La columna
avanza por la pampa de Canota y parece pequeña en esa planicie
interminable, a 2.900 metros de altura, techo de la
precordillera. Desde las crestas de los cerros espían varios
guanacos, tan curiosos como asustadizos. Un choique, el ñandú
de la zona, aparece a la carrera por el llano y dos jinetes
baqueanos se lanzan a perseguirlo, sólo por divertirse.
Promedia la primera jornada del cruce de los Andes a lomo de
mula, por la ruta sanmartiniana de Uspallata, la misma que empleó
el general Gregorio de las Heras al frente de su columna del Ejército
de los Andes. Es el quinto cruce que organiza la Asociación
Cultural Sanmartiniana de Rosario desde 1997. Pero es el más
numeroso realizado por civiles desde aquella gesta de la
Independencia. El primer objetivo es Las Cuevas, adonde se
llegará hoy luego de recorrer unos 140 kilómetros a lomo de
mula en una semana, con un día de descanso en el medio. El
tramo final hasta la cuesta de Chacabuco, donde se libró una
batalla decisiva de la Independencia, se hará mañana en ómnibus,
ya que no se puede cruzar a Chile con el ganado.
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la
columna avanza por la pampa de Canota y parece pequeña en esa
planicie interminable, a 2.900 metros de altura, techo de la
precordillera. Desde las crestas de los cerros espían varios
guanacos, tan curiosos como asustadizos. Un choique, el ñandú
de la zona, aparece a la carrera por el llano y dos jinetes
baqueanos se lanzan a perseguirlo, sólo por divertirse.
Promedia la primera jornada del cruce de los Andes a lomo de
mula, por la ruta sanmartiniana de Uspallata, la misma que empleó
el general Gregorio de las Heras al frente de su columna del Ejército
de los Andes. Es el quinto cruce que organiza la Asociación
Cultural Sanmartiniana de Rosario desde 1997. Pero es el más
numeroso realizado por civiles desde aquella gesta de la
Independencia. El primer objetivo es Las Cuevas, adonde se
llegará hoy luego de recorrer unos 140 kilómetros a lomo de
mula en una semana, con un día de descanso en el medio. El
tramo final hasta la cuesta de Chacabuco, donde se libró una
batalla decisiva de la Independencia, se hará mañana en ómnibus,
ya que no se puede cruzar a Chile con el ganado.
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Somos 84 "expedicionarios" y el grupo se eleva a 109
contando a los jinetes militares y baqueanos del Regimiento de
Infantería de Montaña 16 de Uspallata, sin cuyo apoyo la
empresa sería irrealizable. En fila, de a uno, subiendo el
angosto camino entre dos cerros, la columna alcanza quinientos
metros de extensión.
El lunes hubo una ceremonia de partida en el campo histórico de
El Plumerillo, donde San Martín organizó su Ejército. La
mayoría de los expedicionarios llegó de Rosario; el resto de
Buenos Aires, Córdoba, Corrientes, Tucumán, Mendoza, Santiago
del Estero, Salta, Formosa y del interior de Santa Fe. Al mediodía
llegamos al viejo casco de la estancia Canota, 30 kilómetros al
noroeste de Mendoza. Fue un día de familiarizarse con eso de
caminar entre el olor y la bosta de las mulas. Por la tarde se
distribuyeron los animales y se formaron once patrullas, cada
una con un jefe experimentado. Más del 60 por ciento no había
cabalgado nunca. Los dolores en las piernas —y no en la cola
como podría creerse— pronto darán cuenta de ello. En la
aventura están representadas todas las edades, desde 15 a 67
años. Y casi un tercio son mujeres.
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El primer contacto con los animales confirma la sabiduría de
tantas populares comparaciones: ser terco como una mula, loco
como una mula, patear como una mula. No vale hablarles para
demostrar que se es amigo, o llamarlas por sus nombres: Lola,
Carolina, Haragán, Alf. Tampoco parece amilanarlas demasiado
el rigor del rebenque. Hacen más bien lo que se les canta y
si la cosa se pone brava, están los baqueanos para ponerlas en
vereda. Pero los defectos de estos híbridos de yegua y burro se
compensan con sus virtudes: son resistentes, trepan adonde
parece impensable, pisan seguras en todo terreno y perciben el
peligro. Parece mentira que con semejante instinto no les
importe si llevan un ser humano o cajones de fruta.
