y Alvaro Abós (2000) la
condición de la apuesta borgeana se cumple con verosimilitud para
Buenos Aires: antes de ser una ciudad residencial (Madrid), imperial
(Roma) o infernal (París) nuestra "reina del Plata"
eligió las historias y los sueños para construir su identidad. La
condición mítica porteña, a falta de grandes gestas o imponentes
realizaciones, fue un gran relato continuo iniciada por las clases
gobernantes, luego ensalzada por las clases medias y finalmente
significada por las diferentes miradas de las clases populares.
La
problemática sobre la cuestión de la identidad se abalanza en los
estudios sobre la subjetividad contemporánea, una vez disueltas las
imposiciones deterministas o esencialistas. La sucesiva afirmación
de políticas de la diversidad, fruto de luchas culturales de largo
aliento como las étnicas o las genéricas, junto con la
singularidad de la historia social argentina, hecha y contrahecha en
pos de un marco compartido de identificaciones, ponen en
consideración una pluralidad de voces en la construcción
identitaria. En las recientes conceptualizaciones de la identidad a
cambio del tradicional punto de vista ordenador y sujetador de las
distintas teorías de identificación e interpelación, tanto
parsonianas como althusserianas, se produjo un "giro
lingüístico" al incorporar el espacio narrativo en una doble
entrada: con una pata en la puesta concreta del aparato comunicativo
y la otra como una operación hermenéutica sobre la propia
existencia. La apertura a la incompletud de los mundos narrativos,
necesariamente ficcionales recalca Arfuch (2000:22), no deja de
corresponderse a las fisuras de la (a)puesta en praxis, entendida a
la manera de la proyección existencialista. Precisamente esta
ampliación fenomenológica, en aras de la consideración del
"enunciado sentido" que propone Paul Ricoeur, intenta
romper el techo de cristal que a veces liga inexorablemente la
identidad con la representación, una dimensión simbólica
dominante que reduce todo al reinado del significante. La opacidad
de lo real, la voluntad y la acción del cuerpo en el
acontecimiento, mella la invención narrativa de la identidad y
modifica las estrategias enunciativas cada vez que se quiere decir
algo sobre algo en el mundo.
En
resumen la mirada propuesta acerca la noción de identidad a la
noción de devenir, superando una estática la idea del ser, pero
agrega que cualquier reconsideración del espacio de
narrativización no debe imponer los modos del decir sobre los modos
del hacer. Los modelos de vida, aquellos que generan en los relatos
historias y tiempos, llevan las marcas del cuerpo y sus padeceres,
de sus fallas y de su irrepresentatibilidad. Desde nuestra óptica
"astunista", cada ciudad narrada es una muestra del
inacabamiento (re)creativo de una ciudad vivida.
Decíamos
que en un primer momento las leyendas y los mitos embargaron las
mentes fervorosas de los porteños. Desde las terribles crónicas de
los sobrevivientes de la primera expedición hacia estas tierras, un
incipiente muestrario del ingenio individualista, con toda una trama
de traiciones en búsqueda de una ruin supervivencia, hasta las
primeras letras de tango, la violencia cotidiana de la ciudad cubre
la totalidad de las relaciones humanas. A partir de Evaristo
Carriego este rasgo de porteñidad, a veces, es cierto, también de
criollismo, es el telón de fondo que explica esas actitudes
"oscuras" o "bárbaras" que colocan siempre a
los cuerpos en pugna, en el intento de "sobrar" al
compañero. La invención narrativa de la ciudad ante la inmensidad
y desolación de la pampa, aquella ciudadela portuaria "sin
salida al mar" cimentada en la energía vital de oleadas de
transpirados cuerpos extranjeros y no porteños (llámese
"anarquistas", llámase "cabecitas negras"),
deriva en una justificación de la ofensa y del artilugio como modo
de supervivencia.
