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 EL ARTE CONSERVADOR DE LA COPLA EN EL NORTE ARGENTINO

UN ARTE CONSERVADOR QUE RECREA

 

Imagen de Tilcara, en el norte argentino. Foto página Ruta0.

 

   Un arte conservador que recrea. Presentación, por Andrés Manrique

   El arte conservador de la copla, por Ricardo Dubín

   Angélica Machaca, un compromiso con las raíces culturales, por Ricardo Dubín

  

 Presentación

   Temakel estira los brazos hacia el norte, se agarra de la Quebrada, salta y cae en Tilcara. Ahí, se encuentra con Ricardo Dubín, escritor y periodista, que desde hace dos años está instalado en la ciudad con su mujer, un hijo y a la espera próxima del segundo. Ricardo trabaja como corresponsal en Tilcara para el diario Tribuno de Jujuy. Además, es docente de un taller literario de educación no formal, organizado por la provincia dentro de los “Talleres Libres”, fuente laboral para artistas y aguas de creativo-aprendizaje para los pobladores de la zona.

  Ricardo, nacido en Buenos Aires, llegó a esa ciudad después de haber saltado de oficio en oficio, empleando el tiempo libre para sus grandes placeres: la lectura y la escritura.

  Ahora, generosamente, presta unas notas que fueron publicadas en El Tribuno sobre un práctica tradicional que es arte en acción, diversión y reflexión. 

  Cuando Ricardo vivía en Parque Chacabuco escribió una novela policial por entregas en la que resucitó las reglas del folletín. Con la técnica del suspenso, dosificó las aventuras de Jiana Bérok una novela de suspenso por entregas. “Todos los meses salíamos con mi novia a entregar cada capítulo por debajo de las puertas”, cuenta. 

   Subiendo una cuesta está su casa. Ricardo abre las puertas a su mundo. Su mujer, una psicóloga, saluda amablemente y vuelve a la mesa donde un chico que parece tener muchos más de cuatro años, toma la leche.

  Ricardo, mate en mano, abre su cuarto de juegos: un ambiente amplio, rodeado por estantes y bibliotecas repletas de libros que van desde Burroughs hasta Eckhart, de Dostoievsky a poemas quechuas.

   Allí adentro, despliega las carpetas con artículos y escritos suyos que hojea rápido, hasta que llega a los de la Copla y se le encienden los ojos, pese a que su inocente ilusión de que ésta respondía a la pura creación fue refutada cuando descubrió que la Copla requiere más memoria que espontánea improvisación.

   En este momento, Temakel saborea dos notas sobre el arte de la copla que, como toda práctica popular, al decir de Michel De Certeau en La invención de lo cotidiano (1), es un acto que no puede desprenderse de su circunstancia. Es en la práctica de estas tácticas donde la memoria de una cultura prevalece.

  La primera nota de Ricardo Dubin es una reflexión sobre la poesía y la copla, con la que puede disentirse en alguno o todos sus aspectos, tal vez lo que la haga interesante.

  La segunda, en cambio, nos acerca a la cosmovisión de Angélica Machaca, joven coplera arraigada a su cultura y a la tierra, es decir, a la cultura de su tierra.

  Si la copla es el arte de combinar estrofas que retiene la memoria, es una de las formas de conservar la historia para el que la recibe como para el que la recita y toca.

  Es una manera de refrescar la memoria, indispensable para interpretar la propia.

  Los versos, combinados tiempo atrás, se sacuden el polvo cuando respiran el aire liberado por la ronda de vecinos que les marca el paso. La puesta en escena de lo que se tiene adentro, en el momento exacto, recrea el ambiente y hace que la poesía motive actos.

                                                                                                           Andrés Manrique

 

EL ARTE CONSERVADOR DE LA COPLA

Por Ricardo Dubin

Un periodista pasó cerca de un mes en la Quebrada para los tiempos del carnaval. Muchas cosas de las que veía no correspondían al “imaginario” que tenía, y como suele suceder, lo que quería haber visto era más bello que lo que veía.

Como aquellos hombres que salían de la caverna de Platón, la luz del Sol nos encandila y hay que acostumbrar la vista para poder ver “la realidad”. Muchos optamos por engañarnos y regresar temerosos a nuestras fantasías. Pero si uno se queda un rato más y trata de comprender lo que ve, las imágenes empiezan a recuperar belleza, pero esa belleza es la propia de las cosas, no la nuestra, y tendremos que aceptarla o rechazarla. No es la belleza que traíamos en el bolsillo, y muchos no le dan tiempo a sus pupilas para poder ver con esa luz.

