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   EL CRUCE DE LOS ANDES PARA HOMENAJEAR LA ÉPICA SAN MARTINIANA  

 

 

  Expedicionarios en cabalgando hacia Chile. Las banderas de Argentina y Chile se muestran hermanadas. Los jinetes recorrieron doscientos kilómetros en una semana. (Foto: Coco Yañez).

 
 

    En nuestra Argentina actual, despojada de valores y modelos ideales, es oportuno rescatar hechos que estimulen el perdido fervor por metas elevadas y nobles. La Asociación Sanmartiniana de Rosario ya ha organizado hasta la fecha cinco cruces de los Andes siguiendo algunos de los caminos por los que se desplazó, con miles de mulas, caballos y artillería, el ejército de San Martín, en enero de 1817. 

   En enero de 2003, se realizó un entusiasta y exigente cruce de las altas montañas andinas. Aquí presentamos parte de la crónica de un periodista que acompañó a los expedicionarios.

   Recrear el pasado, a veces, puede reencender algún candelabro de esperanza en el presente.

 
 
   El próximo año habrá un nuevo cruce. Para quienes deseen averiguar más sobre esta experiencia singular:
 

    

  CRUCE DE LOS ANDES: UNA SEMANA A LOMO DE MULA Y MATE COCIDO POR EL DURO CAMINO QUE SIGUIÓ SAN MARTÍN

  Por Guido Braslavsky

      La columna avanza por la pampa de Canota y parece pequeña en esa planicie interminable, a 2.900 metros de altura, techo de la precordillera. Desde las crestas de los cerros espían varios guanacos, tan curiosos como asustadizos. Un choique, el ñandú de la zona, aparece a la carrera por el llano y dos jinetes baqueanos se lanzan a perseguirlo, sólo por divertirse. Promedia la primera jornada del cruce de los Andes a lomo de mula, por la ruta sanmartiniana de Uspallata, la misma que empleó el general Gregorio de las Heras al frente de su columna del Ejército de los Andes. Es el quinto cruce que organiza la Asociación Cultural Sanmartiniana de Rosario desde 1997. Pero es el más numeroso realizado por civiles desde aquella gesta de la Independencia. El primer objetivo es Las Cuevas, adonde se llegará hoy luego de recorrer unos 140 kilómetros a lomo de mula en una semana, con un día de descanso en el medio. El tramo final hasta la cuesta de Chacabuco, donde se libró una batalla decisiva de la Independencia, se hará mañana en ómnibus, ya que no se puede cruzar a Chile con el ganado.

 

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la columna avanza por la pampa de Canota y parece pequeña en esa planicie interminable, a 2.900 metros de altura, techo de la precordillera. Desde las crestas de los cerros espían varios guanacos, tan curiosos como asustadizos. Un choique, el ñandú de la zona, aparece a la carrera por el llano y dos jinetes baqueanos se lanzan a perseguirlo, sólo por divertirse. Promedia la primera jornada del cruce de los Andes a lomo de mula, por la ruta sanmartiniana de Uspallata, la misma que empleó el general Gregorio de las Heras al frente de su columna del Ejército de los Andes. Es el quinto cruce que organiza la Asociación Cultural Sanmartiniana de Rosario desde 1997. Pero es el más numeroso realizado por civiles desde aquella gesta de la Independencia. El primer objetivo es Las Cuevas, adonde se llegará hoy luego de recorrer unos 140 kilómetros a lomo de mula en una semana, con un día de descanso en el medio. El tramo final hasta la cuesta de Chacabuco, donde se libró una batalla decisiva de la Independencia, se hará mañana en ómnibus, ya que no se puede cruzar a Chile con el ganado.

 

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Somos 84 "expedicionarios" y el grupo se eleva a 109 contando a los jinetes militares y baqueanos del Regimiento de Infantería de Montaña 16 de Uspallata, sin cuyo apoyo la empresa sería irrealizable. En fila, de a uno, subiendo el angosto camino entre dos cerros, la columna alcanza quinientos metros de extensión.

El lunes hubo una ceremonia de partida en el campo histórico de El Plumerillo, donde San Martín organizó su Ejército. La mayoría de los expedicionarios llegó de Rosario; el resto de Buenos Aires, Córdoba, Corrientes, Tucumán, Mendoza, Santiago del Estero, Salta, Formosa y del interior de Santa Fe. Al mediodía llegamos al viejo casco de la estancia Canota, 30 kilómetros al noroeste de Mendoza. Fue un día de familiarizarse con eso de caminar entre el olor y la bosta de las mulas. Por la tarde se distribuyeron los animales y se formaron once patrullas, cada una con un jefe experimentado. Más del 60 por ciento no había cabalgado nunca. Los dolores en las piernas —y no en la cola como podría creerse— pronto darán cuenta de ello. En la aventura están representadas todas las edades, desde 15 a 67 años. Y casi un tercio son mujeres.

