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 SUBJETIVIDADES DE LA CIUDAD DE BUENOS AIRES

Por Mariano Oropeza

 

 

Imagen de la Plaza de Mayo, con el Obelisco en el centro y la Casa de gobierno atrás y, más allá, el Río de la Plata.. Esta Plaza es el centro histórico de la ciudad de Buenos Aires, ciudad capital de Argentina que es explorada aquí, en su trama invisible de sentidos y subjetividades por el texto de Mariano Oropeza.

 

 

   En un trabajo de corte académico y con la terminología de un estricto análisis conceptual, Mariano Oropeza explora los diversos niveles de la subjetividad del habitante de la ciudad de Buenos Aires. Se trata de un sacar a luz de procesos no directamente visibles o comprendidos que ejercen sus efectos sobre lis "porteños", los habitantes de la más poblado ciudad argentina. Mediante la apelación a Raúl Scalabrini Ortiz, Evaristo Carriego, Enrique Santos Discépolo y muchas otras fuentes, Oropeza realiza esta tarea de perseguir la invisible geografía del sujeto que palpita en la urbe a orillas del ancho Río de la Plata.

E.I

 

 SUBJETIVIDADES DE LA CIUDAD DE BUENOS AIRES

Por Mariano Oropeza

 

" El Gran Jan ya estaba hojeando en su atlas los mapas de las ciudades amenazadoras de las pesadillas y las maldiciones: Enoch, Babilonia, Yahoo, Butúa, Brave New World.

Dice: Todo es inútil si el último fondeadero no puede sino ser la ciudad infernal, y donde, allí en el fondo, en una espiral cada vez más cerrada, nos sorbe la corriente.

Y Polo: El infierno de los vivos no es algo por venir; hay uno, el que ya existe aquí, el infierno que habitamos todos los días, que formamos estando todos juntos. Hay dos maneras de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de dejar de verlo. La segunda es riesgosa y exige atención y aprendizaje continuos: buscar saber quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacer que dure, dejarle espacio. "

Italo Calvino, Las ciudades invisibles

 

      Aquel Buenos Aires misterioso y mágico, de las calles arltianas que acechaban en tahúres y malandras en el reino de la traición y la decepción, persiste en los recuerdos y las memorias de sus habitantes y de las calles. Pero también subsiste ese otro Buenos Aires que era sinónimo de vecindad y de experiencias de mundanidad, en el que cada barrio se erigía como una pequeña patria y compartía una comunidad de intereses. De todo ello los sucesivos cambios y migraciones culturales se percibe han hecho variar la esfinge porteña de manera notable hoy en día.

Se han incorporado nuevas voces, otras prácticas y los barrios-alma se transformaron en reductos diversificados en donde lo heterogéneo y heteredoxo de las culturas y de cuerpos tanto de países limítrofes como de migrantes internos cunde sobre las viejas capas de proyectos siempre inconclusos de identidad. Ya el porteño extraña el aire de familia entre barrios, ya concretamente las barreras simbólicas a la par de las reales diferencian a un vecino del norte con otro del sur.

Podemos enumerar algunas cuestiones de corte sociológico y político para desmenuzar las causas de las transformaciones. Una de las razones poderosas ha sido la decisiva segmentación de la clase media, entre los reconocidos con la sigla NUPO (nuevos pobres), y otra ligada a las empresas de tercerización, a los grupos contratistas de los servicios públicos y a las nuevas tecnologías, aquellas nuevas clases medias que durante los noventa dieron visibilidad a un importante cambio de mentalidad clasista. Mientras que hasta ese momento los valores de clase sobredeterminaban actitudes frugales y contenciosas, los nuevos estereotipos impulsaban un modo de vida centrado en el desborde y el derroche, sumado a un ansía de ostentación acorde a las condensaciones dominantes.