Este periodista amigo me pedía que no lo decepcionara. Me pedía que le dijera que los copleros improvisan sus cuartetas y no que las repiten casi de memoria, con leves variantes.

Naturalmente supuso que la actualidad (siempre se piensa eso) es una versión descolorida de los tiempos de oro, aquellos en los que los poetas tomaban la caja, la batían con el palillo e improvisaban coplas con la facilidad con que Martín Fierro dejaba correr sus sextinas. Puede ser que ello no haya sucedido jamás, y que la acumulación del canon coplero haya sido tan lenta como la suma de piedras que hacen una montaña.

Tal vez ese sea el arte del payador (pero habrá que ver también que los payadores tienen un repertorio predeterminado de rimas que utilizan cuando la oportunidad se lo exige). Me quedé pensando en el tema, y supuse que la respuesta era más profunda. No se trataba ya de que en los buenos tiempos antiguos se era espontáneo, y que ahora estamos tan pervertidos que sólo atinamos a reproducir un eco descolorido de lo que se hizo.

Como suele suceder, toda observación esta teñida por el color de los lentes del observador. Entiendo que hay un concepto del arte, que no sólo es europeo sino que es moderno, desde el cual se tiene la originalidad como una virtud artística.

No puedo sentirme ajeno a esa idea. En todo caso, lo que tengo que reconocer es que la originalidad y la genialidad no son sinónimos. Hay otra visión del mundo (en la que se enmarca la visión quebradeña del mundo), que privilegia la conservación a la invención.

Años atrás le llevé unas coplas propias a don Fortunato Ramos. Pasó su vista por la página que le entregara y su comentario fue sobre algunas palabras que le llamaron la atención. Puedo recordar que una de ellas era “Tokio”. Mi espíritu libertario de artista me rebeló contra lo que creí que era la simpleza de su análisis.

Tardé años en comprender que lo que me planteaba era el límite de otra concepción del arte en la que el poeta no vale por sus hallazgos tanto como por su recreación de lo ya hecho. Creo que este periodista que nos visitara en Carnaval iba a comprender esto si yo en aquel entonces lo hubiera sabido explicar.

El arte se manifiesta en el mundo por el acto de un individuo o de un grupo de individuos. La poesía no es un acto colectivo, aunque tenga profundas raíces en la comunidad y en la memoria. Cuando un poeta se pone a escribir (ahora y siempre) está solo en el universo, es él con sus metáforas, que tantas veces son también sus fantasmas.

El coplero no es una excepción. Y así como con los otros poetas, sus compañeros, tiene un número limitado de convenciones: el idioma en que escribe, las lecturas de moda en su época, la imagen que del poeta se tiene en su tiempo y sociedad, etcétera. Pero el coplero decide restringir aún más esas convenciones. El límite de su creación es menor al del idioma que habla, su límite es el de las coplas que ya fueron cantadas y que se enorgullece en recrear.

Pero las recrea como Pierre Menard lo hiciera con el Quijote de la Mancha. Las recrea desde su dolor o desde su alegría. Canta aquello que ya fuera cantado pero porque su situación en el mundo lo requiere así, porque en esa cuarteta pudo volcar su angustia por envejecer o el dolor de una prenda perdida.

A un poeta “moderno” no se le va a recriminar utilizar la palabra “amor” o “amanecer”. Pocos, en haras de la originalidad, le pueden exigir un neologismo en cada verso, porque se entiende (al menos hasta el siglo XXI) que la poesía debe transmitir algo, y que para ello hay que al menos aceptar las convenciones del idioma.

El coplero va a repetir la copla ya dicha. Se le festeja la oportunidad en que la emplea, si es en un contrapunto, si es en un desafío. Porque el arte no va a ser entonces su originalidad, sino el buen criterio estético para expresar sus sentimientos en ese maravilloso mundo poético de las coplas.

Entonces el mundo vuelve a cobrar belleza. La rueda de copleros pasa a ser un cenáculo donde los poetas populares recrean en nuevas situaciones cantos, algunos de los cuales pueden tener varios siglos de vida, y aún venir de otras tierras, como muchos que nos vienen de España.