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Después de un día de ansiedad con noche de fogón bajo las
estrellas, el martes hubo diana a las 6.30, mate cocido con pan
y dulce de leche y se despacharon los equipajes en un camión de
apoyo del Ejército. Para la jornada, sólo lo indispensable en
una alforja, esto es, la ración fría para el almuerzo y una
cantimplora. A las 9.30 empieza el cruce en Canota, a 1.400
metros, rumbo a Agua de la Cueva, a casi 3.100.
Pronto queda claro que cruzar los Andes en mula no es hacer
castillos de arena junto al mar. Las mulas, asustadizas, mañosas
e impredecibles tiran a dos compañeros. Las caídas no pasan
del susto pero la mañana se transforma en un picnic de
derribos, que llegan a siete en total. Uno lo protagoniza este
cronista, que venía meditando cómo dominar al animal en caso
de que se espante. Pero a la hora de la verdad no hay tiempo ni
de darse cuenta: otra mula pateadora hace lo suyo y en una
fracción de segundo estaba en el suelo. Por suerte, la caída
fue en el centro de una jarilla, un arbusto tupido con ramitas
delgadas que amortiguaron el aterrizaje. "No puede ser,
tres de las mulas que tiraron son de calesita", se quejó
el teniente primero Iván Argüelles Benett. Rodríguez bramó
exigiendo precaución.
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Almorzamos en una quebrada, junto a una vertiente. En todo
momento del cruce hay clases de historia sobre episodios de la
vida de San Martín y allí, bajo un solazo que partía, Miguel
Brusasca cautivó a todos con su relato del sargento Cabral.
Contó que era hijo natural de una esclava negra de la hacienda
de los Cabral, en Saladas, Corrientes. Analfabeto, fue reclutado
cuando San Martín formó el Regimiento de Granaderos. El 3 de
febrero de 1813, en el combate de San Lorenzo, rescató junto al
soldado Baigorria a San Martín de debajo de su caballo herido
por la metralla, y en ese momento fue atravesado por un
bayonetazo. "Murió en el refectorio del convento pocas
horas después. Nunca pudo haber dicho 'Muero contento, hemos
batido al enemigo' en ese español castizo que cuenta la
historia oficial. Si tuvo últimas palabras fue en guaraní, su
idioma".
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Tras una jornada agotadora, luego de atravesar la desértica
pampa de Canota, ascendimos una última cuesta y por primera vez
aparecieron, a lo lejos, las altas cumbres de la cordillera con
el Aconcagua en el centro. En Agua de la Cueva hay un par de
pozos de agua, únicos en toda el área. Se supone que allí
abrevaron los animales de la columna de Las Heras y también los
que iban con San Martín cuando viajó a Uspallata para
encontrarse en el valle con los derrotados de Rancagua.
"El cruce es como un túnel del tiempo, es mucho más que
una película o un libro", dice Rubén Omar Sosa, pediatra
de Casa Cuna y expedicionario junto a su mujer. "Me
pregunto cómo habrán hecho Paroissien y Argerich, los médicos
del Ejército de los Andes", agrega. Sosa vino como uno más
pero terminó siendo el médico de la expedición porque a último
momento el previsto debió bajarse. En Agua de la Cueva atendió
26 consultas, la mayoría por baja presión y cefaleas,
efectos típicos de la altura y del cansancio. También decidió
evacuar a un expedicionario con hipertensión, provocada por
correr la mula que se le había soltado. A tres mil metros no
conviene hacer olas.
El guiso caliente preparado por la cocina del Ejército es un
manjar. Se duerme al aire libre al modo de los arrieros,
usando de colchón la manta matra, el pellón y el cuero de las
monturas. De cara al cielo estrellado como sólo se ve en la
montaña. Los 33 grados del día bajaron a casi cero en la
madrugada. Amanecimos cubiertos de escarcha y no del todo
descansados.
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El camino a Uspallata es amplio, polvoriento y en descenso. Es
miércoles y el grupo sabe que le espera el descanso en el
Regimiento, una ducha, una cama y agua con sólo abrir la
canilla. Pero antes hay que llegar...
Cinco jóvenes parten a pie, como homenaje a los infantes del ejército
sanmartiniano, que así lo hicieron porque no alcanzaban los
animales para todos. Los que van en mula sienten que apuran
el paso, ya que saben que vuelven a casa. Son 32 kilómetros
bajo un sol demoledor. Duelen piernas y rodillas. El calor seco
marea. Un pañuelo se desprende de una cabeza y las mulas se
pegan una espantada, pero ya hay más dominio y todo vuelve a su
cauce.
