Inicio  Volver Caminata urbana  Mapa del sitio

 

 

  

ACERCA DE LAS CAMINATAS URBANAS

Texto por Esteban Ierardo

 

 

Sobre la caminata urbana

El espacio alberga multitud de formas. Toda ciudad es combinación de figuras. De presencias: calles, edificios, parques, monumentos, veredas, árboles de ramas que oscilan, transeúntes y automóviles que devienen de un lugar a otro. La urbe es intensa superficie polimorfa. Sin embargo, los espacios urbanos, colmados por las vivaces presencias, pueden tornarse mudos y desérticos. 

Aceptamos el entorno urbano como un escenario constante para nuestras vidas. Pero no nos interrogamos sobre sus sentidos. Atravesamos la ciudad, la usamos y habitamos, pero no exploramos la espesura de sus significados. La interrogación sobre el sentido del espacio construido que nos circunda es incitación para una sensible apertura perceptiva hacia la trama viviente de la ciudad.

Como todo, las ciudades viven mediante relaciones y sentidos. Cada ciudad late en la relación existente entre su presente, su historia, y los elementos naturales (viento, lluvia, sol); toda ciudad existe entre la tierra que soporta el peso de las construcciones, y el cielo que nos recuerda (o debiera recordarnos) la altura y superioridad de la naturaleza. 

Sólo puede pensarse la ciudad, o cualquier cuestión, si primero se percibe. Y se percibe cuando se disuelve la indiferencia. Solemos desplazarnos en la ciudad sin ver ni interrogar. Sin sorpresa ni asombro. Sin una detención reflexiva ante alguna presencia. Las imágenes de edificios, calles o personas, transcurren ante nuestras retinas como efímeros e insignificantes reflejos.

  En la actividad que he dado en llamar caminata urbana deambulamos a través del ámbito urbano con el propósito de percibir las presencias de la ciudad, sus posibles significados no evidentes, su trama de sentidos y relaciones, su posible dimensión simbólica. La urbe ya no es entonces lo manifiesto y concluido. Es territorio velado que debe ser recorrido o percibido para que se muestre. La urbe ya no es una forma definida y repetida. Se transforma ahora en una geografía de sorpresas y hallazgos y un bosque de símbolos.

  La exploración perceptiva de la ciudad es, al mismo tiempo, su recreación. Baudelaire advirtió el peligro de una ciudad carcelaria, petrificada en un plano inalterable. Por ello, el poeta de Las flores del mal intentó recuperar la ciudad de la sorpresa y los descubrimientos mediante el errar entre las calles, mediante un caminar hacia ninguna parte en especial. La ciudad ya no es así quietud estéril sino una vivaz selva de novedades.

 Simmel comprendió el empobrecimiento de la sensibilidad del habitante urbano. Entre las calles modernas, el sistema nervioso se ve invadido por un gran flujo de excitaciones y exigencias. El individuo es incapaz de asimilar con plenitud el exceso de estimulación sensorial por lo que se hace "insensible a las diferencias entre las cosas". Es en este sentido que Simmel  habla del "hastiado como producto-tipo de la gran ciudad" dado que de la "incapacidad de reaccionar ante nuevas excitaciones con una energía de la misma intensidad, nace la lasitud del hombre hastiado; incluso los niños de las grandes ciudades presentan este rasgo si los comparamos con los niños que proceden de medios más tranquilos y más pobres en solicitaciones".

  El ensayista argentino Ezequiel Martínez Estrada dio un magnífico ejemplo de superación de la ciudad como superficie indiferente en su "microscopía de Buenos Aires" desarrollada en La cabeza de Goliat. Allí, Estrada percibe la riqueza de las mediaciones entre las presencias de la ciudad, y sus relaciones con la noche, el agua (del cercano Río de la Plata), y de la próxima tierra pampeana. La sensibilidad del artista pensador Estrada explora y revela una ciudad de profusos perfiles signiticativos.

  F. L. Whrigt, el creador de la arquitectura orgánica, aspiró por su parte a exorcizar a la ciudad de otro de sus males: la urbe escindida de la naturaleza.