Por este motivo barrios como Puerto Madero o Palermo(s) han sido especialmente sensibles a los procesos de gentrificación que solapan los viejos sueños de la ciudad de la modernidad. Allí se representa el paso del capital cultural extensivo, propio de los anhelos modernizadores de la urbanización, hacia el capital cultural intensivo desarticulador de los espacios colectivos. Ahora los deseos de la comunidad se trasladan sobre los personajes y no sobre las historias, y patentiza las miradas posmodernistas de la ciudad como red o archipiélagos, nodos o "enclaves fortificados", en palabras de Teresa Caldeira, interconectados fundamentalmente por las líneas de las medios de comunicación. Aparecen en la realidad concreciones de noticiarios más localistas y menos federales, ficciones televisivas costumbristas y diarios barriales, radios de teléfonos abiertos y un "nuevo" cine neorrealista (sic) latinoamericano, en los roles de los principales agentes de interpelación e identificación ciudadana.

En simultáneo a este lento desangrado de la vieja unidad urbana, aquella que tanto Tomás Moro en su Utopía como Tommaso Campanella en la Cittá del Sole delimitan en los albores del capitalismo, se ha dado también un apresurado reflujo dentro de las valoraciones hacia la ciudad. A pesar de que pareciera que la ciudad se vive y se percibe fracturada varias personas por diversas motivaciones y sensaciones reintegran de alguna manera una experiencia en común.

Estas pretensiones, que reconfiguran los hábitos cotidianos y los imaginarios sociales, dan lugar a una experiencia urbana asentada en el incremento de la inseguridad y la violencia. El deterioro urbano es la contracara de la cerrazón de los grupos en espacios y tiempos, de la instauración de tácticas y estrategias de diálogo y circulación, que llevan a la experiencia urbana a un cambio orientado en una sicología del riesgo. De aquella urbe de calles abiertas, de esa que pintaba Julio Cortázar "con una visión horizontal, de proximidad tranquilizadora", se pasa a en pocas décadas a la urgente crónica de Carlos Ares, en donde la experiencia urbana resulta en un odio siempre a punto de estallar: "Anota para no olvidar: este crimen en una esquina, aquél, el indulto, la explotación de familias enteras, la expulsión de chaqueños, la violencia del hambre entre hermanos, la persecución de bolivianos, peruanos, paraguayos y más....-hasta que- puedes limpiarte el culo con la cara de un ministro o escupir la imagen de cualquiera en la pantalla...Días de odio a los que suceden días de pena y enseguida regresan los días de todos los días".

El presente artículo constituye una búsqueda sicogeográfica diacrónica que asiente los diversos marcos sicológicos que operan sobre el pragma porteño. El análisis se despliega a través de una reconstrucción de la enunciación sentida, una aproximación a las nebulosas afectuales que se superponen en las capas textuales del pasado siglo y en aquellos nuevos relatos del devenir ciudadano.

Por demás la posición que se toma recupera la indagación griega que podía nombrar a la ciudad tanto como polis o astu. Polis se refería a la ciudad captada desde sus límites objetivos, desde las imposiciones simbólicas y concretas. En cambio astu denominaba la situación en la cual un observador sensibiliza la experiencia urbana y otorga una valoración particular a la ciudadanía. Diremos entonces que nuestra tendencia analítica es "astunista".

 

Fervor de Buenos Aires

Como bien señalan Christian Ferrer (2001) y Alvaro Abós (2000) la condición de la apuesta borgeana se cumple con verosimilitud para Buenos Aires: antes de ser una ciudad residencial (Madrid), imperial (Roma) o infernal (París) nuestra "reina del Plata" eligió las historias y los sueños para construir su identidad. La condición mítica porteña, a falta de grandes gestas o imponentes realizaciones, fue un gran relato continuo iniciada por las clases gobernantes, luego ensalzada por las clases medias y finalmente significada por las diferentes miradas de las clases populares.