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El primer contacto con los animales confirma la sabiduría de tantas populares comparaciones: ser terco como una mula, loco como una mula, patear como una mula. No vale hablarles para demostrar que se es amigo, o llamarlas por sus nombres: Lola, Carolina, Haragán, Alf. Tampoco parece amilanarlas demasiado el rigor del rebenque. Hacen más bien lo que se les canta y si la cosa se pone brava, están los baqueanos para ponerlas en vereda. Pero los defectos de estos híbridos de yegua y burro se compensan con sus virtudes: son resistentes, trepan adonde parece impensable, pisan seguras en todo terreno y perciben el peligro. Parece mentira que con semejante instinto no les importe si llevan un ser humano o cajones de fruta.

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Después de un día de ansiedad con noche de fogón bajo las estrellas, el martes hubo diana a las 6.30, mate cocido con pan y dulce de leche y se despacharon los equipajes en un camión de apoyo del Ejército. Para la jornada, sólo lo indispensable en una alforja, esto es, la ración fría para el almuerzo y una cantimplora. A las 9.30 empieza el cruce en Canota, a 1.400 metros, rumbo a Agua de la Cueva, a casi 3.100.

Pronto queda claro que cruzar los Andes en mula no es hacer castillos de arena junto al mar. Las mulas, asustadizas, mañosas e impredecibles tiran a dos compañeros. Las caídas no pasan del susto pero la mañana se transforma en un picnic de derribos, que llegan a siete en total. Uno lo protagoniza este cronista, que venía meditando cómo dominar al animal en caso de que se espante. Pero a la hora de la verdad no hay tiempo ni de darse cuenta: otra mula pateadora hace lo suyo y en una fracción de segundo estaba en el suelo. Por suerte, la caída fue en el centro de una jarilla, un arbusto tupido con ramitas delgadas que amortiguaron el aterrizaje. "No puede ser, tres de las mulas que tiraron son de calesita", se quejó el teniente primero Iván Argüelles Benett. Rodríguez bramó exigiendo precaución.

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Almorzamos en una quebrada, junto a una vertiente. En todo momento del cruce hay clases de historia sobre episodios de la vida de San Martín y allí, bajo un solazo que partía, Miguel Brusasca cautivó a todos con su relato del sargento Cabral. Contó que era hijo natural de una esclava negra de la hacienda de los Cabral, en Saladas, Corrientes. Analfabeto, fue reclutado cuando San Martín formó el Regimiento de Granaderos. El 3 de febrero de 1813, en el combate de San Lorenzo, rescató junto al soldado Baigorria a San Martín de debajo de su caballo herido por la metralla, y en ese momento fue atravesado por un bayonetazo. "Murió en el refectorio del convento pocas horas después. Nunca pudo haber dicho 'Muero contento, hemos batido al enemigo' en ese español castizo que cuenta la historia oficial. Si tuvo últimas palabras fue en guaraní, su idioma".

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Tras una jornada agotadora, luego de atravesar la desértica pampa de Canota, ascendimos una última cuesta y por primera vez aparecieron, a lo lejos, las altas cumbres de la cordillera con el Aconcagua en el centro. En Agua de la Cueva hay un par de pozos de agua, únicos en toda el área. Se supone que allí abrevaron los animales de la columna de Las Heras y también los que iban con San Martín cuando viajó a Uspallata para encontrarse en el valle con los derrotados de Rancagua.

"El cruce es como un túnel del tiempo, es mucho más que una película o un libro", dice Rubén Omar Sosa, pediatra de Casa Cuna y expedicionario junto a su mujer. "Me pregunto cómo habrán hecho Paroissien y Argerich, los médicos del Ejército de los Andes", agrega. Sosa vino como uno más pero terminó siendo el médico de la expedición porque a último momento el previsto debió bajarse. En Agua de la Cueva atendió 26 consultas, la mayoría por baja presión y cefaleas, efectos típicos de la altura y del cansancio. También decidió evacuar a un expedicionario con hipertensión, provocada por correr la mula que se le había soltado. A tres mil metros no conviene hacer olas.

El guiso caliente preparado por la cocina del Ejército es un manjar. Se duerme al aire libre al modo de los arrieros, usando de colchón la manta matra, el pellón y el cuero de las monturas. De cara al cielo estrellado como sólo se ve en la montaña. Los 33 grados del día bajaron a casi cero en la madrugada. Amanecimos cubiertos de escarcha y no del todo descansados.