  La ciudad suele no ser percibida. Como tampoco lo es la propia realidad en su amplitud y enigma. Frente a esto, un percibir pensante  recupera la atención sobre los tejidos de sentidos que nos rodean y constituyen sin que lo advirtamos. Para esto la propia noción de arquitectura debe ser desplazada desde el campo de un saber técnico especializado hacia una espacialidad de sugerencias y claroscuros, un lugar de liberación de explicaciones definitivas que le restituya a los edificios el misterio. Y una fecunda indeterminación. El arquitecto Jean Nouvel manifiesta que "no hay nada más insoportable que un edificio cuyas recetas se conocen de memoria...No siempre hay necesidad de decir cómo se ha hecho algo, de revelar las estrategias de la arquitectura, pero sí la de crear el misterio indispensable para una cierta seducción". El edificio recupera su seductora aura de objeto singular cuando no se agota en ser efecto de un estilo o técnica arquitectónica particular. El misterio abre lo determinado, lo derrama sobre una corriente de nuevos destellos o posibilidades. El objeto-edificio recuperado por la indeterminación del misterio permite también que el objeto urbano sea re-imaginado; o que devenga líneas proyectivas que expanden el edificio no sólo hacia el entorno de la ciudad, sino también hacia la paralela música de los elementos: del rumor de los vientos, la quemazón del sol o las humedades de la lluvia. 

  En la caminata urbana recuperamos los sentidos no directamente visibles de edificios y lugares de la ciudad. Percibimos también el vínculo entre la urbe, la historia, la cultura, los elementos naturales y una región de sentidos abiertos, indeterminados, que siempre pueden ser re-imaginados.

  En las culturas antiguas toda ciudad nacía a través de un rito de fundación. La ciudad era imitación del macrocosmos o continuación del sueño de algún rey o sacerdote. La ciudad se convertía así en locus sacer, espacio sagrado en tanto repetición de un orden universal. La ciudad antigua se hallaba inmersa en una dinámica relación con las fuerzas naturales divinizadas, con los ancestros y un nombre secreto sólo conocido por un pequeño grupo de sacerdotes que le atribuía a la ciudad una identidad espiritual profunda.

  La ciudad antigua era morada abierta al cosmos, y al pasado gobernado por los antepasados y una sabiduría ancestral. Por contrapartida, la urbe moderna se halla encerrada en sí misma.

  En la caminata urbana, junto a la percepción y el pensar en torno a las relaciones y sentidos velados, también buscamos la reapertura del espacio urbano enclaustrado. Aspiramos a rescatar la integración nunca disuelta entre la ciudad y lo telúrico y el cielo.

  El espacio natural, y el construido por el hombre, es una escritura que puede ser leída, aunque sea pobremente, mediante un alerta caminar sensitivo.

Caminatas realizadas

Hasta ahora hemos realizado en la Ciudad de Buenos Aires alrededor de diez caminatas en los barrios de Palermo, La Boca, Congreso, Retiro, San Telmo, Parque Chacabuco, Parque Chaz. En esta sección de Caminatas Urbanas en Temakel puede hallar el devenir simbólico entre algunos de estos sitios y numerosas galerías sobre las riquezas arquitectónicas de los lugares mencionados y otros, de la capital argentina que palpita a orillas del más ancho río del planeta.

 

 

Bibliografía relacionada con el espíritu de las caminatas urbanas

 

Walter Benjamin, París capital del siglo XIX, en Sobre un programa de la filosofía futura.

F.L.Wright, Manifiesto de arquitectura orgánica.

Mircea Eliade, "Arquetipos y repetición", en El mito del eterno retorno , ed. Alianza.

 Héctor Murena, El nombre secreto y otros ensayos, Ávila editores.

Ezequiel Martínez Estrada, La cabeza de Goliat. Microcospía de Buenos Aires.

G.Simmel, La vida en las ciudades.

Jean  Baudrillard y Jean Nouvel, Los objetos singulares. Arquitectura y filosofía, Fondo de cultura económica.

J.J.Rousseau, Ensoñación de un caminante solitario, ed. Alianza.