La problemática sobre la cuestión de la identidad se abalanza en los estudios sobre la subjetividad contemporánea, una vez disueltas las imposiciones deterministas o esencialistas. La sucesiva afirmación de políticas de la diversidad, fruto de luchas culturales de largo aliento como las étnicas o las genéricas, junto con la singularidad de la historia social argentina, hecha y contrahecha en pos de un marco compartido de identificaciones, ponen en consideración una pluralidad de voces en la construcción identitaria. En las recientes conceptualizaciones de la identidad a cambio del tradicional punto de vista ordenador y sujetador de las distintas teorías de identificación e interpelación, tanto parsonianas como althusserianas, se produjo un "giro lingüístico" al incorporar el espacio narrativo en una doble entrada: con una pata en la puesta concreta del aparato comunicativo y la otra como una operación hermenéutica sobre la propia existencia. La apertura a la incompletud de los mundos narrativos, necesariamente ficcionales recalca Arfuch (2000:22), no deja de corresponderse a las fisuras de la (a)puesta en praxis, entendida a la manera de la proyección existencialista. Precisamente esta ampliación fenomenológica, en aras de la consideración del "enunciado sentido" que propone Paul Ricoeur, intenta romper el techo de cristal que a veces liga inexorablemente la identidad con la representación, una dimensión simbólica dominante que reduce todo al reinado del significante. La opacidad de lo real, la voluntad y la acción del cuerpo en el acontecimiento, mella la invención narrativa de la identidad y modifica las estrategias enunciativas cada vez que se quiere decir algo sobre algo en el mundo.

En resumen la mirada propuesta acerca la noción de identidad a la noción de devenir, superando una estática la idea del ser, pero agrega que cualquier reconsideración del espacio de narrativización no debe imponer los modos del decir sobre los modos del hacer. Los modelos de vida, aquellos que generan en los relatos historias y tiempos, llevan las marcas del cuerpo y sus padeceres, de sus fallas y de su irrepresentatibilidad. Desde nuestra óptica "astunista", cada ciudad narrada es una muestra del inacabamiento (re)creativo de una ciudad vivida.

Decíamos que en un primer momento las leyendas y los mitos embargaron las mentes fervorosas de los porteños. Desde las terribles crónicas de los sobrevivientes de la primera expedición hacia estas tierras, un incipiente muestrario del ingenio individualista, con toda una trama de traiciones en búsqueda de una ruin supervivencia, hasta las primeras letras de tango, la violencia cotidiana de la ciudad cubre la totalidad de las relaciones humanas. A partir de Evaristo Carriego este rasgo de porteñidad, a veces, es cierto, también de criollismo, es el telón de fondo que explica esas actitudes "oscuras" o "bárbaras" que colocan siempre a los cuerpos en pugna, en el intento de "sobrar" al compañero. La invención narrativa de la ciudad ante la inmensidad y desolación de la pampa, aquella ciudadela portuaria "sin salida al mar" cimentada en la energía vital de oleadas de transpirados cuerpos extranjeros y no porteños (llámese "anarquistas", llámase "cabecitas negras"), deriva en una justificación de la ofensa y del artilugio como modo de supervivencia.

De las primeras décadas del siglo XX proceden principalmente las representaciones del porteño en un rol de arrogante, jactancioso y tenedor de una rara viveza. Es aquel personaje que se pasea por las "avenidas cosmopolitas de neón" en los aguafuertes de Roberto Arlt o que se permite disfrutar en los veintitantos de un "Buenos Aires –como- un emporio riquísimo, donde se encontraba cualquier cosa, aún la fantasía" en palabras de Adolfo Bioy Casares. Es un momento clave en el cual la ciudad deja atrás a la gran aldea para transformarse en una gran urbe iberoamericana. Un instante clave en que el ojo porteño pierde la perspectiva desde la superficie y precisa más que nunca del mito que lo lleve a cierta altura de la tierra para comprender una totalidad en fuga. Un instante que se presta a ser entendido dentro de una sicología del autoengaño, de la primacía de las proyecciones imaginarias de la conciencia social hegemónica sobre los conflictos y avatares de la realidad.

A medida que transcurren las primeras décadas del siglo, y Buenos Aires trastoca los sueños de integración alberdianos por la represión antipopular, en un proceso iniciado en el Centenario y que alcanza un climax con el golpe militar del 30, la experiencia urbana adquiere rasgos de frustración. Aquellos indicios de la capital, que no se sabía si era a lo lejos una luciérnaga o la capital de un imperio que nunca existió –Borges dixit-, dan paso a las certezas de una ciudad que primero aliena y moldea después en un darwinismo social que aborta cualquier utopía fraternalista según sus escribas.