Por fin, a la vista, el verde valle de Uspallata: "Parecía
la tierra prometida, un oasis al que no llegábamos nunca",
comentará después Jorgelina Córdoba, rosarina, 56 años. Vino
sola al cruce "porque los hombres de la familia
arrugaron", dice divertida. La entrada va encabezada por
las banderas argentina y del Ejército de los Andes, las de
Chile, Perú y la provincia de Santa Fe de los organizadores. La
expedición es recibida por una banda militar y gente del
pueblo. Están todos contentos.
El paso de Uspallata es uno de los seis que empleó San Martín
con su Ejército de 5 mil hombres, 16 mil mulas y 1.600
caballos.. El jueves está destinado al descanso y para el
viernes se esperan días duros, de largas marchas por la montaña
y noches frías. Estamos mucho más cerca.
(*)
Fuente:
Guido Braslavsky, "Cruce de los Andes: una semana a lomo de mula
y mate cocido por el duro camino que siguió San Martín",
editado en Diario Clarín, el 12 de enero de 2003, Buenos Aires
Argentina. Editado también en página http://www.crucedelosandes.com.ar
Informe
especial: Cruce de los Andes
Precipicios
y un río furioso, última etapa del camino de San Martín
La
expedición que emula la gesta del Ejército de los Andes llegó a
Chile después de una semana a lomo de mula.
Detrás
quedaron los peligrosos planchones de nieve, las pendientes de
cuarenta y cinco grados y los senderos de ni medio metro de ancho que
asoman a precipicios donde conviene no mirar. El final del camino,
después de una semana de marcha demoledora, está a metros: el Cristo
Redentor, a 4.200 metros de altura, justo en el límite con Chile.
El domingo pasado terminó allí el quinto Cruce de los Andes a
lomo de mula organizado por la Asociación Cultural Sanmartiniana
de Rosario. Unos doscientos kilómetros por la ruta sanmartiniana de
Uspallata, que empleó el entonces coronel Gregorio de Las Heras al
frente de su columna del Ejército de los Andes. La expedición se había
iniciado el lunes en la estancia Canota, al pie de la precordillera.
Ochenta
y cuatro expedicionarios de todas las edades, con el apoyo del Ejército
Argentino y el Regimiento de Infantería de Montaña 16 de Uspallata
(RIM16), rindieron así un homenaje a la gesta del Ejército de los
Andes. Como parte del simbolismo del cruce, la marcha fue
encabezada por un soldado patricio y otro granadero, portando las
banderas Argentina y del Ejército de los Andes. Los seguían las de
Chile, Perú y de la provincia de Santa Fe.
Se trató de emular la hazaña de San Martín, que en enero de 1817
inició el cruce por seis pasos distintos. Le llevó veinte días y
fue parte de la estrategia conocida como "guerra de zapa"
para engañar a los realistas españoles y hacer desparramar sus
fuerzas a lo largo de 750 kilómetros de cordillera. Hay que
experimentar esos peligrosos senderos para comprender la magnitud de
la empresa sanmartiniana. Sus cinco mil hombres cruzaron en una época
sin medios de apoyo y al otro lado los esperaba probablemente la
muerte.
En esta semana hubo que acostumbrarse a vivir la vida en mula, a
superar los miedos a las patadas y los derribos —hubo más de veinte
caídas—, a marchar de sol a sol con altas temperaturas, a masticar
tierra y polvo. Fue la expedición con civiles más numerosa,
con el apoyo fundamental de los infantes de montaña del Regimiento de
Uspallata, jinetes expertos; y su sostén para organizar la vida en
los campamentos. También una ambulancia siguió lo más cerca que
pudo al grupo.
Dos días llevó atravesar la precordillera hasta Uspallata. Tras
descansar el jueves en el regimiento, comenzó el viernes la etapa
final, 100 kilómetros en tres jornadas. Quedó atrás el valle de
Uspallata y a la tarde temprano se alcanzó el río Picheuta, donde
una avanzada del Ejército Libertador libró el primer combate contra
los realistas. Se marchó casi en paralelo con la ruta a Puente del
Inca, que hubo que cruzar varias veces.
Al trote por tramos, ya con mayor confianza en los animales, el grupo
llegó a Polvaredas a las siete de la tarde. En este pequeño pueblo
donde acampó la columna de Las Heras se hizo noche al reparo de la
estación de tren, que dejó de funcionar hace 20 años y redujo la
población de 2.700 habitantes a la cuarta parte.
