Por
María Santanna
Doce mil libros y cuatro mil folletos y opúsculos conforman el
material disponible gratuitamente en la biblioteca popular José
Ingenieros, de Villa Crespo. José Sallusz es el bibliotecario
voluntario que está a cargo de todos esos volúmenes desde hace
veintiún años. Los lectores asiduos que charlan con él,
aseguran que es un erudito (¿cuántos libros habrá leído en los
últimos veinte años? Ni él debe saberlo). Unos enormes anteojos
de carey, remendados con cinta adhesiva le cubren media cara. Su
figura remite instantáneamente a Osvaldo Soriano, como hubiera
sido de viejo.
La
biblioteca popular José Ingenieros la fundaron el 1º de julio de
1935, con su aporte solidario, trabajadores mayoritariamente
anarquistas y socialistas. Es una casa de principios de siglo,
malamente conservada. Por la estrecha puerta de madera pintada
azul se entra a un patio gris. Al fondo están el baño y la
cocina. A la derecha, el espacio que ocupaban dos o tres antiguas
habitaciones es hoy la sala de lectura y lugar de trabajo de
José.
Los
libros, ordenados de acuerdo al extraño criterio del
bibliotecario, se aprietan en los estantes a más no poder. Los
que tuvieron menos suerte reposan sobre sillas o forman
desordenadas torres en el piso. Todo el lugar tiene la impronta
personal del viejo José. Prolijos carteles hechos a mano por Don
José piden a los lectores que no hojeen los libros sin permiso, o
inician en que dirección está el baño. Otros enumeran qué
insumos imprescindibles (yerba, azúcar, tabaco, pilas) andan
escaseando, a la espera de lectores solidarios. Los retratos de
los anarquistas Malatesta y Bakunin recuerdan desde las paredes el
origen de la biblioteca. En el aire flota un eterno olor a tabaco
para pipa. Como banda de sonido permanente, suenan los mejores
intérpretes de jazz de los años 20 y 30.
Hoy
la biblioteca es refugio de investigadores locales y extranjeros.
Historiadores, sociólogos, politólogos, estudiantes,
autodidactas y bohemios son los visitantes más asiduos de este
desconocido rincón de la ciudad. El archivo de revistas y
documentos es codiciado por muchos: desde institutos holandeses,
suizos o norteamericanos escriben con frecuencia en busca de
números inhallables de La Protesta o de las resoluciones
del primer congreso de la F.O.R.A. En Argentina, por ejemplo,
mantiene convenios de reciprocidad con el CEDINCI (Centro de
investigaciones sobre la cultura de izquierda) que dirige Horacio
Tarcus.
Bibliotecario
por azar
José
nació en agosto de 1928 en el barrio de Floresta, "en el
seno de una familia burguesa". Su padre, Alfonso, era un
catalán que en pocos años se convirtió en un pequeño
empresario panadero. Su infancia fue relativamente cómoda: no era
una familia rica pero no no les faltaba nada. Cuando cumplió
diez, empezó a colaborar en la panadería, vendiendo pan y
facturas a domicilio, como se solía hacerse en esa época, con
una canasta de mimbre que se calzaba al hombro. Se graduó en la
especialidad electro técnica del industrial Otto Krause. Eran los
años del primer gobierno de Perón y el clima político se
sentía bien fuerte en el colegio. Era testigo de las peleas
diarias entre estudiantes fascistas y comunistas. José, como
muchos de sus compañeros, iba armado con la pistola que le sacaba
a escondidas a su padre.
Su
madre insistió en que estudiara medicina, pero finalmente entró
a Ingeniería en el ’48. Ese año, junto a un compañero, le
pusieron una bomba (que José armó siguiendo las instrucciones de
un manual de química industrial) a la unidad básica desde la que
jóvenes peronistas solían apedrearlos. El pequeño atentado fue
tildado de "vendepatria" en los diarios y José se
asustó por la trascendencia del hecho. En 1952 participó en la
toma de la facultad "contra los atropellos del gobierno
peronista" y fue preso a Devoto junto a otros 17 compañeros.
Decidió suspender los estudios hasta que cayera Perón, lo que
parecía inminente. Se casó a los 28, en 1956 y cuatro años
después nació Daniel, su único hijo.