La ciudad releva un aspecto bifronte, claro en la perspectiva discépoleana, hermanada a una cierta óptica simmeliana: por un lado personifica un solar de consagración interior que potencia la individualidad pero por otro encarna como ningún otra imago el mundo productivo de los intercambios materiales antes que humanos y de los compromisos contractuales antes que afectivos. En palabras del mismo Enrique Santos Discépolo: "las ciudades no tienen tiempo para mirar al cielo. El hombre de las ciudades se hace cruel. Caza mariposas de chico. De grande, no. Las pisa...no las ve, no lo commueven".

Dicho sea de paso la condena en Discépolo de las ciudades no se aparta de la convención judeo-cristiana, en donde los señalamientos transitan por un vector moral antes que ideológico. El porteño condena a las ciudades por tener "un farragoso destino de grandeza" en el cual se anulan las valiosas capas de sentimientos humanos, de nuevo en sintonía a las observaciones del alemán Georg Simmel en Las grandes urbes y la vida del espíritu. La diferencia tal vez en este punto con el halo trágico simmeliano es la angustia desmesurada de Discépolo, al igual que la de un Roberto Arlt o un Enrique González Tuñón, una pasión en la cual no anida la esperanza de Simmel de un resurgimiento espiritual.

"Encanto de Buenos Aires: La trabazón que da la soledad. El porteño es un marino. Buenos Aires es un enorme barco inmóvil que está varado en la vida". El descanto, alimentado por la extrañación de un medio percibido hostil, todo ello representado por el canto de medianoche de Raúl Scalabrini Ortiz El hombre que está solo y espera, pone el acento solipsista y fatalista que comienza a derruir el alma pública en los tiempos de la década infame. La mundanidad deriva en imágenes de desolación e indolencia y más que nunca la ciudad es el teatro de la absurda inhumanidad.

Bajo estas nuevas inquisiciones, emergentes de las prácticas de una sociedad envuelta en el fragor del cuentapropismo y la corrupción, en la ciudad se vislumbra un futuro no de progreso sino de perpetuos cambios. No de una ampliación o sustracción racional sino de un imponente amontonamiento de arquitectura y memorias.

A fin de la década del 40 Juan José Sebrelli, en medio del ascenso irresistible de nuevos actores en la sociedad civil amparados en el fenómeno del peronismo, escribe: "las calles, las casas, los lugares que formaron parte inseparable de mi vida, han sido tan fugaces como los momentos que en ellas pasé, tan inasibles como los años; ya no existen en el espacio real, visible, sino tan sólo en la frágil trama de mis recuerdos".

El despliegue de la identidad porteña adquiere en los intervalos entre el decir y el hacer el aspecto de un proceso, no de una configuración, que desemboca en una sicología de la melancolía. Nuevamente en palabras de uno de los mejores apologistas de la ciudad, Sebrelli, "la mitología...del porteñismo...es un actitud reaccionaria y pasatista frente a la inevitable transformación social de la ciudad".

La estética de la traición urbana imprime sentimientos que enlazan la figura de un individuo derrotado bajo las formas de una urbanidad aplastante. Una imagen ajustada la entrega en 1955 Witold Gombrowicz: "Camino por la calle Corrientes, solo y desesperado. Delante de mí no veo nada...ninguna esperanza. Se me está acabando todo, no consigo iniciar nada. ¿El balance?. Después de tantos años llenos, a pesar de todo, de esfuerzos y trabajo, ¿quién soy?".

 

Dolor de Buenos Aires

Carlos Monsiváis (2000) destaca que nuestras ciudades latinoamericanas deben a sus narradores y cronistas la imposición de los compartidos retratos sicológicos, morales o culturales. Hasta el momento una rápida recorrida enlazó distintos relatos que presentaban sublimaciones del campo experiencial porteño de la primera mitad del siglo y que de alguna manera perduraron. En 1995 Eladia Blázquez demuestra la persistencia de la sicología de la melancolía cuando afirma que "el perfil gris es parte de nuestra manera de ser. La frustración nos es natural porque no nos hemos podido realizar como país, y no sabemos si seremos testigos alguna vez".

