Sobre la
caminata urbana
El espacio alberga multitud de formas. Toda ciudad es
combinación de figuras. De presencias: calles, edificios, parques,
monumentos, veredas, árboles de ramas que oscilan, transeúntes y
automóviles que devienen de un lugar a otro. La urbe es intensa
superficie polimorfa. Sin embargo, los espacios urbanos, colmados
por las vivaces presencias, pueden tornarse mudos y
desérticos.
Aceptamos el entorno urbano como un escenario constante para
nuestras vidas. Pero no nos interrogamos sobre sus sentidos.
Atravesamos la ciudad, la usamos y habitamos, pero no exploramos la
espesura de sus significados. La interrogación sobre el sentido del
espacio construido que nos circunda es incitación para una sensible
apertura perceptiva hacia la trama viviente de la ciudad.
Como todo, las ciudades viven mediante relaciones y sentidos.
Cada ciudad late en la relación existente entre su presente, su
historia, y los elementos naturales (viento, lluvia, sol); toda
ciudad existe entre la tierra que soporta el peso de las
construcciones, y el cielo que nos recuerda (o debiera recordarnos)
la altura y superioridad de la naturaleza.
Sólo puede pensarse la ciudad, o cualquier cuestión, si
primero se percibe. Y se percibe cuando se disuelve la
indiferencia. Solemos desplazarnos en la ciudad sin ver ni
interrogar. Sin sorpresa ni asombro. Sin una detención reflexiva
ante alguna presencia. Las imágenes de edificios, calles o personas,
transcurren ante nuestras retinas como efímeros e insignificantes
reflejos.
En la actividad que he dado en llamar caminata
urbana deambulamos a través del ámbito urbano con el propósito
de percibir las presencias de la ciudad, sus posibles significados
no evidentes, su trama de sentidos y relaciones, su posible
dimensión simbólica. La urbe ya no es entonces lo manifiesto y
concluido. Es territorio velado que debe ser recorrido o percibido
para que se muestre. La urbe ya no es una forma definida y repetida.
Se transforma ahora en una geografía de sorpresas y hallazgos y un
bosque de símbolos.
La exploración perceptiva de la ciudad es, al mismo
tiempo, su recreación. Baudelaire advirtió el peligro de una ciudad
carcelaria, petrificada en un plano inalterable. Por ello, el poeta
de Las flores del mal intentó recuperar la ciudad de la
sorpresa y los descubrimientos mediante el errar entre las calles,
mediante un caminar hacia ninguna parte en especial. La ciudad ya no
es así quietud estéril sino una vivaz selva de novedades.
Simmel comprendió el empobrecimiento de la sensibilidad
del habitante urbano. Entre las calles modernas, el sistema nervioso
se ve invadido por un gran flujo de excitaciones y exigencias. El
individuo es incapaz de asimilar con plenitud el exceso de
estimulación sensorial por lo que se hace "insensible a las
diferencias entre las cosas". Es en este sentido que Simmel
habla del "hastiado como producto-tipo de la gran ciudad" dado que
de la "incapacidad de reaccionar ante nuevas excitaciones con una
energía de la misma intensidad, nace la lasitud del hombre hastiado;
incluso los niños de las grandes ciudades presentan este rasgo si
los comparamos con los niños que proceden de medios más tranquilos y
más pobres en solicitaciones".
El ensayista argentino Ezequiel Martínez Estrada dio
un magnífico ejemplo de superación de la ciudad como superficie
indiferente en su "microscopía de Buenos Aires" desarrollada en
La cabeza de Goliat. Allí, Estrada percibe la riqueza de las
mediaciones entre las presencias de la ciudad, y sus relaciones con
la noche, el agua (del cercano Río de la Plata), y de la próxima
tierra pampeana. La sensibilidad del artista pensador Estrada
explora y revela una ciudad de profusos perfiles
signiticativos.
F. L. Whrigt, el creador de la arquitectura orgánica,
aspiró por su parte a exorcizar a la ciudad de otro de sus males: la
urbe escindida de la naturaleza.