De
las primeras décadas del siglo XX proceden principalmente las
representaciones del porteño en un rol de arrogante, jactancioso y
tenedor de una rara viveza. Es aquel personaje que se pasea por las
"avenidas cosmopolitas de neón" en los aguafuertes de
Roberto Arlt o que se permite disfrutar en los veintitantos de un
"Buenos Aires –como- un emporio riquísimo, donde se
encontraba cualquier cosa, aún la fantasía" en palabras de
Adolfo Bioy Casares. Es un momento clave en el cual la ciudad deja
atrás a la gran aldea para transformarse en una gran urbe
iberoamericana. Un instante clave en que el ojo porteño pierde la
perspectiva desde la superficie y precisa más que nunca del mito
que lo lleve a cierta altura de la tierra para comprender una
totalidad en fuga. Un instante que se presta a ser entendido dentro
de una sicología del autoengaño, de la primacía de las
proyecciones imaginarias de la conciencia social hegemónica sobre
los conflictos y avatares de la realidad.
A
medida que transcurren las primeras décadas del siglo, y Buenos
Aires trastoca los sueños de integración alberdianos por la
represión antipopular, en un proceso iniciado en el Centenario y
que alcanza un climax con el golpe militar del 30, la experiencia
urbana adquiere rasgos de frustración. Aquellos indicios de la
capital, que no se sabía si era a lo lejos una luciérnaga o la
capital de un imperio que nunca existió –Borges dixit-, dan paso
a las certezas de una ciudad que primero aliena y moldea después en
un darwinismo social que aborta cualquier utopía fraternalista
según sus escribas.
La
ciudad releva un aspecto bifronte, claro en la perspectiva
discépoleana, hermanada a una cierta óptica simmeliana: por un
lado personifica un solar de consagración interior que potencia la
individualidad pero por otro encarna como ningún otra imago el
mundo productivo de los intercambios materiales antes que humanos y
de los compromisos contractuales antes que afectivos. En palabras
del mismo Enrique Santos Discépolo: "las ciudades no tienen
tiempo para mirar al cielo. El hombre de las ciudades se hace cruel.
Caza mariposas de chico. De grande, no. Las pisa...no las ve, no lo
commueven".
Dicho
sea de paso la condena en Discépolo de las ciudades no se aparta de
la convención judeo-cristiana, en donde los señalamientos
transitan por un vector moral antes que ideológico. El porteño
condena a las ciudades por tener "un farragoso destino de
grandeza" en el cual se anulan las valiosas capas de
sentimientos humanos, de nuevo en sintonía a las observaciones del
alemán Georg Simmel en Las grandes urbes y la vida del espíritu.
La diferencia tal vez en este punto con el halo trágico simmeliano
es la angustia desmesurada de Discépolo, al igual que la de un
Roberto Arlt o un Enrique González Tuñón, una pasión en la cual
no anida la esperanza de Simmel de un resurgimiento espiritual.
"Encanto
de Buenos Aires: La trabazón que da la soledad. El porteño es un
marino. Buenos Aires es un enorme barco inmóvil que está varado en
la vida". El descanto, alimentado por la extrañación de un
medio percibido hostil, todo ello representado por el canto de
medianoche de Raúl Scalabrini Ortiz El hombre que está solo y
espera, pone el acento solipsista y fatalista que comienza a
derruir el alma pública en los tiempos de la década infame. La
mundanidad deriva en imágenes de desolación e indolencia y más
que nunca la ciudad es el teatro de la absurda inhumanidad.
Bajo
estas nuevas inquisiciones, emergentes de las prácticas de una
sociedad envuelta en el fragor del cuentapropismo y la corrupción,
en la ciudad se vislumbra un futuro no de progreso sino de perpetuos
cambios. No de una ampliación o sustracción racional sino de un
imponente amontonamiento de arquitectura y memorias.
A
fin de la década del 40 Juan José Sebrelli, en medio del ascenso
irresistible de nuevos actores en la sociedad civil amparados en el
fenómeno del peronismo, escribe: "las calles, las casas, los
lugares que formaron parte inseparable de mi vida, han sido tan
fugaces como los momentos que en ellas pasé, tan inasibles como los
años; ya no existen en el espacio real, visible, sino tan sólo en
la frágil trama de mis recuerdos".
El
despliegue de la identidad porteña adquiere en los intervalos entre
el decir y el hacer el aspecto de un proceso, no de una
configuración, que desemboca en una sicología de la melancolía.