A
partir del ’48 se relacionó con él partido Demócrata
Progresista, en ese entonces prohibido por Perón, con el que
estuvo vinculado por 35 años y del que llegó a ser precandidato
a diputado en el ‘83. Las reuniones se hacían a escondidas en
la casa que servía como local y después, durante la dictadura de
Videla, en la Federación Libertaria Argentina, un local
anarquista. Para fines de los setenta, José se cansó se
deambular de un empleo en otro (no solía durar más que unos
meses en cada empleo, porque no se bancaba ninguna
"canallada") y decidió poner su propia oficina. Se
instaló en Villa Crespo, en la calle Aráoz. Allí sólo
trabajaban él y una secretaria. Se dedicaba a diseñar las
instalaciones eléctricas de edificios en construcción. Sin
embargo, la política económica de Martínez de Hoz ya estaba
pegando duro sobre la industria nacional y José tenía cada vez
menos trabajo y más tiempo libre. Después de veinte años, se
separó de Marta en bueno términos. Como vivía cerca de la
antigua Biblioteca Nacional de la calle México, empezó a leer
todo lo que no había leído en su vida. Llegó a pasarse hasta
doce horas diarias ahí dentro. Se hizo amigo de quienes lo
atendían y fue aprendiendo algunas claves del oficio de
bibliotecario.
Un
sábado de 1980, al salir de la oficina, empezó a caminar sin
rumbo fijo y pasó por delante del 958 de la calle Ramírez de
Velasco, donde un cartel anunciaba a la biblioteca José
Ingenieros. Se detuvo delante de la puerta, dudó un momento, y
decidió entrar. Su vida cambió para siempre.
En
ese entonces la biblioteca estaba prácticamente cerrada. José
empezó a visitarla cuando se armó el cineclub, que funcionaba
los fines de semana. Concurría asiduamente y se hizo conocido
entre los demás visitantes. Cuando preguntó, le dijeron que
nadie se encargaba de la biblioteca. José se indignó. Se le
ocurrió que podría hacerse cargo de ese trabajo. Apenas un poco
tiempo después, se ofreció para trabajar atendiendo la
biblioteca algunos días por semana. No hacía falta que le
dijeran que no podían pagarle, ya lo sabía y si se ofrecía era
por puro gusto. Durante algún tiempo, llegó incluso a pagar de
su bolsillo servicios e impuestos del local.
Aunque
los peores años de la dictadura habían pasado, eran tiempos
difíciles. Para muchas personas, la biblioteca era un lugar de
escape y encuentro. Además, una buena parte de los libros
pertenecían a autores de diversas corrientes de izquierda. Los
más peligrosos, por las dudas, los tuvieron ocultos hasta que
terminó la dictadura. Sólo unas pocas personas de confianza
tenían acceso a ellos.
Pero
pasó el tiempo y José se hizo cargo de todo el funcionamiento.
Cada vez pasaba más tiempo entre los libros que en cualquier otro
lado. Para el ’92, José decidió irse a vivir a la biblioteca.
No tenía sentido irse a dormir a su casa si vivía pendiente de
su trabajo, que para entonces ya era una obsesión de tiempo
completo. José llegó a fichar a mano unos 4600 libros, pero
cuando recibieron la computadora en donación proyectaron
informatizar el fichaje de todo el material. Sin embargo, la chica
que empezó con el trabajo tuvo que abandonarlo por problemas
familiares hace más de un año, cuando recién había llegado a
los 1.500 y como se había encaprichado en no enseñarle el
procedimiento a José, no se sabe cuando se podrá terminar ese
trabajo. Encontrar el libro que uno busca depende, en muchos
casos, de la memoria de José "que en los últimos treinta
años me patina cada vez más", se ríe. Es prolijo, austero
y detallista, y toda la biblioteca tiene su sello. Se toma con
calma su trabajo: mantiene la correspondencia con el interior y el
exterior, remienda los libros rotos y funciona como fichero
viviente. En 1999, Villa Crespo volvió a inundarse. Esa vez, la
biblioteca no se salvó. Cientos de libros fueron alcanzados por
el agua. José salvó la mayor parte y tardó semanas en secarlos
y recomponerlos. Otros quedaron destruidos y no sirvieron más.
José
es un noctámbulo. Si no se queda leyendo, cada noche camina
veinte cuadras bajo la tenue luz que despiden los escasos faroles
del barrio. Se considera más libre que en cualquier otro momento
de su vida. No tiene familia, ni ataduras comerciales. Aunque vive
con lo puesto y lo que recibe de sus amigos y los lectores más
cercanos, tiene todo el tiempo que necesita para hacer lo que
realmente disfruta. Es que para José, "la libertad tiene su
precio, no se puede conseguir sin pagar un precio". Le gusta
desarmar los cigarrillos que los lectores le convidan para fumarlo
en su pipa. Escucha jazz y fox trot en sintonías inhallables de
una radio eterna que él mismo se encarga de reparar. La
biblioteca está llena de artefactos y muebles arreglados por
José. El trabajo en la biblioteca le da una razón a su
existencia. "El día en que me sienta un inútil, para mí y
para los demás anuncia - conozco muchas maneras de suicidarme sin
causar problemas. Y ahí me despido de todos y chau".
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La
biblioteca popular José Ingenieros se encuentra
en la calle Ramírez de Velasco 958 de la ciudad
de Buenos Aires. Atiende al público en general
los lunes, martes, jueves y viernes de 16 a 20hs y
a investigadores los días miércoles en el mismo
horario. |
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