La ciudad suele no ser percibida. Como tampoco lo es
la propia realidad en su amplitud y enigma. Frente a esto, un
percibir pensante recupera la atención sobre los tejidos
de sentidos que nos rodean y constituyen sin que lo advirtamos. Para
esto la propia noción de arquitectura debe ser desplazada desde el
campo de un saber técnico especializado hacia una espacialidad de
sugerencias y claroscuros, un lugar de liberación de explicaciones
definitivas que le restituya a los edificios el misterio. Y una
fecunda indeterminación. El arquitecto Jean Nouvel manifiesta que
"no hay nada más insoportable que un edificio cuyas recetas se
conocen de memoria...No siempre hay necesidad de decir cómo se ha
hecho algo, de revelar las estrategias de la arquitectura, pero
sí la de crear el misterio indispensable para una cierta
seducción". El edificio recupera su seductora aura de objeto
singular cuando no se agota en ser efecto de un estilo o técnica
arquitectónica particular. El misterio abre lo determinado, lo
derrama sobre una corriente de nuevos destellos o posibilidades. El
objeto-edificio recuperado por la indeterminación del misterio
permite también que el objeto urbano sea re-imaginado; o que
devenga líneas proyectivas que expanden el edificio no sólo hacia el
entorno de la ciudad, sino también hacia la paralela música de los
elementos: del rumor de los vientos, la quemazón del sol o las
humedades de la lluvia.
En la caminata urbana recuperamos los sentidos no
directamente visibles de edificios y lugares de la ciudad.
Percibimos también el vínculo entre la urbe, la historia, la
cultura, los elementos naturales y una región de sentidos abiertos,
indeterminados, que siempre pueden ser re-imaginados.
En las culturas antiguas toda ciudad nacía a través de
un rito de fundación. La ciudad era imitación del macrocosmos o
continuación del sueño de algún rey o sacerdote. La ciudad se
convertía así en locus sacer, espacio sagrado en tanto
repetición de un orden universal. La ciudad antigua se hallaba
inmersa en una dinámica relación con las fuerzas naturales
divinizadas, con los ancestros y un nombre secreto sólo conocido por
un pequeño grupo de sacerdotes que le atribuía a la ciudad una
identidad espiritual profunda.
La ciudad antigua era morada abierta al cosmos, y al
pasado gobernado por los antepasados y una sabiduría ancestral. Por
contrapartida, la urbe moderna se halla encerrada en sí
misma.
En la caminata urbana, junto a la percepción y el
pensar en torno a las relaciones y sentidos velados, también
buscamos la reapertura del espacio urbano enclaustrado. Aspiramos a
rescatar la integración nunca disuelta entre la ciudad y lo telúrico
y el cielo.
El espacio natural, y el construido por el hombre, es
una escritura que puede ser leída, aunque sea pobremente, mediante
un alerta caminar sensitivo.
|
Caminatas realizadas
Hasta ahora hemos
realizado en la Ciudad de Buenos Aires alrededor de diez
caminatas en los barrios de Palermo, La Boca, Congreso,
Retiro, San Telmo, Parque Chacabuco, Parque Chaz. En esta sección de Caminatas Urbanas en
Temakel puede hallar el devenir simbólico entre algunos de
estos sitios y numerosas galerías sobre las riquezas
arquitectónicas de los lugares mencionados y otros, de la
capital argentina que palpita a orillas del más ancho río del
planeta.
|
| Bibliografía relacionada con el espíritu
de las caminatas urbanas
Walter Benjamin, París capital
del siglo XIX, en Sobre un programa de la filosofía
futura.
F.L.Wright, Manifiesto de
arquitectura orgánica.
Mircea Eliade, "Arquetipos y
repetición", en El mito del eterno retorno , ed.
Alianza.
Héctor Murena, El
nombre secreto y otros ensayos, Ávila editores.
Ezequiel Martínez Estrada, La
cabeza de Goliat. Microcospía de Buenos
Aires.
G.Simmel, La vida en las
ciudades.
Jean Baudrillard y Jean
Nouvel, Los objetos singulares. Arquitectura y
filosofía, Fondo de cultura económica.
J.J.Rousseau, Ensoñación de
un caminante solitario, ed. Alianza.
|