Nuevamente en palabras de uno de los mejores apologistas de la
ciudad, Sebrelli, "la mitología...del porteñismo...es un
actitud reaccionaria y pasatista frente a la inevitable
transformación social de la ciudad".
La
estética de la traición urbana imprime sentimientos que enlazan la
figura de un individuo derrotado bajo las formas de una urbanidad
aplastante. Una imagen ajustada la entrega en 1955 Witold Gombrowicz:
"Camino por la calle Corrientes, solo y desesperado. Delante de
mí no veo nada...ninguna esperanza. Se me está acabando todo, no
consigo iniciar nada. ¿El balance?. Después de tantos años
llenos, a pesar de todo, de esfuerzos y trabajo, ¿quién
soy?".
Dolor
de Buenos Aires
Carlos
Monsiváis (2000) destaca que nuestras ciudades latinoamericanas
deben a sus narradores y cronistas la imposición de los compartidos
retratos sicológicos, morales o culturales. Hasta el momento una
rápida recorrida enlazó distintos relatos que presentaban
sublimaciones del campo experiencial porteño de la primera mitad
del siglo y que de alguna manera perduraron. En 1995 Eladia
Blázquez demuestra la persistencia de la sicología de la
melancolía cuando afirma que "el perfil gris es parte de
nuestra manera de ser. La frustración nos es natural porque no nos
hemos podido realizar como país, y no sabemos si seremos testigos
alguna vez".
En
el anterior apartado adelantamos nuestro interés de enfocar hacia
el enunciado sentido. La aspiración es despejar las limitaciones de
una mirada sesgada en la significación y abrir el campo de fuerzas
del acontecimiento. Por este motivo recurrimos a las intervenciones
de la subjetividad en la superficie textual que dan cuenta en la
enunciación de los espacios tensivos. Una entrada del giro afectivo
en los análisis de discurso se halla en los trabajos sobre las
semióticas volitivas que desarrolla la escuela posgreimasiana,
principalmente en los avances de Jacques Fontanille en Francia y
María Isabel Filinich en México.
Para
ser breves estas posturas de análisis dividen al discurso en
distintas racionalidades (acción, pasión, cognición) que actúan
organizando la textualidad pero que dependen de un cuerpo en el
papel de articulador semiótico, con el lógico correlato
sicológico ya que la corporalidad sugiere el universo pulsional y
libidinal. Surge así una dimensión sensible que distribuye siempre
de forma provisoria las modelizaciones del espacio categorial con
las modulaciones del espacio tensivo compuesto, entre otras cosas,
por el marco sicológico. Nuestro objeto es fungir la importancia de
la subjetividad pasional, del sujeto volitivo que engloba al sujeto
deóntico, al sujeto pragmático, al sujeto dóxico en aquello que
Ricouer (1981:146) denomina "lo decidido como tal" y que
en definitiva otorga coherencia interna a la subjetividad para
Fontanille (2001:181). Nos detendremos en hallar los efectos
pasionales que están en la superficie textual y de este modo
recomponer los efectos de sentido de las variaciones de intensidad y
de cantidad, en cuanto rasgos perceptivos y tensivos, y la modalidad
y el ritmo, en tanto caracteres aspectuales.
A
diferencia de la ciudad de proximidad o de aquella del desamparo
Buenos Aires del nuevo siglo parece sitiada. Algunas muestras de
diciembre de 2002: "Los pasajeros tienen la estación a medio
tomar por los chapones azules de una obra sin obreros" (Clarín,
10/12/02); "los vendedores ambulantes....vuelven a tomar la
calle en forma ilegal", (La Nación, 5/12/02); y
"Una multitud de jóvenes copó la plaza Palermo Viejo", (Clarín,
1/12/02). La intensidad de estos juicios axiológicos, valoraciones
disfóricas en este caso que otorgan expresión lingüística a una
sensibilidad "perseguida", coloca la acentuación en los
enunciados sobre entes peligrosos e invasores: obras sin obreros
representados en chapas abandonadas, vendedores que ejercitan por
fuera de las regimentación laboral, multitud que asalta una plaza.