Y ese arte corresponde con su ideología. Nadie quiere en la Quebrada que las cosas se modifiquen demasiado. Lo nuevo, por naturaleza, es algo extraño. Podrá con el tiempo pasar a formar parte del mundo, pero antes tendrá que pagar su derecho de piso.

 

ANGELICA MACHACA, UN COMPROMISO CON LAS RAICES CULTURALES

Por Ricardo Dubín

 

     Cuando Angélica Machaca se presenta en una rueda de copleros, suele empezar cantando que “desde Tilcara he venido / saltando sobre cajones / nada me han hecho los tigres / qué me han de hacer los ratones”. Es una mujer de 35 años, madre de tres hijos, divorciada y empleada en el Registro Civil. Otras veces, cuando no quiere amedrentar el contrapunto, se presenta así: “En Tilcara donde vivo / pueblo que es una hermosura / aquí canta esta mocita / defendiendo su cultura.” Lástima que en una nota escrita sólo se pueda ver la sombra de su tonada y de su sonrisa. Sin embargo, bastarán estas líneas para acercarnos al mundo en el que vive Angélica Machaca.

Rescatar la cultura con los mismos tiempos de nuestra cultura

Depende de los tiempos, relata Angélica. Hay veces en que uno está más contagiado, con más ganas, y hay veces en que retomás el tiempo... Bueno, como en la vida. Hay tiempos en que te movés más, y hay tiempos en los que estás tranquilo, más pasivo, retomando fuerzas, trabajando otras cosas, tentando por otro lado mantener nuestras raíces.

En la escuela ya tenía inquietudes así. Yo me acuerdo que, haciendo la escuela primaria, nosotros veníamos del Valle y había mucha discriminación y no podía entender porqué. Y esa diferencia la marcaban también los maestros. Si eras la niña bonita, la lindita, la blanquita, la maestra la quería por más que no sepa nada. Y nunca se le hubiera ocurrido a un maestro mostrar una copla. Recién en la secundaria tuve un maestro de historia que, porque tenía voz alta, me hacía leer las composiciones. Y ese profesor me contaba mucho de cómo había sido la historia, mostrando las dos historias, destapando lo que había ocurrido con nuestros antepasados, y no todo, sino algunas partes. Después, nosotros solos nos mareamos con toda la música de las discos, pero en mí ya había algo.

Nunca lo podía entender mucho a mi papá. Me acuerdo que la pelea era por comprar una mesa. Y él decía que lo importante era comer, no importaba donde, sentados en banquitos, en piedras. Entonces era la gran discusión con mi mamá. Y en ese momento yo me había puesto del lado de mi mamá, y hoy pienso que eso era mucho más allá. Y así fui creciendo.

Yo vengo de Molulo(*). Mi mamá es de un valle de San Bernardo, y mi papá de Molulo. Yo empecé a cantar para afuera a los 20 años. De chiquita cantaba para adentro. Escuchaba a mi papá, a mi mamá. Ya quince días antes del Carnaval preparaban la chicha, y la caja, y el erkencho. De joven me gustaba mucho bailar en la comparsa, calle arriba, calle abajo.

La lengua materna y la copla

Sólo quedan algunas palabras así sueltas del quechua, y después no hay nada. Y nos ha quedado el castellano únicamente, lo que ha traído el conquistador. Nosotros tenemos la copla, a pesar que después me he enterado que es bien española, pero bueno, el tema de la caja, de cantar en rueda, y de que había quedado en toda esa gente de campo, más que todo. A mí lo que me ha afianzado más la copla ha sido que es una forma de divertirse, y esa capacidad de poder armar un verso en la rueda, esa capacidad de tener tanto verso dentro del alma, de la mente.

Las coplas se reconocen por las tonadas. Aquí, en el mismo pueblo donde bajan, hay un montón de tonadas. Entonces, cuando se juntan más pueblos, hay un montón de variedades. Y mi papá canta de una manera, mi mamá canta de otra manera. Y en el mismo valle, cruzando el río, ya cantan de otra. Y así se reconocen, esta tonada es de tal valle, esa tonada es de otro. Si te encontrás con moluleños, podés compartir a lo moluleño, y cuando te encontrás con gente de otro lado, también.

La copla de mi padre es más ligera, más alegre quizás. La de mi mamá es más para cantar estirado, más alargada la tonada, y más finito canta. Los hombres, sobre todo, bien finito cantan donde vive mi mamá, y donde vive mi papá es más cortadita, con más movimiento y ritmo.