En el anterior apartado adelantamos nuestro interés de enfocar hacia el enunciado sentido. La aspiración es despejar las limitaciones de una mirada sesgada en la significación y abrir el campo de fuerzas del acontecimiento. Por este motivo recurrimos a las intervenciones de la subjetividad en la superficie textual que dan cuenta en la enunciación de los espacios tensivos. Una entrada del giro afectivo en los análisis de discurso se halla en los trabajos sobre las semióticas volitivas que desarrolla la escuela posgreimasiana, principalmente en los avances de Jacques Fontanille en Francia y María Isabel Filinich en México.

Para ser breves estas posturas de análisis dividen al discurso en distintas racionalidades (acción, pasión, cognición) que actúan organizando la textualidad pero que dependen de un cuerpo en el papel de articulador semiótico, con el lógico correlato sicológico ya que la corporalidad sugiere el universo pulsional y libidinal. Surge así una dimensión sensible que distribuye siempre de forma provisoria las modelizaciones del espacio categorial con las modulaciones del espacio tensivo compuesto, entre otras cosas, por el marco sicológico. Nuestro objeto es fungir la importancia de la subjetividad pasional, del sujeto volitivo que engloba al sujeto deóntico, al sujeto pragmático, al sujeto dóxico en aquello que Ricouer (1981:146) denomina "lo decidido como tal" y que en definitiva otorga coherencia interna a la subjetividad para Fontanille (2001:181). Nos detendremos en hallar los efectos pasionales que están en la superficie textual y de este modo recomponer los efectos de sentido de las variaciones de intensidad y de cantidad, en cuanto rasgos perceptivos y tensivos, y la modalidad y el ritmo, en tanto caracteres aspectuales.

A diferencia de la ciudad de proximidad o de aquella del desamparo Buenos Aires del nuevo siglo parece sitiada. Algunas muestras de diciembre de 2002: "Los pasajeros tienen la estación a medio tomar por los chapones azules de una obra sin obreros" (Clarín, 10/12/02); "los vendedores ambulantes....vuelven a tomar la calle en forma ilegal", (La Nación, 5/12/02); y "Una multitud de jóvenes copó la plaza Palermo Viejo", (Clarín, 1/12/02). La intensidad de estos juicios axiológicos, valoraciones disfóricas en este caso que otorgan expresión lingüística a una sensibilidad "perseguida", coloca la acentuación en los enunciados sobre entes peligrosos e invasores: obras sin obreros representados en chapas abandonadas, vendedores que ejercitan por fuera de las regimentación laboral, multitud que asalta una plaza. La configuración en el plano sintáctico ordena una lectura posible en el plano semántico en sintonía con las percepciones de un determinado pulso social. Y este movimiento atrae un posicionamiento que decide la imagen-objeto de una ciudad asediada, con sus lugares usurpados por una alteridad radical.

Los artículos citados comparten la preocupación de una situación de precariedad que pretende permanecer. Mientras la última nota de Clarín sobre un festival en Palermo apunta que "Analía –como varios artesanos o vendedores en las calles porteñas- había improvisado una lona sobre el pasto", el artículo de La Nación describe a los enfrentamientos entre vendedores ambulantes de la calle Florida y la policía "como una moderna y alocada versión del viejo juego del gato y el ratón", y la primera crónica de Clarín sobre la Plaza Constitución y alrededores pinta a la estación "bombardeada por la pobreza y la suciedad". Tenemos presente en los ejemplos un espacio tensivo, una captación de la temporalidad y de la espacialidad, no en el sentido cronológico o topológico, sino en el espacio-tiempo compartido en el imaginario social. En las notas surge una constancia en marcar la ocupación "no convencional" del lugar, en grados de mayor o menor efecto pasional, que impone una temporalidad distinta al orden establecido en el mundo productivo. Los tiempos de lo precario, de lo desquiciado de posiciones sin anclajes de reconocimiento de nuevos actores (artesanos, desempleados, etc.), confieren una impresión de desmoronamiento de códigos de urbanidad.