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El camino a Uspallata es amplio, polvoriento y en descenso. Es miércoles y el grupo sabe que le espera el descanso en el Regimiento, una ducha, una cama y agua con sólo abrir la canilla. Pero antes hay que llegar...

Cinco jóvenes parten a pie, como homenaje a los infantes del ejército sanmartiniano, que así lo hicieron porque no alcanzaban los animales para todos. Los que van en mula sienten que apuran el paso, ya que saben que vuelven a casa. Son 32 kilómetros bajo un sol demoledor. Duelen piernas y rodillas. El calor seco marea. Un pañuelo se desprende de una cabeza y las mulas se pegan una espantada, pero ya hay más dominio y todo vuelve a su cauce.

Por fin, a la vista, el verde valle de Uspallata: "Parecía la tierra prometida, un oasis al que no llegábamos nunca", comentará después Jorgelina Córdoba, rosarina, 56 años. Vino sola al cruce "porque los hombres de la familia arrugaron", dice divertida. La entrada va encabezada por las banderas argentina y del Ejército de los Andes, las de Chile, Perú y la provincia de Santa Fe de los organizadores. La expedición es recibida por una banda militar y gente del pueblo. Están todos contentos.

El paso de Uspallata es uno de los seis que empleó San Martín con su Ejército de 5 mil hombres, 16 mil mulas y 1.600 caballos.. El jueves está destinado al descanso y para el viernes se esperan días duros, de largas marchas por la montaña y noches frías. Estamos mucho más cerca.

(*) Fuente: Guido Braslavsky, "Cruce de los Andes: una semana a lomo de mula y mate cocido por el duro camino que siguió San Martín", editado en Diario Clarín, el 12 de enero de 2003, Buenos Aires Argentina. Editado también en página http://www.crucedelosandes.com.ar


Informe especial: Cruce de los Andes

Precipicios y un río furioso, última etapa del camino de San Martín

La expedición que emula la gesta del Ejército de los Andes llegó a Chile después de una semana a lomo de mula. 

  Detrás quedaron los peligrosos planchones de nieve, las pendientes de cuarenta y cinco grados y los senderos de ni medio metro de ancho que asoman a precipicios donde conviene no mirar. El final del camino, después de una semana de marcha demoledora, está a metros: el Cristo Redentor, a 4.200 metros de altura, justo en el límite con Chile.

El domingo pasado terminó allí el quinto Cruce de los Andes a lomo de mula organizado por la Asociación Cultural Sanmartiniana de Rosario. Unos doscientos kilómetros por la ruta sanmartiniana de Uspallata, que empleó el entonces coronel Gregorio de Las Heras al frente de su columna del Ejército de los Andes. La expedición se había iniciado el lunes en la estancia Canota, al pie de la precordillera.

Ochenta y cuatro expedicionarios de todas las edades, con el apoyo del Ejército Argentino y el Regimiento de Infantería de Montaña 16 de Uspallata (RIM16), rindieron así un homenaje a la gesta del Ejército de los Andes. Como parte del simbolismo del cruce, la marcha fue encabezada por un soldado patricio y otro granadero, portando las banderas Argentina y del Ejército de los Andes. Los seguían las de Chile, Perú y de la provincia de Santa Fe.

Se trató de emular la hazaña de San Martín, que en enero de 1817 inició el cruce por seis pasos distintos. Le llevó veinte días y fue parte de la estrategia conocida como "guerra de zapa" para engañar a los realistas españoles y hacer desparramar sus fuerzas a lo largo de 750 kilómetros de cordillera. Hay que experimentar esos peligrosos senderos para comprender la magnitud de la empresa sanmartiniana. Sus cinco mil hombres cruzaron en una época sin medios de apoyo y al otro lado los esperaba probablemente la muerte.

En esta semana hubo que acostumbrarse a vivir la vida en mula, a superar los miedos a las patadas y los derribos —hubo más de veinte caídas—, a marchar de sol a sol con altas temperaturas, a masticar tierra y polvo. Fue la expedición con civiles más numerosa, con el apoyo fundamental de los infantes de montaña del Regimiento de Uspallata, jinetes expertos; y su sostén para organizar la vida en los campamentos. También una ambulancia siguió lo más cerca que pudo al grupo.

Dos días llevó atravesar la precordillera hasta Uspallata. Tras descansar el jueves en el regimiento, comenzó el viernes la etapa final, 100 kilómetros en tres jornadas. Quedó atrás el valle de Uspallata y a la tarde temprano se alcanzó el río Picheuta, donde una avanzada del Ejército Libertador libró el primer combate contra los realistas. Se marchó casi en paralelo con la ruta a Puente del Inca, que hubo que cruzar varias veces.