La configuración en el plano sintáctico ordena una lectura posible
en el plano semántico en sintonía con las percepciones de un
determinado pulso social. Y este movimiento atrae un posicionamiento
que decide la imagen-objeto de una ciudad asediada, con sus lugares
usurpados por una alteridad radical.
Los
artículos citados comparten la preocupación de una situación de
precariedad que pretende permanecer. Mientras la última nota de Clarín
sobre un festival en Palermo apunta que "Analía –como
varios artesanos o vendedores en las calles porteñas- había
improvisado una lona sobre el pasto", el artículo de La
Nación describe a los enfrentamientos entre vendedores
ambulantes de la calle Florida y la policía "como una moderna
y alocada versión del viejo juego del gato y el ratón", y la
primera crónica de Clarín sobre la Plaza Constitución y
alrededores pinta a la estación "bombardeada por la pobreza y
la suciedad". Tenemos presente en los ejemplos un espacio
tensivo, una captación de la temporalidad y de la espacialidad, no
en el sentido cronológico o topológico, sino en el espacio-tiempo
compartido en el imaginario social. En las notas surge una
constancia en marcar la ocupación "no convencional" del
lugar, en grados de mayor o menor efecto pasional, que impone una
temporalidad distinta al orden establecido en el mundo productivo.
Los tiempos de lo precario, de lo desquiciado de posiciones sin
anclajes de reconocimiento de nuevos actores (artesanos,
desempleados, etc.), confieren una impresión de desmoronamiento de
códigos de urbanidad.
Los
sentimientos de usurpación y precariedad quedan descubiertas
también en la faz aspectual. Por un lado los códigos modales,
condicionados por el contacto entre los cuerpos y el campo de
presencia, arrojan en cualquiera de los enunciados citados un
sentimiento de angustia ante la proximidad, una puesta en primer
plano de agenciamientos disociadores ante la otredad. Esto reforzado
por la utilización de ciertos sentidos (tomar, copar, bombardear)
que instauran en recepción una lectura atenta y a la vez afectada.
Con
un pequeño relato de Antonio del Masetto, en la contratapa de Página/12
del 17/12/02, sintetizaremos algunas de las características de la
disposición discursiva pasional contemporánea de la subjetividad
porteña, con el fin de delinear el fondo pulsional de la
experiencia urbana. En Previsiones, una crónica sobre los
temores ante la falta de mantenimiento de los servicios, el
personaje Luis se rodea de delirantes medidas de seguridad ante la
desconfianza de circular por las calles. "Esto no da para más,
se está cayendo a pedazos, estamos en las últimas. ¿Dónde me doy
cuenta?. En lo más simples, rutinarios y cotidianos de nuestros
hábitos" describe en plan paranoide, dicho sea de paso un
síntoma urbano ya social que además supera la enfermedad mental.
La acumulación acelerada de situaciones comunes (lavarse la cara,
utilizar el transporte público, caminar por las calles) origina un
ritmo-programa sincopado que aumenta la percepción propioperceptiva
en lectura. En el extremo el lector padece las agresiones de una
ciudad fundamentalmente ajena que no da respiro. Literalmente:
"economizá pulmones, respira poco", afirma el personaje
de Dal Masetto.
El
desarrollo del dispositivo pasional en el relato muestra los
embragues con el espacio tensivo del campo de presencia que figuran
un acontecimiento vivido como una catástrofe. "Imaginate la
cantidad de caños subterráneos que están reventando
continuamente. Imaginate los millones de metros de cables
pelados", acusa Luis dando entonación alarmista a la
modelización, lo que conlleva una intensidad disfórica producto de
un juicio de valor catastrófico de la realidad. Esta conjugación
de afecto y valor pone en superficie, de acuerdo a nuestros
objetivos, los nexos profundos entre afectividad e identidad y la
conciencia (Sarlo, 2003:237), ya que las capas de afecciones cumplen
un rol primordial de las relaciones entre el sujeto y aquello
exterior que a él lo conmueve.