Vas a una rueda, y tenés que presentarte y no vas a salir diciendo otro nombre. Porque algunos ya tienen su forma de presentarse, y vos pensás en componer la tuya. Y no iba a empezar diciendo: mi padre ha sido enfermero, mi madre ha sido enfermera... Hay una copla así, pero si no coincide con mi vida, no pega. Entonces tenías que armar tu propia copla de acuerdo a tu vivencia.

Aquí cantamos en el Verano. Tiene que ver con las cosechas, con la alegría. Es agradecimiento. En el Valle más. Las señaladas, algunos las hacen antes de llevar al monte su hacienda, porque ellos están en una zona más alta. Y entonces, antes de bajar, hacen una marcada, y toda la noche se canta. Aunque dice mi abuelo que antes se cantaba todo el tiempo porque como no había radio, era caja nomás.

        El lugar de la mujer

En el campo el trabajo es común, bien compartido. Hay momentos donde la mujer ocupa sí o sí su lugar. En la señalada quien dispone, quien está como jefa de ceremonias, es una mujer. Porque ella dispone cuál es el chivito que se va a señalar ahora, cuál es la señal que corresponde. Va preparando los adornos. Y ella es como la jefa de ceremonias.

Pero tocar los sikuris siempre fue de varones. Incluso nos dijeron que las chicas no podían tocar, porque si tocan no pueden dar la teta a los bebés. Era una manera de decirnos: no se metan en esto. Pero ahora vemos que los hombres lo han tomado bien. Las mujeres estaban tan acostumbradas a no poder hacerlo, que a veces piensan que no van a poder tocar. Nosotras, por ejemplo, no podemos soplar como soplan los varones, pero a la misma vez eso es ventajoso, porque se siente más afinada la música. La banda “Rosa Mística” tiene 30 mujeres. Y subimos a Punta Corral, a Sixilera. Nos parecía que era otra forma más de buscar nuestra raíces.

Buscando reconstruir la espiritualidad andina

Hay otro grupo de jóvenes donde siempre estamos hablando el tema este de la identidad. Estamos trabajando principalmente el tema de la espiritualidad del mundo andino, de cómo hemos perdido todo. Y pensaba últimamente que hay tantas cosas nuevas, tantas enfermedades espirituales para las cuales no tenemos respuesta. Es como cuando los españoles trajeron la viruela y nuestros originarios no tenían respuesta. Y hay tantas cosas nuevas, por ejemplo, el alcoholismo, el tema de la violencia familiar. Todas esas cosas nos están preocupando mucho. Y tenemos tantos valores, como esto del sikus, los copleros. Y a veces nos ha vencido la otra parte, para la cual no hemos tenido respuesta y se nos han ido, pues, así, con toda su juventud, con toda su garra.

Charlamos con ancianos, con gente que ha trabajado toda su vida y que tenga algo positivo para nosotros. Hemos tenido visitas de ancianos de Bolivia y charlas con ancianos de aquí. Pero es lento, y lo hacemos en la medida en que podemos. A veces nos juntamos y en un lugar alejado tratamos de ponernos en contacto con los que habrán sido nuestros dioses, nuestras wakas. Queremos encontrarle el sentido, porque sino la vida es sin motivo. Es como ir completando y sentir eso que nos estaba vaciando.

Para nosotros los jujeños, ha estado muy marcado este tema de la discriminación. Al jujeño se le ha dicho boliviano, y el jujeño siempre ha querido distinguirse, y entonces trata a rajatablas de cortar. Pero hay una cosa en común, porque en lo que no es el idioma, se nos filtra: en las comidas, en la música. Sale por otro lado, pero no lo quieren admitir.  

Yo creo que tendríamos respuestas para una mejor vida. Lo que pasa es que hay que tomar conciencia de eso. Yo digo: caramba, si nos hubiéramos afirmado en lo nuestro, muchos chicos estarían preparados para un montón de cosas. Nuestros jóvenes, nosotros mismos. Yo se los digo siempre a los paisanos de los Valles que están dejando su lugar, que están viniendo al pueblo y alquilan una piecita, yendo al comedor nutricional cuando allá tienen todos los campos abandonados.

[1] De Certeau, Michel. La invención de lo cotidiano. Universidad Iberoamericana, Méjico, 1996.

 

 

 

   ©  Temakel. Por Esteban Ierardo