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  LA BIBLIOTECA POPULAR JOSÉ INGENIEROS DE VILLA CRESPO

Un refugio desconocido de la cultura porteña

Por Martín Santanna

Revista Cadáver Exquisito

www.cadaverexquisitoweb.com.ar

 

En el barrio de Villa Crespo, en la ciudad de Buenos Aires, existe un notable sitio de la Argentina Invisble: la biblioteca popular José Ingenieros; allí se hallan doce mil libros, cuatro mill folletos y opúsculos de gratuito acceso. Una personalidad singular irradia vida y espíritu a la biblioteca: José Sallusz. Sallusz es un bibliotecario voluntario que con profundo entusiasmo cuida y aumenta los volúmenes de la biblioteca desde hace veintiún años. Encontró la biblioteca casi cerrada. Con su empuje y amor por este espacio de la cultura, y sin percibir sueldo, Sallusz revivió la biblioteca popular de Villa Crespo que hoy posee un archivo de revistas y documentos que atraen a numerosos investigadores extranjeros y de nuestro país.

El artículo de difusión de este muy valioso refugio de la cultura que presentamos aquí fue realizado por María Santanna para la Revista Cadáver Exquisito. Su director, Marcelo Dosa, me ha enviado gentilmente el artículo para ser incluido en este nuevo momento de la Argentina Invisible en Temakel.

E.I

 

  LA BIBLIOTECA POPULAR JOSÉ INGENIEROS DE VILLA CRESPO

Un refugio desconocido de la cultura porteña

Por María Santanna

 

   Doce mil libros y cuatro mil folletos y opúsculos conforman el material disponible gratuitamente en la biblioteca popular José Ingenieros, de Villa Crespo. José Sallusz es el bibliotecario voluntario que está a cargo de todos esos volúmenes desde hace veintiún años. Los lectores asiduos que charlan con él, aseguran que es un erudito (¿cuántos libros habrá leído en los últimos veinte años? Ni él debe saberlo). Unos enormes anteojos de carey, remendados con cinta adhesiva le cubren media cara. Su figura remite instantáneamente a Osvaldo Soriano, como hubiera sido de viejo.

La biblioteca popular José Ingenieros la fundaron el 1º de julio de 1935, con su aporte solidario, trabajadores mayoritariamente anarquistas y socialistas. Es una casa de principios de siglo, malamente conservada. Por la estrecha puerta de madera pintada azul se entra a un patio gris. Al fondo están el baño y la cocina. A la derecha, el espacio que ocupaban dos o tres antiguas habitaciones es hoy la sala de lectura y lugar de trabajo de José.

Los libros, ordenados de acuerdo al extraño criterio del bibliotecario, se aprietan en los estantes a más no poder. Los que tuvieron menos suerte reposan sobre sillas o forman desordenadas torres en el piso. Todo el lugar tiene la impronta personal del viejo José. Prolijos carteles hechos a mano por Don José piden a los lectores que no hojeen los libros sin permiso, o inician en que dirección está el baño. Otros enumeran qué insumos imprescindibles (yerba, azúcar, tabaco, pilas) andan escaseando, a la espera de lectores solidarios. Los retratos de los anarquistas Malatesta y Bakunin recuerdan desde las paredes el origen de la biblioteca. En el aire flota un eterno olor a tabaco para pipa. Como banda de sonido permanente, suenan los mejores intérpretes de jazz de los años 20 y 30.

Hoy la biblioteca es refugio de investigadores locales y extranjeros. Historiadores, sociólogos, politólogos, estudiantes, autodidactas y bohemios son los visitantes más asiduos de este desconocido rincón de la ciudad. El archivo de revistas y documentos es codiciado por muchos: desde institutos holandeses, suizos o norteamericanos escriben con frecuencia en busca de números inhallables de La Protesta o de las resoluciones del primer congreso de la F.O.R.A. En Argentina, por ejemplo, mantiene convenios de reciprocidad con el CEDINCI (Centro de investigaciones sobre la cultura de izquierda) que dirige Horacio Tarcus.

 

Bibliotecario por azar

José nació en agosto de 1928 en el barrio de Floresta, "en el seno de una familia burguesa". Su padre, Alfonso, era un catalán que en pocos años se convirtió en un pequeño empresario panadero. Su infancia fue relativamente cómoda: no era una familia rica pero no no les faltaba nada. Cuando cumplió diez, empezó a colaborar en la panadería, vendiendo pan y facturas a domicilio, como se solía hacerse en esa época, con una canasta de mimbre que se calzaba al hombro. Se graduó en la especialidad electro técnica del industrial Otto Krause. Eran los años del primer gobierno de Perón y el clima político se sentía bien fuerte en el colegio. Era testigo de las peleas diarias entre estudiantes fascistas y comunistas. José, como muchos de sus compañeros, iba armado con la pistola que le sacaba a escondidas a su padre.

Su madre insistió en que estudiara medicina, pero finalmente entró a Ingeniería en el ’48. Ese año, junto a un compañero, le pusieron una bomba (que José armó siguiendo las instrucciones de un manual de química industrial) a la unidad básica desde la que jóvenes peronistas solían apedrearlos. El pequeño atentado fue tildado de "vendepatria" en los diarios y José se asustó por la trascendencia del hecho. En 1952 participó en la toma de la facultad "contra los atropellos del gobierno peronista" y fue preso a Devoto junto a otros 17 compañeros. Decidió suspender los estudios hasta que cayera Perón, lo que parecía inminente. Se casó a los 28, en 1956 y cuatro años después nació Daniel, su único hijo.