El sábado fue un día con riesgos. "Qué pasa que están todos
tan callados", preguntaban los soldados, sabiendo que el miedo
sobrevolaba al grupo. Se había salido de Polvaredas siguiendo la
trocha angosta del tren y al meterse en la montaña, hubo que
atravesar algunos centenares de metros por donde las mulas pasan
pisando sin mucho más espacio que el ancho de sus patas. El jefe
de la expedición y presidente de la Asociación, el teniente coronel
retirado Víctor Hugo Rodríguez, había previamente reconocido el
terreno con dos soldados y lo despejaron de piedras.
En medio de estrictas recomendaciones, con un megáfono en la mano,
Rodríguez infundía confianza. Se había hablado mucho la noche
previa de ese giro pronunciado en el sendero que deja al jinete
como suspendido en el aire con su mula, en un impresionante balcón
con caída libre al río Mendoza, 300 metros más abajo. El obstáculo
se sorteó sin inconvenientes.
Cubierto por el polvo, el grupo alcanzó después el cerro Penitentes
y dos horas más tarde arribó a Puente del Inca. Otra vez ducha y
cama en la Compañía de Cazadores de Montaña 8, y un regalo
inesperado: poder bañarse en las aguas termales que brotan junto al
Puente del Inca.
A esa altura, el agotamiento había mellado al grupo. El médico y
expedicionario Rubén Sosa atendió más de doscientas consultas en
todo el cruce: dolores de cabeza, presión baja o alta por la
altura, deshidrataciones, insolaciones, traumatismos —sin
consecuencias graves— por las caídas y patadas de las mulas.
"El 90 por ciento me consultó, pero siempre con alegría",
dijo el doctor.
Hugo Monetti, rosarino de 27 años, es no vidente y éste fue su
segundo cruce. Fue un ejemplo de que se puede, por más que él
rechace "ser el centro" y haya sido uno más: "Hay que
salir y disfrutar del sol, la vida tiene muchas cosas lindas y no podés
vivir pensando lo que te falta", dice Hugo, que percibe la
oscuridad del precipicio y la claridad de las montañas.
Siempre con horas de sueño escasas, el domingo llegó el esfuerzo
final: llegar a Las Cuevas y subir al Cristo Redentor. Hubo que vadear
el río Cuevas, donde los soldados tenían listos sus lazos por si
alguien era arrastrado por la corriente. Y en la subida, otra vez
hubo que entregarse a las mulas en los tramos con planchones de nieve
y pendientes. Si una mula hubiese trastabillado, habría sido casi
imposible no rodar con ella. Por eso había que inclinarse hacia el
monte, para arrojarse hacia ese lado en caso de necesidad.
Por fin en el Cristo Redentor, con un viento frío implacable, hubo
una ceremonia y un encuentro binacional donde se cantaron los himnos
de los dos países, con vivas a San Martín y a O'Higgins. También se
plantó una piedra traída del cementerio de Darwin en las islas
Malvinas. Rodríguez y otros tres miembros del grupo son veteranos
de la guerra del 82.
Bajar a Las Cuevas tomó otras dos horas. Allí fue la despedida de
las mulas. Tercas, mañosas, desobedientes, muchos igual se habían
encariñado. En ese día final hubo una boda: dos
expedicionarios, Julio Arias y Fernanda Larreteguy, se casaron allí
mismo, en la pequeña capilla de Las Cuevas, minutos después de
cruzar los Andes. Los ramos fueron armados por sus compañeros con
flores de la montaña.
La asociación que encabeza Rodríguez fue creada en 1996 por el
presidente del Instituto Nacional Sanmartiniano, el general retirado
Diego Soria. La coordinación de este cruce estuvo a cargo del coronel
David Cabrera Rojo.
Pero Rodríguez ya piensa en el próximo escalón: una expedición
coordinada que atraviese al mismo tiempo los seis pasos de la Campaña
Libertadora. Algo nada fácil, pero tampoco imposible. Lo saben los
que ya cruzaron los Andes en mula. (*)
(*)
Fuente:
Guido Braslavsky, "Cruce de los Andes: una semana a lomo de mula
y mate cocido por el duro camino que siguió San Martín",
editado en Diario Clarín, viernes 17 de enero de 2003, Buenos Aires
Argentina. Editado también en página http://www.crucedelosandes.com.ar