Los sentimientos de usurpación y precariedad quedan descubiertas también en la faz aspectual. Por un lado los códigos modales, condicionados por el contacto entre los cuerpos y el campo de presencia, arrojan en cualquiera de los enunciados citados un sentimiento de angustia ante la proximidad, una puesta en primer plano de agenciamientos disociadores ante la otredad. Esto reforzado por la utilización de ciertos sentidos (tomar, copar, bombardear) que instauran en recepción una lectura atenta y a la vez afectada.

Con un pequeño relato de Antonio del Masetto, en la contratapa de Página/12 del 17/12/02, sintetizaremos algunas de las características de la disposición discursiva pasional contemporánea de la subjetividad porteña, con el fin de delinear el fondo pulsional de la experiencia urbana. En Previsiones, una crónica sobre los temores ante la falta de mantenimiento de los servicios, el personaje Luis se rodea de delirantes medidas de seguridad ante la desconfianza de circular por las calles. "Esto no da para más, se está cayendo a pedazos, estamos en las últimas. ¿Dónde me doy cuenta?. En lo más simples, rutinarios y cotidianos de nuestros hábitos" describe en plan paranoide, dicho sea de paso un síntoma urbano ya social que además supera la enfermedad mental. La acumulación acelerada de situaciones comunes (lavarse la cara, utilizar el transporte público, caminar por las calles) origina un ritmo-programa sincopado que aumenta la percepción propioperceptiva en lectura. En el extremo el lector padece las agresiones de una ciudad fundamentalmente ajena que no da respiro. Literalmente: "economizá pulmones, respira poco", afirma el personaje de Dal Masetto.

El desarrollo del dispositivo pasional en el relato muestra los embragues con el espacio tensivo del campo de presencia que figuran un acontecimiento vivido como una catástrofe. "Imaginate la cantidad de caños subterráneos que están reventando continuamente. Imaginate los millones de metros de cables pelados", acusa Luis dando entonación alarmista a la modelización, lo que conlleva una intensidad disfórica producto de un juicio de valor catastrófico de la realidad. Esta conjugación de afecto y valor pone en superficie, de acuerdo a nuestros objetivos, los nexos profundos entre afectividad e identidad y la conciencia (Sarlo, 2003:237), ya que las capas de afecciones cumplen un rol primordial de las relaciones entre el sujeto y aquello exterior que a él lo conmueve.

En los párrafos finales en tonos post apocalípticos, en concordancia a las impresiones de Monsávais (2000) quien opina que en nuestras ciudades el Apocalipsis es cosa del "pasado", Luis acosa a su compañero/lector espantado y dice "tomo el aire indispensable y lo largo rápido. Se vienen tiempos cada vez más difíciles". El poderío lesivo de la evaluación del personaje, la carga pasional que urge a respirar con premura, remata una arquitectura textual asentada en las sensaciones de la devastación. El flujo de atención dinaniza el acento a las adjetivaciones sombrías, hacia las pinturas de climas y sensibilidades más que de las acciones de los actantes. Al igual que los artículos antes reseñados ciertamente el sujeto de estado, el estadio de la subjetividad durante el ascenso pasional, inmoviliza al sujeto del hacer, aquel que transforma el acontecimiento, en la contemplación de las ruinas materiales y sicológicas de la urbe.

Retomando la indagación de la sicología social digamos que la narrativa estudiada nos ofrece una asimilación en el campo de la presencia de una cierta sicología del hundimiento o sicología de la decadencia que subsume al sujeto pasional en el exceso de una reflexividad doliente. Exagera así los rasgos del perfil gris pero también las actitudes de autoengaño al (a)sentir un sentimiento de disvalor hacia lo urbano. Finalmente una ciudad en pedazos, sociales, simbólicos, imaginarios, se sobrecoge como totalidad en la memoria efectiva y en los cuerpos de los cronistas.

 

A modo de cierre

Las páginas precedentes exponen la intención de presentar a las pasiones como formas de comunicación acentuadas que trasuntan las sensibilidades de la praxis hasta delinear el campo de fuerzas del acontecimiento. Una recomposición de la intensidad y la cantidad de las intervenciones afectivas propone una mejora en la articulación entre análisis discursivo y experiencia. Consideramos que las pasiones reactualizan y concretan los significados reactivos, los capas de sentido de los programas narrativos en el momento de la efectivización del diálogo, y permiten configurar las sensibilidades y las cargas pulsionales que un imaginario social juega entre el decir y el hacer.