En
los párrafos finales en tonos post apocalípticos, en concordancia
a las impresiones de Monsávais (2000) quien opina que en nuestras
ciudades el Apocalipsis es cosa del "pasado", Luis acosa a
su compañero/lector espantado y dice "tomo el aire
indispensable y lo largo rápido. Se vienen tiempos cada vez más
difíciles". El poderío lesivo de la evaluación del
personaje, la carga pasional que urge a respirar con premura, remata
una arquitectura textual asentada en las sensaciones de la
devastación. El flujo de atención dinaniza el acento a las
adjetivaciones sombrías, hacia las pinturas de climas y
sensibilidades más que de las acciones de los actantes. Al igual
que los artículos antes reseñados ciertamente el sujeto de estado,
el estadio de la subjetividad durante el ascenso pasional,
inmoviliza al sujeto del hacer, aquel que transforma el
acontecimiento, en la contemplación de las ruinas materiales y
sicológicas de la urbe.
Retomando
la indagación de la sicología social digamos que la narrativa
estudiada nos ofrece una asimilación en el campo de la presencia de
una cierta sicología del hundimiento o sicología de la decadencia
que subsume al sujeto pasional en el exceso de una reflexividad
doliente. Exagera así los rasgos del perfil gris pero también las
actitudes de autoengaño al (a)sentir un sentimiento de disvalor
hacia lo urbano. Finalmente una ciudad en pedazos, sociales,
simbólicos, imaginarios, se sobrecoge como totalidad en la memoria
efectiva y en los cuerpos de los cronistas.
A
modo de cierre
Las
páginas precedentes exponen la intención de presentar a las
pasiones como formas de comunicación acentuadas que trasuntan las
sensibilidades de la praxis hasta delinear el campo de fuerzas del
acontecimiento. Una recomposición de la intensidad y la cantidad de
las intervenciones afectivas propone una mejora en la articulación
entre análisis discursivo y experiencia. Consideramos que las
pasiones reactualizan y concretan los significados reactivos, los
capas de sentido de los programas narrativos en el momento de la
efectivización del diálogo, y permiten configurar las
sensibilidades y las cargas pulsionales que un imaginario social
juega entre el decir y el hacer.
Una
de las ciudades que el protagonista de Las ciudades invisibles de
Italo Calvino recorre, revive y hace suya, es Clarisa. Esta urbe
vive de periodos de esplendor y de decadencia, de una suntuosa
ciudad se pasa a una pordiosera Clarisa. Sus habitantes en los
periodos de decadencia se aferraban a las ruinas para sobrevivir: en
las urnas de mármol plantan comestibles, sobre las imponentes
verjas de hierro "asan gatos", etc. Y a pesar de cada
renovación, de otro ciclo de bonanza, los ciudadanos sentían que
cada vez más la grandeza de la primera Clarisa se esfumaba en los
rincones de la memoria y en las calles. Ahora bien, nadie recordaba
con exactitud cómo era la primera ciudad. La totalidad de los
registros y la arquitectura se habían demolido porque la costumbre
de los ciudadanos era mezclar objetos y personas cada tanto y hacer
la prueba de juntarlo nuevamente. Tal vez Clarisa sea Buenos Aires,
tal vez "el revoltijo de trastos desportillados, heteróclitos,
en desuso" que sentimos en nuestra urbe sea otra oportunidad
para la utopía porteña de convertirse en la ciudad de todos. (*)
(*)
Fuente: Mariano Oropeza, "La cabeza de Goliat en la
encrucijada. Sobre la subjetividad porteña"; trabajo
presentado en Jornadas de investigación sobre la subjetividad en el
año 2003 en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de
Buenos Aires.
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Página/12,
17/12/02, p. 32, Previsiones, crónica de Antonio Dal Masetto
Clarín,
1/12/02, p. 49, Una multitud de jóvenes copó la plaza Palermo
viejo (sic),
nota
de Mariana Iglesias
Clarín,
10/12/02, pp. 26 a 27, Plaza Constitución, la vida entre una
multitud de paso,
nota
de Gabriel Giubellino
La
Nación,
5/12/02, p 20, No logran desalojar a los vendedores ambulantes de
la calle
Florida,
sin
firma.