A partir del ’48 se relacionó con él partido Demócrata Progresista, en ese entonces prohibido por Perón, con el que estuvo vinculado por 35 años y del que llegó a ser precandidato a diputado en el ‘83. Las reuniones se hacían a escondidas en la casa que servía como local y después, durante la dictadura de Videla, en la Federación Libertaria Argentina, un local anarquista. Para fines de los setenta, José se cansó se deambular de un empleo en otro (no solía durar más que unos meses en cada empleo, porque no se bancaba ninguna "canallada") y decidió poner su propia oficina. Se instaló en Villa Crespo, en la calle Aráoz. Allí sólo trabajaban él y una secretaria. Se dedicaba a diseñar las instalaciones eléctricas de edificios en construcción. Sin embargo, la política económica de Martínez de Hoz ya estaba pegando duro sobre la industria nacional y José tenía cada vez menos trabajo y más tiempo libre. Después de veinte años, se separó de Marta en bueno términos. Como vivía cerca de la antigua Biblioteca Nacional de la calle México, empezó a leer todo lo que no había leído en su vida. Llegó a pasarse hasta doce horas diarias ahí dentro. Se hizo amigo de quienes lo atendían y fue aprendiendo algunas claves del oficio de bibliotecario.

Un sábado de 1980, al salir de la oficina, empezó a caminar sin rumbo fijo y pasó por delante del 958 de la calle Ramírez de Velasco, donde un cartel anunciaba a la biblioteca José Ingenieros. Se detuvo delante de la puerta, dudó un momento, y decidió entrar. Su vida cambió para siempre.

En ese entonces la biblioteca estaba prácticamente cerrada. José empezó a visitarla cuando se armó el cineclub, que funcionaba los fines de semana. Concurría asiduamente y se hizo conocido entre los demás visitantes. Cuando preguntó, le dijeron que nadie se encargaba de la biblioteca. José se indignó. Se le ocurrió que podría hacerse cargo de ese trabajo. Apenas un poco tiempo después, se ofreció para trabajar atendiendo la biblioteca algunos días por semana. No hacía falta que le dijeran que no podían pagarle, ya lo sabía y si se ofrecía era por puro gusto. Durante algún tiempo, llegó incluso a pagar de su bolsillo servicios e impuestos del local.

Aunque los peores años de la dictadura habían pasado, eran tiempos difíciles. Para muchas personas, la biblioteca era un lugar de escape y encuentro. Además, una buena parte de los libros pertenecían a autores de diversas corrientes de izquierda. Los más peligrosos, por las dudas, los tuvieron ocultos hasta que terminó la dictadura. Sólo unas pocas personas de confianza tenían acceso a ellos.

Pero pasó el tiempo y José se hizo cargo de todo el funcionamiento. Cada vez pasaba más tiempo entre los libros que en cualquier otro lado. Para el ’92, José decidió irse a vivir a la biblioteca. No tenía sentido irse a dormir a su casa si vivía pendiente de su trabajo, que para entonces ya era una obsesión de tiempo completo. José llegó a fichar a mano unos 4600 libros, pero cuando recibieron la computadora en donación proyectaron informatizar el fichaje de todo el material. Sin embargo, la chica que empezó con el trabajo tuvo que abandonarlo por problemas familiares hace más de un año, cuando recién había llegado a los 1.500 y como se había encaprichado en no enseñarle el procedimiento a José, no se sabe cuando se podrá terminar ese trabajo. Encontrar el libro que uno busca depende, en muchos casos, de la memoria de José "que en los últimos treinta años me patina cada vez más", se ríe. Es prolijo, austero y detallista, y toda la biblioteca tiene su sello. Se toma con calma su trabajo: mantiene la correspondencia con el interior y el exterior, remienda los libros rotos y funciona como fichero viviente. En 1999, Villa Crespo volvió a inundarse. Esa vez, la biblioteca no se salvó. Cientos de libros fueron alcanzados por el agua. José salvó la mayor parte y tardó semanas en secarlos y recomponerlos. Otros quedaron destruidos y no sirvieron más.

José es un noctámbulo. Si no se queda leyendo, cada noche camina veinte cuadras bajo la tenue luz que despiden los escasos faroles del barrio. Se considera más libre que en cualquier otro momento de su vida. No tiene familia, ni ataduras comerciales. Aunque vive con lo puesto y lo que recibe de sus amigos y los lectores más cercanos, tiene todo el tiempo que necesita para hacer lo que realmente disfruta. Es que para José, "la libertad tiene su precio, no se puede conseguir sin pagar un precio". Le gusta desarmar los cigarrillos que los lectores le convidan para fumarlo en su pipa. Escucha jazz y fox trot en sintonías inhallables de una radio eterna que él mismo se encarga de reparar. La biblioteca está llena de artefactos y muebles arreglados por José. El trabajo en la biblioteca le da una razón a su existencia. "El día en que me sienta un inútil, para mí y para los demás anuncia - conozco muchas maneras de suicidarme sin causar problemas. Y ahí me despido de todos y chau".

 

La biblioteca popular José Ingenieros se encuentra en la calle Ramírez de Velasco 958 de la ciudad de Buenos Aires. Atiende al público en general los lunes, martes, jueves y viernes de 16 a 20hs y a investigadores los días miércoles en el mismo horario.

 

 

 

 

   ©  Temakel. Por Esteban Ierardo