Una de las ciudades que el protagonista de Las ciudades invisibles de Italo Calvino recorre, revive y hace suya, es Clarisa. Esta urbe vive de periodos de esplendor y de decadencia, de una suntuosa ciudad se pasa a una pordiosera Clarisa. Sus habitantes en los periodos de decadencia se aferraban a las ruinas para sobrevivir: en las urnas de mármol plantan comestibles, sobre las imponentes verjas de hierro "asan gatos", etc. Y a pesar de cada renovación, de otro ciclo de bonanza, los ciudadanos sentían que cada vez más la grandeza de la primera Clarisa se esfumaba en los rincones de la memoria y en las calles. Ahora bien, nadie recordaba con exactitud cómo era la primera ciudad. La totalidad de los registros y la arquitectura se habían demolido porque la costumbre de los ciudadanos era mezclar objetos y personas cada tanto y hacer la prueba de juntarlo nuevamente. Tal vez Clarisa sea Buenos Aires, tal vez "el revoltijo de trastos desportillados, heteróclitos, en desuso" que sentimos en nuestra urbe sea otra oportunidad para la utopía porteña de convertirse en la ciudad de todos. (*)

(*) Fuente: Mariano Oropeza, "La cabeza de Goliat en la encrucijada. Sobre la subjetividad porteña"; trabajo presentado en Jornadas de investigación sobre la subjetividad en el año 2003 en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires.

 

Bibliografía consultada

Abos, A., 2000, El libro de Buenos Aires. Crónicas de cinco siglos, Buenos Aires,

Mondadori

Arfuch, L. (comp.), 2002, Identidades, sujetos y subjetividades, Buenos Aires, Prometeo

Ferrer, C., 2001, Pueblo de frontera, en revista Ciencias Sociales, FCSUBA,

Nro. 44 Noviembre 2001, pp. 5 a 6

Fontanille, J., (1994), El "giro modal" en semiótica, monográfica, trad. Victoria Villaseñor

-----------------,1998, Sémiotique du Discours, Limoges: PULIM ((2001) Semiótica del

discurso, Lima, Fondo de Cultura Económica Perú)

García Canclini, N., 1999, Imaginarios urbanos, Buenos Aires, Eudeba

------------------------, 2003, Desde la torre de tránsito, en suplemento Cultura y Nación,

diario Clarín, 9/8/03, pp. 2 a 3.

Monsiváis, C., 2000, Aires de familia. Cultura y sociedad en América Latina, Barcelona,

Anagrama

Pujol, S., 1995, Discépolo y los porteños, en revista Todo es historia, Año XXVIII

Nro. 333, Abril de 1995, pp. 30 a 36.

Ricoeur, P., (1981), El discurso de la acción, Madrid, Cátedra

Sassen, S., (1991), La ciudad global. New York, Londres, Tokio, Buenos Aires, Eudeba

Sarlo, B., 2003, La pasión y la excepción, Buenos Aires, Siglo XXI editores Argentina

 

Material analizado

Textos revisitados del libro de Abós:

Ares, C., Los días, pp. 341 a 342

Bioy Casares, A., Diario de monos, pp. 209 a 210

Cortázar, J., Buenos Aires Buenos Aires, pp. 299 a 302

González Tuñon, E., Camas de un peso, pp. 205 a 207

Grombrowicz, W., Fin de año, pp. 285 a 286

Scalabrini Ortiz, R., Libreta de apuntes, pp. 225 a 228

Sebrelli, J.J., Constitución, pp. 267 a 270

 

Prensa gráfica:

Página/12, 17/12/02, p. 32, Previsiones, crónica de Antonio Dal Masetto

Clarín, 1/12/02, p. 49, Una multitud de jóvenes copó la plaza Palermo viejo (sic),

nota de Mariana Iglesias

Clarín, 10/12/02, pp. 26 a 27, Plaza Constitución, la vida entre una multitud de paso,

nota de Gabriel Giubellino

La Nación, 5/12/02, p 20, No logran desalojar a los vendedores ambulantes de la calle

Florida, sin firma.