Al trote por tramos, ya con mayor confianza en los animales, el grupo llegó a Polvaredas a las siete de la tarde. En este pequeño pueblo donde acampó la columna de Las Heras se hizo noche al reparo de la estación de tren, que dejó de funcionar hace 20 años y redujo la población de 2.700 habitantes a la cuarta parte.

El sábado fue un día con riesgos. "Qué pasa que están todos tan callados", preguntaban los soldados, sabiendo que el miedo sobrevolaba al grupo. Se había salido de Polvaredas siguiendo la trocha angosta del tren y al meterse en la montaña, hubo que atravesar algunos centenares de metros por donde las mulas pasan pisando sin mucho más espacio que el ancho de sus patas. El jefe de la expedición y presidente de la Asociación, el teniente coronel retirado Víctor Hugo Rodríguez, había previamente reconocido el terreno con dos soldados y lo despejaron de piedras.

En medio de estrictas recomendaciones, con un megáfono en la mano, Rodríguez infundía confianza. Se había hablado mucho la noche previa de ese giro pronunciado en el sendero que deja al jinete como suspendido en el aire con su mula, en un impresionante balcón con caída libre al río Mendoza, 300 metros más abajo. El obstáculo se sorteó sin inconvenientes.

Cubierto por el polvo, el grupo alcanzó después el cerro Penitentes y dos horas más tarde arribó a Puente del Inca. Otra vez ducha y cama en la Compañía de Cazadores de Montaña 8, y un regalo inesperado: poder bañarse en las aguas termales que brotan junto al Puente del Inca.

A esa altura, el agotamiento había mellado al grupo. El médico y expedicionario Rubén Sosa atendió más de doscientas consultas en todo el cruce: dolores de cabeza, presión baja o alta por la altura, deshidrataciones, insolaciones, traumatismos —sin consecuencias graves— por las caídas y patadas de las mulas. "El 90 por ciento me consultó, pero siempre con alegría", dijo el doctor.

Hugo Monetti, rosarino de 27 años, es no vidente y éste fue su segundo cruce. Fue un ejemplo de que se puede, por más que él rechace "ser el centro" y haya sido uno más: "Hay que salir y disfrutar del sol, la vida tiene muchas cosas lindas y no podés vivir pensando lo que te falta", dice Hugo, que percibe la oscuridad del precipicio y la claridad de las montañas.

Siempre con horas de sueño escasas, el domingo llegó el esfuerzo final: llegar a Las Cuevas y subir al Cristo Redentor. Hubo que vadear el río Cuevas, donde los soldados tenían listos sus lazos por si alguien era arrastrado por la corriente. Y en la subida, otra vez hubo que entregarse a las mulas en los tramos con planchones de nieve y pendientes. Si una mula hubiese trastabillado, habría sido casi imposible no rodar con ella. Por eso había que inclinarse hacia el monte, para arrojarse hacia ese lado en caso de necesidad.

Por fin en el Cristo Redentor, con un viento frío implacable, hubo una ceremonia y un encuentro binacional donde se cantaron los himnos de los dos países, con vivas a San Martín y a O'Higgins. También se plantó una piedra traída del cementerio de Darwin en las islas Malvinas. Rodríguez y otros tres miembros del grupo son veteranos de la guerra del 82.

Bajar a Las Cuevas tomó otras dos horas. Allí fue la despedida de las mulas. Tercas, mañosas, desobedientes, muchos igual se habían encariñado. En ese día final hubo una boda: dos expedicionarios, Julio Arias y Fernanda Larreteguy, se casaron allí mismo, en la pequeña capilla de Las Cuevas, minutos después de cruzar los Andes. Los ramos fueron armados por sus compañeros con flores de la montaña.

La asociación que encabeza Rodríguez fue creada en 1996 por el presidente del Instituto Nacional Sanmartiniano, el general retirado Diego Soria. La coordinación de este cruce estuvo a cargo del coronel David Cabrera Rojo.

Pero Rodríguez ya piensa en el próximo escalón: una expedición coordinada que atraviese al mismo tiempo los seis pasos de la Campaña Libertadora. Algo nada fácil, pero tampoco imposible. Lo saben los que ya cruzaron los Andes en mula. (*)

(*) Fuente: Guido Braslavsky, "Cruce de los Andes: una semana a lomo de mula y mate cocido por el duro camino que siguió San Martín", editado en Diario Clarín, viernes 17 de enero de 2003, Buenos Aires Argentina. Editado también en página http://www.crucedelosandes.com.ar

 

 

 

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